EL ACTA DE LA INDEPENDENCIA

Alejandro Pandra (Agenda de Reflexion)

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“Somos pueblos nuevos y casi huérfanos en el mundo. En el centro de la civilización y del poder no se quiere creer nuestra dignidad, nuestra gloria  ¡Estamos solos!”.
El 9 de julio de 1816 es una fecha insigne en la vida de nuestra patria.

EL ACTA DE LA INDEPENDENCIA

                                               Por Alejandro Pandra

No sólo porque entonces nos declaramos independientes de toda dominación extranjera, sino también por el coraje patriótico que se manifestó pleno en medio de una extendida pequeñez, mezquindad y estrechez de miras.
 Las Provincias Unidas del Río de la Plata eran por esos días el único territorio de Iberoamérica que no había sido recuperado por las armas realistas.  Habían caído Morelos en México y Bolívar en Venezuela; permanecía el Virreinato de Lima y había sido recapturada la Capitanía General de Chile.  Las armas patriotas fueron derrotadas en el Alto Perú, los portugueses hostigaban la Banda Oriental y Paraguay se había segregado. Cádiz preparaba una poderosa expedición.  En ese contexto comenzaron a oírse la voces de aquellos politiqueros que, sembrando desánimo y escepticismo, pregonaban la inminencia del derrumbe de la epopeya liberadora y la conveniencia de volver de alguna manera al redil de la dominación española, en el mejor de los casos, o en su defecto de pedir la protección de otro poder colonial como el de Inglaterra, como lo hizo Alvear a Lord Stangford en Río de Janeiro. Sin embargo, los pusilánimes y los malintencionados ­igualitos a los de ahora- no iban a triunfar entonces.  Los compañeros de San Martín, Belgrano, Güemes y tantos más se pusieron de pie frente a las presiones y las tentaciones, viajaron por más de tres meses en carretas de bueyes, o los más privilegiados por más de treinta días en galeras de cuatro caballos hasta el Tucumán, que era poco más que una aldea, declararon allí la independencia nacional y los echaron a todos, de aquí y del resto del continente.

EL ACTA DE LA INDEPENDENCIA

Fue firmada por todos los congresales que declararon la Independencia. Se tradujo al quechua y al aymará para que la conocieran las poblaciones indígenas.

Acta de la Independencia de las Provincias Unidas en Sud América
En la benemérita y muy digna Ciudad de San Miguel del Tucumán a nueve días del mes de julio de mil ochocientos dieciséis: terminada la sesión ordinaria, el Congreso de las Provincias Unidas continuó sus anteriores discusiones sobre el grande, augusto y sagrado objeto de la independencia de los Pueblos que lo forman.
 Era universal, constante y decidido el clamor del territorio entero por su emancipación solemne del poder despótico de los reyes de España; los Representantes sin embargo consagraron a tan arduo asunto toda la profundidad de sus talentos, la rectitud de sus intenciones e interés que demanda la sanción de la suerte suya, Pueblos representados y posteridad; a su término fueron preguntados: ¿Si querían que las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?  Aclamaron primero llenos del santo ardor de la justicia, y uno a uno reiteraron sucesivamente su unánime, espontáneo y decidido voto por la independencia del País, fijando en su virtud la determinación siguiente:  Nos, los Representantes de las Provincias Unidas en Sud América reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside al universo, en el nombre y por la autoridad de los Pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias.  Todas y cada una de ellas así lo publican, declaran y ratifican, comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, bajo del seguro y garantía de sus vidas, haberes y fama. Comuníquese a quienes corresponda para su publicación y en obsequio del respeto que se debe a las naciones, detállense en un Manifiesto los gravísimos fundamentos impulsivos de esta solemne declaración. Dada en la Sala de Sesiones, firmada de nuestra mano, sellada con el sello del Congreso y refrendada por nuestros Diputados Secretarios. Francisco Narciso de Laprida, Diputado por San Juan, Presidente Mariano Boedo, Vice Presidente, Diputado por Salta Dr. Antonio Sáenz, Diputado por Buenos Aires Dr. José Darragueira, Diputado por Buenos Aires Fray Cayetano José Rodríguez, Diputado por Buenos Aires Dr. Pedro Medrano, Diputado por Buenos Aires Dr. Manuel Antonio Acevedo, Diputado por Catamarca Dr. José Ignacio de Gorriti, Diputado por Salta Dr. José Andrés Pacheco de Melo, Diputado por Chibchas Dr. Teodoro Sánchez de Bustamante, Diputado por la Ciudad de Jujuy y su territorio Eduardo Pérez Bulnes, Diputado por Córdoba Tomás Godoy Cruz, Diputado por Mendoza Dr. Pedro Miguel Aráoz, Diputado por la Capital del Tucumán Dr. Esteban Agustín Gazcón, Diputado por la Provincia de Buenos Aires Pedro Francisco de Uriarte, Diputado por Santiago del Estero Pedro León Gallo, Diputado de Santiago del Estero Pedro Ignacio Rivera, Diputado de Mizque Dr. Mariano Sánchez de Loria, Diputado por Charcas Dr. José Severo Malabia, Diputado por Charcas Dr. Pedro Ignacio de Castro Barros, Diputado por La Rioja Licenciado Gerónimo Salguero de Cabrera y Cabrera, Diputado por Córdoba Dr. José Colombres, Diputado por Catamarca Dr. José Ignacio Thames, Diputado por Tucumán Fray Justo de Santa María de Oro, Diputado por San Juan José Antonio Cabrera, Diputado por Córdoba Dr. Juan Agustín Maza, Diputado por Mendoza Tomás Manuel de Anchorena, Diputado de Buenos Aires José Mariano Serrano, Diputado por Charcas, Secretario Juan José Paso, Diputado por Buenos Aires, Secretario.  La vida hoy como entonces nos vuelve a poner a prueba.  Sucesivas dirigencias vendepatrias, sumisas y corruptas, desde hace muchos años han llevado a nuestro país a una pérdida casi total de su independencia, entregándolo a los intereses más infames, y enajenando nuestro patrimonio, nuestros recursos y aún nuestro futuro. Una vez más, igual que en 1816, habrá que echarlos a todos, de aquí y del resto del continente.  La historia no está simplemente para rememorarla, sino para aprender a construir el porvenir.  El ejemplo de los próceres no sirve sólo para reconocerlo, sino para imitarlo.  Sepamos templar el espíritu en la contemplación de las glorias pasadas, a fin de que ese mismo temple antiguo de los varones que nos dieron esta tierra que amamos y padecemos, nos mantenga despiertos y firmes. Como si tantos años hubiesen pasado en vano por nuestra historia común, llena de pequeñeces, de pasiones bastardas, de estériles enconos, de rencillas que son inexplicables si no se mira la deslealtad y la inconsecuencia de los hombres que debían conducir los altos ideales de 1816 sin resquemores, ni recelos, ni suspicacias; como si tantos años hubiesen pasado en silencio sobre la primera etapa de nuestra historia común y solidaria, las palabras que resonaron en estas tierras en pleno siglo XIX nos amenazan, hoy como entonces, con la misma tremenda acusación, diciéndonos de frente, como se dicen las palabras duras en las horas amargas: Estamos solos. Somos pueblos nuevos y casi huérfanos en el mundo (…) En el centro de la civilización y del poder no se quiere creer en nuestra virtud, en nuestra dignidad, en nuestra gloria (…) y se pretende ver en nuestra América solamente pasiones antisociales, instintos salvajes en lugar de principios de razón y de justicia. ¡Estamos solos!”.  La historia de nuestra patria, desde aquel lejano 9 de julio de 1816, ha debido pasar sucesivas etapas de un desarrollo político muy accidentado.  Quizás algo maltrechos por los errores, y la reiteración de los mismos, arribamos a un momento particularmente trascendente y decisivo.  La crisis actual constituye un desafío providencial para redescubrir el genio oculto o adormecido de nuestro pueblo.  Es que la Argentina sigue reflejando en sus entrañas un fiel contacto con los dioses lejanos que la engendraron.  Es el tiempo, como en aquella gloriosa jornada tucumana, de recurrir a las reservas espirituales más escondidas y poner, en la construcción de lo que viene, el mismo ánimo generoso y combativo que asistió a nuestros antepasados en la organización de la patria nueva.  Lo arriesgaron todo, exponiéndose a la reacción de quienes, aún irritados por el grito de libertad del 10, acusarían recibo con todo su potencial militar. Nuestra situación actual es no es tan distinta. Este presente, umbral resbaladizo del futuro, colmado de desafíos y de posibilidades, sacude al pueblo argentino. A modo de homenaje a los protagonistas de la Independencia, pero también de llamado evocando aquel ánimo generoso y digno, transcribimos el Poema conjetural de Borges, sobre el atentado que durante las guerras civiles costara la muerte del sanjuanino Francisco Narciso Laprida, el presidente en el 16 del Congreso de Tucumán.  Es que en los mismos inicios de aquella fase, espléndida pero dubitativa, la Independencia estuvo a punto de perderse por la lucha encarnizada entre “los próceres” y “los caudillos”, que consumirá energías, degradará ideales y falsificará ideas durante tantos años. Igualito que ahora. 

POEMA CONJETURAL Por Jorge Luis Borges
El doctor Francisco Laprida, asesinado el
día 22 de septiembre de 1829 por los montonerosde Aldao, piensa antes de morir: ZUMBAN las balas en la tarde última.Hay viento y hay cenizas en el viento,se dispersan el día y la batalladeforme, y la victoria es de los otros.Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.Yo, que estudié las leyes y los cánones,yo, Francisco Narciso de Laprida,cuya voz declaró la independenciade estas crueles provincias, derrotadode sangre y de sudor manchado el rostro,sin esperanza ni temor, perdido,huyo hacia el Sur por arrabales últimos.Como aquel capitán del Purgatorioque, huyendo a pie y ensangrentando el llano,fue cegado y tumbado por la muertedonde un oscuro río pierde el nombre,así habré de caer. Hoy es el término.La noche lateral de los pantanosme acecha y me demora. Oigo los cascosde mi caliente muerte que me buscacon jinetes, con belfos y con lanzas. Yo que anhelé ser otro, ser un hombre desentencias, de libros, de dictámenes,a cielo abierto yaceré entre ciénagas;pero me endiosa el pecho inexplicableun júbilo secreto. Al fin me encuentrocon mi destino sudamericano.A esta ruinosa tarde me llevabael laberinto múltiple de pasosque mis días tejieron desde un díade la niñez. Al fin he descubiertola recóndita clave de mis años,la suerte de Francisco de Laprida,la letra que faltaba, la perfectaforma que supo Dios desde el principio.En el espejo de esta noche alcanzomi insospechado rostro eterno. El círculose va a cerrar. Yo aguardo que así sea. Pisan mis pies la sombra de las lanzasque me buscan. Las befas de mi muerte,los jinetes, las crines, los caballos,se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe,ya el duro hierro que me raja el pecho,el íntimo cuchillo en la garganta. 1943 Publicado en 1964 en El otro, el mismo.
Publicado por Agenda de Reflexión el Julio 9, 2002