LA UNIVERSIDAD Y EL PROYECTO POPULAR.PRIMERA PARTE: LA UNIVERSIDAD DEL MEDIOEVO.

Ricardo Vicente Lopez - Rebanadas de Realidad

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Ricardo Vicente López : -Pretender hablar de “proyecto popular” es para el pensar académico, en el mejor de los casos, una nostalgia reprochable. El pensamiento académico frente al desafío de la liberación de los pueblosLA UNIVERSIDAD Y EL PROYECTO POPULARPor Ricardo Vicente López Cuadernos de reflexión: la universidad popular Palabras Preliminares En sociedades cuya dinámica estructural conduce a la dominación de las conciencias, la pedagogía dominante es la pedagogía de las clases dominantes. Los métodos de opresión no pueden, contradictoriamente, servir a la liberación del oprimido. Ernani María Fiori Tengo la plena convicción de que la sola lectura del título y del subtítulo despertará sonrisas irónicas, menosprecio o desdén.  Es que aparece, inmediatamente, el intento de pensar cuestiones que esta “alta institución” ya archivó para la investigación del pasado por parte de los historiadores.  Pretender hablar de “proyecto popular” es para el pensar académico, en el mejor de los casos, una nostalgia reprochable.  Nunca el modo del pensar académico se sintió cómodo, ni en plenos años de los ‘60 y ‘70, con los planteos de los jóvenes rebeldes.  A lo sumo se podía mirar con cierta simpatía sus pretensiones de “cambiarlo todo”, pero con un dejo de “ya se les va a pasar”.  Cuanto más hoy, cuando aceptada servilmente una globalización que no consultó su puesta en escena, pareciera no quedar espacio para ninguna pretensión de insistir en la construcción de una individualidad diferenciada.  Agravado esto por la pretendida “demostración” de que los noventa son el inicio de una universalidad masificada, chata, escéptica y sin alternativas. Sin embargo, a pesar de las certezas globalizantes, los pueblos siguen esperando “su hora”. Si al “proyecto popular” le añadimos la “vetusta idea” de la liberación hemos colmado ya la paciencia de los que puedan quedar dispuestos a la tolerancia.  Pero con la conciencia de las viejas convicciones, que llegaron a expresarse en aquel Mayo de 1968, en las paredes de la Sorbona de París, con estas palabras: “Si no nos atrevemos a pensar lo imposible deberemos aceptar lo insoportable”, pretendo volver sobre viejas ideas, intentar traer a este presente todo lo que ellas tuvieron y tienen de fructífero y que, replanteadas en este final de siglo, pueden dar todavía sus mejores frutos.  Los tiempos que corren, con una velocidad que se acelera, nos están avisando de cambios próximos, para los que el viejo paradigma del pensar “moderno” ya agotó sus respuestas.  Seguir aferrados a las viejas pero “respetables” ideas, las que cuentan con el aval del mundo académico, creo que nos va a colocar en condiciones de “no sabe no contesta”.  Estamos viendo ya la caducidad de los pronósticos de los economistas sobre las bondades de sistemas que, hasta hace pocos años, eran el ejemplo a seguir, hoy sometidos a la turbulencia de los mercados.  Para estos fenómenos no se encuentra explicación política ni económica.  Otro tanto puede decirse de las respuestas tecnológicas que eliminan puestos de trabajo.  La miopía cortoplacista de los “científicos” glorifica presentes circunstanciales, canonizándolos al convertirlos en doctrina, y es ciega para futuros más venturosos por su incapacidad de levantar la vista hacia horizontes posibles. Ante este escenario tan movido, con una dinámica que parece comenzar a desasirse de las manos de los poderosos, debemos preguntarnos: ¿No es hora de escuchar el reclamo de los que siempre pierden, de los siempre postergados, de la gente de “nuestro pueblo”?  ¿No ha llegado el momento de que las aulas, los laboratorios, las salas de reunión de las universidades se hagan eco de las demandas de tanta gente, cada vez más, que se ven excluidas de una “vida digna”?  ¿No debiera ser la Universidad unos de los ámbitos privilegiados y más aptos para pensar toda esta problemática?  ¿Por qué no lo hace?  ¿No es nuestro pueblo el que aporta el dinero con que se financian nuestros estudios?  ¿Por qué no devolver, entonces, a ese pueblo el esfuerzo de mantener abiertas las puertas, dando las respuestas necesarias para comenzar a avizorar un mañana mejor?  Preguntas que hoy la Universidad no parece hacerse.  Pues, para intentar abrir un camino de discusión de toda esta problemática presento estas páginas. Primera Parte: La Universidad del Medioevo Posiblemente en aquella Academia platónica se colocaron los cimientos primeros de una institución que reservaría para sí el espacio del más alto nivel del saber.  Para los fines de la reflexión que me propongo, no va a ser necesario ahondar en las particulares vicisitudes por las que pasó durante veinticinco siglos de historia en Occidente.  La universidad, en su constitución actual o, por lo menos, con una estructuración que hoy reconoceríamos, tuvo nacimiento entre los siglos XII y XIV.  Es Bolonia la primera en fundarse en 1115, la seguirá la de París y otras ciudades como Montpellier, Oxford, Orleans y Salamanca vieron aparecer estos nuevos templos del pensamiento.  Su creación es obra del cristianismo católico.  Nunca antes, en otro tiempo o lugar, había aparecido una institución de estas características.  Nació junto a la Iglesia y como una parte de ella.  Allí se encontraron las diversas corrientes en un ámbito abierto a las ideas, para lo que la cultura de esa etapa histórica aceptaba que, si bien tuvo condicionamientos socio-históricos y políticos, gozaron de la posibilidad de confrontar argumentando en pos de sus verdades.  No siempre en el mejor clima de libertad que hubiera sido deseable, para nuestra mirada de siglo XX, que tampoco encontraría esa pretendida libertad.  No por ello puede dejar de reconocerse que fue la cuna de los más apasionados debates, cuyos resultados posibilitaron el avance del conocimiento.  También es necesario afirmar, y se desprende de lo dicho, que es una creación de Occidente.  Sólo una cultura con las formas que había adquirido ésta, por su herencia helénica y hebrea, reunía las condiciones para un nacimiento tal.  El Oriente no produjo obra semejante, aunque esto no quiere decir que allí no haya florecido el pensamiento, pero éste transitaría por formas menos institucionales.  Era imprescindible haber dado forma al concepto de “persona”, ya prefigurado en Grecia, pero que adquiere toda su profundidad con el cristianismo, para que esta aventura del espíritu fuera posible.  En una palabra, la Universidad es la tarea de una cultura, la occidental en su etapa medieval dentro del mundo católico.  Este nacimiento le dará un sello que deberemos luego retomar para repensar el futuro posible. Significa esto reconocer la presión que el poder de esa cultura ejerció sobre este ámbito.  Pero es necesario ubicarnos históricamente para comprender detenidamente este fenómeno.  Nace en el marco de la cristiandad y este marco le servirá como suelo sólido sobre el cual edificar el pensamiento que la va a sostener.  Adquiere en sus comienzos la estructura de los gremios artesanales, y reproduce la constitución de las corporaciones  al formar gremios culturales.  Desde el siglo IX y X en las comunas se había comenzado a desarrollar una forma de organización económica artesanal, como modo de la producción manufacturera.  Cada gremio estableció, en los talleres de producción, escuelas para la capacitación de aprendices, con reglas técnicas y morales.  Los gremios se agrupaban en corporaciones que reglamentaban y controlaban el ejercicio de la profesión.  Esta forma organizacional sirvió de modelo para la formación de gremios culturales dentro de las universidades.  También estos gremios se mantendrán en conflicto con la autoridad feudal y la Iglesia local y, a veces, con las burguesías regionales.  Su objetivo primero, que mantendrá hasta nuestros días, es preparar a sus estudiantes para las funciones que demande la comunidad, es decir, está en su función de origen colocarse al servicio de esa comunidad.  Resolverá los conflictos que esa tarea le produce de diversos modos, según los lugares y momentos, pero terminará sobre el siglo XVI adquiriendo una fisonomía predominantemente nacional, en la composición tanto del cuerpo docente como del alumnado.  La universalidad cultural y territorial que ostentaba en los comienzos fue dejando lugar a una impronta regional y nacional.  Tal vez sea la Universidad de Praga la primera que adopta este carácter marcadamente nacional por un Decreto Real de 1409, siguiéndola en ese camino la de París, poco tiempo después.  Pero esta presión que introducía la política en las universidades, al adquirir un tinte nacional las disputas que se libraban en sus aulas, se hizo sentir con más fuerza en dos momentos: uno, probablemente, a partir del siglo XVI, con la Reforma y la Contrarreforma, momentos en que recrudeció el enfrentamiento religioso, que no fue sólo religioso ya que revistió formas y contenidos eminentemente políticos; el otro, puede ubicarse en los siglos XVII y XVIII en el auge de la Ilustración y su intento de “limpieza” de los “resabios teológicos”.  Completó este proceso la aparición de la universidad napoleónica que separó casi definitivamente la educación de la esfera de la Iglesia, dando origen a la educación laica y estatal.  Debe destacarse el importante papel que juega un invento como el de la imprenta, que a partir del siglo XV quiebra el monopolio de los monasterios en el atesoramiento de la tradición escrita.  El libro impreso amplía la gama del público que lee y la diversifica.  La traducción e impresión de la Biblia en alemán, realizada por Lutero, será uno de los detonantes de la Reforma.  Por todo ello la universidad ligada a la iglesia institucional se fue vaciando de una parte de la problemática socio-histórica en cuestión, y fue a debatirse fuera de ella, lo que ayudó al desmoronamiento de la etapa medieval de esa institución.  Dice Darcy Ribeiro: El Renacimiento y la Reforma se hicieron al margen y contra la universidad de su tiempo… La Ilustración y la Enciclopedia surgieron también como oposiciones combativas a la vieja universidad. La revolución francesa no sólo destruyó la universidad obsoleta del medioevo sino que, sobre todo a través de Napoleón creó nuevos campos de enseñanza superior en Francia, con el cometido de cohesionar la nacionalidad. La consumación de este proceso debe ser atribuida a la Revolución Industrial que exigió una educación más generalizada, que respondiera al modelo humano que el capitalismo estaba demandando: el obrero industrial y los mandos intermedios dentro de la empresa.  Pero debe reconocerse que durante más de cinco siglos, hasta la época señalada, fue un ámbito en el que floreció lo mejor y más profundo del saber de la época.  Fue, durante ese largo período que va del siglo XII al XVII, el lugar en el que la investigación filosófica y científica encontró el más fértil terreno para su florecimiento.  Al mismo tiempo, una etapa en que estos dos campos del saber avanzaron de la mano.  La mayor parte de los “científicos de la naturaleza” eran filósofos, dirá Heidegger haciendo referencia a la calidad de sus reflexiones, y en esto residía en gran parte la unidad y coherencia de estos saberes.  Muy a pesar de la sospecha de oscuridad teologizante, que la posterior Ilustración arrojó sobre este período, fueron muchos los avances que mostró en él.  Nada menos oscurantista que la escolástica, para la cual la razón culmina en la inteligencia, cuyos fugaces destellos se transforman en luz perdurable” dice un estudioso de la época como Jacques Le Goff .  Si bien, en una primera etapa, los estudios estaban marcados por las estrecheces que imponía la “lectura comentada” de los textos clásicos y bíblicos, no mucho tiempo después la incorporación de las disputas entre aristotelistas y averroistas, así como antes lo había sido el enfrentamiento entre platónicos y aristotélicos, abrió el campo de las investigaciones.  A la fuente del saber de los griegos clásicos, a través de los árabes, se incorporaron posteriores traducciones de una gran cantidad de textos; todo ello contribuyó a una investigación mucho más amplia.  “El intelectual universitario nace precisamente en el momento en que ‘pone en cuestión’ el texto, que no es más que un soporte, y de pasivo se torna activo.  El maestro no es un exégeta, sino un pensador; da soluciones, crea” dice el autor ya citado, líneas más abajo.  Unas páginas antes cita a Gilberto de Tournai quien afirma en plena Edad Media, demostrando un espíritu de búsqueda de la verdad: Jamás encontraremos la verdad si nos contentamos con lo que ya ha sido descubierto… Quienes escribieron antes que nosotros, no son nuestros amos, sino nuestros guías. La verdad se abre a todos; no ha sido hasta ahora conquistada enteramente por nadie.  También Bernardo de Chartres en el siglo XII había señalado que era necesario aprovechar el “estar sentado sobre los hombros de gigantes para mirar hacia adelante”, en alusión clara a los grandes pensadores de la Antigüedad.  Lo rescatable para nuestra reflexión es que la unidad fundante de los saberes era sostenida por una filosofía explícita en la que se libraba la batalla por la Verdad, verdad que “no ha sido hasta ahora conquistada enteramente por nadie”, percíbase el espíritu libre que la afirmación contiene.  Esa filosofía, que no excluía el debate, era compartida por toda la cultura de la cristiandad  que servía, como ya quedó dicho, de sostenimiento de todo el edificio del saber.  También la Grecia clásica había compartido una unidad fundante que daba una coherencia a sus saberes.  Esa unidad no dificultó el avance de las controversias, por el contrario le dio un piso común, tanto en el clasicismo como en la cristiandad.  Pero la tensión de las disparidades eran contenidas por esa unidad.  Dice Julián Marías que la Universidad “exige la discusión… pero sería ingenuo pensar que la discusión revela hondo desacuerdo: al contrario, es la prueba de la concordia; por eso en los tiempos en que el desacuerdo es radical, se deja de discutir”.  Situación que se dará con la “universidad ilustrada”.  Desde el siglo XIII la universidad medieval albergó a pensadores de la talla de Alberto Magno (1193-1280), dominico, filósofo y teólogo, traductor de las obras de Aristóteles, maestro de Tomás de Aquino y propulsor de la investigación científica; a Roger Bacon (1214-1294), franciscano, con aportes en el campo de la física y la química, como lo fueron los de sus investigaciones sobre las leyes de la reflexión y refracción de la luz, sobre el magnetismo y astronomía; a Nicolaus Krebs (1401-1464) conocido como el Cardenal Nicolás de Cusa, que se anticipó a Descartes y a Leibniz al proclamar a la matemática como la verdad superior de las ciencias, fue también precursor del canónigo Nicolás Copérnico (1473-1543) al afirmar que la “tierra no puede estar fija, sino que se mueve como las demás estrellas”, teoría que éste desarrollaría después; Francis Bacon (1561-1626) padre del empirismo y del experimentalismo, autor del Novum Organum en el que expone las bases del conocimiento inductivo.  Todavía en el siglo XVI puede formar a un hombre del tamaño de Galileo Galilei (1564-1641) cuyas investigaciones matemáticas lo llevaron a confirmar la revolución copernicana del universo, tema en el que fue apoyado por el jesuita Cristóbal Clavius (1537-1612), gran matemático y astrónomo, ejecutor del calendario gregoriano.  Aunque la persecución desatada por la Contrarreforma lo obligara a retractarse, esto no niega que su formación la debe a la universidad medieval y que dentro de ella contó con numerosos apoyos, aún de hombres de la Iglesia.  Tres de los cardenales del tribunal, entre ellos el sobrino del Papa, se negaron a firmar la sentencia que lo condenó.  En esa universidad se formaron, y formaron a otros hombres como Guillermo Heybtesbury, Ricardo Syneshead, Nicolás de Autrecourt, Juan Buridán, Nicolás Oresme, Alberto de Sajonia, entre otros, considerados como los grandes sabios que anticiparon la ciencia moderna.  En todos ellos se puede ya encontrar la mayor parte de las ideas que desarrollaron después Copérnico, Da Vinci o Galileo, por ejemplo.  En toda esa etapa la filosofía aristotélica era la base que sustentaba esos saberes y posibilitaba, aún con contradicciones y debates, que los temas del hombre tuvieran un tratamiento similar a cualquier otro tema, por lo que la física del universo en un extremo y el problema de la muerte en el otro, (los cito con bastante arbitrariedad sólo como excusa de lo que pretendo decir) fueran parte del mismo arco, de una temática que no excluía el problema de Dios.  Es que la ciencia medieval podía preguntarse sobre cualquier problema que la razón humana pudiera pensar, no sufría, todavía, el duro estrechamiento que le impuso el método matematizante, y después el experimentalismo.  Dice Friedrich Dessauer, médico, ingeniero y filósofo alemán, contemporáneo nuestro: “Descartes había enseñado que, en cierto sentido, es preciso enfocar matemáticamente la ciencia. Matemáticamente es un concepto más estrecho que científicamente” .  Decir entonces que esa discusión estaba teñida por la ciencia dominante, la Teología, no significa otra cosa que decir que el hombre, la sociedad, la naturaleza y el universo eran parte de una misma problemática.  Sin embargo, es necesario decirlo una vez más, esto no impidió que se fuera abriendo camino un nuevo modo de pensar naturalista, cuya tendencia a la experimentación confrontó finalmente con la concepción aristotélica, dando lugar a un nuevo paradigma. Pero es destacable que todo ello sucedió en el seno de la universidad medieval.  Quiero citar, una vez más, estas palabras de Heidegger, alrededor de cuyo contenido nunca se termina de sacar toda la riqueza de lo que expresan: La grandeza y la superioridad de la ciencia natural del siglo XVI Y XVII reside en que los investigadores eran todos filósofos. Ellos sabían que no hay meros hechos, sino que un hecho sólo es lo que es, a la luz de un concepto fundamentador y según el alcance de tal fundamentación. Por el contrario, la característica del positivismo, que nos rodea desde hace algunas décadas y hoy más que nunca, es creer que bastará con hechos actuales o con otros nuevos hechos futuros, mientras pretende que los conceptos sólo son sostenes que se necesitan por alguna razón, pero de los que no hay que ocuparse demasiado, pues eso sería hacer filosofía. La ruptura con la concepción aristotélica no significó, en principio un enfrentamiento con el cristianismo.  El mismo Galileo fue cristiano hasta su muerte, no sólo no abjuró de sus creencias sino que sus investigaciones eran impulsadas por el conocimiento del universo “como el rostro visible del Dios invisible”.  Pero la persecución que sufrió y la censura impuesta a su obra, y a la de todos los que enseñaran doctrinas similares, alejó a la física del ámbito de la Iglesia.  Por lo que las investigaciones posteriores se realizaron fuera de ella.  Esto da lugar a la aparición de una ciencia laica, despegada de los temas teológicos, pero no de la filosofía todavía.  Las autoridades eclesiásticas se colocaron del lado del “divino Aristóteles” y rechazaron los nuevos caminos del pensamiento naturalista.  Más que una discusión teológica fue un enfrentamiento ideológico sobre la concepción del universo.  No estaba en juego la cuestión de Dios, era una disputa entre el pensamiento especulativo y el pensamiento experimental, al que no eran ajenas cuestiones de poder y de defensa de privilegios académicos.  A pesar de ello, debemos ser capaces de superar la dura crítica que el racionalismo, la Ilustración y el liberalismo anglosajón hicieron posteriormente a la universidad medieval, como así también a todo ese período histórico, por la carga ideológica que ese ataque contenía, y poder repensar con cierta independencia de criterios la universidad de ese período.  Para concluir con este bosquejo de la universidad medieval, y despejar las sospechas que sobre ella se esparció, quiero citar un largo párrafo de Le Goff que puede sorprender por lo que dice respecto del humanismo renacentista y sus consecuencias al abandonar la tradición escolástica: De este modo, los humanistas abandonan las tareas primordiales del intelectual, cual es su contacto con la masa, el lazo entre la ciencia y la enseñanza. Es indudable que, a la larga, el Renacimiento aportará a la humanidad el fruto de un trabajo orgulloso y solitario, y que su ciencia, sus ideas, sus obras maestras, alimentarán más adelante el progreso humano; pero, en un comienzo, constituye un repliegue, un retroceso… el Renacimiento no significa sino una obstrucción a la difusión de pensamiento… Habrá que esperar a la Contrarreforma para que aparezca un arte que, bajo una forma quizá discutible, pero cargado de intenciones didácticas y apostólicas, trate de hacer participar al pueblo en la vida cultural.No hay nada más opuesto que las imágenes que presentan el trabajo del intelectual de la Edad Media y el del humanista. El primero es un profesor rodeado por alumnos asediado por los bancos en que se agolpa el auditorio. El segundo es un sabio solitario, instalado tranquilo en su gabinete, feliz en medio de un cuarto despejado y bien provisto, en el cual se mueven libremente sus pensamientos. Con estas palabras cierra su investigación Le Goff sobre los intelectuales de la Edad Media.  Sus reflexiones nos deben servir para reordenar nuestras ideas sobre esta etapa de la historia europea tan maltratada por el pensamiento ilustrado.  Debo agregar a esto las palabras que el historiador inglés Walter Starkie dice sobre la universidad medieval de mediados del siglo XIV, en especial Salamanca: La Universidad medieval era una gran comunidad democrática en la que no había diferencias de categoría o privilegios. Sin embargo, esta igualdad era sólo teórica, porque en la práctica había inevitables distinciones que ocasiona la riqueza. Los hijos de los nobles llegaban a la Universidad con sus propios siervos y pagaban a sus compañeros pobres para que les sirvieran de criados; pero una vez dentro del aula, el estudiante más pobre, fuese el posadero o el arriero de la aldea, podía sentarse en los bancos al lado del hijo de un Grande… podía sentir hasta dónde llegaba su propia valía, al pensar que compartía con sus compañeros el privilegio de elegir el Rector de la Universidad… es preciso recordar que Salamanca, como Bolonia… era Universidad de estudiantes, con un estudiante rector escogido por ellos… También los estudiantes tenían la facultad de elegir a los profesores. Creo que esta pintura de la universidad medieval debe sorprender a muchos que se dejan llevar por los prejuicios “ilustrados”.  Una universidad democrática que sólo distingue por la riqueza de las familias de los estudiantes, en cuanto a las comodidades y el lujo (no se diferencia en esto de las de hoy), pero que en su calidad de estudiantes los colocaba en un pie de igualdad, con un gobierno mucho más horizontal que el que hoy conocemos, con una participación más directa en la conformación de los claustros y una incidencia mayor en la participación estudiantil en los temas a debatir, es una universidad digna de ser estudiada.  Muchas cosas de aquella universidad deberían ser repensadas seriamente, con la mirada puesta en una universidad para el siglo XXI.  La universidad de la Ilustración marcó profundamente las diferencias entre los claustros y se alejó de la participación popular.  Se convirtió en una institución para una élite.  El debate entre alumnos y profesores desapareció. Ya no se podrá encontrar, como en siglos anteriores, las aulas llenas de estudiantes pobres.  Los hijos de los nobles y de los burgueses pudientes no se acercan a las aulas universitarias hasta que adquiere prestigio social en el siglo XVIII.  En la universidad medieval la enorme mayoría de los estudiantes son de origen modesto, humilde, por lo general becarios (al decir pobres se está haciendo referencia al sector social pobre de las comunas aldeanas y de las ciudades, esto excluye al campesinado que en su casi totalidad era analfabeto).  También los profesores son pobres, sólo excepcionalmente se puede ver a algún noble con preocupaciones intelectuales.  La queja de Eloísa a Abelardo es que un intelectual, profesor de la Universidad de París, no puede mantener un hogar con sus ingresos , esto pone de manifiesto la poca consideración social que tiene el estudio para las clases altas, ocupadas en las conquistas, la política y el comercio.  Esta particularidad de la universidad medieval, de estar poblada por las clases pobres, el tipo de cuestiones que este sector social se plantea y los modos de responderse, el servicio a la comunidad y la tónica ética que el saber ostenta, debe ser retenido para cuando nos metamos en la última parte de este trabajo. Es significativo también, para nuestra posterior reflexión hacia el próximo siglo, que a partir del encerramiento de la universidad dependiente de la Iglesia jerárquica, en la defensa del aristotelismo, que tuvo como cuestión fundamental la jerarquía eclesiástica durante el siglo XVII, gran parte de lo mejor y más rico de la producción intelectual se generó fuera de ese ámbito.  Así hombres de la talla de Descartes, Malebranche, Spinoza, Leibniz, Pascal, Locke, Berkeley, Hume, Voltaire, d’Alembert, Rousseau… pensaron y escribieron en sus gabinetes aislados y al margen de la enseñanza.  Recién a partir de fines del siglo XVIII con Kant, Fichte, Schelling, Hegel, para nombrar sólo filósofos, vuelve a resonar en las aulas el pensamiento de los grandes.  El esclerosamiento de la universidad expulsó a los mejores hombres de una época. Corremos el riesgo, en nuestras tierras, de que ocurra algo similar.  Hoy los creadores del pensar latinoamericano sólo excepcionalmente están en las cátedras.  Por ello esos temas aparecen como excentricidades dentro de las aulas. Antes de pasar a la consideración de la universidad moderna cabe alguna reflexión sobre el concepto de universidad.  Deteniéndonos en su etimología, sin quedar presos de ella, podemos aventurar lo que contiene el vocablo.  Puede estar haciendo referencia a universo del latín universum, versus-unum, que se contrapone (versus) a lo uno o que va hacia lo uno.  Siempre implicaría una relación con la unidad pensada como totalidad.  De aquí, entonces, podría pensarse la relación entre universidad y universalidad.  También puede ser pensado, y así algunos autores lo sostienen, que deriva de uni-verso, una-versión, lo que nos remitiría a las reflexiones que hizo Heidegger en sus Holzwege (1950) respecto de la concepción del universo, en la que el hombre se ha hecho una imagen del mundo.  Aquí se separaría el mundo greco-latino y el medieval del mundo del Renacimiento, en este último el hombre habría ordenado el universo a su “imagen y semejanza”.  En este sentido podría quedar para nosotros más claro, desde nuestra particularidad latinoamericana, que la universidad es universalidad, sólo como imagen de un mundo proyectado o conformado a partir de un hombre, hijo de una determinada cultura, la de occidente, como antes lo fue de la cristiandad, o antes aún de la grecolatina.  De allí que la universalidad que encierra es el producto de un modo de enfrentar el universo, que sí entonces adquiere la verdad de ser “una-versión”.  La universalidad de las universidades medievales y renacentistas lo eran sobre la base de compartir una versión del mundo.  Otro tanto debería decirse para las modernas.  La catolicidad de origen de las universidades hace referencia a esta universalidad, catolicismo, palabra de origen griego kath’ ólou, universalidad totalizante.  Sobre ello volveré al final de este trabajo.  Pero quiero terminar aquí con una muy sugerente reflexión de Juan D. García Bacca de la Universidad de Caracas: … si la etimología de una palabra encerrara el logos o logia de lo auténtico, de lo étymon, de lo que una cosa es, la esencia de universo, de universalidad y de universidad, descubiertas por su etimología, por su partida de nacimiento en palabras, vendrían a decirnos que todos ellos: universo, universalidad y universidad conspiran, aspiran, inspiran, -y para agotar los compuestos de spirare-, expiran hacia o contra unidad o de unidad o con unidad. La universidad es, pues, una institución de Unidad, de unificación, cuando universum, universo, es vivido y sido como hacia (versus) unum. Empero, al vivir, ser y moverse en un universo en que el versus signifique, o se lo haga significar, contra, la Universidad, -y el universo en que la universidad sea y viva, se mueva y trabaje-, será el órgano, el sismógrafo delator del movimiento disgregador, del grado de desunión, de especialización, característico del ambiente propio de la concepción del universo en que los hombres estén viviendo y siendo.