INGLATERRA-EE.UU: SOCIOS TODO TERRENO

Enrique Lacolla (La Voz del Interior)

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Gordon Brown y George W. Bush Resulta curiosa su acusación de que Teherán se inmiscuye en los asuntos internos de Irak. ¿Qué otra cosa hacen ellos? SOCIOS TODO TERRENO Por Enrique Lacolla Es normal en la historia -aunque no necesariamente ético o constructivo- que un político que accede al poder se allane de pronto a puntos de vista que había combatido antes de instalarse en su nuevo sitial. Éste parece ser el caso de Gordon Brown, el flamante primer ministro británico, quien antes de asumir su cargo había sido un moderado crítico de Tony Blair por su postura en la guerra de Irak y ahora aparenta una coincidencia casi absoluta con el presidente norteamericano, George W. Bush, respecto de la necesidad de "abordar los deberes que resta cumplir" en ese país. También se identificó con el mandatario estadounidense acerca del tratamiento que cabe aplicar a Irán, en el caso de que este país no renuncie a su plan nuclear y no cese de inmiscuirse en los asuntos internos de Irak. Esta serie de afirmaciones se prestan a la ironía.  ¿Cuáles son las tareas que les resta cumplir a las fuerzas de la coalición anglo-norteamericana en esa desdichada tierra?  ¿Matar unos cientos de miles de iraquíes más?  ¿Profundizar el caos en ese país para compartimentarlo en tres segmentos, fáciles de enfrentar y por ende controlar? Respecto de Irán, resulta curiosa la acusación que se le formula en el sentido de que Teherán se inmiscuye en los asuntos internos de Irak.  ¿Qué otra cosa están haciendo los norteamericanos y los británicos, a una escala muchísimo mayor y violando todos los principios de la legalidad internacional? Todo esto sería divertido si no fuera trágico.  Lo más grave es que tales despropósitos son reproducidos por la mayor parte de la prensa de Occidente sin casi un atisbo de crítica, con una anuencia que rondaría la necedad si no fuera parte de una maniobra bien meditada. Ésta hace presa sobre una opinión entontecida por la desinformación masiva e inducida a los vaivenes psicológicos más abruptos por la mezcla de pronósticos apocalípticos en torno del terrorismo y la catástrofe ecológica que se avecina. Esa dupla siniestra se combina con estímulos cada vez más artificiales para inducir a la gente a que tome en cuenta otra serie de problemas, en su mayoría inventados o sobredimensionados, como el cacareado "choque de las civilizaciones". Lo que está chocando, en realidad, son las formas del capitalismo con los límites de su capacidad para moldear el mundo con un mínimo de racionalidad.  En esta empresa suicida, las oligarquías dirigentes de Inglaterra y Estados Unidos van de la mano. Socios para la aventura.  Esta asociación ilícita no es de ahora.  Su nacimiento se produjo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el premier inglés, Winston Churchill, comprendió que los viejos días del predominio británico habían quedado atrás y que la supervivencia del Imperio dependía de una asociación estrecha con Norteamérica, aceptando el rol de segundo en un binomio que, se imaginaba, iba a consentir la hegemonía de los "pueblos de habla inglesa" y del conjunto de valores que él entendía ambos representaban. El sueño de Churchill de preservar el Imperio no se cumplió. El ascenso norteamericano a la cúspide de la alianza occidental fue implacable: no venía a sostener a los viejos imperios sino a relevarlos. Desde entonces, sin embargo, Downing Street ha bailado voluntariamente al son que le marca la Casa Blanca. Churchill y Roosevelt, primero; luego Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y ahora Tony Blair y George Bush se han dado múltiples muestras de mutuo aprecio.  La lealtad británica (Londres respalda mecánicamente todas las políticas norteamericanas) se vio recompensada con el oportuno auxilio que Washington le prestó en algunos conflictos en los que se vio envuelto el Reino Unido.  Como en el caso de la guerra de Malvinas, por ejemplo. A pesar de la disparidad en peso y tamaño, Estados Unidos y Gran Bretaña se necesitan.  Los lazos que los unen están hechos con dinero, en la tradición que hizo que a la Bolsa de Londres la sucediera la Bolsa de Nueva York como parámetro financiero del planeta.  Las armas y la diplomacia son el brazo ejecutor de esta alianza. Así, pues, no hay que esperar ningún cambio abrupto en la relación entre las dos potencias a propósito del problema mesoriental.  Al menos, no antes de que se produzca el relevo electoral en Washington y una eventual presidenta o presidente demócrata redimensione, hasta cierto punto, el compromiso norteamericano en la región. Pero no hay que hacerse ilusiones tampoco en esto. Los dados están echados. Y la naturaleza del establishment no da lugar a sorpresas. Ingleses y norteamericanos seguirán profundizando el curso tomado, con eventuales matices, "hasta que el infierno se congele".


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