LA FIESTA DE LA LIBERACION

La organización no puede estar sin la desorganización, lo humano requiere un equilibrio entre el Caos y el Cosmos, y es muy caro pretender imponerle racionalidad a los procesos caóticos.

EDITORIAL DEL DMINGO 19 DE AGOSTO DE 2007 DE HORIZONTE CERO DE AM RADIO NACIONAL

LA FIESTA DE LA LIBERACION

 

Por Jorge Eduardo Rulli

 

Me preocupan algunas interpretaciones actuales acerca del Peronismo, interpretaciones que en algunos casos forman parte de cursos ampliamente difundidos por los medios progresistas, y me preocupan porque parecieran

instalar las miradas sobre lo que para mi sería accesorio y absolutamente particular a una circunstancia histórica, distante de lo que hoy necesitamos recuperar como propuesta y como proyecto nacional.

 

La sustitución de importaciones o la elección de la industria liviana en vez de la pesada, son opciones de aquellos tiempos de posguerra, que pueden atrapar nuestra atención frente a los desoladores panoramas posteriores, tanto como la construcción de aquel famoso avión "Pulqui" de combate, el Instituto Balseiro o la fábrica nacional de Aviones de Córdoba, con sus veinticinco mil trabajadores, cuyo recuerdo nos trae con tanta fuerza la película de Pino.  

 

Sin embargo, insisto en que corremos el riesgo de que se nos escapen los contenidos más significativos de aquel proceso, cuya interpretación hoy es decisiva porque tal como venimos sosteniendo reiteradamente desde estas editoriales, el ciclo del marxismo parece haberse cerrado y los revivales propios de la historia espiralada, nos acercan a circunstancias propicias

para un renacimiento de los sentimientos y de las políticas nacionales y populares, tal como se denominaba genéricamente en la Argentina lo concerniente a las luchas por la emancipación nacional.

 

No es suficiente ni correcta, una mirada hacia el pasado, que opte por señalar con énfasis aquellos desarrollos de la industria y de la tecnología

nacional, y que homenajee la decisión de recuperar la soberanía de los grandes resortes de la economía, tales como los intercambios comerciales con el exterior y la importancia de los mercados interiores, y que lo haga en desmedro de una comprensión más penetrante y más americana de aquel proceso.

 

Me refiero a una comprensión que nos posibilite aprehender sus claves en profundidad, y recordando que decenas de otros procesos similares, quizá no tan trascendentes como el peronismo, tal vez con otros matices y con discursos diversos, condicionados por las diferentes culturas y ámbitos geográficos, se produjeron en aquellas circunstancias históricas en el mundo periférico.

 

Ello implica que lo nuestro no fue un hecho casual, sino que desde la originalidad de lo nuestro, fue la generación de un modelo local de las luchas emancipatorias.

 

Me preocupa sí, y me preocupa mucho, que no seamos capaces de revisar aquellas claves de la historia desde la Cultura misma y desde las luchas por la identidad cultural, y que una vez más nos quedemos apenas en las formas y en los instrumentos a los que apeló en aquel momento el proceso de liberación nacional. Y me preocupa que lo hagamos ahora, justamente cuando vienen tiempos de cambios de paradigmas y cuando lo que se está cuestionando justamente son las políticas macro, las escalas y las tecnologías.

 

Si perdemos de vista que un proceso de Emancipación Nacional se genera desde el arraigo a la tierra y desde la Cultura, no comprenderemos nada y

terminaremos como ahora en medio de una enorme confusión y tal como hacen algunos, sopesando la posibilidad de una Biotecnología nacional o de

convertir las inmensas rentas que nos proporcionan los monocultivos de Soja en un instrumento para asegurar la Justicia Social, o acaso como se tratan de persuadir algunos cretinos de la izquierda, en un camino al socialismo…

 

Comprendamos entonces que esta situación en la que estamos ahora, dista de configurar un proceso de liberación nacional y simplemente constituye una nueva versión del Desarrollismo en que terminamos confundiendo el consumo con la felicidad del pueblo y somos incapaces de aceptar la realidad de las muertes por indigencia y desnutrición en Tucumán y en el

Chaco,  porque los índices del producto bruto nos obturan la comprensión de la verdadera y dramática realidad neocolonial.

 

Carece de sentido desde esta perspectiva el discutir con Martín Redrado algunas políticas del Banco Central, así como en su momento descubrimos con pena que ni la Miceli ni su marido conocido como "el Pacha", tenían el menor interés en dialogar sobre la posibilidad de hacer del Banco Nación un instrumento para el cambio y para la recuperación de políticas nacionales.

 

Todo lo contrario, el negocio que se proponían era simplemente acompañar y continuar las políticas existentes, mientras medraban con los cargos y con las posibilidades que esos cargos y los nuevos nombramientos, les ofrecían para otros negocios menos transparentes.

 

De tal manera, que jamás pudo sorprendernos lo que en un momento dado se encontró en el baño de la Ministra, sí nos sorprende en cambio que esas cosas no hayan ocurrido mucho antes.

 

Lo mismo en el caso de otros organismos del Estado, a los que nos hemos referido en forma reiterada y que son la clave para comprender escenarios insensatos y políticas que conducen a la catástrofe y a muertes inocentes.

 

Me refiero al modo en que se envenena impunemente a las poblaciones desde el aire con los tóxicos que están legalizados por el SENASA.

 

Nos hemos referido a la definitiva incapacidad de su actual conducción que lleva allí casi cuatro años y que desde el principio, quedó además prisionera de las antiguas bandas de funcionarios apropiados de los cuantiosos

presupuestos destinados a preservar la salud de la población.

 

Tampoco volveríamos entonces, a discutir con el Doctor Amaya director del SENASA, de políticas públicas.

 

En la medida en que no tengamos un proyecto nacional, en la medida en que no existan políticas para la reconstrucción del Estado y en la medida en que los funcionarios sean reclutados desde las lealtades a las personas que conducen, y en ámbitos de empresas  privadas o de organismos financieros internacionales, en que los códigos de conducta distan de ser los del interés nacional, continuarán ocurriendo los hechos terribles que nos avergüenzan periódicamente y que en los últimos días, pareciera que han transformado a un ex funcionario santacruceño en un asesino serial.

 

Debemos volver a los grandes pensadores nacionales y en especial a Rodolfo Kusch, que fue como pocos, capaz de recapacitar en la hondura del pensar en América.

 

Debemos volver a ellos para comprender que todo proceso nacional, es inevitablemente caótico, y que las repetidas tendencias a ordenar ese caos, más allá de ciertos límites y en la medida en que ese núcleo de lo caótico no sea preservado, son siempre tendencias retrógradas que de persistir y de imponerse, terminan inevitablemente matando la posibilidad de lo nuevo y

agotando la expresión de lo popular y las manifestaciones propias de la Cultura.

 

Es por ello que la acción de minorías obstinadas que rinden culto al "aparatismo" y a la racionalidad extrema, suelen ser letales para todo proceso revolucionario.

 

Ocurrió en los años setenta y volvió a repetirse con el movimiento asambleario de finales del 2001.

 

Ciertos sectores de la clase media obnubilados por el marxismo y por la necesidad del orden y de la disciplina, jamás pudieron soportar la expresión desordenada y caótica de lo popular.

 

Es por ello que alguna vez dijimos que el fascismo en la Argentina ha sido predominantemente de izquierdas y no de derechas.

 

Porque esas izquierdas se preocuparon siempre por ordenar, por contener u organizar la expresión de lo popular.

 

La manifestación de lo popular es siempre una fiesta, aunque haya vidas que se pierdan en la lucha y por la represión, como en el veinte de

diciembre, porque en cualquier fiesta puede haber muertes y en especial antes y en ciertas zonas del interior cuando no eran raras las fiestas que

terminaban con los duelos a cuchillo.

 

Esas muertes no niegan la fiesta, pero la obstinación en organizar el caos que es el corazón mismo de la fiesta de la Cultura popular, eso sí acaba tanto con la fiesta como con toda continuación posible de la creatividad por parte del común de los que participan.

 

El Caos deviene en Cosmos en la medida en que se ordena y de esa manera madura pero también envejece, eso lo sabían los antiguos hombres y de esa manera justificaban la existencia del mundo en que vivían, desde el Caos originario en que se había formado el  Universo, a la creciente complejidad de lo que ellos denominaban el Cosmos y que no era sino el creciente y

paulatino ordenamiento del mundo y de la vida.

 

Pero el Caos persiste, aún en medio del orden y por eso los hombres lo alimentan con las fiestas, y con las danzas y con el arte que, como todo lo lúdico son fuerzas que llevan energías a esa corriente primordial que asegura la continuación de la vida.

 

El cosmos sin resabios de caos es sencillamente la muerte, el orden total, la quietud y la inmovilidad.

 

Era preciso exorcizar esa posibilidad ominosa que nos amenazaba y es por ello que los pueblos se reservaban momentos sacralizados en que las reglas caían y el caos volvía a imperar por un breve período y alimentaba el renacer de un cosmos no excluyente de la complejidad de la vida y en especial de la incertidumbre que es inherente a la vida.

 

Muchas de aquellas prácticas se han extraviado en las actuales sociedades, y así como muchos se preocuparon de matar los carnavales, otros tantos tratan de compensar sus vidas rutinarias y su incesante lucha por el poder y por el dinero, con excesos que la  sociedad ya no es capaz de contener ni de sacralizar y que en general pertenecen a la crónica policial o acaso al universo de las parafilias propias de los hombres del poder.

 

Paniker, un notable pensador español, nos dice en uno de sus libros denominado: "Ensayos retroprogresivos" que, si hacemos crecer en algún lugar la organización, no importa cuál sea, en algún otro lugar que seguramente no imaginamos, y como si fueran vasos comunicantes, crecerá inevitablemente la desorganización, hasta equiparar el orden que impusimos.

 

Que la organización no puede estar sin la desorganización, que lo humano requiere un equilibrio entre el Caos y el Cosmos, y que pagamos un precio

altísimo por pretender imponerle racionalidad a los procesos caóticos.

 

Si no se comprende de qué estoy hablando, sugiero vuelvan la mirada a los años setenta y piensen cuánto dolor podríamos haber evitado tan sólo con un poquito menos de soberbia, con un poco más de paciencia, con un poco más de alteridad, o sea capacidad de contener al otro, con un poco menos de ambición aparatista de controlar el proceso revolucionario, y en especial con un poco de respeto por los principios de la incertidumbre, de la Cultura y en particular del  imaginario popular.

 

El Caos antecede al Orden y el fracaso del desorden no es nunca el retorno al Caos sino la degradación del  Cosmos en el desorden, en un desorden del orden que no es precisamente el Caos.

 

Así la democracia en los ochenta, habría sido apenas la degradación de un orden militar y fracasado que se derrumbaba luego de la guerra de Malvinas,  y el Caos reapareció repetidamente en estos años en medio de la

desorganización y del desorden, pero siempre volvieron a primar las tendencias de izquierda a reprimirlo. perdón, a organizarlo.

 

De allí que pensemos que con ciertas izquierdas como la que nosotros tenemos no se requiere tanta intervención policial, bastan y sobran los abundantes y radicalizados bienintencionados.

 

Orden, desorden del orden y emergencia de vertientes de caos creativo, conviven en estos actuales momentos de enorme confusión, en que las manifestaciones de lo popular se entremezclan a la ensordecedora voz de los multimedios, a la publicidad de las empresas y al modo como se nos fascina a diario con la sociedad  globalizada.

 

Rechazamos todo pensamiento cerrado y toda propuesta acabada, justamente porque cierran la oportunidad creativa que se genera desde el Caos.

 

Sospechamos de las ideologías y de los pensadores académicos que no construyen conciencia ni generan movimientos, sino que patentan frases y pensamientos que no son capaces de encarnar con el trabajo y el arraigo.

 

Ellos son en sí mismo, lo contrario de ese caos creativo que proponemos, no solo porque la fuerza de lo popular no registra patentamientos, sino porque no pueden aceptar que lo revolucionario de los movimientos es que subviertan y desorbiten hasta sus propias formas de institucionalización, y si lo reconocieran tendrían que revisar sus propias historias personales en el laboratorio de los años setenta, donde bajo discursos revolucionarios jugaron sistemáticamente: al militarismo, al control y a la muerte del Caos.

 

Nos negamos a los que pretenden organizarnos, y a quienes nos proponen el renunciamiento a una autonomía personal que nos es muy cara. Nos negamos a supeditar toda ética a lo que no sea la del interés productivo

de las luchas partidarias que han devenido en la nueva empresa del poder y del gran simulacro de la política.

 

Por todo esto, es que apostamos a los pequeños grupos, a los movimientos sociales y a los autoconvocados, que  no acumulan poder, sino que lo generan, y que, no sólo  lo generan, sino que luego lo prodigan para que otros lo recreen y reutilicen.

 

Porque seguimos creyendo que el Caos convive con el desorden y que hay que hacerlo crecer hasta que vuelva a generar desde el fondo de la cultura y de la América profunda, un nuevo movimiento nacional que cuestione, que remedie, que exprese, que subvierta, que alimente, que conduzca, que

concientice, que contenga, que desorbite, y en especial, que nos vuelva a proporcionar alegría, identidad y confianza en lo porvenir.

 

JER/


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