INTRODUCCIÓN A LOS KENNEDY, GAUCHOS REVOLUCIONARIOS DE LA PAZ, ENTRE RIOS.

Marcelo Faure

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Su altruismo llegaba a tal punto que se repetía: “Peón que quiere trabajar, va a la estancia de los Kennedy y tiene, si no trabajo, la carne y el pan”. INTRODUCCIÓN A LOS KENNEDY, GAUCHOS REVOLUCIONARIOS DE LA PAZ, ENTRE RIOS. Por Marcelo Faure El acercamiento que hacemos a este hecho histórico tiene que ver con dos miradas definidas: cierta duda sobre la historia oficial y la aproximación a los protagonistas a través del testimonio directo de familiares, las crónicas periodísticas y la memoria popular. El primer aspecto se refiere a la tradición revisionista que cobra auge en la década del ‘30 en nuestro país, con la aparición de un discurso alternativo al difundido por el régimen de la década infame: ahí rescatamos el profundo trabajo del grupo FORJA que une militancia e intelecto, a la vez que traza un hilo conductor entre dos movimientos de masas: el Yrigoyenismo y el Peronismo. Cabe acotar que el revisionismo tiene distintas vertientes aunque aquí no reparamos en estas diferenciaciones sino en la genética de su postura que tiene que ver con el convencimiento de que hay una historia oficial construida por los sectores dominantes a la que hay que desarmar, buscando y complementando otras metodologías y fuentes alternativas. [1][1] Respecto al testimonio y la historia oral hay algunas definiciones interesantes que ayudan a desentrañar este territorio demasiadas veces maltratado por la academia: “La Historia oral es, inevitablemente, una zona de frontera, no tanto entre disciplinas, sino entre la propia academia y el mundo real, entre la memoria legítimamente producida por los historiadores y las memorias individuales, en lo que tienen de personal y colectivo”. [2][2] También entendemos que “la cultura hegemónica ha intentado siempre controlar los recuerdos y los olvidos (…) enterrar el pasado de los vencidos (…) y la historia oral tiene que ver justamente con la recuperación de ese pasado ausente”. Apoderarnos de nuestra memoria, desmontando los mecanismos de dominación cultural e ideológica, se inscribe en una imprescindible y urgente cultura de ruptura. Es la memoria de los que viven la que nos tiende un puente para rescatar ese pasado”. [3][3] Para enmarcar la acción de los hermanos Kennedy y la resistencia radical a la década infame tenemos que resaltar el período de guerras entre potencias mundiales por territorios y mercados (1914-1945) que generó desastres, reacomodamientos y turbulencias a nivel mundial, quedando como saldo visible un mundo partido en dos y en guerra “fría”. Al estallar la primera gran guerra, en 1914, se quebranta el equilibrio internacional del poder, el sistema global de comercio y pagos. Durante la guerra, los países abandonaron el patrón oro y el movimiento de capitales se detuvo.  Los países en conflicto comenzaron a reclamar el pago de los préstamos con el fin de equilibrar sus instituciones financieras.  Las repúblicas sudamericanas sufrieron cuando los bancos europeos comenzaron a demandarlos, situación que se agravó por la falta de emisión de nuevos préstamos.  Al mismo tiempo, las exportaciones de productos primarios se redujeron; solo se demandaba aquellos productos considerados como estratégicos para la guerra, tales como el petróleo, el cobre, el estaño o el nitrato. Tras finalizar la guerra, se restauró el patrón oro en Estados Unidos.  En 1925 Inglaterra volvió al patrón oro, al precio establecido antes de la Guerra de la libra en oro.  Para que el precio de la libra en oro volviera a su nivel anterior el Banco de Inglaterra se vio obligado a aplicar políticas monetarias restrictivas, que contribuyeron a crear un fuerte desempleo.  Al mismo tiempo, provocó una revaluación de la libra frente a las demás monedas, lo que desvió la demanda hacia los productos no ingleses. En este momento Estados Unidos ascendía como la nueva potencia económica, trayendo cambios inmensurables para Latinoamérica.  Londres como centro financiero internacional fue reemplazado por Nueva York. Para América latina la depresión en Inglaterra trajo como consecuencia la falta de recuperación del comercio con este país, teniendo en cuenta la importancia de Inglaterra durante los primeros años del siglo.  Durante los años veinte, el continente sudamericano no logró ajustar su sector externo a las condiciones internacionales.[4][4] Hipólito Irigoyen llegaba a la presidencia (1916) en medio del conflicto bélico internacional y luego de una larga lucha cívica para ganarle las elecciones al régimen oligárquico.  Esa  UCR se apoyaba principalmente en los sectores medios, empleados, pequeños y medianos comerciantes y productores, que veían a los conservadores como monopolizadores de la economía y privilegiados de una democracia estrictamente formal –esto lo describe muy bien uno de los principales intelectuales radicales, Leandro Nicéforo Alem. La crisis de posguerra también golpea al radicalismo: el movimiento sindical revolucionario, constituido principalmente por obreros inmigrantes, inspirado en doctrinas como el marxismo, el socialismo y el anarquismo, fogonea el conflicto social para avanzar en sus conquistas y se desencadenan los terribles hechos de los Talleres Vasena en Buenos Aires, La Forestal en la zona del Chaco y la masacre de peones rurales en manos de terratenientes en la Patagonia. [5][5] Hechos que Osvaldo Bayer denomina de disciplinamiento social del capitalismo.  Aunque desde no pocos sectores del pensamiento nacional se visualiza también la incapacidad de la dirigencia obrera para conducir el proceso de resistencia incluyendo las variables propiamente argentinas. Incapacidad dada por la matriz europea en el pensamiento de los militantes sindicales. El primer gobierno de Yrigoyen, de sesgo nacional y popular, es asaltado por estas contradicciones dando paso al ala conservadora de la UCR conducida por Marcelo Torcuato de Alvear (1922-1928). El segundo gobierno de Yrigoyen (1928-1934) comienza en el marco de la depresión del '29.  Esta gran depresión se asocia con la quiebra de la bolsa de Wall Street en Nueva York y posteriormente acompañada por bancarrotas bancarias en distintas partes del mundo. Dio el puntapié inicial de la década de mayor debacle económica de los tiempos modernos.  Entre 1928 y 1932, la producción industrial cayó verticalmente en el mundo entero, con un descenso de casi 50% en Estados Unidos, alrededor de 40% en Alemania, cerca de 30% en Francia y 10% en el Reino Unido.  Los países industrializados experimentaron también una deflación sin paralelo.  Sin embargo, los costos humanos se reflejaron en el desempleo, que alcanzó niveles asombrosos y verdaderamente trágicos. La tasa de desempleo en Estados Unidos subió a 25% de la fuerza laboral en 1933.  América latina no se privó de la crisis.  Al resquebrajarse el comercio internacional y al ligar el crecimiento de la región al sector externo, la crisis golpeó fuertemente.  Adicionalmente, el precio de los productos exportados, ligados a la producción agroganadera, cayó estrepitosamente. [6][6] Se abrió una excelente oportunidad para la producción de bienes manufactureros en aquellos países latinoamericanos donde existía una industria incipiente.  Al mismo tiempo, se dio un cambio en la producción industrial.  Nuevos sectores comenzaron a emerger, entre los cuales se encontraban la producción de los bienes de consumo duraderos, los productos químicos, los metales y el papel.  Sin embargo, el sector no tenía incentivos para eliminar las ineficiencias capaces de transformar al nuevo sector en exportador.  Esto lo lograría en parte el peronismo (1945-1955) afianzando el estado de bienestar basado en políticas económicas keynesianas. El golpe cívico-militar de 1930 es una alianza política que trata de restaurar el régimen pre – radical aprovechando la crisis económica y el descontento popular: a este decenio encabezado por Uriburu, Justo y Ortiz se la recordará como la Década Infame. Cabe destacar la fuerte relación del nuevo régimen con Gran Bretaña materializada en el famoso e infortunado Tratado Roca – Runciman, firmado por el vicepresidente Julio Argentino Roca y el Canciller británico Walter Runciman.  Por el mismo 85% de la exportación de carne debía provenir de frigoríficos extranjeros.  Esto favorecía a capitales ingleses y norteamericanos.  Además, Argentina se comprometía a comprar a Inglaterra por el mismo valor que Gran Bretaña compraba en carnes, mantener libre de impuestos el carbón, no reducir las tarifas ferroviarias, volver a los derechos aduaneros de 1930 y dispensar un tratamiento benévolo a las empresas británicas de servicios públicos.  Esto fue profundamente analizado y denunciado por el senador nacional Lisandro de la Torre. Pero esta década infame tendría también su contracara: la digna resistencia cientos de argentinos que habían visto en el radicalismo el germen de la democracia real.  Es así que se llevan adelante decenas de levantamientos cívico-militares pidiendo por la libertad del Presidente depuesto y la apertura democrática, hechos que cooperan en la formación de un movimiento popular de raigambre nacional y que accederá al gobierno en 1946. Raúl Scalabrini Ortiz, realizó un estudio detallado del pacto Roca–Runciman por el cual la oligarquía argentina se sometió vergonzosamente a los dictados ingleses, para poder seguir vendiendo la carne a Inglaterra entregando importantes recursos nacionales a los deseos británicos.[7][7] En sus estudios llegó a desentrañar con claridad la red de dominación británica que comenzaba con los ferrocarriles, continuaba con los frigoríficos y terminaba con los seguros y barcos británicos, para concluir una ruta de la carne argentina en un sistema que sólo beneficiaba a unos pocos argentinos y a muchos británicos.  Todo este sistema se completaba con el regreso de los barcos cargados de manufacturas inglesas que ahogaban e impedían el desarrollo de una industria nacional. Pero no se limitó al estudio, también participó en un levantamiento radical en 1933 que le valió la detención y traslado a la isla Martín García.  Las acciones de los hermanos Kennedy deben ser entendidas en este marco: de crisis económica, crisis política, “fraude patriótico” y resistencia cívica al abuso de poder. Los hermanos Kennedy eran productores agropecuarios que habían trabajado toda su vida en la estancia del padre: Los Algarrobos, de 6 mil hectáreas aproximadamente. El padre, Carlos Duval Kennedy, era administrador de campos del empresario inglés Hayckroff, que luego vende su propiedad a Ernesto Bunge (1882).[8][8] En esta época, Kennedy compra dos leguas cuadradas a Manuel A. Ortiz (6172 hectáreas) en campos linderos a la propiedad de Bunge.  Se sucede un pleito por la propiedad de estas 2 leguas que es resuelto por la justicia a favor de Kennedy (1901).[9][9] En 1914 muere Kennedy y pasa a conducir la estancia la viuda, Doña Rufina Cárdenas. Los Algarrobos es un emprendimiento rural muy importante, al norte de la ciudad de La Paz, con animales de pedigree, infraestructura cuidada, buenas tierras y sembrados, con un puerto natural en funcionamiento (denominado Algarrobo y luego La Esmeralda) con dos grandes galpones de acopio y un camino directo hacia la ciudad, pasando por Los Arenales, El Dorado y campos de Puerto Márquez, hasta empalmar con el antiguo camino de Borelloque unía La Paz con Feliciano. En 1922 fallece también Doña Rufina y tres años más tarde se realiza la sucesión de la estancia, quedando dividida en diez campos de 617 hectáreas cada uno —una de las hermanas, Amparo, que estaba viviendo en Corrientes, dona su parte. Los malos tiempos económicos obligan a los herederos a hipotecar los diez campos para solventar la sucesión y poder hacerse de herramientas, animales y semillas. El séptimo de los hermanos, Enrique, fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Rural de La Paz.  La relación de los famosos hermanos Kennedy con las distintas comisiones directivas será dificultosa: las disímiles visiones administrativas y de gestión terminarán alejando a los hermanos por un largo tiempo (1913 a 1918). [10][10] Los coletazos de la crisis mundial seguirán golpeando a los pequeños y medianos productores rurales que entienden y sienten más de cerca, incluso, los lamentos de los trabajadores del campo y la ciudad que también sufren la baja de salarios y el desempleo. Roberto Cesario en su libro sobre los Kennedy hace hincapié en el malestar social de la gente de trabajo, principalmente las exoneradas de los entes estatales por el régimen. Tirso Fiorotto reproduce el estado emocional de un empleado de los FFCC en San Juan, Don Juan Casís, que dice: “Intervinieron la provincia y junto con la provincia intervinieron el ferrocarril donde trabajaba yo. Y vinieron los interventores. Yo tenía como jefe al ingeniero Casafús, buen hombre, un padre, y al pobrecito lo derrumbaron los militares. Y vino el interventor, cambiaron el horario, hicieron lo que quisieron hacer, con los que aceptaban”. Los tres hermanos Kennedy, además de ser republicanos, eran hombres de trabajo, consustanciados con su gente, su pueblo, sus dolores. Eran admirados por sus destrezas gauchas: domadores, tiradores de lazo, nadadores, buenos con las armas.  Su altruismo llegaba a tal punto que se repetía: “Peón que quiere trabajar, va a la estancia de los Kennedy y tiene, si no trabajo, la carne y el pan”.[11][11] Podemos decir que los Kennedy desafiaron la matriz cultural mitro-sarmientina que construyó dos espacios claramente diferenciados: civilización y barbarie.  Ellos –como tantos otros- desafiaron el mandato de su grupo social y encontraron una especie de síntesis entre lo culto y lo popular; por eso el saber indio, gaucho o criollo, se evidenciaba en sus prácticas cotidianas. El comienzo de la década del ’30 encuentra a estos actores sociales endeudados y con una baja generalizada en los precios de los productos agropecuarios.  Hay cruces fuertes entre los sectores de la burguesía rural y aquella con asiento en la ciudad: el sector comercial, que ha podido enfrentar mejor la crisis con cierto capital de respaldo y se ha dedicado también a la especulación y los empréstitos. Estas diferencias alimentaron el mito del robo al almacén La Bola de Oro que habría sucedido el domingo 3 de enero de 1932.  Delito que nunca fue denunciado pero que ha sido difundido por los adversarios políticos de los Kennedy, olvidando —con muy mala intención— que el Comando revolucionario destacó guardias para custodiar los bancos y recomendó “bajo gravísimas penas”, prudencia y respeto para toda la población. A mediados de la década del ‘30 y como producto del Tratado Roca-Runciman, el mega emprendimiento ganadero Establecimientos Argentinos Bovril Limitada (1909), a pocos kilómetros de La Paz, se transforma en frigorífico y obtiene una cuota para la exportación de carnes al exterior.  Comenzará una etapa de apogeo y el frigorífico Santa Elena funcionará como un embudo sin fondo de la ganadería zonal, reactivando fuertemente el mercado. Pero los Kennedy no podrán volver a trabajar a sus estancias porque pesa sobre ellos una orden de detención.  El exilio será su condición hasta 1937.[12][12] Perderán sus bienes muebles e inmuebles. Cientos de hectáreas de tierras van a parar a manos de un almacén de ramos generales: La Bola de Oro.  Aquella sociedad que hizo valer los documentos que los Kennedy habían firmado años atrás para obtener vestimenta, alimentos, semillas, maquinarias y herramientas. Héctor Papaleo, José Maldonado, Luís Franco, Cayetano Romero, Francisco Tóffalo, Fortunato Alegre, Bernabé Menchaca, Pedro Otaño, Paco Sánchez, Lorenzo Bosch, Lucas Duclós, son algunos nombres destacados entre los más de cien detenidos tras aquel trágico domingo 3 de enero.  Tan importantes como los del general Severo Toranzo, los doctores Ábalos, Sabattini y Erro o los tenientes coroneles Atilio Cattáneo, Roberto Bosch o Gregorio Pomar, integrantes de la Plana Mayor del movimiento revolucionario. La participación de Roberto Chavero es dudosa.  Hay testimonios orales que la refrendan sumados a canciones que se remiten a su paso por Entre Ríos.  Queremos poner énfasis en dos cuestiones: una, la palabra empeñada de los revolucionarios (Cf. Eduardo Rosa), ese “tener códigos” que tanta falta hace cultivar por estos días.  El coraje y la entrega de estos hombres que al conocer el fracaso de la asonada le dicen a sus seguidores: “Váyanse, nosotros nos hacemos cargo de todo”.  La otra, la sensibilidad y entereza de los tres hermanos; Mario, en uno de los primeros reportajes en el exilio, “lamenta” que en la toma de la ciudad hayan perdido la vida “modestos servidores del orden público” contra quienes no tenían “ninguna animosidad”, pero sucedió, dice, “que nuestras palabras exigiendo que se entregaran sin dilaciones fueron contestadas a balazos por parte de la policía”.[13][13] Anexamos en este compendio el texto histórico del periodista Yamandú Rodríguez, escritor uruguayo que supo plasmar en los diarios Jornada y Crítica el paisaje agreste de una Entre Ríos convulsionada.  Lo hacemos porque esta obra es una de las fuentes primarias que los investigadores no siempre han encontrado fácilmente. MF  


[1][1][1] Sobre el papel de la entrevista y el testimonio en la historia oral: “Es una construcción cooperativa de sentidos entre sus participantes, una vía de acceso a muy diversos tipos de problemáticas que se encarnan en actores concretos. El pasado es reinterpretado constantemente de acuerdo a los cambios que se operan en la sociedad y en la vida personal”. Laura Benadiba y Daniel Plotinsky, De entrevistadores y relatos de vida. Introducción a la Historia Oral, Imago Mundi, Buenos Aires, 2005.[2][2][2] Voces recobradas, Revista de Historia Oral N° 3, año 1, Buenos Aires, Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires. 1998.[3][3][3] Eduardo Espinosa y Mónica Mendoza, Programa de Historia Oral, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, Buenos Aires, 2006.[4][4][4] Cf. Eric Hobsbawn, Historia del siglo XX, 1914-1991.[5][5][5] Cf. Julio Godio, La semana trágica de enero de 1919, 1985.[6][6][6] La Crisis de 1929 (artículo en línea) disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_depresi%C3%B3n[7][7][7] Cf. El hombre que está solo y espera (1931), Política británica en el Río de la Plata (1936), Historia del Primer Empréstito (1939).[8][8][8] Cf. Estanislao Néstor Córdoba, 1976. Pág. 299.[9][9][9] Entrevista al Coronel (RE) Rómulo Eduardo Mito Colombo: “Don Kennedy es ayudado por su amigo Fermín Machicote, fabricante y vendedor de carruajes”. [10][10][10] Liliana Regner, 2004. Pág. 57. Puede leerse en las Actas del periodo citado que a los Kennedy se los trata de deudores morosos. Hay un interesante intercambio de notas al respecto.[11][11][11] Diario El Litoral, Concordia, viernes 15 de enero de 1932. [12][12][12] Toda la cuestión legal de los exiliados fue tomada por el Dr. Carlos Quijano, quien fuera fundador del diario “El Nacional” y de los semanarios “Acción” y “Marcha”.[13][13][13] Tribuna salteña, jueves 18 de febrero, Salto, ROU.