Entregada en Puebla a Don Helder Cámara, entonces, arzobispo de Recife, Brasil.

CARTA DE JERONIMO PODESTA A LOS OBISPOS DE PUEBLA

Jeronimo Podesta

Mi vida sacerdotal fue intensa y fecunda pero lo vivido en estos diez años, desde el llano, son el remate y coronación de mi experiencia humana y sacerdotal.

CARTA A LOS OBISPOS DE PUEBLA

(entregada en Puebla a Don Helder Cámara)

 

Por Jeronimo Podesta

 

Como obispo de la Iglesia quiero hacer llegar a Ud. y por su intermedio a la Asamblea de los Obispos un saludo fraterno y mis votos para que las decisiones que toman en Puebla encaucen decididamente a la Iglesia Latinoamericana en una eficaz acción para la promoción del hombre y de la justicia.

 

Interesados en la temática importante y compleja que están tratando Uds. he sentido la necesidad de hacerles llegar algunas reflexiones sobre un tema particular.

 

Si lo que digo no fuera novedad para muchos, serían igualmente oportunas con el valor de un testimonio que llegue a la conciencia de Uds.

 

Voy hacia los 59 años y llevo casi 34 de sacerdote con una variada experiencia sacerdotal y pastoral que culminó con los 5 años en que fui Pastor de la Diócesis de Avellaneda en el Gran Buenos Aires.

 

Actualmente pesa sobre mí una sanción canónica: no pude acatar la Ley por ser fiel a mi conciencia y a los valores humanos que se me dio vivir.

 

Recibí la sanción como un signo de que la Iglesia debe aún franquear muchas etapas en su marcha hacia la Parusía.

 

Mi vida sacerdotal fue intensa y fecunda pero lo vivido en estos diez años, desde el llano, en la marginación de la vida eclesial, son el remate y coronación de mi experiencia humana y sacerdotal.

 

En estos años he tratado de luchar siempre por una Iglesia más Evangélica, por una sociedad más justa y más humana y para apresurar la eclosión del Hombre Nuevo y he podido experimentar las vejaciones y persecuciones que sufren los sacerdotes sancionados o simplemente narginados por la Iglesia.

 

Quiero pues llamar la atención de Uds. sobre la situación de tantos sacerdotes alejados del ministerio y que saben del dolor de ser marginados por la Institución Eclesiástica que los abandona después de descalificarlos arrojando una sombra moral sobre sus personas.

 

Hay sin duda “razones” explicativas y también responsabilidades que deben asumir quienes se alejaron de las normas o costumbres disciplinarias.

 

Hay también excepciones individuales (y con gratitud y afecto recuerdo a varios hermanos que me han tratado como tales) pero esto no invalida lo dicho.

 

Hablo de “marginados por la Institución para evitar el equívoco de los que hablan de quienes están “adentro” o “afuera” de la Iglesia considerando que los marginados o sancionados y los que disienten están afuera aunque sigan empeñados en una lucha cristiana.

 

Ninguno de ellos está afuera ni quiere estarlo, ni siquiera aquellos que han cuestionado su Fe.

 

No se los puede acusar de haber abandonado la Iglesia, ni se puede calificar con ligereza los motivos de su opción y menos aún atribuirla con maligna generalización a una “crisis” o flaqueza moral.

 

Los sacerdotes que conozco que han dejado el ministerio en estos últimos años, lo han hecho por razones de honestidad y coherencia, para dar unidad a sus vidas en lo humano y en lo social-ideológico.

 

Su decisión fue madurada en generoso esfuerzo para lograr su identidad humana y sacerdotal dentro de la Institución.

 

Muchos se agotaron en la lucha interior y sus esfuerzos pastorales para adecuar su manera de ver y de sentir la exigencias y modalidades exigidas por la Institución, pero no encontraron comprensión a sus conflictos.

 

Quiero agregar también que ellos han sufrido particularmente la represión política: el desamparo eclesial y el abandono eclesiástico los convirtieron en presa fácil del poder represor.

 

 

Mi irrenunciable condición de Testigo y el amor no conformista que brota de mi sacerdocio me han impulado a decir estas cosas.

 

Su objeto no es patrocinar la causa de los marginados, pues ellos ya han asumido su situación.

 

Mi aporte se orienta principalmente a que la Iglesia cambie de mentalidad hacia modos de pensar y de obrar más acordes con el Evangelio y para que se enriquezca con el aporte y la presencia activa de estos cristianos que han vivido una experiencia muy particular.

 

Los juicios falsos, las acusaciones sórdidas, sospechas, desonfianza y pequeñeces cuando no actitudes verdaderamente malignas y sucias con que se ha tratado a estos sacerdotes constituyen una verdadera injusticia y vejación.

 

Ante esta realidad muchos optaron radicalmente por apartarse de toda vida eclesial, en un intento generalmente infructuoso por sacudir un estigma que los alcanza y perjudica aún en la vida civil.

 

El hecho de que hayan decidido vivir en pareja puede ser antecedente o consecuente de su alejamiento del ministerio, pero es siempre una resultante de su búsqueda de unidad y de verdadera identidad.

 

En el segundo caso, la búsqueda de su pareja es una consecuencia lógica, natural y sana de su renuncia al estilo de vida clerical y de la adopción de un estilo secular.

 

En ningún caso es lícito simplificar el problema atribuyendo la “claudicación” al puro “sensualismo”.

 

Tales juicios además de falsos son maliciosos.

 

Algunos sacerdotes prefirieron ignorar las leyes canónicas por considerarlas vejatorias y además para no suscribir una renuncia al sacerdocio.

 

Muchos otros cumplieron las exigencias canónicas para quedar en paz con la Iglesia y consagraron externamente su pareja con el Sacramento del Martimonio.

 

Aún así no pudieron evitar el sufrimiento de la marginación, la vejación de verse aislados y menospreciados y la opresión de sentirse juzgados y rechazados. Aún éstos quedaron en las orillas de la vida eclesial pues casi ninguno de ellos es tenido para nada en cuenta a pesar de ser elementos valiosos y algunos de ellos notables especialistas que siguen actuando públicamente como cristianos.

 

Si bien algunos de ellos han perdido al menos externamente el dinamismo de su Fe, en su conjunto constituyen un valioso grupo cristiano que sigue consagrado al mundo y cumpliendo funciones sacerdotales como la docencia profética por la palabra y el testimonio de sus vidas.

 

La comunión interior con Cristo es en muchos de ellos profunda y no es aventurado decir que se puede superar a la de tantos eclesiásticos cuyo sacerdocio es a veces mera profesión y rutina.

 

Este sector cristiano es pues Iglesia y parte viva de Ella pero no es prácticamente discernido y recibido como tal, en contraste con la acogida verdaderamente evangélica que muchos de ellos han recibido de los Hermanos separados.

 

El Papa Juan Pablo II en su visista a México acaba de recordar el doble aspecto de la Iglesia como conjunto de creyentes que constituye la Iglesia y como Comunidad Eclesial que a modo de Madre engendra en la Fe a sus hijos

 

El grupo de que hablamos constituye la Iglesia y consiguientemente la  Iglesia es su madre , pero en la práctica se tiene la impresión de que la Institución Eclesiástica es para ellos una dura madrastra.

 

De manera muy expresar  quiero destacar el lugar privilegiado que sus esposas tienen   en el nuevo modo de vida  que han emprendido e incluso el nuevo género de ministerio pastoral que ahora les compete.

 

Esta misión de sacerdotes casados, que  además del orden sagrado han recibido el sacramento del matrimonio, se expresa no solamente en una presencia activa, no precisamente  clerical, sino profundamente evangélica  y eclesial, en los espacios de vida donde el hombre de nuestro tiempo debate su existencia de la manera más angustiosa y esperanzada.

 

El Papa Juan Pablo II reclamó en México para la Iglesia y para el hombre libertad y justicia.

 

Estos sacerdotes y cristianos marginados reclaman los mismo del Papa y de los Obispos Ellos constituyen una verdadera “Iglesia del silencio” sujeta a la opresión.

 

Con ella no se cumple ni con el amor, ni con un sano pluralism, ni se le aplica un sentir ecuménico.

 

Peor aún, no parece representar una preocupación pastoral para la Jerarquía.

 

Podría decirse también que es una Iglesia de la catacumba que espera el reconocimiento eclesial, no para una salida triunfalista, sino para poder ofrecer un valioso aporte.

 

Dicho esto creo haber cumplido con un deber pastoral que brota de mi carácter episcopal.

 

Quedaría  por hablar del “status” eclesial que debería darse a este grupo cristiano y sacerdotal, pero ello requiere un estudio más detenido que debe ser orientado por experiencias que ya deben comenzarse.

 

Para ello es condición previa e indispensable el cambio de mentalidad  de que hemos hablado.

 

La Iglesia, la comunidad toda Obispos y laicos deben dilatar su mente y ensanchar su corazón para concebir la Iglesia  con un amplio pluralismo y más despojada de temores y prejuicios.

 

Para esto quisiera simplemente resumir algunas verdades:

       Los sacerdotes que han dejado el ministerio siguen siendo sacerdotes y algunos de ellos lo sienten hondamente .

       – El ministerio sacramental no es la única manera de ejercer el sacerdocio.

       – Mientras no se pruebe lo contrario debe afirmarse que su opción ha sido tomada con honestidad. En el apartamiento de muchos de ellos de la vida eclesial ha teniodo  gran  parte la desconfianza, menosprecio o repulsa  de la Comunidad. De cambiar esta actitud muchos encontrarían modos de participación.

       – La causa y origen de la actitud antievangélica, poco respetuosa y acogedora no está en las bases sino en las actitudes y  decisiones  de La Jerarquía . Hay que reconocer una actitud de temor y de inmadurez  de los Obispos para enfrentar esta realidad.

       Hay temor a la presencia de estos cristianos en los ambientes laicales y del clero. Se prefiere marginarlos como elementos “perniciosos” o peligrosos.

       Sin duda la inserción activa en la vida eclesial no será viable dentro de un marco disciplinar estrecho y bajo una conducción pastoral autoritaria y verticalista.

       – Pero la apertura eclesial en un clima de amplitud pluralista y de Libertad, permitirá que la Iglesia y las comunidades se enriquezcan con su aporte.

 

Que el Espíritu guíe  a la Iglesia y a los Señores Obispos a quienes saludo fraternalmente y para quienes deseo la Bendición del Señor.

 

JP/

                                                          

*Jerónimo Podestá era entonces ex Obispo de Avellaneda – Argentina