FUE MUCHO MAS QUE UN GRAN ACTOR ESPAÑOL.

Manuel de la Fuente

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Desde una posición de outsider, ha llevado a cabo el proyecto más decidido de recuperación cultural de la tradición española, desde unos ejes de modernidad. FUE MUCHO MAS QUE UN GRAN ACTOR ESPAÑOL.

Por Manuel de la Fuente

El fallecimiento de Fernando Fernán-Gómez nos hace enfrentarnos a uno de los artistas más singulares y complejos de la cultura española, y uno de los más incomprendidos, tal vez por poseer una extensísima obra en los más diversos frentes culturales, desde el cine a la literatura, pasando por el teatro o la televisión.

Es cierto que Fernán-Gómez recibió muchos premios y homenajes en vida, si bien su figura artística adoleció de un cierto descuido dada su continua presencia en el cine y la televisión, merced a una infatigable trayectoria.

En su caso, su continua presencia en los medios le perjudicó a la hora de ser tomado totalmente en serio.

Este cierto distanciamiento hacia lo que representa Fernán-Gómez quedó establecido de una manera muy clara cuando los medios de comunicación se burlaron hasta la saciedad de su persona, a cuenta de unas imágenes en que el fallecido artista le espetaba un sonoro “¡A la mierda!” a un pesado caza-autógrafos. Así se la gastan los medios de comunicación, incapaces de hacer un perfil mínimamente serio de uno de los cineastas más importantes de nuestro cine, y muy hábiles a la hora de la categorización simplona, falsa y burlesca.

La muerte de Fernán-Gómez nos deja, en primer lugar, un pozo sentimental, puesto que, lo queramos o no, es una personalidad que nos ha ido acompañando en las viscisitudes del proyecto de creación de una identidad cultural desde los siniestros años del tardofranquismo. Fernán-Gómez ha sido, por ejemplo, el mejor Quijote que hemos visto (bueno, que hemos oído), ya que su voz en la serie de dibujos animados sobraba para que le identificásemos con el personaje cervantino, por encima de otras representaciones como la de Fernando Rey.

Pero también ha sido el que, en una posición de outsider, ha llevado a cabo el proyecto más decidido de recuperación cultural de la tradición española, desde unos ejes de modernidad.

Como su obra es mucho más extensa de lo que podemos reflejar aquí, únicamente señalaremos unos poquísimos ejemplos de lo que indicamos.

En primer lugar, su carrera de actor cinematográfico, tal vez su vertiente más conocida.

Actor en más de doscientas películas, su presencia es muy poderosa en una serie de películas de un determinado cine de autor español en el que destaca El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice.

Este film abre un camino todavía inexplorado en el cine español, como es el de la reflexión de los aspectos más controvertidos de la política y la sociedad española desde una perspectiva de análisis que reivindica un lenguaje cinematográfico propio para que este análisis tenga validez.

El personaje de Fernando en la película es un científico republicano atrapado en el silencioso y opresivo mundo de los primeros años del franquismo que, al final, y tras contemplar el viaje iniciático de su hija, planteará una ruptura de esta monotonía hacia el conocimiento, hacia la salida de la colmena en la que se encuentra encerrado.

La participación de Fernán-Gómez en la cinta de Erice le confiere a la película un significado añadido, puesto que el propio actor apostaría con su obra por esta salida del ensimismamiento de la cultura española.

Su participación en un buen puñado de películas que constituyen un apartado singular en el cine español (El anacoreta o Gulliver, por ejemplo) dan fe de ello.

Es también en los últimos años del franquismo cuando Fernán-Gómez ofrece otro de sus productos más singulares, en este caso como realizador televisivo.

Se trata de la serie El pícaro, protagonizada por él mismo y que adapta textos clásicos de la novela picaresca para relatarnos las aventuras de Lucas Trapaza, un pícaro ya entrado en años que vaga por los diversos caminos y villas de la España del siglo XVII.

La serie, vista hoy en día, queda como una propuesta arriesgada e interesantísima de lo que pudo haber sido la televisión en nuestro país.

En un momento en que diversos directores europeos experimentaban con las posibilidades del medio (Fassbinder, por poner un caso), Fernán-Gómez recurría a la tradición clásica de la picaresca no sólo para hacer una oportuna reflexión sobre el momento de decadencia moral que suponía el franquismo, sino también para trazar un modelo de programa televisivo útil en su relación con el espectador.

Por último, si hay una vertiente de la carrera de Fernán-Gómez tan importante como necesitada de un análisis global, ésa es la de cineasta.

Con una trayectoria que va desde su singularidad en el Nuevo Cine Español (El extraño viaje, 1964) hasta la reflexión sobre el oficio del cómico y el actor (El viaje a ninguna parte, 1986, Lázaro de Tormes, 2001), su carrera abarca una serie de títulos excepcionales que constituyen en todo momento agudos contrapuntos a las sucesivas modas cinematográficas del momento.

Una de las películas que mejor representa su vocación de artista que abre continuamente nuevos caminos expresivos partiendo de la tradición es una de sus obras más olvidadas: Pesadilla para un rico (1996).

En ella, Fernán-Gómez rescataba una historia de Luis Alcoriza para construir una historia que jugaba con los mecanismos del humor propios de la cultura española, sin caer en la chabacanería ni en las pretensiones de comedia de altos vuelos.

Hay, evidentemente, muchos más Fernán-Gómez. Un artista que se mueve en todo momento entre la condición maldita de sus propuestas arriesgadas y el reconocimiento oficial de una trayectoria que nunca dejó de pensar en cuál era el sitio del actor, del cómico (así es como se define él mismo en su autobiografía, El tiempo amarillo) en un país que se encuentra en una constante encrucijada.

Sin duda, su obra es una de las propuestas más fértiles que ha ofrecido un artista en el siglo XX.

Porque muchos de los caminos se encuentran ya planteados en la producción de un artista único, singular y admirable.