RACISTA SARMIENTO, DE LO PEOR QUE HUBO. EDUCACION PARA LA DEPENDENCIA.

Gustavo E. Gordillo

domingo_faustino_sarmiento_
"La América en lugar de permanecer abandonada a los salvajes, está ocupada hoy por la raza caucásica, la más bella y progresiva que puebla la tierra" RACISTA SARMIENTO, DE LO PEOR QUE HUBO. EDUCACION PARA LA DEPENDENCIA. Por Gustavo E. Gordillo 119 años hace. Uh.  Y no parece, la verdad. Está igualito, vea, mire. Por lo menos, en el aspecto que a él mismo le parecía fundamental: las ideas. On ne tue point les idees”, había garrapateado en una roca el “norteamericanizado indio bravo”, Don Domingo Faustino Sarmiento. Hoy, si pudiera ver el actual estado de las cosas en general y de la educación pública en particular, tendría motivos de inmensa dicha, pero también de tristeza. De furia, quizás. Porque sus ideas le han sobrevivido (está bien: es cierto que no eran todas suyas, ni siquiera las más grandes, pero supo expresarlas mejor y más potentemente que sus verdaderos autores) y continúan allí: en lo alto de nuestros horizontes de transformación.  Esto lo haría dichoso, sin duda. Podemos incluso sentir su sonrisa aprobatoria cuando observa el pensamiento vivo de nuestras maestras, maestros, profesoras, profesoras, autoridades, señores padres.  Podemos sentirlo cuando ve el esfuerzo que cada día realizan por inculcar alguna noción educativa en los oscuros y reticentes cerebros de su alumnado.  Podemos aun oir su beneplácito cuando siente la desazón que los invade al comprobar –una y otra vez- que no son esos los alumnos para los que se habían preparado.  Cuando les gana el cerebro la abrumadora comprensión de que “nada puede hacerse” con estos hijos de… esta tierra. Entristecería, seguro, al sanjuanino, el ver como pese a su incansable prédica –y acción, claro que sí- se ha consagrado institucionalmente el derecho a elegir para todos por igual.  No sólo para aquellos que con tanto denuedo intentó eliminar, esos salvajes alejados de la civilización de los que nada puede esperarse: los hijos de las pampas (o los suburbios, o los barrios marginados, o los asentamientos: los actuales sucedáneos de aquellas míticas “pampas” sarmientinas).

Incluso para ¡las mujeres! Ahí sí podemos ver al furibundo sanjuanino expresar toda su cólera. Como cuando explicaba: No hay amalgama posible entre un pueblo salvaje y uno civilizado –decía el padre del aula-. Donde éste ponga su pie, deliberada o indeliberadamente, el otro tiene que abandonar el terreno y la existencia Y, continuaba: Puede ser muy injusto exterminar salvajes, sofocar civilizaciones nacientes, conquistar pueblos que están en posesión de de un terreno privilegiado; pero gracias a esta injusticia, la América en lugar de de permanecer abandonada a los salvajes, incapaces de progreso, está ocupada hoy por la raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella y la más progresiva de las que pueblan la tierra; (…) las razas fuertes exterminan a las débiles, los pueblos civilizados suplantan en la posesión de la tierra a los salvajes. Esto es providencial y útil, sublime y grande.” Pero vayamos más lejos aun: porque no es su racismo, su odio a los “naturales”, su ambición de poder, su falta de escrúpulos, su justificación o participación directa en verdaderos asesinatos lo que nos preocupa hoy.  Muchas de esas cuestiones han sido ya observadas y benigna e hipócritamente catalogados como “cuestiones de época”. No. Como decía, vayamos hasta el hueso: la misma noción de “educación” como elixir, como “mecanismo liberador”, como “salvación”, es parte del mismo fenómeno sarmientino de exterminación del distinto (y entendamos “distinto” del modo correcto en que se entiende desde los inicios del capitalismo occidental: quiere decir “minusválido”; más precisamente: pobre) Cuando los docentes se encuentran con una generalizada población de alumnos que NO tienen las condiciones mínimas (por hambre proverbial, por violencia cotidiana, por trituración afectiva de distintos órdenes) para beber con anhelo el tremendo conocimiento que está a punto de impartirles, suelen adjudicarlo a cuestiones cromáticas (“estos negros de mierda”), sistémicas (“qué querés con esto del polimodal”) o dictatoriales (“y claro, si los hacen pasar de grado aunque no sepan nada”).  Desean fervientemente que sus educandos pertenecieran a otra especie (¿Tal vez la raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella y la más progresiva de las que pueblan la tierra?). Porque lo cierto es que maestras, maestros, profesoras, profesores, autoridades y señores padres continúan pensando a la educación institucional como la portadora y transmisora de verdades últimas, del iluminista concepto de “conocimiento” como aquel arcano que se posee y que, con graciosa generosidad, intentan impartir al resto de las almas oscuras. Si esta concepción del saber es llamativamente ridícula, tuvo su cuarto de hora de funcionamiento: allá cuando “el mundo aun se podía mover”, cuando el empuje de la Revolución Industrial aun teñía de esperanzas el imaginario social de un Progreso sin final, donde “cada uno era arquitecto de su destino”.  Incluso cuando imperaba el Estado Benefactor (último intento con cierto éxito de proteger y minimizar los efectos de la debacle mundial del sistema que arrasó con todo occidente desde el siglo XVII), este modo de pensar la “instrucción pública” era insuficiente, irreal, autoritario, antiguo y elitista.  Pero funcionaba. En la actualidad, con el evidente estallido de cualquier “futuro visible”, el docente de aula recibe alrededor de quince alumnos diarios (y no siempre los mismos) que asisten sin mayores esperanzas a una institución que les es muy ajena, con reglas extrañas (les piden –exigen, vociferan- silencio e inmovilidad), mal dormidos, pobremente alimentados (en el mejor de los casos) y peor abrigados. ¿Y qué hace el docente?  Si en vez de alegrarse porque aun existe alguien (los padres de esos chicos, evidentemente) que tiene la ilusión de que la educación sigue siendo un medio de librarse de los peores peligros de la vida, de que sigue sirviendo para obtener herramientas que le servirán en su futuro (es decir: que JUSTIFICA la propia existencia y modo de vida de ellos mismos como docentes); si en vez de alegrarse, digo, y poner manos a la obra para suministrarles un rato placentero y a la vez eficaz para aquel futuro que imaginan, lo que hacen es putear mentalmente su destino e intentar enseñarles la “regla de tres simple” o la “orografía de Europa” a aquellos que atiendan, que entiendan o que permanezcan en el aula despiertos, aquel modo sarmientista de pensar la educación ya no es sólo insuficiente, irreal, autoritario, antiguo y elitista.  Ahora es directamente criminal. Sin embargo son muchos aun –demasiados, en las escuelas estatales y en las “privadas”: ya que, tengo malas noticias, TODAS las escuelas son PÚBLICAS- los docentes que se consideran a si mismos, pues así han sido formateados, como los faros destinados a iluminar “con la luz de su ingenio” la razón en la pobre noche de la ignorancia. Y nuestro venerado prócer, el talentoso y sanguíneo escritor de panfletos y rocas chilenas, no es ni un poco inocente de estas cuestiones. No es que sea responsable directo de la calamitosa situación económica que se abate sobre la mayoría de nuestro pueblo desde hace demasiado tiempo, no. De eso sólo es autor intelectual.  Pero del pensamiento actual que obstaculiza y trata de abortar todo acto creador que revierta la situación, sí es directa, criminalmente responsable: eso aun lo llenaría de gozo.  Ese y no otro es el principal legado del que fuera acérrimo enemigo de Juan Manuel de Rosas pero incondicional obsecuente del conservador tiranuelo de Chile. Para finalizar este recordatorio, no quiero pecar de injusto: un periodista debe tender a la objetividad –en algún lado lo leí eso-, así que mencionemos las grandes virtudes de don Domingo Faustino Sarmiento. Era apasionado y tenía momentos de verdadero genio: algunos instantes del Facundo son realmente memorables. ¿Honor y Gratitud? ¿Gloria y Loor? ¿Honra sin par? Ni a gancho. Ah, sí: Feliz día del Maestro. GEG/ N&P: El Correo-e del autor es Gustavo Enrique Gordillo gustgordillo@yahoo.com.ar