“La gloria de llamarse americanos”, el mensaje de ambos próceres, resuena hoy como un desafío frente a la crítica realidad que nos toca vivir.

EL ORGULLO DE SER AMERICANOS. MANUEL BELGRANO TRADUCE A GEORGE WASHINGTON

Por Courtney Letts de Espil,

Existe un paralelismo entre las vidas de Manuel Belgrano y George Washington, ambos héroes en la lucha emancipadora de las Américas. Finalmente, Manuel Belgrano y George Washington, continuaron siendo patriotas en la acepción más pura del término: “El que ama a la patria y procura celosamente su bien”.

EL ORGULLO DE SER AMERICANOS. MANUEL BELGRANO TRADUCE A GEORGE WASHINGTON

Por Courtney Letts de Espil

NAC&POP

03/06/2007

  Investigación histórica de Courtney Letts de Espil, gentileza del Instituto Belgraniano

 El 3 de junio de 1770, hijo de María Josefa González y Domingo Belgrano Pérez, nace en Buenos Aires, en la casa paterna del solar de la actual avenida que lleva su nombre a la altura del Nº 430, don Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano.

 Existe un paralelismo entre las vidas de Manuel Belgrano y George Washington, ambos héroes en la lucha emancipadora de las Américas. 

Ambos fueron precursores de las luchas comunes por la libertad e independencia. 

 Sufrieron las deserciones de sus tropas, mal equipadas y mal alimentadas, a la vez que la apatía de sus gobiernos, interesados muchas veces en los pequeños intereses locales y descuidando los grandes intereses nacionales. 

 Finalmente, los dos continuaron siendo patriotas en la acepción más pura del término: “El que ama a la patria y procura celosamente su bien”.

Belgrano se interesó en la filosofía política de Washington.

Según palabras de Mitre: “…llevaba la patilla a la inglesa, como se ve en los retratos de la última época de Washington, que era su modelo político”.

 Tal era la admiración que sentía Belgrano por Washington que el 2 de febrero de 1813, en la víspera de su batalla más importante, la batalla de Salta, se pasó la noche en su tienda de campaña escribiendo hasta cerca del alba. 

 Estaba concluyendo por segunda vez su versión en castellano de la “Oración de despedida de Washington”, el documento que el 17 de septiembre de 1796, en vísperas de su retiro a la vida privada, Washington ordenó se publicara en la prensa. 

Este documento era un resumen de sus creencias políticas.

 “Ese héroe – escribió Belgrano- digno de la admiración de nuestra edad y de las generaciones venideras, ejemplo de moderación y de verdadero patriotismo, se despidió de sus conciudadanos, al dejar el mando dándoles lecciones las más importantes y saludables”. 

 Ese mensaje constituye junto con “La declaración de independencia”, “La Constitución” y “El discurso de Gettysburg”, de Lincoln, los cuatro documentos más notables de la historia de los Estados Unidos.

“La despedida”, desde 1901, se lee en alta voz por un senador designado anualmente a ese efecto, en el aniversario del natalicio de Washington. 

 La importancia de este documento queda probada dado que no hay precedente análogo respecto de ningún otro documento del Estado.

Belgrano, anteriormente, en marzo de 1811, tenía ya casi terminada la misma traducción.  

En esas circunstancias se esperaba la batalla de Tacuarí, perfilándose la derrota inminente, por la superioridad en número de las tropas realistas, por lo cual tuvo que destruir esta traducción junto con el resto de sus papeles privados. 

En Tucumán, durante la primavera de 1812, recomenzó la tarea. 

 Con respecto a su traducción Belgrano, que tenía un gran sentido crítico y era muy humilde, manifestó: “No con aquella propiedad, elegancia y claridad que quisiera y de que son dignos tan sabios consejos, pero al menos los he puesto inteligibles, para que mejores plumas les den aquel valor que mis talentos, ni mis atenciones se permiten”.

 Esa noche de febrero de 1813, al cabo de una ardua marcha de dos semanas a través de territorios yermos, el general Belgrano y sus tropas acampaban junto a las crecidas márgenes del río Pasaje. 

 Allí, antes de continuar al Norte, fueron obligados a detenerse a causa de lluvias torrenciales. 

Fue así que Belgrano tuvo oportunidad de terminar su traducción, y cuando él y su ejército reanudaron la marcha hacia Salta, donde lo esperaban las fuerzas realistas al mando de Pío Tristán, despachaba el manuscrito a Buenos Aires “para que se imprimiese”.

 Belgrano consideraba que él era el primero en realizar esta traducción, aunque abrigaba dudas, dado que escribió “… o que si lo han hecho, no se ha publicado”.

La investigadora Courtney Letts de Espil buscó información en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, en la Fundación Hispánica, división que tiene en custodia doscientos o trescientos mil volúmenes en la lengua castellana, y para su sorpresa encontró que la única traducción existente de “la Despedida de Washington al pueblo de los Estados Unidos” era la de Belgrano. 

 Para completar su búsqueda se dirigió a la biblioteca de la Unión Panamericana, encontrándose como única traducción la versión realizada por Belgrano. 

Un distinguido bibliotecario, poeta y escritor de la biblioteca del Congreso, el Dr. Archibald Mac Leish, se interesó en el tema y dispuso que se efectuara otra búsqueda. 

El resultado fue encontrar otra traducción, titulada “La vida de Jorge Washington”, publicada en Filadelfia en 1826. 

 En ese libro figuraba “La oración de la despedida”, entre los otros escritos del prócer estadounidense.

El autor, aunque norteamericano, no había captado sus cualidades. 

Esta traducción era ligera y descuidada.

En tanto que Belgrano, a miles de millas de distancia, veintiún años antes, logró captar su esencia para ofrecer a sus compatriotas una versión más ajustada.

Belgrano compartía el anhelo apasionado de Washington por la Unidad. 

 Consideraban que las rencillas entre los estados, o provincias, debían evitarse para que sus países pudieran ser suficientemente fuertes para mantenerse libres e independientes: “También os es apreciable en el día de la unidad de gobierno que os constituye una nación –escribió Washington según la versión de Belgrano- y a la verdad justamente apreciáis; pues es la columna principal del edificio de vuestra verdadera independencia, el apoyo de vuestra tranquilidad interior, de vuestra seguridad, de vuestra prosperidad y de esa misma Libertad que tanto amáis”. 

 Luego añadió: “Pero como es fácil prever, que por diferentes motivos… se trabaje con mucho empeño… para debilitar, en vuestro concepto, el convencimiento de esta verdad: siendo éste el punto de vuestro baluarte político contra el cual se han de dirigir con más constancia y actividad las baterías de los enemigos interiores y exteriores (aunque muchas veces oculta é insidiosamente…).

Es interesante saber el valor del americanismo para Belgrano.  

En su “Introducción” Belgrano valora los conceptos de Washington en relación al tema: “Habló con cuantos tenemos, y con cuantos pueden tener la gloria de llamarse americanos, ahora, y mientras el globo no tuviese otra variación”. 

Según Washington, “el nombre de americanos que os pertenece… siempre debe excitar un justo orgullo patriótico, más que cualquier otro nombre, que derive de los lugares en que habéis nacido”. 

 No eran meramente virginianos, ni neoyorquinos, ni de Pensilvania.

“Juntos habéis peleado y triunfado en una causa común: la independencia y la libertad que poseéis es la obra de vuestros consejos, de los peligros, de los sufrimientos y de las ventajas comunes, que en Unión habéis conseguido”.

“La Despedida de Washington al pueblo de los Estados Unidos” es un extenso documento, que abarca desde el campo de la defensa, del comercio, finanzas, problemas internos y política exterior. 

Este documento es fundamental en los años en que nacían los Estados Unidos como nación independiente.

Es interesante conocer como este “librito” llegó a las manos de Belgrano.  

El pintoresco David Curtis de Forest, nacido en Nueva Inglaterra, quien más tarde adquirió ciudadanía argentina, le dio a Belgrano en 1805 este documento. 

Según las palabras de De Forest: “Poseo una finca –le comunicaba a un amigo en los Estados Unidos-, estoy vinculado a Juan Larrea… y tengo el honor de estar en las más especiales y confidenciales relaciones de amistad con la mayoría de los hombres de gobierno de este interesante país”.

 El médico José Redhead, en 1812 se vio obligado a huir de Salta, después de la ocupación realista, y a partir de ese momento permaneció al lado del general Belgrano.  

 La primera traducción Belgrano la terminó antes de conocerlo, pero lamentablemente la tuvo que destruir antes de la acción de Tacuarí. 

Para la segunda traducción recibió la ayuda de Redhead, como Belgrano reconoció: “Para ejecutarla con más prontitud me he valido del americano Dr. Redhead, que se ha tomado la molestia de traducirla literalmente y explicarme algunos conceptos…”.

 Este médico lo acompañó y asistió a Belgrano en sus enfermedades y al aproximarse la muerte del prócer, éste balbuceó al oído de su hermana Juana, quien lo cuidaba, el deseo de legar el reloj al médico: “Es todo cuanto tengo que dar a este hombre bueno y generoso”.

 En 1873, en el aniversario de la batalla de Tucumán, y en ocasión de la inauguración de la estatua de Belgrano, el general Bartolomé Mitre, una vez más aunó los nombres de Belgrano y Washington: “Han sido aclamados grandes con el aplauso de la conciencia humana y de la moral universal”.

“La gloria de llamarse americanos”, el mensaje de ambos próceres, resuena hoy como una promesa renovada y un desafío frente a la crítica realidad que nos toca vivir.

CLE/

 

  • Publicado por Agenda de Reflexión el Julio 3, 2005