BERGMAN, SEXO Y LORRAINE

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(Harriet Andersson) "Para mi, Bergman apareció con “Un verano con Monica” en el cine Edison de Liniers, cerca del Nacional número 13, donde estudiaba".

BERGMAN, SEXO Y LORRAINE

 

Por Martín García

 

Para mi, Bergman apareció con “Un verano con Monica” en el cine Edison de Liniers, cerca del Nacional número 13, donde estudiaba. “Un verano con Monica” hablaba de mujeres y de sexo, lo que para nosoros, adolescentes de secundaria, era todo un tema atractivo, en una sociedad pacata e hipócrita donde todavía no habíamos irrumpido con nuestra idea generacional de la libertad sexual.

 

Por lo que Bergman, podríamos decir, a escala barrial, era un Maestro que nos influyo decisivamente.

 

Bergman no hablaba solo del sexo, precisamente, sino de la vida. De la pulsión de la vida, pero en ese florecer, el sexo era un lenguaje imposible de ignorar.

 

Después Bergman se instaló en el nunca bien ponderado cine Lorraine de la avenida Corrientes al 1500, cerquita del Café La Paz , frente de donde está y estaba el Bar Ramos, enfrente de la mano donde se encuentra la pizzería Güerrín, un poco más allá, aunque cerca, en la misma mano de La Paz y frente al San Martín, a la misma altura, en la cuadra, por decir.

 

 

Alli estabamos, sin saberlo, compartiendo largas filas con Woody Allen, para entrar a ver a Bergman. Digo, sin saberlo, porque, por entonces Woody Allen, nunca vino a la Argentina y menos para compartir una cola al cine con nosotros. Sin embargo, años después nos enteramos que estaba ahí. Annie Hall, primero y Hannah y sus hermanas, después, así lo prueban.

 

Después, ya mayor, con más experiencia en la vida, pero aun jóven para saber demasiado, salvo la letra de algún tango, ya vivido, asistía  la proyección de su película “Persona”.

 

Persona me reventó la croqueta. Una película donde dos mujeres, en una larga secuencia, hablan de sexo, sin hacerlo, sin mostrar un seno, un coseno, un hombro, una pierna, nada de nada. Solo hablan de sexo, refieren experiencias, en particular la que vive una de ellas, en la playa, donde comparte una tomada de sol con una amiga media ligera de cascos, que protagoniza una relación, delante suyo, con uno de dos pibitos que andaban por ahí pizpeando torsos desnudos de mujeres mas grandes que ellos, y por ultimo, el que había quedado mirando también, ese otro pibito, hace el amor con ella, la que está contando su historia. Ese cuento, en ese momento joven y no tan ingenuo de mi vida, me mató. Me pudo.

 

Sería muy poco lo mío si hablara de Bergman como un iniciador de ideas y tensiones alrededor de lo erótico, lo sexual, lo amoroso.

 

Pero así fue.

 

Como aquella vez que salimos del cine con una muchacha llamada Antonella con quien estudiábamos alguna cosa en alguna facultad ya despertadas nuestras ideas de cambio, nuestras obras de teatro de la mesa diez de Dragun, nuestras corridas con la policía pidiendo mas presupuesto en esas practicas en la calle de lo que luego sería la marcha hacia el poder, y Antonella y yo eramos todo ardor y nos dábamos cuenta que el sueco nos había metido en un clima insoportable y nuestro deseo nos llevo a pasear por Buenos Aires, llegar al puerto, mirar los barcos, como buscando donde anclar, para después de un beso ardoroso tomarnos trenes y colectivos que iban a un lugar del suburbio tan lejano, tan despojado de cemento, que ni se donde estaría, encontrarnos con hermanos comprensivos que nos mostraban revistas italianas que hablaban bien de los nazis y mal de los negros, como si la película siguiera y ahora fuera  a la faz sociopolítica.

 

Un lugar donde dejar a Antonella, al hermano fascista italiano, a Bergman, ya en el recuerdo y volver en una vuelta en tres o cuatro colectivos hasta mi casa de Ciudadela, sin poder sacarme en todo el viaje esa sensación de tumulto, de ardor, de pasión que nos abrazo esa noche después de la función del Lorraine. Que era lo que se mantenía vigente.

 

En una época signada por el sicoanálisis, como fue la de nuestra primera juventud, la interacción con Ingmar Bergman, su conversación intima sobre la vida y la soledad, las relaciones y la muerte, fue importante, para nosotros, tan importante a veces, como aburrida otras, porque el tipo ensayaba, se mandaba y uno debía cooperar si estaba en vena y sino te aburrías, tanto como otras veces te deslumbrabas o te dejabas deslumbrar.

 

Pero nunca fue una boludez..

 

Fue finalmente tan importante como nuestra relación con el Café La Paz, ahí cerquita del Lorraine, donde se veía a escritores y músicos como David Viñas, Ricardo Piglia, Enrique “Mono” Villegas, Rodolfo Walsh., Alfredo Carlino, Jorge Asís, Juan Carlos Gené; y tantos , tantos otros…y tan importante como irse a comer una porción de pizza con faina y moscato a Güerrín o ir al San Martín.

 

Aunque los lugares influyen mucho porque ahí esta uno, uno y los otros. Nosotros.

 

MG/

 

N&P: El Correo-e del autor es Martin Garcia martin.garcia@fibertel.com.ar