Los periodistas habitualmente conviven con las tensiones cotidianas de enfrentarse con los poderes, sean propios o ajenos.

EL VIOLENTO OFICIO DE HACER PERIODISMO

La muerte de al menos 81 periodistas en el ejercicio de su profesión o por expresar sus opiniones en un total de 21 países durante 2006 hace de este año el más mortífero desde 1994, cuando perdieron la vida un total de 103 profesionales de los medios de comunicación, casi la mitad de los cuales fallecieron durante el genocidio de Ruanda y una decena de ellos en la antigua Yugoslavia.

El Territorio 7 de junio-día del periodista

EL VIOLENTO OFICIO DE HACER PERIODISMO

La dirección del tradicional diario misionero redactó este meduloso artículo, describiendo la historia que hace a la profesión más riesgosa del mundo, después de la de piloto de pruebas, según un tradicional dicho de las redacciones.

Más allá de las ideologías y de los acuerdos y desacuerdos, se da en la nota una aguda percepción con valor intrínseco indiscutible.

Vale la pena leerla con atención.

Muchas veces se ha dicho, desde el lugar común, que los periodistas son los testigos principales de la Historia, con toda la densidad que el concepto carga sobre sus espaldas.  

Sin embargo, estudiosos y no tanto de la materia prefieren caracterizar a los periodistas como los protagonistas de esos acontecimientos históricos, dando testimonio de las distintas épocas en las que les han tocado vivir. 

Ser protagonistas implica correr riesgos. 

Los periodistas habitualmente conviven con las tensiones cotidianas de  enfrentarse con los poderes, sean propios o ajenos.  

El oficio impreso a fuego en el código genético de esa raza particular, al decir de Walsh, es de por sí violento, enmarañado de esas tensiones, conflictos y el desafío constante de la lucha por revelar verdades que algunos prefieren guardar bajo tierra.

Los riesgos

La muerte de al menos 81 periodistas en el ejercicio de su profesión o por expresar sus opiniones en un total de 21 países durante 2006 hace de este año el más mortífero desde 1994, cuando perdieron la vida un total de 103 profesionales de los medios de comunicación, casi la mitad de los cuales fallecieron durante el genocidio de Ruanda y una decena de ellos en la antigua Yugoslavia.

A estos 81 reporteros muertos (frente a los 63 de 2005), se suman los 32 colaboradores de los medios de comunicación que han perdido la vida (conductores, traductores, técnicos, agentes de seguridad), lo que contrasta con los cinco del año anterior a la estadística.  

Asimismo, hubo al menos 871 detenidos, 1.472 agredidos o amenazados, al menos 912 medios de comunicación censurados y 56 periodistas secuestrados. 

Por otra parte, durante 2006 también se registró una cifra récord en el número de agresiones contra periodistas, que llegó a más de 1.400 casos, según la ONG Periodistas Sin Fronteras, que explicó que los actos violentos fueron particularmente numerosos en las múltiples campañas electorales que se produjeron a lo largo del período 2006.

Los inicios

El Día del Periodista fue establecido en 1938 por el Primer Congreso Nacional de Periodistas celebrado en Córdoba, en recuerdo del primer medio de prensa con ideas patrióticas: un 7 de junio de 1810 Mariano Moreno fundó la “Gazeta de Buenos Ayres”. 

La Gazeta fue el primer periódico de la etapa independentista del país, tras un decreto de la Primera Junta que tuvo como objetivo “anunciar al público los actos oficiales y las noticias exteriores y locales”.

Además del propio Moreno, se destacaron en la redacción Manuel Belgrano y Juan José Castelli, actores decisivos en la emancipación nacional. Moreno, ferviente militante influenciado por los ideólogos de la Revolución Francesa de 1789 al igual que el grueso de los principales actores de los sucesos de Mayo, se destacó por tener una prosa incisiva y contundente.  

En uno de los primeros números de la flamante Gazeta, con España manejando el destino de lo que sería más adelante la República Argentina, escribió: “El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal.

Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso”.

Belgrano, un abogado de extensa formación académica,  ya había mostrado sus dotes en el periodismo unos años antes cuando participó de las redacciones del “Telégrafo Mercantil, Rural, Político Económico e Historiográfico del Río de la Plata” y del “Semanario de Agricultura, Industria y Comercio”, aparecidos en el Río de la Plata durante los primeros años del siglo XIX.  

Cuando tuvo que dejar de lado la pluma y la comodidad de los escritorios, no dudó ni siquiera un instante en montar a caballo para combatir a los realistas invasores, a pesar que no tenía formación castrense.  

El resto de la historia es bastante conocida. 

Otro personaje fundamental en el incipiente periodismo argentino fue Bernardo de Monteagudo, pensador liberal jacobino y director de la Gazeta una vez fallecido Moreno en circunstancias misteriosas en 1811, envenenado, según el historiador Felipe Pigna.

Su tarea consistió en mantener en la prensa la continuidad de las banderas democráticas.

Luego publicó “Mártir o Libre”, en cuyas páginas acentuó la propaganda en favor de la inmediata proclamación de la independencia.

Años más tarde acompañaría el general San Martín en el Perú, donde llegó a ocupar cargos importantes en el flamante gobierno.

Periodismo y dictadura

Si existe una generalidad en todos los gobiernos de facto, es la de limitar las expresiones de la prensa, cualquiera sea su soporte.

Durante la última dictadura militar argentina (1976-1983) más de un centenar de periodistas fueron secuestrados, exiliados, encarcelados, asesinados o directamente desaparecidos.

 Jacobo Timerman, director en los 70 del diario La Opinión y un periodista de una extensísima trayectoria, fue secuestrado por un grupo de tareas y sometido a todo tipo de vejámenes.

Sobre el espíritu de la época, muchos años después,

Timerman escribió: “Durante el primer año del Proceso, el único de esa época terrible en que estuve libre, desaparecieron más de cien periodistas.

Ya antes de la dictadura, la Triple A había asesinado a varios periodistas de La Opinión, y a uno de ellos, Money, lo quemaron después de matarlo.

Pero nadie llamaba al diario, sólo los familiares pedían que hiciéramos algo.

Los militares tenían una costumbre macabra: matar periodistas y enviar su credencial para que no quedaran dudas.

Un día, mi hijo Héctor me dijo: ‘No llama nadie, papá, estamos muy solos’.

Le contesté: ‘Sí, pero nos quedan nuestros lectores’. Mirando en perspectiva, me doy cuenta de que no alcanza”.

En la nómina de las víctimas sobresalen las figuras de Haroldo Pedro Conti, Julián Delgado, Marcelo Ariel Gelman, Raymundo Gleyzer, Ignacio Ikonicoff, Susana Lugones (nieta del escritor Leopoldo Lugones), Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz (periodistas y legisladores uruguayos residentes en el país), Héctor Germán Oesterheld, Rodolfo Ortega Peña, Enrique Raab y Francisco Urondo. Rodolfo Jorge Walsh, uno de los escritores más importantes de la literatura argentina del siglo XX y un excelso periodista, también víctima del terrorismo de Estado en 1977.

Walsh nació el 9 de enero de 1927 en Choele Choel, provincia de Río Negro, en el seno de una familia católica descendiente de irlandeses.

A fines de la década del ´50, una vez en Capital Federal, comenzó a trabajar en la editorial Hachette como traductor y corrector de pruebas.

En ese tiempo, publicó sus primeros cuentos, reconocidos con el Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires, en el libro “Variaciones en rojo”.

En 1956, con la llamada “Revolución Libertadora” en el poder, se produce un hecho que cambiaría para siempre su destino como periodista y escritor.

A pocos meses del golpe de 1955, se produjo un alzamiento militar que fue sofocado en algunas horas.

Sin embargo, en un basural de la localidad bonaerense de José León Suárez, fueron fusilados doce civiles sumariamente sospechados de estar de parte de la revuelta. 

Mientras Walsh jugaba al ajedrez una tarde en el Club Español de La Plata, escuchó la frase “hay un fusilado que vive”.

A partir de ese instante comenzó con las investigaciones preliminares de lo que sería “Operación Masacre”, donde desenmascaró la versión oficial de los hechos.

A modo de alumbramiento, Walsh explicó que “Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola descubrí, además de mis perplejidades íntimas, que existía un amenazante mundo exterior”.  

A partir de ese hecho, el periodista, protagonizó una carrera donde se mezcló el compromiso político, la pluma inquisidora y el arrojo por un ideal.

En su célebre “Carta abierta a la Junta Militar”, distribuida clandestinamente cuando se cumplió un año del Gobierno golpista, convertido en un documento simbólico por la justeza y la valentía en cada una de sus palabras, señaló que “la censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años”.

Al final de la misiva, el escritor remarcó, en un párrafo memorable: “Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

Rodolfo Walsh, C. I. 2845022”.

Las víctimas en democracia

Desde el retorno a la vida democrática, el periodismo argentino sufrió dos tremendos atentados.

El primero, tal vez menos conocido, fue el de Mario Bonino, que desapareció el jueves 11 de noviembre de 1993 por la tarde en el camino entre su casa, en Independencia y Avenida La Plata, y la sede de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), en Belgrano y Alberdi, hacia donde se dirigía a participar del seminario “El rol de la radio a las puertas del Tercer Milenio”, junto con el programa “Protagonistas”, conducido por el periodista Eduardo Aliverti.

Recién se volvió a saber de Bonino cuatro días más tarde, el lunes 15 de noviembre, cuando su cuerpo sin vida fue descubierto flotando en el Riachuelo, en la zona ribereña del barrio de La Boca.

Las pericias determinaron que fue asesinado.

Bonino había participado activamente de la campaña “La Peor Opinión es el Silencio”, promovida por la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA) para denunciar las agresiones a la prensa, y la censura que se estaba imponiendo en el país.  

El periodista se desempeñó laboralmente como cronista deportivo en los diarios Popular, Sur, La Razón, y en 1993 trabajaba en el área de prensa de la UTPBA, como redactor y militante de las ideas de la entidad.

El asesinato del reportero gráfico de Noticias, José Luis Cabezas, generó una de las reacciones más contundentes contra la impunidad en la sociedad democrática argentina contemporánea.

En la mañana del 25 de enero de 1997, Cabezas, apareció muerto en un campo cercano a la ciudad bonaerense de Pinamar.

Tenía 35 años, y era padre de tres hijos.

El cuerpo estaba dentro de su automóvil, esposado, calcinado y con un balazo en la cabeza.

Ese día comenzó uno de los procesos judiciales más importantes de los últimos años.

Un caso emblemático, donde se mezclaron la impunidad, los amigos del poder de turno, la mafia enquistada en las fuerzas de seguridad (la “Bonaerense”) y la complicidad de los funcionarios judiciales.

Se multiplicaron, los 25 de cada mes, las consignas “En apoyo a una justicia independiente: no se olviden de Cabezas”.

Concentraciones en Plaza de Mayo, crespones negros, minutos de silencio y el grito unánime de “Cabezas, presente”, fueron moneda corriente.

La reacción de la sociedad fue unánime respecto a la libertad de prensa.

Es un valor inalterable de cualquier sociedad democrática que se precie de tal, que les implicó a los argentinos mucha sangre, sudor y lágrimas.

Pero mientras haya periodistas dispuestos a dar testimonio, la libertad, esa hermosa palabra, está asegurada.

Y no es poco.

D.A. 

Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba”.   Rodolfo Walsh