1911 -NACE, EN BALCARCE, JUAN MANUEL FANGIO

Stirling Moss (Reader¨s Digest )

Fangio ha sido quizás el más grande corredor de autos de todos los tiempos, y el epítome del espíritu deportivo.

JUAN MANUEL FANGIO, UN CAMPEÓN PARA LA HISTORIA

 

 Por Stirling Moss

 

 

 Fangio ha sido quizás el más grande corredor de autos de todos los tiempos, y el epítome del espíritu deportivo. Era una de mis primeras competiciones en el extranjero: el Gran Premio de Italia de 1950, que se corrió en la ciudad de Bari bajo un sol enceguecedor. Tenía apenas 20 años y conducía un HWM de dos litros, un auto de muy poca potencia. Me percaté de que me iban a sacar una vuelta de ventaja cuando vi aparecer en los espejos el Alfa Romeo del campeón italiano Nino Farina.

Al llegar a una curva, me empezó a rebasar y a cerrar el paso; así que, o frenaba yo o chocaba contra el muro. Sin embargo, Farina se abrió un poco más de lo debido y fue él quien tuvo que disminuir la velocidad. Entonces tomé el carril interior y me volví a adelantar. Mi momento de gloria no duró mucho. Con sus más de 260 caballos de fuerza, Farina pasó rugiendo junto a mí en la recta. Detrás venía el argentino Juan Manuel Fangio. Cuando me dio alcance, volvió la cabeza y me sonrió. Era señal de que había disfrutado el incidente, y también el inicio de una entrañable amistad. Fangio comenzó a competir en Europa cuando tenía 37 años, y ganó su primer campeonato mundial a los 40, en 1951. Luego obtuvo otros cuatro e implantó una marca. De 51 grandes premios en que participó, ganó 24, otra hazaña sin precedente.  

Pero lo más importante de él fue su grandeza como ser humano. En los pits era ejemplo de modestia y sencillez. De 1,70 metros de estatura y 74 kilos de peso, este hombre de espaldas anchas estaba curtido por muchos años de competir en carreras por carreteras y caminos rurales. Tenía el cabello ralo y unos ojos de color azul grisáceo de mirada penetrante.  Trataba a todo el mundo con calidez y naturalidad, lo mismo a los mecánicos que a los miembros de la realeza. «Hay que ser amigo de los mecánicos«, decía. «Son quienes hacen que un auto sea lo que es, y lo acompañan a uno en la carrera«. Era una época de extravagancias: los pilotos usaban casco de corcho, guantes encordelados y camisa de jugador de polo, y les gustaba cultivar una imagen de macho.

 La excepción era Fangio. él no necesitaba demostrar nada en absoluto. Bebía muy de cuando en cuando, y se acostaba temprano siempre que iba a competir.  Su manera de ser me causó una profunda impresión. «Uno debe tomar las carrera con pasión«, decía. «Hay que amarlas como el pintor ama su arte, y poner en ellas todo el empeño que exigen«. Fangio se distinguía por su buena disposición para compartir sus habilidades con otros corredores. En 1955 me hice su compañero en el equipo de Mercedes Benz. Tenía yo 25 años, y no solo estaba ansioso por aprender cuanto pudiera del arte del automovilismo, sino resuelto a arrebatarle la corona al campeón. 

No había mejor lugar para observar al maestro que a dos coches de distancia detrás de él. Otros corredores no vacilaban en frenar antes de tiempo para mantenerme a distancia, pero ese no era el estilo de Fangio. Al igual que un padre con su hijo predilecto, quería enseñarme todo lo que sabía, no sólo sobre autos, sino también sobre la vida. Un día, estábamos practicando en Aintree, en Inglaterra, cuando de pronto vimos a un joven piloto abrirse paso entre un numeroso grupo de chiquillos que agitaban sus libretas de autógrafos. Viendo la cara de decepción de los niños, Fangio se detuvo y, muy sonriente, firmó todas las libretas.

Cuando se despidió, esos pequeños habían comprendido lo que significaba estar junto a un verdadero campeón. En otra ocasión, también en un día de práctica, me puse a observar a Fangio y a Alberto Ascari al pasar por una curva. El italiano la tomaba invariablemente por el mismo carril, a uno 145 kilómetros por hora, y rozaba las pacas de paja de la orilla al doblarla. Fangio pasaba tan cerca de las pacas que las hacía trepidar, pero jamás las rozó. Eso era habilidad. Fangio tuvo una preparación completa. Nació el 24. de junio de 1911 en Balcarce, Argentina. Su padre era albañil. A los diez años empezó a ir a un garaje de la localidad, donde ayudaba a llevar y traer herramientas. Aún iba a la escuela cuando entró de aprendiz en un taller automovilístico, y a los 13 años se volvió ayudante de mecánico en una agencia de la compañía Studebaker. Entre los 15 y 17 años ya se ocupaba de entregar coches a los clientes.

Conducía por caminos sin pavimentar, cubiertos a menudo por una gruesa capa de polvo o fango, según fuese verano o invierno. «Para conducir a toda velocidad en el lodo», decía, «hay que sentir las ruedas en las vértebras». Probó por primera vez el sabor de las carreras en el Chevrolet de un cliente, como copiloto. Luego, en octubre de 1936, transformó un taxi prestado (un Ford) para debutar como corredor. Su evidente madera de campeón motivó a los habitantes de Balcarce a cooperar para comprarle un Chevrolet de seis cilindros, gesto que Fangio nunca olvidó. En 1940 obtuvo su primer triunfo importante en el Gran Premio Internacional del Norte, un recorrido de ida y vuelta -con paradas para pasar la noche- de unos 9500 kilómetros entre Buenos Aires y Lima. El cansancio y el mal de montaña fueron riesgos tan grandes para los competidores como los escabrosos caminos que recorrieron, en algunos tramos a más de 4000 metros de altitud. Fangio fue campeón de carreras por carretera en su país en 1940 y 1941.  

Al año siguiente, a causa de la Segunda Guerra Mundial, las competiciones se suspendieron, y a él le preocupó la posibilidad de que, cuando se reanudaran, hubiesen pasado ya sus mejores años. Sin embargo, cuando llegó a Europa, en 1949, asombró a todo el mundo con su excepcional habilidad para saber cuándo atacar y cuándo evitar el peligro en las pistas. En 1950, en Mónaco, llevaba la delantera cuando un competidor salió girando en una curva y provocó la colisión de otros nueve autos. La curva era cerrada, y Fangio se acercaba a ella a gran velocidad, sin percatarse del peligro. Sin embargo, notó algo raro en el público: en vez del mar de rostros vueltos hacia él, la multitud miraba en dirección opuesta. Frenó en el acto y se detuvo rechinando a escasos centímetros de la maraña de metales retorcidos. Fangio también era capaz de desplegar una asombrosa fuerza física. El Gran Premio de la Argentina de 1955 se celebró durante una ola de intenso calor. Los mecánicos freían huevos sobre la cubierta del motor de los coches, y el asfalto de la pista estaba chicloso. 

Al cabo de una hora, me detuve en los pits con la bomba de gasolina averiada. Tuvieron que ayudarme a salir del cache, y necesité agua, una ducha y otro auto para poder seguir en la carrera.  Casi todos los vehículos que llegaron a la meta lo hicieron con dos o tres pilotos que se turnaron para conducir.  Fangio, en cambio, se mantuvo al volante solo y sin descanso durante tres horas… y ganó. ¿Cómo lo logró? «Pensé que iba caminando por un banco de nieve hundido hasta la cintura«, contó después, «y me dije que tenía que seguir andando porque la nieve me estaba congelando. Funcionó«. Sólo en muy contadas ocasiones sobrestimó su resistencia. Después de una carrera en Dundrod, Irlanda del Norte, en junio de 1952, partió a Monza, Italia, para competir al día siguiente.  

Le habían prometido trasladarlo en un avión particular, pero lo dejaron plantado y tuvo que tomar un vuelo comercial a Londres y luego otro a París.  Un amigo se ofreció a llevarlo en coche a Lyon, y allí le prestó el auto para que recorriera el tramo restante de 480 kilómetros a través de los Alpes. Fangio llegó media hora antes de que comenzara la carrera. -Te ves un poco cansado- le dijo Ascari.-No es nada- repuso él. Sin embargo, en la segunda vuelta, y en un auto con el que no estaba familiarizado, calculó mal al tomar una curva y despertó en el hospital con varias vértebras cervicales rotas. Permaneció inmovilizado durante 12 semanas, y se prometió no volver a correr estando cansado. Reflexionó que era «muy fácil pasar de la vida a la muerte sin darse cuenta siquiera». 

Los accidentes quizá fueron una de las razones por las que nunca se casó, aunque solía hacerse acompañar por mujeres. Adoraba a su familia, y la nostalgia por su terruño lo perseguía los seis meses que duraba la temporada en Europa. Cuando estaba en la pista, podía ser el rival más implacable del mundo.  Pero a veces también hacía gala de caballerosidad. Como en las Mil Millas de Italia de 1956, un recorrido en verdad extenuante. Las condiciones eran pésimas, debido a la lluvia, y tuve que abandonar la carrera cuando mi Maserati 350S se salió del camino en una curva doble y fue a estrellarse con un árbol luego de caer por una pronunciada pendiente. 

Mi copiloto y yo regresamos a la carretera y echamos a andar hacia el poblado más cercano. De pronto oímos el rugido de un Ferrari que venía a todo tren. Tenía que ser Fangio. Le deseamos suerte con los pulgares levantados, pero él se detuvo.  -¿Están bien?- gritó. -¿Quieren que los lleve al siguiente pueblo?  -¡Juan!- le dijimos. -¡Se supone que estás compitiendo! El maestro sonrió, se encogió de hombros y, tras enjugarse un chorro de agua de la nariz, se marchó. Terminó en cuarto lugar. Dos años después, se encontraba en un hotel de La Habana la víspera del Gran Premio de Cuba cuando de pronto se vio con el cañón de una pistola en medio de los ojos. Los guerrilleros de Fidel Castro querían llamar la atención para su causa. Al caer en la cuenta de que podían secuestrar a otros pilotos,

Fangio les pidió a sus captores: -Háganme un favor. No se lleven a mi amigo Stirling Moss. Se acaba de casar, y está aquí con su esposa. Sería muy doloroso para ella. Concluida la carrera, Fangio, que seguía absolutamente sereno, fue puesto en libertad. Alcanzó su mejor momento durante la que quizá haya sido la carrera más emocionante de todos los tiempos: el Gran Premio de Alemania de 1957, en el circuito de Nürburgring, de 22.8 kilómetros. En tanto que algunos pilotos planeaban correr las 22 vueltas sin detenerse, Fangio empezó con una carga ligera de gasolina, pues quería sacar una buena ventaja, y luego, a media carrera, repostar y cambiar neumáticos. En las primeras 11 vueltas, rompió seis veces la marca de velocidad por vuelta y sacó una ventaja de 28 segundos.

Pero en la siguiente, cuando entró con su Maserati a los pits, los mecánicos cambiaron los neumáticos con desesperante lentitud.  Cuando Fangio retomó la pista, estaba 48 segundos atrás de los dos punteros, los británicos Mike Hawthorn y Peter Collins, que conducían sendas Ferraris. Sólo faltaban diez vueltas. Al final de la recta principal había una curva poco cerrada donde la pista formaba un declive. En ese sitio, Fangio normalmente habría disminuido la velocidad a unos 240 kilómetros por hora, a fin de pasar rasando el desnivel en vez de brincarlo. En esa ocasión, empero, decidió mantener el pie en el pedal del acelerador. El Maserati se elevó en el aire unos centímetros. Al aterrizar, Fangio vio una nube de polvo por el espejo: había tocado suelo justo en la orilla exterior de la pista, así que pensó que podría ganar unos segundos en cada vuelta. Entonces fue acercándose a los líderes.

Vuelta tras vuelta, 100000 espectadores aplaudían y gritaban llenos de emoción cada vez que Fangio volvía a romper la marca. Rebasó a Collins y luego, ya en la penúltima vuelta, se lanzó en pos de Hawthorn. En una recta corta, éste se pasó al carril derecho para tomar la siguiente curva, y entonces Fangio lo rebasó por dentro. Sin aflojar la velocidad, mantuvo la delantera y llegó a la meta 3.6 segundos antes que el Británico. Había superado diez veces la marca de velocidad por vuelta y obtenido su quinto campeonato mundial. Supo, entonces, que había llegado al límite de su capacidad. Nunca volvió a mostrar tantos arrestos en una pista.

En julio de 1958, mientras se preparaba para el Gran Premio de Francia, experimentó una sensación hasta entonces desconocida. «Correr se ha vuelto una obligación», dijo. «Y cuando esto empieza a parecerse a un trabajo…» En cierto momento de la carrera, mientras intentaba colocarse en el cuarto puesto con un Maserati de difícil manejo, vio a Luigi Musso salirse de la pista girando como trompo. Más tarde se enteró en el hospital de que Musso había perecido. Fangio, a la sazón de 47 años, ya había decidido dejar de competir. Regresó directamente a la Argentina y se dedicó a su rentable agencia de Mercedes Benz. Sin embargo, a menudo viajaba al extranjero para hacer presentaciones en público. Treinta años después de su retiro, su presencia aún calaba hondo en el ánimo de la gente. Corredores que ni siquiera habían nacido cuando él abandonó las pistas se apiñaban a su alrededor.

¿Qué tenía Fangio de especial? Sin duda, su gran estatura moral: un sentido del honor rara vez visto entre los deportistas de hoy. Por mi parte, conocí a un hombre que casi alcanzó la perfección en su oficio y que, no obstante su grandeza, jamás perdió la humildad. Siguió viviendo modestamente con su familia. En la Navidad de 1993 fui a visitarlo. Aprecié un brillo de alegría en sus ojos cuando me senté a su lado. -Una de las cosas buenas de nuestra profesión- me dijo -son las amistades que se forjan y mantienen aunque pasen los años. Luego, en julio de 1995, me llegó la noticia de su muerte y fui a verlo yacer en la capilla ardiente en el museo del automovilismo construido en su honor en Balcarce.

Más tarde, mientras trasladábamos el ataúd al cementerio, la gente se apostó en las calles en enormes filas bajo el sol invernal. Muchos lloraban o extendían la mano para tocar el féretro. El maestro se marchó sin aclararme un último misterio: el Gran Premio de Inglaterra de 1955. Yo apenas comenzaba a figurar como competidor de clase mundial, y estaba corriendo ante mi público, en Aintree. Nunca deseé tanto el triunfo como en esa ocasión. Luego de 90 agotadoras vueltas, llegué a la meta como ganador… sólo dos décimas de segundo antes que Fangio. Pero ¿en verdad gané? Repasé esa carrera muchas veces en mi mente.

A lo largo de 90 vueltas, hubiera sido posible que él me cediera algo de ventaja.  Con todo, tratándose de Fangio, hubiera procurado que pareciera una carrera reñidísima. Años después de que los dos dejamos de competir, le pregunté si me había regalado la victoria. él me dijo en tono rotundo: -No, no, Stirling. Tú ganaste. Jamás lo sabré a ciencia cierta. Pero el favor, si en verdad me lo hizo, fue un acto propio de un genuino campeón… y de un gran ser humano. 

 

 

 

Publicado en Reader’s Digest Selecciones, en Enero de 1997.