INGMAR BERGMAN, LA OSCURA LUZ DEL INVIERNO SEPTENTRIONAL

Logró que el mundo descubriese a un grupo de actores suecos Ingrid Thulin (foto), Bibbi Andersson, Harriet Andersson, Max von Sydow, Joseph Erlandsson, Gunnar Björnstrand, Liv Ullman.

INGMAR BERGMAN, LA OSCURA LUZ DEL INVIERNO SEPTENTRIONAL

Ingmar Bergman con Liv Ullman y con Ingrid Bergman

 

Por Julio Fernández Baraibar

NAC&POP

31/07/2007 

Una noticia ha entristecido esta radiante tarde invernal.

Una tradición cultural propia del siglo XX, de alto refinamiento espiritual y conciente de su inevitable entropía, gestada por el pleno desarrollo de la burguesía europea germana, y que tuvo en Thomas Mann, en Gustav Mahler y en Piet Mondrian su pluma, su teclado y su pincel, ha finalizado con el fallecimiento del genial hijo de un pastor de la iglesia luterana sueca, legítimo heredero de su compatriota August Strindberg, nacido a la sombra de los claustros más antiguos del norte de Europa y de las altas torres de la catedral de Uppsala: el singular e irrepetible Ingmar Bergman, uno de los más grandes directores cinematográficos de todos los tiempos.

 Cercano al lugar de su nacimiento se encuentra la ciudad de Birka, la antigua ciudad santa de aquellos campesinos marinos que asolaron las costas continentales y que remontaron los ríos europeos hasta llegar a la vieja Constantinopla, los legendarios colonizadores de la península del Labrador, los vikingos.

 Viking es una palabra escandinava derivada de vik, que es el nombre de esas típicas bahías estrechas y profundas donde el mar del Norte y el Báltico penetran en la península escandinava.

Imposibilitados por la precariedad técnica de sus drakar –esas naves a remo o con una sola vela cuadrada, de proa adornada con mascarones infernales, de muy poco calado y escasa capacidad de almacenaje- para aventurarse sin más a mar abierto, los vikingos iban de vik en vik, y allí acechaban a las naves que serían objeto de su asalto, ocultos en la niebla fría de septentrión, interrumpido su silencio por el áspero graznido de las negras cornejas.

 Algo de esa helada soledad del vik, algo de esa bruma que impulsa a la introspección, algo de la inexorable ferocidad de esos guerreros que iban al combate en bärsäksgång, poseídos por una furia implacable, algo de la predestinada desaparición de un mundo maravilloso, sobrevivía en el cine de Ingmar Bergman. 

Exquisito director teatral, se inicia familiarizándose con los dos más grandes dramaturgos de Escandinavia y del teatro burgués: Henrik Ibsen y August Strindberg.

Del primero recogió, sin duda, la atmósfera de culpa y remordimientos, de aversión a la familia burguesa y la perfecta construcción de sus juegos dramáticos.

De Strindberg heredaría su pesimismo, su irreductible individualismo, su torturado sentido moral.

Y de ambos la capacidad de dibujar su aldea, su gente y descubrir en ellos el ancho mundo y todos los seres humanos.

 Fue el director sueco por excelencia, desde los tempranos desnudos de Un verano con Mónica con Harriet Andersson (FOTO) hasta sus últimas y magistrales Fanny y Alexander o Zarabanda.

Y junto con Antonionni, Fellini, Buñuel, Fassbinder y algunos pocos más, el realizador del mejor cine de la historia de ese arte que eclosionó con el despliegue universal del capitalismo y parecería eclipsarse con su sangrienta decadencia.

El Septimo Sello con Max von Sydow y Gunnard Bjornstrad

 El Séptimo Sello, ese doloroso y tragicómico peregrinaje humano hacia el destino final, jugándole la partida a la ominosa Huesuda; El Rincón de las Frutillas Silvestres, el encuentro de un viejo al borde de la partida con el delicioso momento de la felicidad infantil y el desencuentro ya sin solución con el hijo; Escenas de la vida conyugal, con la horrible acechanza de la locura tras la chatura deshumanizante de la vida cotidiana; o Sonata Otoñal –donde lograra reunir a la noruega Liv Ullman con Ingrid Bergman en su último y maravilloso papel- y el peso de los reproches ya sin disculpa posible entre dos mujeres de genio, constituyen el legado de este inmenso artista que acaba de morir.

 El interrogante perpetuo por lo que no tiene respuesta, las acechanzas del lobo que despierta poco antes del amanecer, en la gélida soledad del insomnio, la culpa de lo ya vivido sin atenuante posible, la difícil y a veces imposible comunión de un hombre ensimismado en su solipsista introspección, el alma misteriosa, fascinante, terrible y dulce de las mujeres, la atracción que en los hombres producen sus silencios o sus desvaríos, ese fue el material con el que trabajó a lo largo de más de sesenta filmes y que han convertido su obra en una herencia que aún no tiene herederos.

 Logró que el mundo descubriese a un grupo de actores suecos que se convirtieron en los mejores actores de cine de la historia. Ingrid Thulin, Bibbi Andersson, Harriet Andersson, Max von Sydow, Joseph Erlandsson, Gunnar Björnstrand, Victor Sjöström, Liv Ullman fueron la arcilla con la que Bergman modeló sus personajes y sus situaciones, verdaderas paráfrasis de la condición humana.

Convirtió a Jarl Kulle, un galán del teatro liviano de Estocolmo, y a Nils Poppe, un cómico popular similar a nuestro Darío Víttori, en exquisitos intérpretes de las complejas personalidades que necesitaba para poner afuera sus fantasmas.

 Por otra parte, fue un extraordinario escritor, capaz de reflexionar en sus memorias sobre las obsesiones que sembró a lo largo de su fecundo trabajo creativo.

La Linterna Mágica, uno de sus libros, es, como muchas de sus últimas películas, una mirada sobre su placentera infancia y su tortuosa juventud, donde el cine, esos sueños impresos desde la oscuridad en una plateada retina, ocupa el lugar del dolor y del bálsamo.

El niño que, noche tras noche, miraba sobre la pared el misterio animado de un primitivo proyector de imágenes, convirtió con el paso de los años y la amarga experiencia, las desventuras de prósperos burgueses suecos, infatuados artistas, soberbios académicos, engolados diplomáticos y atormentadas damas –todos sus personajes femeninos fueron como Nora de Casa de Muñecas- en paradigmas de la condición humana, en espejos de nuestros interrogantes sin respuesta. 

Ese niño falleció hoy a los 89 años de edad en su Isla de las Ovejas.

 Los rioplantenses tenemos el orgullo de haber sido los primeros en descubrir la sabiduría que encerraba su oscura luz escandinava.

 Buenos Aires, 30 de julio de 2007

 Julio Fernández Baraibar

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