BERGOGLIO: LA DIGNIDAD SE LOGRA CON EL TRABAJO

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“Cuando una sociedad se basa en la dádiva y en los privilegios esa sociedad pierde la dignidad, las personas en vez de ser dignas, son transformadas en esclavos”. BERGOGLIO: “LA DIGNIDAD SE LOGRA CON EL TRABAJO” 

Por Juan Pablo Rebora

 Lo dijo el Arzobispo de la Ciudad, al presidir la misa en el santuario de San Cayetano. Las puertas del templo abrieron a la medianoche y desde entonces es incesante el desfile de devotos. Estiman que cerca de un millón de personas veneran al patrono. El arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio pronunció su homilía ante los miles de seguidores del Patrono del Pan y del Trabajo. Cuestionó a aquellos “que venden o negocian la dignidad”. El cardenal Jorge Bergoglio reclamó este martes que se “reconozca la dignidad” de los argentinos en la misa central por las celebraciones de San Cayetano, ante la atenta mirada de miles de fieles que se acercaron para pedir por sus necesidades. “Hoy le pedimos a San Cayetano reconocimiento de nuestra dignidad, paz y trabajo”, señaló Bergoglio al tiempo que fustigó contra los pueblos que “venden su dignidad o la negocian" momento a partir del cual “todo lo demás deja de tener valor”. “Cuando una sociedad se basa en la dádiva y en los privilegios esa sociedad pierde la dignidad”, manifestó el cardenal primado de la Argentina y Arzobispo de Buenos Aires y advirtió que en ese momento “las personas en vez de ser dignas, son transformadas en esclavos”. El cardenal sostuvo además que “en la familia se nos aceptó como valiosos, se nos quiere como somos, porque se reconoce la dignidad”. A continuación transcribimos la homilía completa del Arzobispo de Buenos Aires, Cardenal Jorge Bergoglio, pronunciada en la misa central de San Cayetano:    1. A San Cayetano, como familia le pedimos paz, reconocimiento de nuestra dignidad y trabajo… En el centro del lema de este año se encuentra la palabra “dignidad”. La pronunciamos con veneración y respeto porque es una palabra hermosa y de valor absoluto. Los huesos secos que Dios hace revivir con su Espíritu son una hermosa imagen de la dignidad; y cuando nosotros mismos reconocemos nuestra dignidad es como que renacemos. Basta reconocerle a alguien su dignidad para que reviva, si está caído. Eso es lo que hacía y hace Jesús con cada persona, especialmente con los pecadores y también con los excluidos de la sociedad: los miraba de tal manera que se sentían reconocidos en su dignidad y se convertían, se sanaban, quedaban incluidos y se transformaban en sus discípulos. Como ellos: “Los cristianos necesitamos recomenzar desde Cristo, desde la contemplación de quien nos ha revelado en su misterio la plenitud del cumplimiento de la vocación humana y de su sentido. Necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad y plenitud de la vida” (Aparecida 41).     2. Si un hombre o un pueblo cuida y cultiva su dignidad, todo lo que le acontece, todo lo que hace y produce, incluso todo lo que padece y sufre, tiene sentido. En cambio cuando una persona o un pueblo vende su dignidad, o la negocia, o permite que sea menoscabada, todo lo demás pierde consistencia, deja de tener valor. La dignidad se dice de las cosas absolutas porque dignidad significa que alguien o algo es valioso por sí mismo, más allá de sus funciones o de su utilidad para otras cosas. De allí que hablemos de la dignidad de la persona, de cada persona, más allá de que su vida física sea apenas un frágil comienzo o esté a punto de apagarse como una velita. Por eso hablamos de la dignidad de la persona en todas las etapas y dimensiones de su vida. La persona, cuánto más frágiles y vulnerables sean sus condiciones de vida, es más digna de ser reconocida como valiosa. Y ha de ser ayudada, querida, defendida y promovida en su dignidad. Y esto no se negocia. La dignidad de tener un valor absoluto como personas nos la dio Dios junto con la vida misma. Por eso no le pedimos que nos dé dignidad –ya hemos sido hechos dignos por la Sangre de Cristo- sino que ”Bendecimos a Dios porque nos creó a su imagen y semejanza” y nos hizo hijos en su Hijo. Y le pedimos, eso sí, la gracia de que este Don se convierta en Tarea: la tarea de todos de “proteger, cultivar y promover la dignidad que nuestro Padre nos regaló” (cfr. Aparecida 104).    3. La dignidad de la persona es lo mismo que su vida plena: por eso la sentimos tan unida a la familia, a la paz y al trabajo. La familia es condición necesaria para que una persona tome conciencia y valore su dignidad: en nuestra familia se nos trajo a la vida, se nos aceptó como valiosos por nosotros mismos, en la familia se nos quiere como somos, se valora nuestra felicidad y vocación personal más allá de todo interés. Sin la familia, que reconoce la dignidad de la persona por sí misma, la sociedad no logra "percibir" este valor en las situaciones límites. Sólo una mamá y un papá pueden decir con alegría, con orgullo y responsabilidad: vamos a ser padres, hemos concebido a nuestro hijo. La ciencia mira esto como desde afuera y hace disquisiciones acerca de la persona que no parten del centro: de su dignidad. La mirada cristiana, en cambio, mira el corazón de las cosas.     4. La paz también hace a la dignidad, porque supone que la unidad es superior al conflicto. Mantenerse en paz y mantener la paz en medio de las situaciones tensas y problemáticas de la vida significa apostar a las personas por sobre las situaciones y las cosas. Sólo quien reconoce la infinita dignidad del otro es capaz de dar la vida en vez de quitarla. Ése es el evangelio de Jesús, la buena noticia de la dignidad humana. Tan valiosos somos a los ojos de Dios que fue capaz de enviarnos a su Hijo y que diera su vida a cambio de la nuestra. Por eso bendecimos a Dios:  “Lo bendecimos por hacernos hijas e hijos suyos en Cristo, por habernos redimido con el precio de su sangre y por la relación permanente que establece con nosotros, que es fuente de nuestra dignidad absoluta, innegociable e inviolable. Si el pecado ha deteriorado la imagen de Dios en el hombre y ha herido su condición, la buena nueva, que es Cristo lo ha redimido y restablecido en la gracia (cf. Rm 5, 12-21)” (Aparecida 104).    5. El trabajo, como afirma Juan Pablo II, “garantiza la dignidad y la libertad del hombre”, y por eso es “la clave esencial de toda la cuestión social” (Laborem Excercens 3). El trabajo es lo que nos permite realizarnos como personas y ganarnos la vida, mantenernos dignamente y mantener a nuestra familia. Cuando una sociedad basa el reparto de los bienes no en el trabajo sino en la dádiva o en los privilegios pierde el sentido de su dignidad y rápidamente se vuelve injusta la distribución de los bienes, y las personas son transformadas en esclavos o en clientes.    6. El evangelio que acabamos de escuchar es una escena de trabajo. De trabajo conjunto entre Jesús y los apóstoles. Esta aparición del Señor resucitado acontece en ambiente de trabajo. Así, sin decirlo, el Señor dignifica el mundo del trabajo, haciéndose presente y colaborando con sus amigos, compartiendo la pesca y el pan con ellos.  La escena es reconfortante. Nos habla de un grupo de amigos que, habiendo experimentado la más alta dignidad a que puede aspirar el ser humano -ser discípulos de Cristo, el Camino verdadero que nos lleva a la vida-, vuelven a meterse en el mundo cotidiano del trabajo, en el lago de Tiberíades donde el Señor los llamó y en medio del cual navegó con ellos en sus barcas.  El evangelio nos habla también de la fatiga del trabajo, del sudor y los disgustos cuando los esfuerzos parecen estériles, nos habla del compañerismo que se gesta en esos momentos de dureza compartida. La intuición de hacerle caso a esa voz amiga que les dice dónde echar las redes y esa mirada que sabe reconocer al Señor como el Valioso y Digno de amor y seguimiento incondicional, en medio de la pesca milagrosa, nos hablan también de qué es lo que estos pescadores habían aprendido a valorar junto al Maestro. La persona de Jesús por encima de todas las cosas es lo que los une y motiva. Y tanto en el trabajo como en la comida fraterna que goza de sus frutos, los ojos de los discípulos están fijos en Jesús el “Cristo, Señor de la vida, en quien se realiza la más alta dignidad de nuestra vocación humana"”(Aparecida 43). En la imagen de San Cayetano, en la mirada que se cruzan el Niño y el Santo, vemos expresados los valores acerca de los cuales hoy hemos reflexionado: el cariño de familia, la espiga en las manos del Niño, fruto del trabajo, la paz del amor que ambos se demuestran. Como pueblo fiel de Dios nos sentimos representados en esta imagen bendita. También nosotros, como nuestro Santo Patrono, queremos tener a Jesús en nuestros brazos, queremos reconocerlo y que nos reconozca, queremos que él tenga en sus manos la espiga, el fruto de nuestros trabajos.  Y en esto de tener a Jesús en brazos, le pedimos a nuestra Madre que nos enseñe y ayude a tenerlo bien y a no soltarnos de su mano. A Ella, que “ha contribuido a hacernos más conscientes de nuestra común condición de hijos de Dios y de nuestra común dignidad ante sus ojos, no obstante nuestras diferencias” (Aparecida 37), le pedimos que con San Cayetano, como familia, nos conceda de su Hijo paz, reconocimiento de nuestra dignidad y trabajo. Fuente: Adnciudad.