NATALICIO GONZÁLEZ, UN GRAN PATRIOTA LATINOAMERICANO OLVIDADO

Roberto Ferrero (Agenda de Reflexion)

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Periodista combativo, autodidacta, pensador original, embajador y poeta, gran caudillo popular y presidente de la República, el paraguayo Juan Natalicio González fue empujado al olvido. NATALICIO GONZÁLEZACCION  POPULAR  NACIONALISTASan Martín – Rosas – Perón Un gran patriota latinoamericano olvidadoNATALICIO GONZÁLEZ Por Roberto Ferrero Periodista combativo, autodidacta, pensador original, embajador, narrador y poeta, gran caudillo popular y presidente de la República, el paraguayo Juan Natalicio González fue empujado al olvido después de su fallecimiento en 1966.  O quizá antes, ya en su exilio mexicano.  En un pequeño país mediterráneo, empobrecido y sometido, se había atrevido a desafiar al imperialismo, al liberalismo vernáculo y al stalinismo rioplatense para proclamar el derecho del pueblo guaraní a darse un destino autónomo.  Eso no le podía ser perdonado: el ostracismo y la desmemoria fueron el precio que pagó por su insólita osadía. Natalicio –como simplemente le decían todos– nació en 1897 en Villa Rica. Allí, en contacto con el estoico campesinado nativo –el pynandí- y las tradiciones de los López que se prolongaban en su propio padre, militante del “coloradismo” (nacionalismo paraguayo), había aprendido a amar por sobre todas las cosas a su tierra y a su gente.  Hizo sus primeras letras y en 1914 se trasladó a Asunción para estudiar Medicina, que no completó Para ese entonces, el Paraguay había vuelto a manos de los liberales –continuadores de los “legionarios” que habían luchado contra su patria en las filas de la Triple Alianza- a raíz de la revolución de 1904, apoyada por los brasileños y especialmente por el gobierno argentino oligárquico y pro-británico de Manuel Quintana.  Llegado al poder por imposición de las armas extranjeras, el liberalismo paraguayo, casi sin base social alguna, había quedado plasmado en la Constitución de 1870 y en los gobiernos que se sucedieron hasta 1880. En esta fecha el general Bernardino Caballero –a quien el mariscal Francisco Solano López, en los días finales de sus luchas, había entregado la bandera de la reconstrucción nacional- se hizo cargo del gobierno, atenuando por más de dos décadas el sistema liberal, en la escasa medida en que lo permitían los grandes condicionamientos económicos, internacionales y militares de la época.  Bajo la atenta mirada de los poderosos vecinos que lo habían vencido, el Paraguay, aún bajo las administraciones coloradas, debió soportar la vigencia superestructural de la legislación, la cultura y la ideología liberal, desarrollada a contrapelo de la sociedad guaraní, especialmente en las filas de las reducidas clases altas y medias de Asunción.  La pequeña ciudad fluvial, con sus calles sombreadas por naranjos, tan criolla y guaraní en su gente común, no había escapado a la ola de imitación simiesca que alentaban por Europa urbes como Buenos Aires, Río y Montevideo, y con ella otra vez vuelven los liberales al gobierno.  En esa atmósfera asunceña llega Natalicio desde su terruño para sumarse a la agitación política de la “Asociación Nacional Republicana”, nombre oficial del partido Colorado. A los veinte años ya es el jefe de redacción del órgano partidista “La Patria” y fundador de la revista “Guaranda”. Viaja y escribe, luego es elegido diputado.  Luego de las grandes movilizaciones nacionalistas de 1931 que culminan en la masacre de estudiantes indefensos, Natalicio es expulsado del país, dando comienzo a sus largos destierros en Montevideo – donde frecuenta al caudillo blanco Luis Alberto de Herrera y conoce las realizaciones sociales y el intervencionismo estatal colorado batllista- y Buenos Aires –donde traba amistad con Alfredo Palacios y establece estrecha relación con los hombre de FORJA Juaretche, Scalabrini Ortiz y Gabriel del Mazo-. Natalicio González tenía una concepción hispanoamericana de la historia y la política, como se aprecia en sus menciones sobre la opresión imperialista en todo el continente.  Pero como la caridad bien entendida empieza por casa, explicaba el retroceso del Paraguay desde la época en que era la región más adelantada y culta hasta su presente de atraso y esclavitud a manos del capital extranjero y la oligarquía local, fundado en “la contradicción entre el Estado exótico y la nación autónoma, entre el Estado liberal impuesto por la fuerza tras la gran derrota de 1870 y el impulso colectivo que viene de abajo, desde el fondo de la historia guaraní, por influjo de su pasado, por temperamento racial, que tiende a organizarse creando un peculiar socialismo de Estado, el comunismo peculiar de los guaraníes ancestrales que los jesuitas supieron transformar en la república cristiana, régimen de la comunidad agraria primitiva”.  Hasta 1870 –ejemplifica Natalicio- tuvo existencia legal el campo de la patria, el ‘monte de la patria’, de uso común para el vecindario”. El Estado servidor del hombre libre será un Estado fuerte pero no arbitrario, un ente moral limitado por la responsabilidad y por la ley. Un organismo vivo que subvenga su propia existencia por su acción creadora, sin renunciar al dominio y explotación de las riquezas básicas del país ni al monopolio de los organismos económicos que controlan las transacciones”.  El Estado nacionalista revolucionario debe readquirir las tierras de posesión privada para cederlas en enfiteusis a quienes la trabajen. Será su obligación crear comunidades agropecuarias a base de cooperativas, para que cada una de ellas, bajo la dirección técnica de institutos oficiales, efectúe en comunidad la explotación intensiva de la tierra. Los otros tipos de propiedad, que pueden coexistir con el régimen de enfiteusis, deben basarse en la idea de que la tierra tiene una función social y por consiguiente no puede ser objeto de especulación. La existencia del latifundio desde este momento se tornará ilegal en la República. Además, cada comunidad agraria deberá ser dotada de campos comunes de pastoreo y de bosques de uso colectivo”. El régimen febrerista que había obligado a Natalicio a expatriarse, huérfano de calor popular, fue derribado por un golpe militar pro-liberal que llevó al poder al mariscal José Félix Estigarribia, el vencedor de la guerra del Chaco y amigo de Natalicio, que pronto se desprendería de los viejos liberales reaccionarios y junto al grupo radical de los “nuevos liberales” abrogó la constitución del ’70 y la reemplazó por otra de marcado sesgo presidencialista, social e intervencionista.  Fallecido Estigarribia en un accidente un mes después de jurar la flamante carta, nadie pudo impedir que el Ejército designara presidente al general Higinio Morínigo, militar del interior, amigo de los campesinos, que hablaba guaraní (como Natalicio) y simpatizaba secretamente con los colorados.  Pronto designaría a González, el jefe del “guión rojo” del partido Colorado, como ministro de Hacienda, para escándalo de la “unión democrática” paraguaya –categoría permanente en el tiempo y existente en toda Latinoamérica-, que incitaba a derrocar al gobierno “nazi-fascista” y colgar a sus miembros como la Rosca oligárquica y sus aliados de “izquierda” lo habían hecho hacía un mes con el gran presidente boliviano coronel Gualberto Villarroel y como casi lo logran con el coronel Juan Perón en Argentina.  Morínigo fue depuesto pero dejó lugar a la corta experiencia de la presidencia nacionalista de Natalicio González, una prórroga que los paraguayos impusieron a la reacción; ya habían sido derrocados Velasco Alvarado en Ecuador y Getulio Vargas en Brasil… Natalicio fue proclamado candidato del coloradismo y triunfó ampliamente en los comicios de febrero de 1948.  El boicot y abstención de los partidos de la unión democrática no pudieron ocultar el inmenso apoyo de González entre la juventud paraguaya, el campesinado guaraní, la militancia del Guión Rojo y los viejos camaradas.  Cuando el 14 de marzo se celebró el “día del pymandí” 85.000 personas (en una Asunción de 200.000 habitantes), veteranos de la guerra del Chaco, ancianos que nunca habían pisado la capital, gauchos, mujeres y campesinos, de paso ligero y alegre al ritmo de la polca colorada, desfilaron por la Avenida mariscal Estigarribia  Al frente iba en apoteosis Natalicio González, el “pymandí tendotá” (guía de los campesinos), como ya lo denominaba el pueblo.  El subsuelo anónimo de la patria festejaba su triunfo y expresaba su esperanza en una nueva era. Pero las circunstancias no querrían que esa esperanza se concretara.  Tardó hasta el 15 de agosto en poder asumir.  En enero de 1949 y ya a punto de ser derrocado, escribía a Gabriel del Mazo: “En cuatro meses hemos realizado lo que no se hizo en veinte años, en medio de agitaciones y tentativas de subversión, que hemos logrado dominar sin estridencias”. Y no exageraba el “mburubichá” (el jefe).  En menos de 180 días de gobierno (¡sí, menos de medio año!), creó y apoyó firmemente las empresas mixtas de fomento agropecuario, mantuvo el monopolio estatal de la nafta, creó las direcciones de Industrias y de Servicios eléctricos, y estableció un sistema de colonias agrícolas: una colonia cada cien familias, a las que se les entregaba una casa y entre 10 y 40 hectáreas por familia, asesoradas por un experto agropecuario.  Además, revolucionó el sistema educativo, saneó las finanzas, se ocupó de ferrocarriles, caminos, escuelas, represas, una gran acería, energía hidroeléctrica, etcétera. Pero los intereses económicos y políticos afectados no iban a permitir que Natalicio se consolidara en el poder. Y las empresas imperialistas y la oligarquía conspiraron desde el primer día, comprometiendo a los jefes militares, entre ellos el coronel Afredo Stroessner y el propio ministro de Guerra, general Raymundo Rolón. Su única fuerza eran los campesinos desarmados que le apoyaban incondicionalmente y la integridad de su carácter. Pero eso no bastó.  Superados algunos intentos de golpe, la nueva intentona de intriga del 30 de enero de 1949 puso fin al experimento guaraní de un “Estado servidor del hombre libre”.  Rolón fue designado presidente.  Su primera medida fue derogar el monopolio estatal de la nafta… Natalicio se exilió nuevamente en Buenos Aires y luego en México, la tierra generosa de Benito Juárez y Lázaro Cárdenas, que lo albergaría hasta el último día.  Falleció en 1966, cuando el partido Colorado –como ocurriría con el Partido Justicialista, el APRA o el MNR boliviano- había perdido su espíritu nacional antiimperialista y se había convertido en un mero taparrabos del gobierno reaccionario y corrupto del general Alfredo Stroessner. La esposa del “mburubichá” había confesado años antes a un amigo: “Yo vivo por Natalicio”.  Así que al día siguiente de su partida Lydia Frutos se quitó la vida.  Gentileza de Agenda de Reflexión