JAVIER VILLAFAÑE, POETA Y TITIRITERO

Javier Villafañe, recorrió gran parte del país con su carromato La andariega, ofreciendo funciones en lugares humildes.

 

CIRCULEN, CABALLEROS, CIRCULEN

 


Historiacuentopoema
 



La Pared


En una ciudad, en la costa del Pacífico, hay una pared que está por caerse.

Son los restos de una muralla que hace siglos —piedra sobre piedra— levantaron los indios. —Cuidado —decían los habitantes de la ciudad cuando algún turista iba a pasar al lado de la pared—, cruce la calle.

Esa pared puede caerse.

Era un peligro esa pared.

Podía caerse de un momento a otro.

Sobre la pared dormían la siesta los gatos en invierno.
 Había lagartijas al pie de la pared. Había una enredadera. Había hormigas que subían y bajaban por la pared. Había ratas debajo de la pared. En un hueco de la pared había un nido de pájaros. Había arañas.

Un día hubo un terremoto. Todo se derrumbó en la ciudad: la iglesia, el hotel, la cárcel, los árboles. Sólo quedó la pared de pie, inclinada, a punto de caerse.


LA SELVA


Sembró demás en el fondo de la casa.
 Una tarde, después de haber regado, no pudo salir.

Gritó: ¡Auxilio! ¡Socorro! Nadie podía oír. Estaba en la selva.

Una víbora —la manguera— lo había enroscado hasta ahogarlo. 

El gato daba vueltas a su alrededor.
 Caminaba con el andar felpudo de los pumas.

Portada de «Circulen, caballeros, circulen»Textos extraídos, con autorización de los editores, del libro Circulen, caballeros, circulen. Buenos Aires, Ediciones del Cronopio Azul, 1995, Colección Libros de Fondo Blanco.


HISTORIACUENTOPOEMA


Por Javier Villafañe


El día y la noche
 Hay que tener mucho cuidadocuando se cierran los ojosy sobre todo de nocheEl día es la luzel apogeo que despierta el galloLa noche el primer miedo del hombrela que borró el espejo de las rocasdonde el bisonte iba a caer atrapadola que inventó el radar de los murciélagosel rocío que envuelve las uvasesas gotas de vinoque bebe la tierraTodas las noches no sabemossi será el día siguiente.   Fue en Montemar El cazadorapuntódisparóy sangró el gallo de la veleta.   En Montemar Silvia se preguntaba Cuando se miraun espejoen otro espejo¿cuál es el espejoque se miray qué ve un espejoen el espejocuando el otro espejotambién lo está mirando?   Los grandes negocios Cambiar un monte por un caballoUna red por una barcaLa H por la JUn cuchillo por una lámparaUna plegaria por una golondrinaUn perfume por un olorUna pared por una enredaderaUn círculo por un puntoUn recuerdo por una veletaUna tijera por un alfiler.Hemos perdido mucho tiempo caminandoSomos viejos ahora, pero todavíaquedan grandes negocios por hacercambiar, por ejemploun resorte por una incubadorao un árbol por las alas de un buitre. Léase: Una veleta por un recuerdo.

Portada de «Historiacuentopoema»Textos extraídos, con autorización de los editores, del libro Historiacuentopoema. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1992.


DON JUAN EL ZORRO
Prólogo
Por Laura Devetach

Javier
 Tomé el teléfono y llamé al más Javier de todos los Javieres. —Hola, Javier —le dije—. Tengo que hacer tu biografía. ¿Cuándo querés nacer? —Hace 100 años —me contestó. Luego corrigió, dudoso: —No, mirá, mejor poné que nací en 1909… Aunque también podría ser en 1910. —También podría ser hoy —comenté. —¿Y si hacemos una fiesta? —Bueno —dijo—. Con asado y vino.

Pero haceme una linda biografía y decí que mi cumpleaños es el 24 de junio, día de San Juan, día de Brujas, y que nací en 1909.

Javier Villafañe vive en el barrio de Almagro, en Buenos Aires, donde nace todos los días. Y le gusta festejarlo.


Realizó sus primeros estudios en la escuela de la vida, de los amigos, de los cuentos contados y las poesías compartidas.

Un buen día ingresó a la Universidad de los Títeres. Una Universidad ambulante, creada por él mismo y que era una carreta. Se llamaba «La Andariega».

En esa carreta hacía funciones de títeres con su amigo Juan Pedro. Viajaron mucho.

Mientras viajaban escribió poesías, cuentos, obras de títeres y también escuchó cuentos populares que le contaban los chicos y grandes para después volver a contarlos.

Ahora cuenta sus experiencias a los titiriteros del Teatro San Martín y a todos los amigos que se le acercan. Dice que hay que vivir sin odios (si se puede), amar mucho, entenderse con los perros, tirar cosas al mar (relojes, por ejemplo) para enloquecer a las sirenas, caminar bajo la lluvia, tener plantas y otras cosas por el estilo.

Con un aro de madera y algunas telas, él mismo se convierte en teatro. «El teatro que camina», lo llama. Y allí trabajan Maese Trotamundos, Juancito, María, el Diablo y otros muñecos.

Luz Marina es la mujer de Javier y contribuye a que toda la compañía esté organizada. Los títeres la ayudan cuando nadie los ve. Por eso, si pasan a la madrugada por la casa de Almagro, van a ver al Diablo de las tres colas barriendo la vereda.

A esa hora Javier sueña con la primera historia que va a contar apenas se levante.

Portada de «Don Juan el Zorro» Texto extraído, con autorización de los editores, del libro Don Juan el Zorro, de Javier Villafañe. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1989.


ALGUNOS CREEN QUE LOS TITIRITEROS TAMBIÉN MUEREN


Por Gustavo Roldán


Nadie puede creer que los títeres mueran, y si los títeres no mueren tampoco pueden morir los titiriteros. Simplemente las obras se terminan cuando baja el telón para seguir mañana en otro teatro, en otro pueblo, en otro país.


En qué país estará Javier Villafañe, tanto que le gustaba viajar.

En qué esquina de la tierra se asomarán sus títeres y sus cuentos para seguir peleando por un mundo mejor, para resistir con la poesía de sus manos de mago y de sus palabras de fuego.

No es igual este país sin Javier Villafañe.

Algo está faltando, alguna lenta palabra pronunciada a medianoche para espantar la furia, algún poema que se ría de las tonteras de este mundo, alguna manera de saber vivir a contrapelo. 

Todos estamos acostumbrados a sus viajes, todos los amigos sabemos que al preguntar por Javier siempre alguien nos dice: está en Colombia, está en España, está en Grecia o en Hungría. 


Siempre en algún lugar diferente porque nunca nadie acaba de conocer el mundo.
 Porque el mundo es grande, aunque ahora parece más chico si no está por aquí Javier Villafañe.

Pero seguiremos esperando, o lo encontraremos en algún viaje, y seguiremos hablando de él, viejo mentiroso que no dudaba en contarnos de manera distinta la misma historia, porque si decía lo mismo era para él demasiado aburrido.


Tal vez no tenía derecho a dejarnos solos, pero un viajero siempre deja solos a los demás. También los titiriteros nos dejan solos cada vez que cierran su tablado y se van.

Nos dejan una obra y un recuerdo y un algo que se ha movido dentro nuestro que nos hace más ricos, pero se van.

Toman el tren bajo la lluvia y saludan levantando la mano como diciendo adiós.

Y sonríen.

De qué sonríen si nos dejan solos y ya no podemos preguntar.

Entonces las palabras nos quedan apretadas en la garganta, inútiles palabras que no dijimos a tiempo y que seguirán doliendo para siempre.

Los titiriteros y los poetas siempre mienten.
 Siempre toman el tren bajo la lluvia. Siempre sonríen. Siempre nos dejan solos.

Yo me miento también y digo que pronto volverá.

O que nos encontraremos en Cuba, porque Cuba es un hermoso lugar para encontrar a los amigos.

Y porque Cuba es un país donde todos quieren a Javier Villafañe.

Artículo extraído, con autorización del autor, de la revista Para la Libertad, Nº 8. Buenos Aires, mayo-junio 1996.


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