JOSEPHINE

Felisa Pinto - Julio Fernandez Baraibar

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De Josephine Baker, Oscar Alemán, Sean Penn, Chavez, Perón y Luis Alberto Murray, el irlandes peronista.
JOSEPHINE  
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LA BAKER COMO SEAN PENN
JOSEPHINE BAKER, LA OSCURA TENTACIÓN
LUIS ALBERTO MURRAY

OSCAR ALEMAN
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LA BAKER COMO SEAN PENN

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                                                           Por Julio Fernandez Baraibar 

El irish-argie Luis Alberto Murray fue un peronista, católico de firmes convicciones, con importantes incrustaciones anarquistas, admirador de León Trotsky y de Gilbert Keith Chesterton, poeta y cuentista, gran amigo de la Izquierda Nacional y un extraordinario bebedor de Old Smuggler.
 Su relación con la izquierda nacional viene de su entrañable y nunca quebrantada amistad con  Jorge Abelardo Ramos.  

En plena Década Infame, alrededor del año 33 o 34, se  produjo una huelga de estudiantes secundarios. 
 

El pelirrojo Abelardo Ramos y  el castaño claro Luis Alberto Murray, de marítimos ojos celestes, eran  militantes ácratas, lectores de Eliseo Reclus y Rafael Barret. 
 

Ambos fueron  expulsados del colegio al que concurrían y forjaron una amistad que duró hasta la partida del último en irse, Luis Alberto.

 
Era imposible, so riesgo  de una serie pelea a trompada limpia, hacer el más mínimo comentario crítico  a Ramos en presencia de Murray.  

Algo parecido a lo que todavía hoy ocurre  con Alberto Methol Ferré.
 Una amistad de acero basada en la admiración y en una profunda complicidad intelectual. 

Fue por su amistad con Ramos que Luis Alberto llegóa ser Secretario de Redacción del periódico (una sábana que salía semanalmente) “Política” que Ramos publicó a principios de la década del 60.
 

Extraordinario periodista, tal como cuenta Hugo Santos, escribió deliciosas notas históricas en la época en que Clarín era todavía un diario donde se  podían apreciar buenas plumas, con buena cultura y una cierta inteligencia, dónde todavía no existían los egresados de las facultades de comunicación  social incapaces de escribir una gacetilla o ignorantes de lo que no salga en CQC.
 

Un día, en el living de su departamento en Catalinas, Spilimbergo me había  contado de la leyenda que circulaba alrededor de Murray y a cuya verosimilitud aquél le ponía muchas fichas. 
 

Luis Alberto Murray era en los años cincuenta un tipo de unos treinta y pico de años notablemente  agraciado. 
 

Sus ojos, su mandíbula cuadrada -de la que ignoro sus virtudes erógenas, pero que, según todos los indicios, tiene un enorme atractivo sobre las damas-, su fina y recta nariz, su delgada elegancia, causaban estragos en el otro sexo y era motivo de constantes satisfacciones y húmedos pecados que solo Dios sabe cómo pesaban en su irlandesa alma, siempre dispuesta a la confesión, el arrepentimiento y el propósito de enmienda.
 

En aquella época, y como producto de la contraofensiva política lanzada por  el gobierno peronista contra la administración norteamericana, llega al país  como invitada oficial, al modo como Sean Penn acaba de ser recibido en Venezuela, la legendaria bailarina Josephine Baker.
 

Ya había estado en  Buenos Aires, a fines de la década del veinte, cuando el gobierno del  presidente Yirgoyen, en medio de la campaña oligárquica que terminaría en el  golpe del 30 de setiembre, prohibió que bailara desnuda. 
 

En su compañía de entonces no figuraba aún un hombrecito moreno, nacido el Chaco, de madre indígena, y que la seduciría, unos años después, con el arte deslumbrante de  sus dedos sobre las cuerdas de la guitarra y quién sabe sobre donde más: el  maravilloso Oscar Alemán.
 

Pero la Venus de Ebano no era ya, en los 50, "una diva del jazz europeo, con  atávico síncopa de gene afro, que había tatuado pupilas con su cuerpo  tallado en temblor de quásar y fibra de ónix", como con chirriante mal gusto  la describe un ignoto biógrafo. 
 

No era ya la veinteañera cimbreante, de grupas sobrenaturales, que con una faldita formada por bananas, sacudía sus caderas en los grandes cabarets del mundo. 
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La Baker era entonces una bella cuarentona, cuidada, sonriente y elegante. 
 

Tenía tan sólo unos kilitos más que cuando los grandes hoteles norteamericanos le cerraron sus escenarios por la supuesta promiscuidad de sus espectáculos.

Ya había vuelto a Francia  y adoptado la ciudadanía francesa.  

Ya se había convertido en heroína militar de su país de adopción, por su valiente participación en la Resistencia y su grado de teniente auxiliar de la Aviación Francesa.
 

Ya podía, si lo deseaba, cubrir sus generosos pechos con la Legíon de Honor y la Medalla de la Resistencia recibidas al terminar la guerra.
Josephine Baker era en ese momento una luchadora contra la discriminación racial en su país y contra la pobreza.

Había comenzado a adoptar niños  desamparados de todas partes del mundo y lo hacía como parte de una campaña política por denunciar la miseria en que la plutocracia dominante en su país, EE.UU., imponía, no sólo en el resto del mundo, sino sobre su propia sociedad.
 

Desde los EE.UU. la diva negra había proclamado su solidaridad con el gobierno peronista y había agradecido la ayuda que Eva Perón había enviado a los pobres neoyorquinos.
 

La Baker
se alojaba en el Hotel Plaza. Hacia allí marchó el periodista Luis Alberto Murray a cumplir con la misión que le había impuesto su jefe, en la agencia oficial de noticias: entrevistar a la visitante.
 

El reportero realiza su labor y vuelve a la redacción. Al llegar, el jefe lo llama a su oficina.
– ¿Qué paso?, ¿qué le hiciste a la negra?, le pregunta a boca de jarro. 

El periodista no sabe de qué le están hablando.
-Nada, murmura.

– Acaba de llamar y pidió que le enviaramos nuevamente al reportero al hotel porque lo quiere conocer y charlar con él.

Y así fue, me contó aquel día Spilimbergo, que Murray volvió al Plaza y Josephine Baker pudo conocerlo como se debe.
 

Unos años después me invitaron al cumpleaños de Saúl Ubaldini, en la Federación de Cerveceros, en la calle Humahuaca.Allí me lo encontré a Luis Alberto y me senté a su lado durante la cena.

Al terminar, sería la  medianoche o la una de la mañana, salimos juntos y fuimos a tomar una copa a Las Violetas, antes de su reapertura. Obviamente no fue una copa sino una interminable serie de Old Smuggler que finalizó, ya de día, cuando cambió el turno de los mozos, y los dos, con paso inseguro, nos retiramos del lugar. 

Aquella noche, gracias a la confianza que genera saber que tanto uno como el  interlocutor están completamente ebrios, le pregunté si la leyenda era cierta.

-Esas cosas hay que mantenerlas en la leyenda, me dijo. No tienen que ser ni desmentidas ni confirmadas. 

La Baker
, nacida Mc Donald y cuyo padre la había vinculado genéticamente con la verde Erin, seguramente se llevó a la tumba un buen recuerdo de dos argentinos tan distintos como fueron el negrito Alemán y el rubito Murray.
 

A la señora le gustaban los chicos de todas las razas.
 

JFB/ 

N&P: El Correo-e del autor es Julio Fernández Baraibar fernandezbaraibar@yahoo.com.ar ; – fernandezbaraibar@gmail.comSkype: julio.fernandez.baraibar;  Visite sus blogs: https://fernandezbaraibar.blogspot.com ; https://jfernandezbaraibar.blogspot.com _____________________________________________________

JOSEPHINE BAKER, LA OSCURA TENTACIÓN
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Es difícil distinguir entre la vida y la obra de Josephine Baker, realidad y ficción se entrelazan en una continua performance que revolucionó tanto la escena del music hall como los escenarios políticos por los que transitó, siempre denunciando la discriminación y el imperialismo. A los cien años del nacimiento de la Venus Negra, no sólo París le rindió su homenaje.        

                                                                                 Por Felisa Pinto
                                                                                                       Agosto de 2006
                                                                                                            Pagina 12/ 

En el año del centenario de Josephine Baker y ante sus infinitas piernas morenas era necesario rendirse en su honor.  

Vedette atípica al tiempo que mujer comprometida no solamente con su arte, sino con todas las causas justas que el mundo le propuso en su camino, desde la antidiscriminación racial hasta su militancia en la Resistencia Francesa -cuando se transformó en la teniente Baker de las fuerzas francesas libres que el general de Gaulle tomó en cuenta para condecorarla–, ella siempre opuso su bello cuerpo y su mente alerta a la injusticia bajo todas sus formas. 
 

Ya en 1927, decía la propia Josephine: “En verdad soy célebre, mi cabeza y mis muslos están en todas partes y sin prejuzgar digo que el cielo me ha dado ‘muslos inteligentes’. Cumplo muy bien con mi contrato en el escenario pero ¿cumplo con el de la vida, con ese contrato que me está asignado en alguna parte, mi contrato de ser humano? La pregunta me aprieta el corazón
 .

¿Cómo no rendirse entonces ante ella como lo hace París? 

Los homenajes se suceden estos días en la Ciudad Luz para quien fuera la primera vedette estrella negra de la historia del Music Hall parisino y de Francia, su patria de adopción. 
 

El celebrado metteur en scène Jerome Savary –como uno de los más relevantes homenajes a Josephine Baker– estrenó su comedia musical 
 A la recherche de Josephine, primero en Anjou y luego pasará a l’Opera Comique, en París.

Con músicos, bailarines y cantantes procedentes de lo que queda de Nueva Orleáns luego del Katrina, Savary evoca el éxito de la Baker en la famosa Revue Negre de los años 20 parisinos.  

Además de la obra de Savary y de varios libros, el intendente de París ha bautizado con el nombre de ella una de las playas artificiales al borde del río Sena que desde el año pasado ayudan a neutralizar el calor estival. 
 

El best seller de Ean Word, La Folie Josephine Baker, es una buena biografía, fiel a su extraordinaria personalidad.
 

Nacida en St. Louis, en la cuenca del Misissippi, en junio de 1906, fue mal amada por su madre y abandonada por su padre, los dos artistas de mala muerte, sobre los cuales Josephine inventaría con entusiasmo genealogías imaginarias: su padre era “un sastre judío”, “un bailarín español” o “un mestizo de New Orleáns”, o un blanco que su madre habría conocido en el colegio. 
 

Desde su infancia empezó a trabajar como doméstica de todo servicio, hasta que en 1916 cerca de su casa un charlatán de feria improvisó un tinglado y organizó un concurso de baile. 
 

A los diez años Josephine ganó ese certamen y volvió a su casa con el primer dólar ganado en su vida. 
 

A los quince años se convertiría en Mrs. Baker, el nombre desu segundo marido, ya que el primero, con el que se casó a los 13 años, la abandonó después de una pelea feroz en la que ella llevó naturalmente la peor parte. 
 

De una familia de músicos, empezó muy temprano a cantar rag time, antes de encontrar su vía al espectáculo en un número en el que tocaba el trombón y ejecutaba pasos de danza rápidos, haciendo de payaso y revoleando los ojos, una destreza y cóctel de erotismo y comicidad que entusiasmó al público y llegó a ser su imagen de marca.
 

En 1925 descubrió Europa y especialmente París, un mundo que si bien no estaba exento de racismo, estaba lejos del violento segregacionismo americano. 
 

Muy rápidamente se impuso en el mítico Music Hall, en la Revue Nègre, donde sus talentos hicieron escándalo y éxito. Llegó a ser la primera estrella que se mostró desnuda, o casi, en el escenario. 
 

También sus extravagancias no estaban solo reservadas al escenario, sino que incurría en provocaciones exóticas, como transformar una suite de hotel en una suerte de granja donde agrupaba sus bichos favoritos, que era casi todo el mundo animal, pero en estos casos elegía un loro, un conejo, una serpiente, y un chanchito rosado llamado Albert, a quien perfumaba con el refinadísimo perfume Je Reviens, de Worth.

Todo París se arrodilló a su paso.  

Artistas, escritores y big shots de las finanzas sucumbieron a sus encantos, se pusieron a sus pies, y eventualmente se metieron en su cama.
 Dicen que Georges Simenon fue su secretario y amante.

Ella posó para los pintores Van Dongen, Foujita y Picasso.  

Todos tarareaban sus canciones, que ella había hecho entrar en la historia de la canción francesa, “La petite tomkinoise” y “J’ai deux amours”, por Francia y los EE.UU. 
 

Después de exitosas giras por Europa siempre volvía a Francia con su show favorito, aquel en que cantaba y bailaba vestida con un taparrabos hecho con bananas y a la vez que acentuaba la excentricidad del número con Chiquita, un leopardo al que adornaba con un collar de diamantes. 
 

Chiquita frecuentemente escapaba hacia el foso de la orquesta, lo cual aterrorizaba a los músicos, y añadía otro elemento de excitación en el escenario.
 

Entre los admiradores, Diana Vreeland, gran árbitro de la moda, e hipersensible al estilo de Josephine, ya estuviera vestida por Dior, Balmain o Vionnet, o luciendo su atuendo escandaloso de bananas, compartió el deslumbramiento y la presencia singular de la Baker en el escenario con la leopardo, o acompañando a ambas por las calles de Nueva York.

Otro fanático de Josephine fue Ernest Hemingway, quien decía que era la mujer más sensacional que había conocido.  

Estos éxitos fenomenales de la Venus de Ebano, su marca registrada, estaban promovidos por Giussepe “Pepito” Abatino, un ex albañil siciliano, quien hábilmente se construyó con gran convicción una personalidad de conde meridional. Y fue adorado por el tout Paris.
 

Sin embargo, su gran personalidad en Francia nunca tuvo la misma resonancia en los EE.UU. 
 

Luego de una visita a su país en 1936 fue protagonista de una fallida versión de Ziegfeld Follies, siendo reemplazada por Gipsy Rose Lee, la reina del strip tease y del burlesque. 
 

En ese tiempo también su vida personal sufrió.

Tuvo seis matrimonios. Algunos legales y otros no. Muchísimos años después actuó en el Carnegie Hall, cosechando una standing ovation. 

Habiendo llegado a ser el símbolo de una cierta liberación femenina, su vida puede percibirse como una revancha, individual y colectiva, a la vez excepcional y perfectamente representativa de una época. 
 

Sin excluir de sus avatares una intervención del F.B.I hacia su persona. 
 

Fue en noviembre de 1951, cuando el periodista mundano mimado del sistema, Walter Winchell, alcahuete e informante de esa agencia de investigaciones, decíatextualmente en una carta al director: “He descubierto a Josephine Baker en Leningrado en 1936
 

Ella vino a la URSS con un grupo de rojos franceses, quienes habrían sido recompensados por el Politikburo por sus tareas en las elecciones francesas de ese mismo año, con un viaje a la URSS, como huéspedes de la Unión Soviética”, soplaba Winchell incitando a la investigación, y nunca pensó o calculó que erraría su objetivo, ya que Baker recibiría la Croix de Guèrre de Francia por su actividad en la Resistencia durante la ocupación nazi.
 

Aunque anclada en Francia, apoyó con decisión el movimiento de los derechos civiles de los EE.UU. en los años 50.  

En 1963 compartiría el estrado con Martin Luther King en la famosa marcha de Washington.

Josephine protestó contra el racismo.

Incluso en su propio estilo singular: adoptando doce huérfanos de distintos colores, razas y religiones, a los que llamó su “tribu del Arco Iris”, cuyo cuartel general fue un castillo, Les Milandes, en la Dordoña, adonde vivió con sus hijos y Jo Bouillon, su marido de una década a partir de 1947.  

Este tipo de vida y sus excentricidades le costaron caro y estuvo a punto de perder propiedades y patrimonio al caer en bancarrota. Hasta que fue bancada por la princesa Grace de Mónaco, su gran amiga y otra expatriada norteamericana viviendo en Europa.
 

Fue la primera norteamericana que recibió honores militares en su funeral.

Unas 20 mil personas la acompañaron.

Su cuerpo yace en el Cementerio de Mónaco. Estuvo tres veces en Buenos Aires.

La primera, en 1928, cuando llegó en una gira que había organizado el inefable marido-manager Pepito Abatino.

Ya al llegar al puerto tuvo una primera sorpresa que no le gustó nada.

Fue cuando le tomaron las impresiones digitales que había inventado nuestro compatriota Juan Vucetich y de las cuales los argentinos de la época estaban orgullosos.  

La ciudad estaba empapelada con afiches que decían: “La escandalosa Josephine”, “la mujer fatal”, etc. “Se me utiliza como una bandera que unos enarbolan en nombre de la libertad y otros desgarran en nombre de las buenas costumbres. Algunos me toman como bandera y a otros les repelo. El presidente Yrigoyen toma partido en contra mío en el diario La Calle, y sus adversarios que se hacen amigos míos le responden en Crítica. Cuando llego al teatro, rodeado por la policía, los canillitas libran una batalla encarnizada. Y los de Crítica forman fila para protegerme. Por último, a salvo en mi camarín me siento enferma. No conozco los asuntos políticos de la Argentina y siento que soy un pretexto”, reflexionaba. 
 

En esa misma gira en el Lutetia, a bordo se encuentra el arquitecto Le Corbusier, que viene de dar conferencias en el Río de la Plata y Brasil. “Es sencillo y alegre –dice Josephine– y nos hacemos amigos. Me explica su arquitectura del futuro. Pero también me aclara que la ciudad está hecha para el hombre, y no lo contrario. En el baile de disfraz del cruce del Ecuador había dos Josephines: yo y él. Se ha vestido de negro con un cinturón de plumas. Es irresistiblemente cómico. Le digo: Ay, señor Le Corbusier, lástima que sea arquitecto, qué buena pareja hubiéramos sido”, se divertía Baker en una de sus autobiografías. 
 

En cambio, cuando estuvo de vuelta en Buenos Aires en los años cincuenta, le preguntó al entonces morocho ministro de Salud, Ramón Carrillo: “¿Donde están los negros en la Argentina?”.
 

Símbolo de una cierta liberación femenina, su vida puede percibirse como una revancha, individual y colectiva, a la vez excepcional y perfectamente representativa de una época.
 

El eminente sanitarista respondió: “En estos momentos solo hay dos, usted y yo”. En otra ocasión debutó en el auditorio de LR3 Radio Belgrano y bailó y cantó en un teatro de la calle Corrientes con la revista Nouvelle Eve.
  

Otro morocho argentino integró su entorno en los años ‘30. Fue el gran músico chaqueño, Oscar Alemán, quien la acompañaba en sus shows de la Ciudad Luz.
 

También Buenos Aires fue centro y vivienda semipermanente en los ‘60 del matrimonio de Baker-Bouillon, en el que vivía esporádicamente con sus doce hijos y su marido que había puesto con gran éxito el restaurante Le Bistró, en pleno Palermo. 
 

Eran visitas que hacía a su enorme familia en los intervalos de sus performances en Europa y Estados Unidos para juntar dinero y salvar Les Milandes, castillo en el que antes habían vivido todos y evitar que fuera rematado, como finalmente sucedió. “Toda mi vida luché en defensa de lo que creí. En el ideal de la fraternidad universal, en lo que representan Les Milandes. Me precipito y lucho. Tal decisión me es natural porque para mí la justicia humana ha sido una lucha ganada al materialismo”.
 

Baker escribió varias autobiografías.

Cada una contenía una diferente historia sobre su familia y su carrera.  En 1977 la editorial Anesa publicó una de ellas compartida con Jo Buillon.

De allí las referencias a la Argentina: “Desde que representé a la salvaje en el escenario, siempre traté de ser tan civilizada como fuera posible en mi vida diaria”.

En suma, Josephine la tenía clara. 

El 8 de abril de 1975 su fortuna pareció arreglarse y retomó su rol de estrella principal en una retrospectiva estrenada en el club Bobino de París.

Josephine lo hizo para celebrar sus cincuenta años con el teatro.  

El show tuvo extraordinarias críticas. Una semana después del estreno terminaba sus días a la edad 68 años. ______________________________________

LUIS ALBERTO MURRAY
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Historiador, narrador, poeta, periodista y antológico militante peronista. Murray componía la llamada "primera línea de fuego" de los teóricos e intelectuales peronistas, junto a Fermín Chávez, José María Castiñeira de Dios, José María Rosa y Osvaldo Guglielmino. 

A los 25 años, en 1948, ingresó en el legendario diario Crítica y, en un extenso tramo ininterrumpido, integró las redacciones de Democracia, Vea y Lea, El Pueblo, Confirmado, Mayoría, Télam, para concluir esa trayectoria en Clarín, donde permaneció por dos décadas, hasta que se jubiló.
 

En todos esos medios estuvo vinculado a la información política.

Antes, durante y después, ejercitó la literatura como poeta ("De pie entre los relámpagos") o a través de la novela, el cuento o el relato. Su labor más perdurable estaría en la investigación histórica y, en ese sentido, sus trabajos "Pro y contra de Alberdi" y "Pro y contra de Sarmiento" son formidables documentos en los que Murray logra imágenes realistas de esos prototipos nacionales, sin deslizarse por beatificaciones o caricaturas. 

Fue, también, autor de "Vida, obra y doctrina de Roberto Noble".
 Dueño de un humor sutil y profundo, Murray se enorgullecía de sus ancestros irlandeses, de quienes heredó también su ingenio y su carácter de inusual dureza. 

Casado con Magda González Pacheco, tuvieron una hija Magdalena, y ambas fueron protagonistas del universo de sus afectos. 
 

Cosechó decenas de amigos y centenares de admiradores de su temple y de la fidelidad a sus creencias.
 

Luis Alberto Murray, vivió hasta los 79 años, manteníendo enhiestas sus viejas pasiones.
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OSCAR ALEMAN

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                                   (El papa de la actriz Selva Alemán)
 

Fue un excepcional guitarrista chaqueño, nacido en Resistencia el 20 de febrero de 1909.
 Su padre, Jorge Alemán Moreira, era guitarrista folklórico, integrante de un grupo familiar, el Sexteto Moreira.  

En 1915 decidió intentar la aventura de Buenos Aires, con su esposa y sus hijos; comenzó con suerte, consiguiendo un modesto contrato para presentarse en los escenarios del viejo Luna Park, en Corrientes y Carlos Pellegrini, en el Teatro Nuevo, (actual Teatro Municipal San Martín) y en el célebre Parque Japonés de Retiro.  

El pequeño Oscar zapateaba malambo y hacía algunas acrobacias.
 Poco duró el trabajo, y Jorge Alemán fue a probar suerte como comerciante y artista en Brasil, acompañado por sus hijos.  

Las desgracias se sucedieron: los negocios fracasaron y las actuaciones artísticas apenas alcanzaban para subsistir. 
 

La madre de Oscar que había quedado en Buenos Aires murió, el padre enloqueció y se suicidó, y los hermanos se separaron.
 Con poco más de diez años, Oscar quedó solo en las calles de Santos. Allí pasó todas las penurias imaginables, incluyendo el hambre, cuya consecuencia fue el raquitismo que afectó su salud para toda la vida.  

Bailaba a cambio de unas monedas o un poco de comida hasta que aprendió a tocar el cavaquinho, la pequeña guitarra de cuatro cuerdas característica del Brasil. 
 

En forma totalmente intuitiva se transformó en un verdadero virtuoso del instrumento.
 Formó el dúo Los Lobos, con el guitarrista Gastón Bueno Lobo, con quien regresó a Buenos Aires en 1925, ya con cierto renombre, contratado por la compañía del actor cómico Pablo Palitos, quien afrancesó el nombre del dúo a Les Loups. 

Con la compañía de Palitos debutaron en el Teatro Casino, y luego actuaron en el Chantecler, el Tabarís y otros escenarios. Oscar alternaba el cavaquinho, el ukelele, la guitarra y el contrabajo, sin olvidar instrumentos de percusión como el pandeiro, las maracas, los bongós y la batería. 
 

Cantaba en castellano, portugués y francés. Bailaba la rumba y otros ritmos tropicales.
 Para muchos fue el primer gran showman del país, mucho antes de que se utilizara el término. 

Los Lobos también fueron atraidos por el ambiente tanguero de Buenos Aires. Con el excepcional violinista Elvino Vardaro conformaron el Trío Víctor. 
 

Alemán compuso el tango "Guitarra que Llora", con letra de Enrique Cadícamo (que estrenó Agustín Magaldi, acompañado por el propio Oscar en una revolucionaria versión en la que utilizó una guitarra hawaiiana, y años después grabó Angel Vargas con la orquesta de Angel D'Agostino); actuó en radio, coincidiendo en algún programa con Carlos Gardel, y apareció fugazmente en una revista de Enrique Santos Discépolo. 
 

Grabó algunos discos para RCA Víctor, como solista e integrando Los Lobos, con música brasileña, fox trots, valses y tangos.
 

En 1929 Los Lobos compartieron un espectáculo con el bailarín de tap Harry Fleming, que los sumó a su conjunto para una gira por Europa.

Actuaron en las principales ciudades de España, y luego siguieron por Grecia, Italia, Alemania, Holanda y Portugal.

Concluido el contrato con Fleming, Oscar y Bueno Lobo retornaron a España para una nueva gira, que incluyó además presentaciones en Londres y París.  

Al regresar a Madrid, Bueno Lobo enfermó y regresó a Brasil, donde falleció poco tiempo después.

Alemán siguió su carrera en Europa, alternando Madrid y París. Se presentó como solista en el Casino de la capital francesa, donde coincidió nuevamente en algunas actuaciones con Carlos Gardel.  

En 1932 tuvo su gran oportunidad cuando fue contratado por Josephine Baker, en ese entonces auténtica reina del espectáculo europeo. 
 

En los espectáculos revisteriles realizaba números con Josephine, dirigía la orquesta (The Baker Boys) y era miembro del grupo negro Freddy Taylor's Swing Men from Harlem. 
 

Era presentado muchas veces como hawaiiano, neoyorkino o brasileño, según el estilo de la revista en la que trabajaba. Con Josephine Baker recorrió prácticamente toda Europa.
 

Desde su llegada a París comenzó a frecuentar el Hot Club de Francia, donde conoció y probablemente acompañó a dos gigantes del Jazz: Louis Armstrong y Duke Ellington, debiendo rechazar por su contrato con Josephine Baker una oferta de este último para sumarse a su orquesta. 
 

En el Hot Club se convirtió en el gran amigo de Django Reinhardt, para muchos el más cercano que tuvo el gran guitarrista gitano, y uno de los pocos que tenía acceso al carromato donde residía con su esposa. 
 

Sus estilos tuvieron similitudes, dentro de su originalidad, demostrando que compartieron sus secretos e innovaciones técnicas, ya que ambos fueron creadores inigualables. 
 

No tocaron juntos "oficialmente", pero cuentan que eran frecuentes sus escapadas a locales de escasa categoría donde Oscar se vestía de gitano para formar un dúo con Django, o se disfrazaba de indio para presentarse como "El Indio y el Gitano".
 

En 1938 se separó de Josephine Baker y grabó en París con la orquesta de Eddie Brunner, acompañando al trompetista Bill Coleman; con el clarinetista Danny Polo y con el Oscar Alemán Trio, en el que lo acompañaban John Mitchell y Wilson Myers. 
 

También registró algunos temas como lider de una agrupación propia en Copenhagen, que integraban entre otros el violinista Svend Asmussen y el percusionista brasileño Bibi Miranda. Actuó en el film "Tres Argentinos en Francia".  

La invasión alemana a París puso fin a la etapa europea de Oscar, que regresó a Argentina en 1941.
 Desde entonces, y hasta comienzos de la década del sesenta, su éxito fue absoluto, convertido en el más fiel representante del swing en medio de orquestas de estilos más melódicos. 

La influencia del Quinteto del Hot Club parisino se reflejó en el quinteto que formó a su regreso a Buenos Aires, para el que convocó al extraordinario violinista chileno Hernán Oliva, Dario Quaglia en segunda guitarra, Andrés Álvarez en bajo y Ramón Caravaca en batería. 
 

En 1943 el grupo se modificó casi por completo, convirtiéndose en un sexteto en el que Alemán y Caravaca fueron acompañados por Manuel Gavinovich en violín, Rogelio Robledo en piano, Guillermo Barbieri como segunda guitarra y Luis Gavinovich en bajo. 
 

Con cambios de pianista (sucedieron a Robledo el uruguayo Ceferino Albuquerque, Charles Wilson y Walter Noseda) esta agrupación grabó más de cuarenta temas hasta 1947.
 

Durante unos años Oscar Alemán no grabó, ocupado con actuaciones en teatros y en las confiterías Richmond y Adlon.

Realizó además varias giras por los paises limítrofes. Volvió a grabar en Mayo de 1951, con una orquesta más numerosa: Mario Felix en clarinete, Raúl Casanova, Traversa y Julio Graña en violines, Alberto Barbera en piano, Alberto Ramos como segunda guitarra, Aldo Nicolini en bajo y Raguza en batería.  

Registraron discos en forma regular hasta 1958. En esa fecha realizaron una larga gira por España y Portugal, al regreso de la cual Oscar disolvió la banda. 
 

Durante más de una década permaneció alejado de los estudios y de los escenarios, con solo algunas esporádicas actuaciones reservadas para círculos muy reducidos.
 Se dedicó en este tiempo a la enseñanza. 

En 1971 reapareció triunfalmente en un recital en el que lo acompañaron sus alumnos. Registró a continuación dos LP magistrales para el sello Redondel. 
 

El primero, "Alemán '72", fue grabado en Septiembre y octubre de ese año, con los guitarristas Walter Malosetti, Johnny Quaglia y Aníbal Fuentes, el bajista Jorge González y los bateristas Norberto Minichillo y Nestor Astarita.

En Julio de 1973 registró con el clarinetista Jorge Anders el disco "Oscar Alemán con Jorge Anders y su Orquesta".  

Además de Anders participaron los trompetistas Adolfo Rossini, Roberto 'Fats' Fernández, Gustavo Bergalli y Oscar Serrano; Luis María Casalla, Christian Kellens y Jorge Ramírez en trombón; Luis Ferreira en saxo alto; Arturo Schneider y Oscar Tissera en saxo tenor; Nimar Tenreyro en saxo barítono y clarinete; Enrique Costa en guitarra; el pianista Santiago Giacobbe; Jorge González en bajo y Eduardo Casalla en batería. 
 

Su último LP fue "Sí… Otra Vez!", con el swing que lo caracterizó siempre plenamente vigente a sus setenta años, pese a los problemas de salud que lo aquejaron desde los duros años de su infancia.

Falleció al año siguiente, el 14 de octubre de 1980. 

Fuente:  https://www.oscar-aleman.com.ar