ESTAR INTERNADO EN UN INSTITUTO DE MENORES

Ana María Dubaniewicz

Odiar a los chicos que tienen,  saber en lo profundo de su alma que nunca lo quisieron ni nunca lo van a querer, desear volver a la panza de mamá, desear no haber nacido. ESTAR INTERNADO EN UN INSTITUTO DE MENORES ES:          Tener acceso al desmembramiento familiar.         Tener acceso a la segregación familiar y social.         Tener acceso a la desesperanza parental.         A las desavenencias afectivas.         Ser blanco de violencia física y psicológica por sus pares y representantes institucionales.         Tener acceso a la violencia contra los demás.         Tener acceso a la depresión, a la enfermedad, a la locura, a la ignorancia, a la desprotección, a la violación física y psíquica.         Tener frío, quedarse con hambre, orinarse de miedo.         Desear abrazos, caricias, ternura, amor, juguetes.         Desear ropa de particular y calzado como los chicos de “afuera”         Llenarse de vergüenza y culpa ante la mirada de los “grandes”.         Bajar la mirada.          Esperar el golpe.         Desear tener un hogar como los de “afuera”.         Desear tener mamá y papá como los chicos de “afuera”.         Compartir promiscuidad.         Perder su casa, su barrio, su escuela, sus amigos.         Esperar todos los fines de semana una visita o una salida.         Esperar todos los días un llamado telefónico que justifique las ausencias familiares.         Esperar en cada cara, en cada sonrisa, en cada mirada a alguien que podría quererlo.         Perder contacto con sus hermanos y primos.         Convivir con el temor de no salir nunca más.         Convivir con el temor a la fuga y sus consecuencias.         Ser discriminado y agredido y por la estatura, el color de piel y posición social por parte de los adultos cuidadores.         Odiar a los chicos que tienen.         Odiarse a sí mismo por no tener.         Convencerse a sí mismo de que está encerrado para recibir y por siempre obtener su justo merecido por su maldad interior.         Desear morir por lo que vive, por lo que ve, por lo que escucha, por que las noches y los días se alargan y se sufre.         Saber en lo profundo de su alma que nunca lo quisieron ni nunca lo van a querer.         Desear volver a la panza de mamá.         Desear no haber nacido. Ana María Dubaniewiczanamadu1@yahoo.com.ar