AL PÓQUER Y AL DESARROLLO, PARA GANAR HAY QUE SABER PASAR

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Con soberanía alimentaria indefinida, con la tierra intacta y productiva, con el agua pura y libre de agro toxinas, ahora los jóvenes gallegos se quedan en su tierra a formar sus familias.
Galicia, pequeño y hermoso modelo de desarrollo a escala humana.

AL PÓQUER Y AL DESARROLLO, PARA GANAR HAY QUE SABER PASAR.    

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El mérito de una Autonomía que supo valorar sus mejores recursos como cultura frente a una Europa cada vez más hostil y estratificada.  Postergada por insistir con el empleo de su dialecto, condenada entonces por la cultura gerencial de la España que el generalísimo Franco predecía como exitosa; y recluida en sus centenarias estructuras económicas.

Galicia no prometía alcanzar el siglo XXI como un gran exponente del crecimiento económico.  Hoy, los resultados demuestran lo contrario y de todo lo que el desarrollismo alineaba hacia el banco, se reparten felices los gallegos los frutos de un modelo económico que más parece partir de los consejos de un abuelo, que de los formularios de un vendedor de sistemas jubilatorios. Les hicieron la cruz a las papeleras y a la industria de gran escala, obstaculizaron centrales nucleares y toda otra forma rara de producir energía.

Prefirieron seguir juntando moluscos a lo bruto, rastrillando la fangosa arena de sus estuarios, que quedarse sin arroz y sin mariscos para sus paellas.

Muchos siguieron en el campo viendo irse a sus hermanos a buscar trabajo a Buenos Aires. Se quedaron renegando con las piedras y los burros.

Solos, sin ideólogos ni astronautas, fueron envejeciendo en las mismas casas donde alguna vez los dieron a luz sus padres.  Pero algo mágico comenzó a ocurrir con ellos. Fuertes y saludables trabajadores, comenzaron a marcar promedios colectivos muy longevos.

Después de todo, la dieta mediterránea y la tarea al sol como a la antigua, les habían obsequiado la gratitud de una madurez sin las enfermedades propias de las grandes metrópolis modernas.

Todo había quedado como estaba, desde las cabras en lo alto de la sierra, hasta los bancos de pesca en lo profundo del la mar; y esa es ahora su principal riqueza.

El vino de sus ríos limpios, obtiene certificación de orgánico, y es cuatro veces más caro que los de escala industrial.

El aceite de los centenarios olivares también.

Vuelven las angulas a sus rías todos los años, manejan las aromáticas como nadie, mientras llegan cada vez más turistas a compartir el sol de sus exquisitas y aldeanas costas. No mueven nada de su lugar y cada vez son más ricos.   Su índice de paro, volvió a aventajar este año en cuatro décimas al del resto de la península, crecen las exportaciones, llegan más turistas y lo que es más raro, crecen los provechos de su agricultura familiar mientras prospera cada vez más la captura pesquera.

Algo inédito en lo que va del tercer milenio, algo a lo que habrá que ponerle especial atención a la hora de hablar de desarrollo entren quienes pueblan también nuestra tierra en Sudamérica.  Mientras aquí continuamos erradicando campesinos y restándole valor a la lengua de nuestros ancestros.

Mientras continúa toda la comunicación social ponderando a los que pretenden que veamos al desarrollo como algo que viene de afuera, y mientras vemos a nuestros dirigentes políticos, esconder cada vez con más mezquindad nuestros recursos naturales, sintonizarse con esta experiencia no parecería raro a la hora de tomar por el camino de nuestro desarrollo como cultura. Con soberanía alimentaria indefinida, con la tierra intacta y productiva, con el agua pura y libre de agro toxinas, ahora los jóvenes se quedan en su tierra a formar sus familias.

Un modelo que alguna vez esperamos todos que naciera en Argentina.  AA/