LA CRISIS DE LOS PRETEXTOS

Jorge Gómez Barata

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Gomez Barata:-Desde Franklin D. Roosevelt, ningún presidente norteamericano tuvo mejores argumentos para involucrarse en la guerra que George W Bush: Pearl Harbor y las Torres Gemelas.

Todo mal, todo mal…

 

LA CRISIS DE LOS PRETEXTOS

 

Por Jorge Gómez Barata

 

Desde Franklin D. Roosevelt, ningún presidente norteamericano tuvo mejores argumentos para involucrarse en la guerra que George W Bush: Pearl Harbor y las Torres Gemelas, fueron sendos “zambombazos”, las únicas ocasiones en que territorio norteamericano ha sido atacado, en ambos casos mediante operaciones ideadas por hombres del Oriente, el almirante Tojo, primer ministro japonés y el saudita Osama Ben Laden, cabeza visible de Al Qaeda.

 

Tan convincentes fueron aquellos trágicos eventos que, ante la emotiva opinión pública norteamericana, no habituada a verse convertida en blanco de ataque alguno, legitimaron sendas guerras y con efectividad hicieron creer al mundo que se trataba de defensa propia.

 

En ambos casos hay más dudas que certezas.

 

Esos presidentes en realidad no innovaron sino que dieron continuidad a un estilo ideado por James Polk, el 11ª presidente que en 1846 dramatizó una escaramuza ocurrida en Texas, que había sido arrebatada a Mexico en 1836 para con la falaz excusa de que “…Se había derramado sangre norteamericana en suelo norteamericano”, declarar la guerra a Mexico, arrebatándole la mitad de su territorio.

 

McKinley fue un poco más imaginativo y en 1898, para declarar la guerra a España, mezcló política con explosivos y en lugar de un pretexto tuvo dos.

 

Invocó una Resolución Conjunta del Congreso norteamericano donde se reconocía el derecho de Cuba a la independencia, y poco después envió a la Habana al acorazado Maine cuya explosión en la capital cubana sirvió de detonante a de lo que, John Hay, su Secretario de Estados, llamó: “Splendid little War”.

 

Woodrow Wilson también se valió de un buque, el Lusitania, nave británica de pasajeros hundida por un submarino alemán frente a las costas de Irlanda el 7 de mayo de 1915, ocasionando la muerte de 1 198 personas, y que aporto el motivo excusa para involucrar a Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.

 

Harry Truman que no necesitó mayores pretextos para ordenar el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, aplicó a Corea del Norte la doctrina de contención del comunismo bajo el manto de la ONU libro la Guerra de Corea.

 

En 1964, Lyndon Johnson regresó al mar y manipuló un encuentro entre navíos vietnamitas y norteamericanos en el golfo de Tonkin, para escalar la guerra contra Vietnam.

 

En todos los casos, estos incidentes fueron invocados para justificar ante la opinión pública el inicio de agresiones o guerras.

 

Lo que no había ocurrido nunca es que un presidente norteamericano necesite de un pretexto para salir de una guerra.

 

Es el caso de Bush, que apuesta a un giro de la situación que le permita, tanto insistir en sus planes como desistir de ellos.

 

Nadie se alarma porque un presidente norteamericano manipule algún hecho e incluso falte a la verdad, cosas que ha sido frecuente, sobre todo cuando se trata de justificar guerras y agresiones, sino de la mentalidad apocalíptica de Bush, su megalomanía e incluso su misticismo, que pueden involucrar al pueblo norteamericano en una tragedia aun mayor.

 

El extraordinario poderío militar de los Estados Unidos, respaldado por una economía capaz de movilizar gigantescos recursos económicos y la capacidad para manipular a Naciones Unidas, la OTAN y otras entidades internacionales, así como de influir en la opinión pública y de sumar a sus aliados y arrastrar a otros países más o menos dependientes, convierte a la administración Bush en un peligro letal para la humanidad.

 

La aventura en Irak, dictada por su tremebunda manera de reaccionar, secundado por un equipo de gobierno extremadamente reaccionario, ha conducido, no al derrocamiento de Saddan Hussein, sino a la destrucción de la cultura, la infraestructura económica y los servicios públicos de Irak, causado la muerte de alrededor de un millón de sus habitantes, el desplazamiento de más de tres millones que han salido del país y la muerte de casi cuatro mil soldados norteamericanos.

 

Precisamente, en épocas de grandes tensiones, cuando entran en juego la vida y la seguridad de millones de personas, los países involucrados y con capacidad para determinar el curso de los acontecimientos, necesitan de la serenidad y el talento de sus gobernantes, capaces de colegiar decisiones razonables, eficaces y humanistas.

 

Obviamente, si bien Bush fue capaz de desencadenar tan demencial aventura, carece de idoneidad para ponerle fin.

 

Le falta talento e imaginación y es incapaz para elaborar un consenso, lo apuesta todo a un hecho catastrófico que otra vez justifique su actuación.

 

El problema radica en que, de tanto abusar de ellos, se ha quedado sin pretextos.

 

Tal vez alguien fabrique alguno, he ahí el peligro.