«CIVILIZACIÓN Y BARBARIE» UN CUENTO DE DANIEL MOYANO

Daniel Moyano

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Encarcelado  y expulsado de sus cátedras por la dictadura de Videla, Moyano se exilió en España, donde alternó escritura con albañilería.

"CIVILIZACIÓN Y BARBARIE"

 

Un cuento de Daniel Moyano

 

Encarcelado por el delito de “desasnar” y expulsado de sus cátedras por la dictadura de Videla, Moyano se exilió en España, donde alternó escritura con albañilería. Fue un gran compañero y un creador brillante.

 

Sarmiento, escritor y político argentino del siglo XIX, queriendo salvar a su país de un destino hispanoamericano que preveía fatal, decidió poblar esas pampas desoladas llenándolas de alemanes y austríacos industriosos, franceses cartesianos e ingleses de sangre azul, desterrando de paso todo resabio árabe o hispano, elementos étnicos que él vinculaba con la barbarie.

 

El hecho de que consiguiera exactamente lo contrario de lo que se proponía no se debe a su falta de capacidad o previsión sino a un grupo de españoles aguerridos y a la indudable congruencia de la Historia, que para entonces —ahora mismo— no podía concebir una réplica de Europa allá en el desolado Cono Sur.

 

En sus tranquilas siestas provincianas veía, en sueños, puentes de Londres en cualquier río que bajase de la cordillera, teatros vieneses en cualquier guitarra, arcos de triunfo en todas las esquinas, y hasta unos indios trilingües vestidos a la inglesa que recitaban de corrido, gracias a la educación obligatoria, tanto la Ode to a Nightingale como Bateau Ivre o las estridencias germánicas de Walter von der Vogelweide.

 

Cuando lo eligieron presidente de la república, la idea de instalar una Europa en el Río de la Plata pasó de la potencia al acto.

 

Entonces fletó un barco, que íntimamente veía como el May Flower sudamericano, viajó a esa Europa que en sueños lo visitaba desde niño, y llenó su arca de parejas de alemanes, suecos, holandeses y algún inglés de añadidura.

 

Felicísimo partió de regreso una madrugada clara, con esa preciosa carga que coincidía en todo con sus sueños.

 

El capitán del barco, un marino argentino de origen prusiano, mientras piloteaba como el capitán pirata de Espronceda, disipaba ciertos temores del presidente diciéndole que pasarían muy lejos de las costas españolas, y también de las árabes, ya que las provisiones estaban perfectamente calculadas para un viaje largo y no sería necesario hacer escala en ningún puerto.

 

Pero, como sucede casi siempre en los relatos de navegación a vela, llegan los vientos caprichosos (verdaderos agentes del Destino), y la nao, perdida, navegando a palo seco y a ratos de bolina, arriba adonde puede, y esta vez es a Cádiz, en cuya bahía el capitán prusiano se ve obligado a pedir abrigo y pernoctar.

 

Mientras lo hace (Sarmiento duerme), un grupo de andaluces famélicos, con mujeres e hijos, asociados para la aventura americana con unos italianos acaso más indigentes que ellos, y entre los que no faltan judíos, claro, miran codiciosos el barco del ilustre estadista.

 

Actuando como agentes de la Historia, que rechaza por principio la idea de una Europa sudamericana, esa noche, en un operativo comando, se dirigen hacia el barco aprovechando la falta de luna y el tranquilo ruido de las olas en la caleta.

 

En el camino aparecen unos moros que les ofrecen cien dinares si les permiten sumarse a la aventura.

 

Los demás aceptan.

 

Sarmiento entre sueños desde su camarote presidencial oye ruidos de cuerpos que caen al agua, y en estrictos términos borgeanos considera sueño la realidad de aquellos desdichados europeos nórdicos que adormecidos descienden a dormir al fondo de la bahía, mientras beduinos del desierto, andaluces de Jaén e italianos de la camorra ocupan sus puestos en el barco.

 

Cuando llega al puerto de Buenos Aires los polizones suben a cubierta y oteando hacia las pampas ven que indias e indios de toda índole los esperan ansiosos para iniciar diversas cruzas y aventuras étnicas / eróticas. Y abandonando alegremente el barco se echan en sus brazos.

 

El consternado capitán despierta al presidente y le muestra lo sucedido. Sarmiento contempla el desastre y soporta valientemente los gestos burlescos que desde las pampas le hacen los indios que se han apropiado de alemanes y judíos; luego, cuando ve que los indios más bárbaros toman posesión de las nórdicas más “buenas” —con el alegre consentimiento de ellas—, no puede más, se desespera, se le caen los pelos y queda calvo para siempre, y para expresar su descontento lo único que se le ocurre es fruncir el ceño y sacar el labio inferior hacia afuera, en un gesto que se le congela como las imágenes cinematográficas, con el que aparece en los cuadernos infantiles y en el frío del bronce de todas sus estatuas.

 

(30 de septiembre de 1989)

 

De Zona roja y otros cuentos, antología de César Altamirano.

 

Daniel Moyano (Buenos Aires, 1928-1992), cuentista y novelista; su primer libro, Artistas de variedades, apareció en 1960; el segundo, La lombriz, publicado en 1964, lleva un prólogo de Augusto Roa Bastos, ambos de cuentos. La primera de sus novelas, Una luz muy lejana, es de 1966.

 

En el transcurso del año siguiente Moyano dio a conocer dos nuevos libros de cuentos: El monstruo y otros relatos, que incluye algunas narraciones pertenecientes a los primeros libros, y El fuego interrumpido.

 

Ese mismo año, una novela suya, El oscuro, ganó el concurso literario organizado por el semanario Primera Plana.

 

Se suele encuadrar la obra de Moyano dentro de ciertas tendencias realistas de nuestra narrativa.

 

Sin embargo, Augusto Roa Bastos, en el prólogo antes mencionado, cree descubrir en su obra elementos sugeridos o inspirados en Kafka y Pavese. Observa, al respecto, que el realismo de Moyano parece atenerse, casi en forma exclusiva, a determinados aspectos, como la atmósfera del relato y la psicología de los personajes.

 

Por otra parte, el tema de la infancia y de la adolescencia, sobre el que constantemente vuelve la obra de Moyano, le confieren características muy singulares a este realismo.

 

Las reminiscencias y fantasías infantiles y una suerte de encanto poético y nostálgico lo alejan, al menos, de las versiones más rigurosas. En su último libro de cuentos, El fuego interrumpido, estas tendencias de su literatura parecen haberse acentuado.

 

Los protagonistas de los diez cuentos incluidos son personajes infantiles.

 

En algunos de estos relatos —el que lleva el título de la colección, por ejemplo— el conflicto se plantea entre el mundo infantil y el mundo de los mayores, dos universos independientes y enfrentados.

 

Los personajes infantiles de Moyano habitan, por lo general, una realidad en donde abundan los misterios y los personajes omnipotentes, las maravillas y las desdichas súbitas e inexplicables. “La espera” es, en cierto modo, la historia de una ilusión enérgica y solitaria, tanto más conmovedora cuanto más improbable.

 

Una concepción personal, una literatura propia, y un estilo narrativo sobrio, sin afectaciones, son algunas de sus mejores aptitudes.

 

Estas cualidades puestas de manifiesto a través de una obra relativamente extensa, bastan, sin dudas, para ubicarlo entre los autores más destacados de su promoción.