GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA

Carola Chavez

A no ser por los trajes negros , cualquiera podía haber pensado que éste sería un día perfecto para ir a la playa y comerse un pescadito frito con Roberto. GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA Un cuento de Carola Chavez El tiempo no acompañaba al cortejo fúnebre. El clima quería incordiara los dolientes mostrando el sol más brillante y el cielo más azul quehabían visto en mucho tiempo. A no ser por los trajes negros y elpicor de las lágrimas en los ojos, cualquiera podía haber pensado queéste sería un día perfecto para ir a la playa y comerse un pescaditofrito con Roberto. Lo único malo era que Roberto había muerto y sedirigían a su entierro. Todos sabían que ese día llegaría más temprano que tarde. Ya el médicolo había advertido: a un hombre de más de ciento cincuenta kilos se lehace muy difícil remontar la cuesta de los cuarenta y cinco años yRoberto tenía cuarenta y dos años y ciento sesenta y un kilos. Pero no fue como todos esperaban, siempre imaginaron que el corazón de Roberto colapsaría en mitad de un ataque de risa, o bailando unmerengue dominicano de esos que dan taquicardia, o tratando de subirla lomita que separa al mar de la tierra firme. De cualquier manera,pero gozando. Roberto murió después de un accidente de tránsito, no supieron comofue: alguien lo encontró atrapado dentro de lo que quedaba de sucoche, en mitad de la carretera. Aun vivía, al parecer su barriga hizolas veces de airbag y lo salvó de morir en el acto; pero, más tarde enel hospital, el peso de su barriga aplastó a su corazón que dejó delatir y Roberto se fue. —Su barriga lo salvó, su barriga lo mató. —Dijo el médico, que pudo mantener una expresión seria y solemne apesar de la frase que acababa de pronunciar. Esa frase fue el preludiode lo que estaba por venir. El primer detalle fue el ataúd extra large, una rareza en Venezuela,donde el ochenta por ciento de la población no tenía que comer.Después de recorrer toda Caracas y sus cercanías alguien encontró unode la talla de Roberto. Ahora si podrían llorarlo en paz, y lloraron toda la noche, lloraroncamino al cementerio, y lloraron mientras lo sacaron del carro fúnebrey lloraron mientras colocaban el ataúd entre las dos gruesas bandas dela mini grúa que habría de descenderlo a su fosa. Era una fosa comotodas las del Cementerio del Este: rectangular, reforzada de concreto,cubierta para la ocasión por un toldito azul y rodeada de la hierbaverde, cortadita, que cubre al cementerio de manera tal que no pareceun cementerio. Por eso es que todos los caraqueños lo prefieren al lahora de descansar en paz. Porque enterrados allí los muertos noparecen tan muertos. Después de rezar por el alma del alma de las fiestas, a una orden delencargado, la mini grúa empezó a bajar el féretro emitiendo unoschirridos que fueron apagados enseguida por el llanto agudo de lasmujeres, seguido por el de los hombres que, al ser mas grave,armonizada con el de ellas dándole al momento un aire operatico.Los ojos hinchados por las lágrimas y el trasnocho se quedaron mirandocomo algo que no podía estar pasando pasaba: la urna no cabía en lafosa, la fosa no era extra large. — ¿Pero, es que nadie advirtió a losdel cementerio? —Preguntó la hija del difunto. Nadie recordaba haberlohecho; al parecer el alivio que sintieron al encontrar un ataúd de susdimensiones les hizo pensar que todo estaba resuelto. No podíanenterrar a Roberto. — ¡Súbanlo!— Dijo el encargado. Ya nadie lloraba, todos estabanparados allí como esperando que Roberto saliera a reirse de ellos,como si esto fuera una broma más del gordo. La sensación les duró soloun instante, enseguida comenzaron a hacer sugerencias para resolver elasunto. Las ideas parecían descabelladas pero estaban a la altura de lasituación: optaron por serruchar los salientes de madera que decorabanla caja. Alguien trajo sierras y serruchos de la oficina demantenimiento, pero muchos de los hombres prefirieron utilizar lasierrita de sus navajas Victorinox, que llevaban a todas partes "porsi acaso" y también porque estaban de última moda. Fuera chaquetas y corbatas y mangas enrolladas hasta los codos,cortaron la madera a la sombra de la mirada de las mujeres, quepermanecían de pie, sembradas con sus tacones en la grama. Al cabo deun rato y bañados de sudor terminaron la faena. Se felicitaron unos aotros con apretones de manos y sonrisas de camaradas. Las mujeresreprimieron sus ganas de aplaudir gracias a la sensibilidad femeninaque les gritaba que ese no era ni el momento ni el lugar. ¡Bájenlo! El sol apretaba y el negro de la ropa sofocaba, era casi mediodía y aesa hora no se entierra a nadie por que el calor no ayuda en estoscasos. Soltaron algunas lágrimas que se confundieron con las gotas desudor porque sabían a lo mismo. — Adiós para siempre amor— Dijo laviuda, pero se apresuró al despedirse, Roberto no se iba todavía, apesar de la remodelación, la urna no cabía en la fosa. Hubo un suspirogeneral con motivaciones distintas: los hombres suspiraron frustrados,las mujeres porque ya no aguantaban los tacones y la viuda porque sugordo seguía allí. ¡Súbanlo! Pensaron que lo que impedía la entrada del cajón eran las aplicacionesde bronce que lo decoraban, así que los hombres, con losdestornilladores de sus Victorynox, se dispusieron a despojar a laurna de todas sus asas y ornamentos metálicos. La abuela se sentósobre una de las chaquetas que los hombres habían dejado sobre lahierba, las demás mujeres no tardaron en imitarla dando al acto untoque de picnic dominical. El conductor del carro fúnebre, comoinspirado por la escena, se ofreció a buscar algo de comer, ya queeran mas de las dos y media y muchos no habían desayunado. ¡Bájenlo! No hubo lágrimas, solo se escuchaba el mecanismo de la grúa, nadieparpadeaba, todos contenían la respiración… ¡Súbalo! Allí colgado como en una hamaca de madera, Roberto se mecía con elviento cálido de la tarde caraqueña. Las mujeres se quitaron lostacones, los hombres guardaron sus navajas. Se acababan las ideas,tenían hambre y casi todos habían pasado la noche en vela. — ¡Que secae el gordo!— gritó una mujer con voz estrangulada. Y era cierto, elfondo de la urna estaba cediendo al peso del difunto, justo por elcentro, donde no tenia el soporte de las bandas de la grúa, los clavosde aflojaban y el gordo amenazaba con bajar por sus propios medios ala fosa y sin ataúd. Los hombres, sin mediar palabra, inmediatamentese quitaron los cinturones, los unieron unos a otros haciendo unacorrea gigante (como de la talla de Roberto) y la ataron alrededor dela urna evitando así su colapso. ¡Bájenlo! ¡Bájenlo ya! Y lo bajaron, aunque todos sabían que no cabría pero no había másalternativas. De pronto todos supieron lo que tenían que hacer y lohicieron: se subieron sobre la caja atorada en la boca del foso ycomenzaron a saltar una y otra vez. Una de las mujeres a ver la escenasoltó una carcajada y sintió como la cara le ardía de vergüenza -¿oera por el sol?- Pero no pudo contenerse y soltó otra más estridenteque contagió al resto de los dolientes. Saltaban y reían todos almismo son, sobre la urna y sobre la hierba y entre brinco y brinco unchirrido les decía que el gordo estaba bajando, hasta que ya no se oyómás. Roberto ya estaba en su sitio. Los hombres, con las caras bañadas en lagrimas, pero esta vez de larisa, se felicitaron dándose sonoras palmadotas en la espalda, y lasmujeres, esta vez, se cagaron en su sensibilidad femenina yaplaudieron y corearon el nombre de Roberto y de los amigos que lohabían ayudado a bajar. Entonces llego el chofer repartiendo lashamburguesas y papas fritas que había ido a comprar. Se sentaron en lahierba a comer y la comida de extendió por varias horas, incluso elchofer volvió a salir, pero esta vez a buscar unas cervezas. A la horade cerrar el cementerio se vieron obligados a interrumpir la fiesta. Después de todo lo visto, vivido y bebido, nadie se extraño al ver aRoberto, colorado, sudoroso y sonriente, batiendo con vigor unasalitas pequeñísimas que milagrosamente lo elevaban.  CCH/

N&P: El Correo-e de la autora es Carola Chavez <tongorocho@gmail.com>