VON WERNICH RECLUSION PERPETUA POR GENOCIDIO

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El sacerdote Christian Von Wernich fue sentenciado a reclusión perpetua por su participación en secuestros, torturas y asesinatos durante la última dictadura militar.

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VON WERNICH RECLUSION PERPETUA POR GENOCIDIO

Después de tres meses de proceso oral, el Tribunal de la Plata emitió la sentencia. El ex capellán de la Bonaerense fue acusado de participar en homicidios, torturas y privaciones ilegales de la libertad durante la dictadura. La fiscalía y las querellas habían pedido la prisión y reclusión perpetua. Poco antes de la lectura, la sala debió ser desalojada por una falsa amenaza de bomba.

El Tribunal Federal Número 1 de La Plata condenó esta noche al ex capellán de la policía bonaerense Christian Von Wernich a la pena de "reclusión perpetua", por crímenes cometidos en el marco del "genocidio" ocurrido entre 1976 y 1983 en la Argentina.

El sacerdote había sido acusado por 7 homicidios, 42 privaciones ilegítimas de libertad y 32 casos de torturas durante la última dictadura militar.

En la audiencia desarrollada este martes, el acusado rompió el silencio para a cuestionar a testigos "falsos", a los que calificó de "preñados de malicia y pedir la pacificación.

"El hombre que quiere reconciliarse necesita paz, si no actúa con un corazón herido", sostuvo el sacerdote al hacer uso de la palabra antes de que empiece la lectura del veredicto.

Más temprano, el abogado defensor Juan Martin Cerolini pidió la "absolución" del acusado.

Cerolini fundamentó este pedido en que durante el juicio "no se ha probado o no alcanzan las manifestaciones para arribar a un veredicto condenatorio".

"Son más las dudas que han quedado planteadas que las certezas a las que pueda arribar este tribunal", dijo Cerolini.

Además, aseguró que el juicio que se le sigue a Von Wernich "viola el principio de igualdad ante la ley, como lo violaron los juicios de Nüremberg y Tokio".

"Varios de los imputados en esos procesos, como mi cliente, fueron seleccionados sobre la base de criterios indefinidos jurídicamente y acusados con testimonios livianos", sostuvo Cerolini en el final de su alegato.

El abogado entendió que este tipo de juicios "está orientado a preferir acusados de relieve que puedan dar relevancia periodística a la investigación, independientemente del grado de participación que hayan tenido o no en algún tipo de delito".

En tanto, durante la extensa jornada de alegatos que se desarrolló este lunes ante el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, las querellas y la fiscalía pidieron, con distintos matices jurídicos, la prisión y reclusión perpetua del primer sacerdote de la iglesia católica juzgado oral y públicamente por delitos de lesa humanidad.

En casi tres horas de alegato, la fiscalía general, que encabezan Carlos Dulau Dumm y Felix Crous, pidieron la pena de reclusión perpetua para Von Wernich por participar en seis homicidios triplemente calificados, 31 casos de tortura y 42 privaciones ilegales de la libertad.

Fuente: Télam

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En un fallo con pocos precedentes en el mundo, el sacerdote Christian Von Wernich fue sentenciado a reclusión perpetua por su participación en secuestros, torturas y asesinatos durante la última dictadura militar. El enjuciamiento por delitos de lesa humanidad a un miembro de la Iglesia Católica es un paso de relevancia para el establecimiento de la justicia y la democracia en Argentina. Ofrecemos a continuación unos artículos al respecto y reproducimos el comunicado difundido por la Conferencia Episcopal Argentina que marca la posición de la cúpula de la de la Iglesia Católica ante el hecho.

Este avance de la justicia democrática nos anima a seguir reclamando, construyendo y profundizando el "nunca más" de toda la sociedad argentina y el todavía pendiente "nunca más" de la Iglesia Católica. La resposibilidad instucional y la evidente complicidad de miembros de la jerarquía debe ser reconocida. De la misma manera en que debe reconocerse que la insistencia en asociar con "el odio y el reencor" el reclamo de justicia es un recurso que perpetúa la complicidad y la impunidad.

Seguir con este reclamo y con otros, como la eliminación del Obispado Castrense, es una tarea que compete tanto a todas las comunidades cristianas como a todos los hombres y mujeres de nuestra sociedad.

Con la fuerza de la verdad, seguimos apostando a un tiempo de justicia.

 

Centro Nueva Tierra

nuevatierra@wamani2.wamani.apc.org

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La Iglesia Católica habló: “el demonio es el testigo falso”

Por Fortunato Mallimaci *

 

El sacerdote Von Wernich al final habló. La Iglesia católica al final habló. Confiado, seguro, soberbio, altanero, miró al tribunal, miró a la cámara y pidió diez minutos. Miró también fijo al crucifijo que presidía la sala (¿hasta cuándo será un salón sacro un tribunal de Justicia?) y habló, explícito, en su condición de sacerdote católico.

 

No era alguien que se preguntaba sobre su pasado o que ponía en duda su accionar. Por el contrario, seguro de sí mismo, reafirmaba con voz potente y manos que lo acompañaban, que había hecho lo que tenía que hacer. Dios y la Iglesia se lo habían pedido y ordenado. El cumplía.

 

Y para que no quedaran dudas de que hablaba un sacerdote, la Iglesia Católica por su intermedio, utilizó todos los símbolos católicos disponibles. Jesús, Cristo, la Biblia, Dios, María, el Demonio, el pecado, la confesión, los sacramentos y los 2000 años de historia de la Iglesia de la cual él forma parte, nos dijo, nos recordó y nos amenazó, lo estaban en ese momento acompañando.

 

En la sala, momentos antes habíamos escuchado los alegatos: ayer de la querella y hoy de la defensa. Lo novedoso de este juicio fue que la defensa de Von Wernich reconoció aquello que hoy sectores de poder continúan negando: que hubo miles de detenidos-desaparecidos, de torturados, de prisioneros, de campos de reclusión y un plan de terror implementado desde el Estado para eliminar a sus opositores. Es un gran avance frente a los que niegan estos crímenes de lesa humanidad. Pero a renglón seguido, era la lógica de su defensa, intentaron minimizar su participación en los hechos que se le imputaban, dado que se trataba de “un simple capellán de la policía”. Von Wernich: ¡un perejil!

 

Por eso el reo Von Wernich insistió que su tarea había sido la de confesar, la de brindar paz y trato a los detenidos… Hay que ser hipócrita para mencionar la palabra paz cuando la Policía Bonaerense, de la cual era el principal asesor, colaborador y legitimador fue responsable durante la dictadura de miles de detenidos-desaparecidos, torturados, asesinados, encarcelados…

 

Pero estamos ante un confesor que no confiesa, que enmudece cuando debe decirnos dónde están los cuerpos de los detenidos-desaparecidos cuando era el asesor del coronel Camps; dónde están los cuerpos de las madres asesinadas luego de dar nacimiento a sus bebés; dónde están los bebés nacidos en cautiverio; quiénes armaron con él los planes de exterminio, colaboraron en torturar y asesinar… aquí la Iglesia Católica, como lo viene haciendo desde 1976, vuelve a callar, a no hablar, a seguir apostando al vínculo entre militarización y catolización, entre Patria y Nación católica, en preferir pactos corporativos a la búsqueda de la justicia, ese nuevo nombre de la paz.

 

Y es importante recordar una vez más que la reconciliación, la confesión, el pedir perdón en la larga tradición judeo-cristiana, significa construir justicia, es decir, reconocer y hacer memoria de los daños realizados, rehacer el tejido social destruido por esa injusticia y hacer público el deseo de no volver a realizarlo.

 

Por eso, aunque Von Vernich habló de la confesión no hubo en él ningún gesto, palabra ni mirada de arrepentimiento. Más aún, citando al cardenal Bergoglio, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en su discurso del domingo en el santuario de Luján, trató de descalificar a todos y todas aquellos que lo habían acusado en el juicio con sus mismas palabras “el demonio es el testigo falso”, esos testigos que lo acusan a él, a la Iglesia Católica, a sus 2000 años de historia, “están preñados de malicia, de mentira”. Y remarcar, para no dudar de su catolicidad, “que María nos enseña el camino de la verdad”.

 

Sus palabras finales fueron recordar que en la larga historia de la Iglesia, “nunca, ningún sacerdote violó el sacramento de la confesión”. Triste y terrible ironía, el sacerdote que se jacta de no violar un sacramento acepta que se violen cuerpos, que se violen sueños, de creerse todo omnipotente, de ser Dios para decidir sobre lo más absoluto y sublime: el amor a la vida de un varón, de una mujer que por ser luchadores sociales, amantes de la solidaridad y la justicia, él, Von Wernich, la Iglesia, decidió que eran no personas, no debían seguir viviendo, eran subversivos.

 

* Sociólogo de la religión UBA/Conicet. Miebro del Centro Nueva Tierra.

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Pecados capitales

Por Mario Wainfeld

 

“El Señor no nos dijo ‘ustedes pueden matar o no matar’. Pero debemos estar dispuestos a morir.”
Carlos Mugica, circa 1972

“Esta lucha es una lucha por la República Argentina, por su integridad, pero también por sus altares (…). Por ello, pido la protección divina en esta guerra sucia en la que estamos empeñados.”
Victorio Bonamín, vicario castrense, octubre de 1976

 

Un acusado fue condenado, con sobradas pruebas, previo cumplimiento del debido proceso legal. Ninguna institución se sienta en el proverbial banquillo porque el derecho penal de Occidente, cimentado en la presunción de inocencia, sólo admite procesar individuos. No se juzgó a la Iglesia Católica. El ciudadano Christian Federico von Wernich no es castigado por sus pecados (menos por su fe o sus valores) sino por sus delitos.

 

Los efectos políticos sí que trascienden al reo. Es la tercera sentencia ulterior a la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final. Habrá más tras los trabajosos trámites que impone la preservación de las garantías a los procesados.

 

Una consecuencia que se irá desplegando es el debate acerca de la responsabilidad, jamás penal pero sí política y hasta moral, de la cúpula de la Iglesia Católica. Casi de volea la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) emitió un documento (ver página 5), sin duda redactado con antelación. La celeridad fue toda una innovación, el contenido muy lavado y distante, una repetición. La voluntad ostensible fue mitigar la repercusión mediática de un caso con escasos antecedentes en el mundo. Estar presentes en los titulares y en las primeras páginas en función de su pálida movida de ayer y no de su silencio de décadas.

El juez Carlos Rozanski le explicó a Von Wernich que su intervención final no era para ejercitar su defensa (trámite ya cumplido) sino para pronunciar algunas palabras. Con sutileza, le subrayó que el derecho siempre le concede la última palabra al acusado. Un paradigma general que cobra insólito vigor en el que caso de quien hizo de la palabra un arma.

 

El ex sacerdote, con enorme presencia escénica, inquirió cuánto tiempo tenía y eligió como género el sermón. Ni una palabra sobre el hombre sometido a juicio, él mismo. Sí una reflexión sobre el sacramento de la confesión, sobre la historia de la Iglesia, sobre el demonio que acecha en los testigos que odian y (por ende) mienten. La reconciliación, esa bandera que los represores (y sus corifeos) aluden como tapadera de su impunidad, no podía faltar.

 

Al cronista siempre le impresiona que otro represor, Luis Patti, jamás niega los hechos que se le imputan. Los resignifica, desde el ángulo legal. A los militantes montoneros Pereira Rossi y Cambiasso no los asesinó, los “mató en combate”. Cuando se le reprocha haber torturado se vuelve leguleyo: la causa está prescripta, no hay testigos. En el caso del policía puede imaginarse que algo hay de proselitismo; hay quien lo vota por sus tropelías, no a pesar de ellas. Von Wernich, que no busca votos pero sí otro tipo de adhesiones, hizo lo mismo. No dijo que era inocente, no repasó los cargos, se amparó en los dos mil años de historia de la Iglesia Católica pero jamás habló de una de sus ovejas más negras, él mismo. Dos autoridades citó Von Wernich en su día ante el tribunal. Un texto de San Juan, según los conocedores, el evangelista favorito de Jesús. Y una frase del cardenal Jorge Bergoglio emitida en misa de siete el fin de semana pasado.

La frase de Carlos Mugica citada como epígrafe alude a una de sus obsesiones. Siempre decía que estaba dispuesto a morir por sus ideas pero no a matar por ellas. Tamaña opción lo diferenciaba de muchos de sus compañeros, seguramente a ellos les predicaba. Su testimonio contrasta con el de muchos otros sacerdotes y obispos que sí apañaron el crimen, la tortura y la desaparición. Uno al menos, quedó probado, hasta cometió esos delitos.

 

En estos días memorables, vale recordar que los cristianos (laicos u ordenados) estuvieron de los dos lados del terrorismo del Estado: verdugos y víctimas. La obstinada opción de la jerarquía a partir de 1983 fue obstruir toda forma de investigación o juicio. Muy por debajo del compromiso de sus pares chilenos o brasileños, casi todos los purpurados se consagraron a legitimar y engrosar el discurso de la impunidad. Ningún abogado defensor de los genocidas fue tan persuasivo, tuvo tanta acogida social como la jerarquía.

El múltiple homicida portaba un chaleco antibalas que jamás precisó. Nadie alzó la mano, menos un arma, contra él. La única insubordinación del público fueron unos vítores y aplausos en ciertos tramos del decisorio. El presidente del tribunal pidió calma, para cumplir con las formalidades y hasta eso se honró. La dignidad de las víctimas y los militantes de derechos humanos, un clásico en 24 años de democracia, pasó por La Plata.

Larga y aciaga es la crónica de los sacerdotes que integraron las fuerzas de seguridad. Vicarios y capellanes castrenses o de la policía fueron, en lo político, primero instigadores luego cómplices. Fue usual que integraran la vanguardia de los genocidas y los cubrieran con relato ideológico-religioso. Fueron punta de lanza en el conflicto con el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (MSTM), con mucha antelación a la dictadura.

 

Desde 1976, todo se radicalizó, contexto en que brota la cita de Bonamín recordada al comenzar esta columna.

 

La supervivencia de esos cargos, sufragados por el Estado nacional con nula transparencia e información, es una rémora (reavivada por el caso Baseotto) que la coyuntura habilita para desmontar. La necesaria polémica acerca de las complicidades debería potenciar una modernización de las relaciones entre Iglesia Católica y Estado, muy anacrónica, plena de privilegios no republicanos.

Por razones de horario, el tribunal sólo leyó la parte resolutiva de su sentencia. Los fundamentos (“considerandos”, en jerga) se difundirán el primero de noviembre. Hasta entonces no se sabrá en detalle cuál es el alcance de la expresión “delitos de lesa humanidad cometidos en el marco del genocidio” que leyó Rozanski. Las querellas habían pedido que se consagrara el delito de genocidio, no incluido en la legislación escrita argentina. Ningún fallo local lo recogió hasta ahora. Es un punto debatido entre juristas. Habrá que ver el hilo argumental de los camaristas, la primera impresión es que se reconoce la existencia de un genocidio pero se condena por los otros delitos comunes, cuya enumeración ponía la piel de gallina.

Fiel a un estilo poco democrático que no suele ser criticado por la prensa, la CEA emitió un comunicado al que no le puso voz ni cuerpo. El texto es breve hasta el laconismo. Da cuenta de un “dolor gravísimo” pero relativa la existencia de los crímenes con el asombroso giro “según la sentencia del Tribunal Federal Oral 1 de La Plata”. Una sentencia es un acto institucional, no una opinión. Como tal, obliga a todos los ciudadanos y a todas las organizaciones no gubernamentales. Von Wernich no es múltiple asesino “según los jueces”, es un homicida a la luz de las leyes argentinas. Llama la atención, proviniendo de quienes reclaman enfáticamente más institucionalidad, que se relativice (casi se ningunee) el valor de un acto de gobierno.

 

Dos omisiones restallan en el texto. La más grave: las víctimas brillan por su ausencia. Ni una alusión a ellas. Es dable esperar que no se las haya dado por nombradas en las alusiones que sí hay, al “odio y el rencor”.

 

La segunda ausencia es la mención de las señas personales de Von Wernich, así fueran su nombre y apellido.

Habrá análisis jurídicos cuando se conozca el veredicto completo. Seguirán las controversias sobre la figura del genocidio. El Ejecutivo deberá ponerse las pilas y destrabar las designaciones de jueces que tiene muy frenada por desmanejos internos. Para acelerar los juicios en curso, la Corte Suprema deberá asumirse como cabeza del Poder Judicial, burilando una ingeniería procesal que abrevie tiempos sin mengua de las garantías a los acusados. También deberá ejercitar su poder de superintendencia con magistrados que chicanean como si fueran abogados de la defensa.

 

Con mucho para hacer y corregir, con internas y deudas pendientes, el sistema democrático funcionó. Mucho le debe a la tenacidad, la creatividad y la militancia de las organizaciones de derechos humanos cuya lucha pacífica sigue siendo un ejemplo insuperado.

 

El acusado, un psicópata de libro en su sermón de diez minutos, no manifestó arrepentimiento, ni siquiera introspección. La institución que todavía lo contiene en sus filas, tampoco.

 

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COMUNICADO DE LA COMISION EJECUTIVA

9 DE OCTUBRE DE 2007

 

En estos días la Iglesia en Argentina está conmovida por el dolor que nos causa la participación de un sacerdote en delitos gravísimos, según la sentencia del Tribunal Oral Federal Nº1 de La Plata.

Creemos que los pasos que la justicia da en el esclarecimiento de estos hechos deben servir para renovar los esfuerzos de todos los ciudadanos en el camino de la reconciliación y son un llamado a alejarnos, tanto de la impunidad como del odio o el rencor

Reiteramos, una vez más, lo que expresamos los Obispos argentinos: "Si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia"(1). Y también recordamos el pedido de perdón realizado por la Iglesia en el acto de apertura del Encuentro Eucarístico Nacional (Córdoba, 8 de septiembre de 2000)

Pedimos a Jesús Misericordioso y a Nuestra Señora de Luján que nos acompañen en este doloroso camino de reconciliación de todos los argentinos.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

Mons. Luis Héctor Villalba, Arzobispo de Tucumán y Vicepresidente 1º de la CEA

Mons. Agustín Radrizzani, Obispo de Lomas de Zamora y Vicepresidente 2ª de la CEA

Mons. Sergio Fenoy, Obispo de San Miguel y Secretario General de la CEA

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