EL AMOR

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Una vez, para esta fecha, apareció un nene en el patio del Normal 3 y con seriedad deslizó que Belgrano había creado, primero, la bandera de Gimnasia.

  EL AMORPor Gabriel Fernández 22 Jun 2007 Hoy le contaba a mi pibe.  Una vez, para esta fecha, apareció un nene en el patio del Normal 3 y con seriedad propia de quien viene sólidamente informado, deslizó que don Manuel Belgrano había creado, primero, la bandera de Gimnasia. Y después, la de la Patria. Tendríamos ocho o nueve años. Los recreos dejaban lugar a debates profundos, como el mencionado, o a juegos simples entre los que se destacaba el fútbol, con balones muy –pero muy– improvisados. Pequeños, pueblerinos, barrialmente entornados, ingenuotes, con los períodos históricos enrevesados, a todos nos parecía más o menos probable que Belgrano, habiendo sido un ñato polenta, según decían, resultara tripero.  La discusión no puso en cuestión el aserto fundamental: se desplazó entre quienes, razonadores por naturaleza, señalamos que quizás la primera insignia fuera la Argentina y, ahí sí, un poquito después, surgiera la que nos arrebataba el corazoncito.
Aquellos que, motorizados por la pasión sin mácula, dijeran pero no che, ¿no ves que la bandera de veras era bien azul? ¡La primera es la nuestra!
 Un compañerito, me acuerdo, introdujo una duda tremenda que quedó flotando para siempre: ¿Y porqué en Rosario?  Sabíamos que allí había un club con ese nombre, y otro, un tal ñuls, que nos parecía un poco excentrico por su denominación. ¿Y si el bueno de Belgrano quería crear la bandera de alguno de esos, y por error alguien la trajo hasta acá? Yo me subía a la bici y salía a recorrer la ciudad, en esos años 60 que se han agrisado con el tiempo y se han realzado en los medios.¿Diez, once años? Sabía dónde ir.  Recorría los boliches para ver las fotos viejas del club, me metía en barrios cuyos nombres míticos conocí después.  Me fascinaba ver a las adolescentes salir de los zaguanes con gorritos del Lobo, cuando en aquél entonces los símbolos de los equipos apenas si se usaban el día del partido.  Creo que amé secretamente a todas las pibas triperas de la ciudad, sin fallarle nunca a Torres, la compañerita de mirada, de roce, de banco, que estaba conmigo desde primer grado. Iba a la heladería de la esquina, al kiosco de mitad de cuadra, y se armaba la discusión enseguida.  Nadie tenía que aclarar de qué cuadro era.  Hoy es difícil de entender, pero no conocíamos hinchas de Boca ni de Ríver.  Decididamente: en el Mondongo, no había. Alguien decía que Rogel se iba a un cuadro de esos, o que Trebucq era comprado por ellos para que juegue allí.
Alguno de los pibes, escéptico, callejero y adentrado en las vicisitudes de la vida, hacía así con los dedos y decía "andá, mirá si el tipo va a querer jugar en otro club. Si se fue es por algo raro".
 Nos quedábamos pensando en qué sería el algo raro que impulsaba a alguien que vivía en el cielo, que había conseguido lo que todo ser humano en el planeta debía anhelar –jugar en Gimnasia–, a renunciar al paraíso y mandarse a mudar a cuadros lejanos, de esos que estaban en mundos distintos, donde había personas raras, con autos largos e hinchadas que eran "de las bolas". Mirábamos los diarios. En las casas se compraban dos, El Día (durante un tiempo El Argentino), y por la tarde La Gaceta.  Allí también el Orden Natural se mantenía inalterable. Fotos y fotos, notas y notas sobre Gimnasia y Estudiantes.  A los otros equipos se los mencionaba cuando jugaban con los del lugar, sólo por eso.  Los de Estudiantes no eran malos, para nosotros, aunque nos peleábamos a veces.  Pasaba que eran ricos –según nos contaban los mayores– y eso era… raro.  Era raro que alguien no fuera de Gimnasia y peronista, bastante confuso.  A lo sumo había gente que era de Gimnasia y no le interesaba la política; y gente que era de Gimnasia y portaba orgullosa una larga tradición yrigoyenista; de eso sí había.  Yo tenía algunos compañeritos de la escuela que eran de Estudiantes. Eran un puñadito y se interesaban poco por el fútbol, salvo cuando iban en familia a ver partidos importantes como los que jugaban ellos. Nos dábamos cuenta, claramente, que nosotros no jugábamos partidos importantes, así, con cuadros de otros universos a los que se llegaba en avión. Pero nos parecía natural.  Gimnasia era el barrio en estado crudo, absoluto; era esa calle movida de Berisso con nombre de otro país, era la plaza cerca de la escuela, el club de acá a la vuelta, el boxeador que una vez fue conocido y todos lo fuimos a ver a Atenas y sólo se nos ocurría gritarle Dale Lobo para alentarlo.  Era la gente que trabajaba en los frigoríficos. Y el flaco que barría el pasillo de la escuela. Y el mecánico que vivía al lado, con una mujer tan gorda como él y seis nenas muy chiquitas. Los domingos cuando caía la tarde, después del partido, mirábamos con nuestras familias Titanes en el Ring.  Sabíamos que don Rodolfo el relator mandaría saludos para nosotros porque era como nosotros. Recuerdo la emoción de mi papá "ahí lo dice, ahí lo dice", y efectivamente, implacable, don Rodolfo, con sus bigotes y esa cara de bueno que se había puesto un traje largaba cosas como "aunque hoy no nos fue bien con Los Andes, quiero hacerle llegar mi cariño a los amigos de Gimnasia y Esgrima La Plata, y decirles que hay que seguir adelante". ¡Faaaaa!.  Quedábamos pipones de reconocimiento.  En el resto de los programas ni nos mencionaban, y no nos enojaba. Nos parecía natural. De visitante, yo iba a la cancha en la estanciera de Peco, o en el fitito de mi papá, o en el Renault Gordini de Lysi o del tío Yiyo.  De vez en cuando venían las mujeres, que de local iban seguro: mi mamá, mi abuela, las tías, las primas y después, mi hermana. Siempre había algún batifondo al llegar a Quilmes, gente que no sabíamos porqué no nos quería si tenían la misma bandera, y muchas veces, cuchillazos allá, adelante en la caravana, donde saltaban cosas y había humo y muchachones con ¡pelos largos! y desgreñados que llamaban mucho la atención.  Pero no había comentarios de los mayores sobre el comportamiento de esos miles de "locos" que operaban cual vanguardia.  Hoy suena bien raro: nosotros los chicos no hablábamos mal de nuestros hinchas ni de nuestros maestros.  En realidad nos sentíamos cuidados por ellos. Por nuestros hinchas, y por nuestros maestros. A los 13 años más o menos empecé a viajar sólo, a veces, en tren.  Los hinchas que llevaban cuchillos y revólveres iban charlando con nosotros, los más chicos, en los vagones.  Hablábamos de fútbol, de cómo era el lugar por el que pasábamos –eso es Ringuelet, mirá– y de las chicas que salían de las casas a saludar y recibían piropos más bien toscos que no nos parecían, en aquél entonces, ofensivos. De local era muy fiesta todo.  Llegar supertemprano, no sé si para ver la reserva o porque nos gustaba tanto estar en el Bosque que tomábamos eso como excusa.  Iban apareciendo las caras conocidas, algunas que yo ubicaba de las raras reuniones resistentes en Ensenada, e intercambiaban un par de opiniones políticas con mi papá, para después abocarse a lo primordial. Se sufrían las derrotas, claro, pero había un aire de familia, de ser autocentrado diríamos hoy, que ponía la lamentación en su lugar.  Sin andar muy leidos por el arrabal todos sabíamos que lo importante era el hecho de estar ahí, que teníamos una riqueza invaluable que no era otra cosa que ser todos de Gimnasia y encontrarnos en un mismo lugar.  Y cada tanto, como imbuído por esa ingenuidad sin arrasar, algún mayor nos señalaba "fíjense lo linda que es la camiseta de Gimnasia, es única, no hay otra igual, es perfecta" y nosotros mirábamos el paño blanco con la franja azul y no podíamos menos que azorarnos ante tanta belleza, preguntándonos a quién carajo se le había ocurrido algo que quedaba tan bien sobre el fondo verde. Increíble lo que puede el ingenio humano. Sabíamos amar. Con cuánta intensidad aprendimos a amar.  Creo que nosotros, los de Gimnasia, todavía sabemos. Parece mentira. Pero todo lo que aquí se narra, es verdad. Hace un tiempito, en un entretiempo, un muchacho me contó que para cerrar un acto escolar en Berisso, previo a una de las innumerables finales frustradas que llevamos como karma, una maestrita jardinera les dijo a los nenes algo así: "bueno chicos, antes de irnos vamos a ver a alguien que nos vino a saludar.  El va a necesitar mucho apoyo de todos nosotros, yo creo que ustedes lo conocen. ¿Y saben porqué necesita tanto apoyo?  Él es como nuestros papás, como el de ustedes, como el mío… es morocho, bastante peludo y … las cosas… las cosas le cuestan tanto como a nuestros papás, tiene siempre que pelear mucho para conseguir un poquito".  El pibe, emocionado, me contó que ahí nomás entró al aula un tipo disfrazado de Lobo, con la pelota bajo el brazo. Y que los chiquitos saltaban, gritaban, aplaudían, se empezaron a subir a la tarima para abrazarlo… Bueno, tantas cosas más.  Ah, casi me olvido de puro desmañado, esto es lo que quería decir: contra todo ese amor tierno y pavote que nos atraviesa se lanzaron, el último año, los medios de comunicación del país, comandados por el Grupo Clarín, para ensuciar la memoria de esos pibitos que éramos y somos de alguna manera.  La más venal e insultante de las campañas que se recuerde en el fútbol argentino fue lanzada por el Canal de Noticias TN y sus seguidores, por las grandes radios y los grandes diarios, contra esa forma de amar zonza y directa que nos hizo felices.  Junto a algunos dirigentes, nos sacaron de ese espacio paradisíaco, el Bosque, nos pusieron en caja para que no molestemos a los hinchas autorizados y realmente existentes, nos humillaron ante todo el país y el mundo mostrándonos tan feos como las camisetas que ellos veneran y nos calzaron en una caja de cemento acorde con las transmisiones de Torneos y Competencias.  Les metieron en la cabeza a nuestros pibes categorías extrañas diciéndoles que el mundo se dividía en ganadores y perdedores; y ahi, con esos parámetros, el amor no juega a nada, no tiene pies ni cabeza, no sirve ni para mirar quién viene.  Esa gente que vive lejos, gente de autos largos y a la que no se le entiende lo que dice, empezó a opinar sobre cómo teníamos que ser nosotros.  Tan orgullosos que estábamos de ser así nomás, resulta que terminamos avergonzados de ser como somos ya que no se puede ser de otra manera, o peor, ya que no sabemos ser de otra manera. Este artículo, memorioso a la que te criaste, ingenuo y transparente, me lo debía hace tiempo y se lo debía a varios amigos. Todo esto quería decir. No tanto a los marcianos, que por ahí no leen estas palabras escritas en lunfardo mondongo con códigos inaprensibles, sino a los ñatos esos que conocí de pibe y que cada tanto pizpeo, perdidos y desorientados, en algún partido medio chivo. ¿Pero qué mierda quería decirles?  Esto: de todas las cosas que soy en la vida, por sobre todo estoy orgullosísimo de ser de Gimnasia, los amo profundamente y me parece que lo mejor que tenemos es este ser así nomás que tanto nos critican.   Y, aprovechando la fecha, ratificar que el viejo Manuel Belgrano, efectivamente, creó la bandera de Nuestra Patria. Azul y blanca. Mucho más hermosa que los banderines de esos pajarones que nos insultan desde la pantalla.  Porque: qué es la Patria sino el amor que nos une con los seres que de verdad respetamos.  GF/  * Gabriel Fernandez es el director periodístico de la revista Question Latinoamérica , director de la señal medios y conductor de Frente a Frente por canal Metro, y una nota tripera que nos remonta a un pasado mejor para luchar por un futuro mucho mejor. N&P: El Correo-e del autor es Gabriel Fernandez lasenialmedios@sinectis.com.ar