EL SILENCIO DE LA CRÍTICA PROGRESISTA EN EE.UU.

Tony Judt (LaNacion.Com)

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Tony Judt:-El liberalismo en EE.UU. es ahora una política que nadie defiende, y los que se consideran "intelectuales liberales" tienen otros compromisos.

Gentileza de Alberto Enzo Regalli

A cinco años del 11-S

 

EL SILENCIO DE LA CRÍTICA PROGRESISTA EN EE.UU.

Los pensadores progresistas de EE.UU., tras los ataques de 2001,

se fueron alineando con Bush.

Por Tony Judt

LA NACION-COM

Domingo 10 de setiembre de 2006

 

Nostálgicos de épocas en que la polarización eliminaba los matices de la discusión política, los pensadores progresistas de EE.UU., tras los ataques de 2001, comenzaron a tomar distancia de los fundamentos liberales y se fueron alineando con Bush.

 

¿Por qué los liberales norteamericanos consienten la catastrófica política exterior del presidente Bush? ¿Por qué han dicho tan poco sobre Irak, sobre el Líbano o sobre los informes de un plan de ataque a Irán? ¿Por qué la intelectualidad liberal del país hizo tantos esfuerzos en mantener la cabeza a salvo?

 

No fue siempre así.

 

El 26 de octubre de 1988, The New York Times publicó una página entera con un aviso a favor del liberalismo. Titulado "Una reafirmación de principios", censuraba al entonces presidente Ronald Reagan por ridiculizar la "temida palabra de la L" y por tratar a los "liberales" y al "liberalismo" como términos oprobiosos.

 

La solicitada llevaba la firma de 63 prominentes intelectuales, escritores y hombres de negocios: entre ellos Daniel Bell, John Kenneth Galbraith, Felix Rohatyn, Arthur Schlesinger (h), Irving Howe y Eudora Welty. Estos y otros firmantes -como el economista Kenneth Arrow y el poeta Robert Penn Warren- fueron el corazón de la crítica intelectual, el firme núcleo moral de la vida pública norteamericana.

 

Pero, ¿quién podría hoy firmar una protesta así?

 

El liberalismo en EE.UU. es ahora una política que nadie defiende, y los que se consideran "intelectuales liberales" tienen otros compromisos.

 

Su lugar está ahora ocupado y su papel es en parte asumido por una admirable cohorte de periodistas de investigación, entre los que se destacan Seymour Hersh, Michael Massing y Mark Danner, quienes escriben en el New Yorker y el New York Review of Books , como corresponde a la nueva Edad Dorada.

 

La pérdida de confianza entre los liberales norteamericanos puede ser

explicada de varias maneras.

 

Es una consecuencia de las ilusiones perdidas de la generación de los años 60 (los firmantes de la solicitada de The New York Times , toda gente mayor, estaban hechos de un material más duro) y un subproducto de la disolución gradual del Partido Demócrata.

 

En política exterior, los norteamericanos liberales acostumbraban a creer en la ley internacional, en la negociación y en la importancia del ejemplo moral.

 

Hoy, un extendido consenso de "primero Estados Unidos" reemplazó al vigoroso debate público. Como sus equivalentes políticos, la intelectualidad crítica, alguna vez tan prominente en la vida cultural norteamericana ha caído en el silencio.

 

Este proceso ya estaba en marcha antes del 11 de septiembre de 2001.

Pero desde entonces las arterias de la moral y el intelecto del cuerpo

político norteamericano se han endurecido más aún.

 

Revistas y diarios de centro, tradicionalmente liberales -como The New Yorker, New Republic , The Washington Post y el mismo The New York Times -, pusieron apresuradamente en consonancia su línea editorial con la de un presidente republicano inclinado a la guerra ejemplar.

 

Los intelectuales liberales de Estados Unidos encontraron por fin una

nueva causa. O, mejor, una vieja causa bajo un nuevo disfraz.

 

Lo que distingue la visión del mundo de los partidarios liberales de George

W. Bush de la de sus aliados neoconservadores es que no ven la "Guerra

contra el terrorismo", o la guerra en Irak, o la guerra en el Líbano y, eventualmente, en Irán, como meros ejercicios en serie para el restablecimiento del dominio marcial norteamericano.

 

Las ven más bien como escaramuzas en una nueva confrontación mundial: una buena batalla, tranquilizadoramente comparable con la que sus abuelos

libraron contra el fascismo y con la posición de sus padres liberales contra el comunismo internacional durante la Guerra Fría. Una vez más, sienten, las cosas están claras.

 

El mundo está dividido ideológicamente y, como antes, debemos tomar posición frente al desafío de la época. Nostálgicos durante mucho tiempo de las verdades reconfortantes de un tiempo más simple, los intelectuales liberales de hoy tienen una causa propia: están en guerra contra el "fascismo islámico".

 

Así, Paul Berman, asiduo colaborador en muchos diarios liberales y hasta ahora más conocido como comentarista de asuntos culturales, se recicló como experto en fascismo islámico (término recién acuñado) al publicar un libro sobre el tema ( Terror y Liberalismo , de 2003) justo a tiempo para la guerra de Irak. Peter Beinart, ex editor del New Republic , siguió sus pasos este año con La buena lucha: por qué los liberales -y sólo los liberales- pueden ganar la guerra contra el terrorismo y hacer a Estados Unidos grande otra vez (2006), donde traza a grandes rasgos el parecido entre la guerra contra el terrorismo y los inicios de la Guerra Fría.

 

Ninguno de estos autores había demostrado hasta ese momento ninguna familiaridad con Medio Oriente, mucho menos con las tradiciones Wahabita o Sufi sobre las que se pronuncian con tanta suficiencia.

 

Pero como Christopher Hitchens y otros antiguos eruditos de izquierda, ahora expertos en "fascismo islámico", Beinart y Berman realmente se sienten cercanos y confortables con una división binaria del mundo a lo largo de líneas ideológicas, una división que reduce la exótica complejidad a simplificaciones familiares: Democracia v. Totalitarismo, Libertad v.

Fascismo.

 

Sin duda, los partidarios liberales de Bush se han desilusionado.

 

Los diarios que he mencionado y muchos otros han publicado editoriales en

que criticaron la política de Bush sobre prisioneros, la tortura y, sobre todo, la absoluta ineptitud de la guerra del presidente.

 

Pero también aquí la Guerra Fría ofrece una reveladora analogía.

 

Como los admiradores occidentales de Stalin, que, ante las revelaciones de

Kruschev, se volcaron en contra del dictador soviético no tanto por sus crímenes como por desacreditar al marxismo al que ellos adherían; así también, los intelectuales partidarios de la guerra de Irak centraron sus lamentos no en la catastrófica invasión en sí misma, sino más bien en su incompetente ejecución.

 

Están irritados con Bush por haber hecho que la "guerra preventiva" sea una mala palabra.

 

De manera similar, esas voces del centro que aullaban insistentemente por sangre en el preludio de la guerra de Irak -los lectores tal vez recuerden al columnista de The New York Times Thomas Friedman pidiendo que Francia fuera "sacada de la Isla" (es decir, del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas) por su atrevimiento al oponerse a la decisión de EE.UU. de ir a la guerra- hoy son los que con más confianza reclaman el monopolio en la visión de los asuntos mundiales.

 

Friedman está secundado por Beinart, que acepta que él "no advirtió"

lo perjudicial que serían las acciones norteamericanas para "la lucha"

pero insiste, sin embargo, en que cualquiera que no se oponga a una

"jihad global" simplemente no es un defensor coherente de los valores

liberales.

 

Hasta Jacob Weisberg, del Financial Times, acusa a los críticos demócratas de la guerra de Irak de equivocarse al "no tomaren serio la batalla más amplia contra el fanatismo islámico".

 

Los "idiotas útiles"

 

Irónicamente, entonces, y pese a enorgullecerse por haber abandonado las ilusiones de la vieja izquierda, los nuevos intelectuales liberales "duros" de EE.UU. reproducen sus peores características.

 

Despliegan la misma mezcla de confianza dogmática y provincialismo

cultural que marcó a quienes los precedieron en su viaje a través de la división ideológica de la Guerra Fría.

 

En realidad, ellos ya fueron descriptos por Lenin varias décadas atrás: son los "idiotas útiles" de la guerra contra el terrorismo.

 

En rigor de justicia, no están solos. En Europa Adam Michnik, el héroe

de la resistencia intelectual polaca contra el comunismo, se ha convertido en un abierto admirador de la islamofóbica Oriana Fallaci; Vaclav Havel se ha unido al Comité sobre el Peligro Presente, de Washington (una organización reciclada de la época de la Guerra Fría dedicada a combatir "la amenaza que representa el islamismo radical global y los movimientos fascistas terroristas"); André Glucksmann, en París, colabora con exaltados ensayos en Le Figaro en que denucia la "jihad universal", la "ambición de poder" de Irán y la estrategia del islam radical de una "subversión verde".

 

Todos ellos apoyaron con entusiasmo la invasión a Irak.

 

Pero, volviendo a Estados Unidos, los intelectuales liberales norteamericanos se están convirtiendo rápidamente en una clase servicial, sus opiniones están determinadas por su lealtad y calibradas para justificar un fin político. Jean Bethke Elshtain y Michael Walzer, dos figuras reconocidas en el ámbito filosófico (ella en la Universidad de Chicago; él, en Princeton) redactaron importantes ensayos en que buscaron demostrar la rectitud de las guerras necesarias -ella, a favor de la guerra de Irak, en 2003; él, el mes pasado en una desvergonzada defensa de los bombardeos israelíes contra civiles libaneses-.

 

En Washington, hoy, los nuevos conservadores generan políticas brutales para las cuales los liberales proveen la hoja de parra ética. Realmente no hay otra diferencia entre ellos.

 

En su nuevo libro, Las cinco Alemanias que he conocido (2006), Fritz Stern, uno de los firmantes del texto que defendía el liberalismo en 1988, escribe acerca de su preocupación por la condición del espíritu liberal en los EE.UU. de hoy.

 

Es con la extinción de ese espíritu, hace notar, como comienza la muerte de una república. Stern, historiador y refugiado de la Alemania nazi, habla con autoridad en la materia. Y seguramente está en lo cierto.

 

La prontitud con que muchos de los más prominentes liberales de Estados Unidos ofrecieron cobertura moral a la guerra y los crímenes de guerra -la reciente defensa sofista de Leon Wieseltier en New Republic de la matanza de niños árabes en Q´ana, por ejemplo- es un mal signo.

 

Los intelectuales liberales acostumbraban distinguirse precisamente más por sus esfuerzos en pensar por sí mismos que por hacerlo al servicio de

otros.

 

Los intelectuales no deberían presumir teorizando sobre la guerra interminable, mucho menos deberían promoverla.

 

Deberían estar comprometidos en perturbar la paz, sobre todo la propia.

TJ/

 

 

Tony Judt es historiador y director del Instituto Erich Maria Remarque, de la Universidad de Nueva York. /Traducción: María Elena Rey

 

 

NOTA DE LA NAC&POP: La nota vale por sí misma, pero especialmente porque la publicó "La Nación": El cuaderno de bitácora de las clases dominantes no se pierde una. NESTORGOROJOVSKY/NAC&POP.