EXPERIENCIA EN «EL CAIRO», UN CUENTO DE FONTANARROSA

Roberto Fontanarrosa

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Lo que nadie supuso, en la mesa cotidiana de "El Cairo", es que la confluencia de Favio y Silvio sobre ese mismo sitio, derivaría en una experiencia sin antecedentes conocidos.

EXPERIENCIA EN "EL CAIRO"

Por Roberto Fontanarrosa

 

Eran dos diferentes estilos dentro de una misma vocación. Silvio era el clásico tipo de plomo cordial, afable, con un afán de servicio que, de haberse puesto en beneficio del bien, lo hubiese llevado, sin duda alguna, a las consagratorias instancias de la canonización.

Favio era distinto, tenía un manejo más como ausente, de acercamientos medulosos, o quizás sería que, como se presentó después en el teatro de los acontecimientos, se tardó más en conocerlo, estudiarlo, y por ende lograr su neutralización aunque fuera en parte.

De cualquier forma ambos reunían una característica fundamental en la subsistencia y ascenso de todo plomo: eran buenos tipos. Bajo la densa, pesada e insoportable personalidad de los dos se adivinaba que no había una intención explícita de molestar o ponerse cargoso. Y eso los salvaba. De haber sido tanto Silvio como Favio, malos bichos, nada los hubiese librado de que muchas de sus víctimas los mandasen, sin eufemismo alguno, a la "reputa madre que los parió" como bien lo sintetizara el Lunfa en uno de los tantos comentarios sobre el tema.

Lo que nadie supuso, en la mesa cotidiana de "El Cairo", es que la confluencia de Favio y Silvio sobre ese mismo sitio, derivaría en una experiencia sin antecedentes conocidos. Porque, al principio, ninguno de los muchachos tenía conocimiento de la ruin existencia de Favio. Sólo Silvio y sus deleznables costumbres eran materia de discusión, justificada furia o pánico.

—El boliche tendría que haber hecho algo contra esto —había dicho Quique ya hacía mucho—. De la misma forma que echan a los pibes que manguean, tendrían que prohibirle la entrada al Silvio.

—¿Por qué? —reprochó Manuel, que hacía poco que alternaba en la mesa.

—¿Por qué? ¿Todavía preguntas por qué? —se sulfuró Quique—.   ¡Ese plomo insoportable!   ¡Es imbancable ese hijo de puta!

—¡Eh, viejo! Me parece que estás exagerando. . . no sé. . .

—Vos porque no lo conoces. Vos no sabes lo que es cuando se te prende. . .

—No. Yo no lo conozco —admitió Manuel— pero estuve con él un par de veces y no me parece tan terrible. Me pareció un buen tipo, bah, un tipo normal. Como cualquiera de nosotros.

—No. Vos porque lo viste en un grupo. Pero deja que te agarre solo. Ahí es donde él se ensaña. Cuando te ve solo. . .

Manuel hizo un gesto de escepticismo.

—Por eso te digo que el boliche lo tendría que espantar —argumentó  Quique—, porque te juro que te asusta venir a sentarte solo en una mesa. Porque él anda merodeando y adonde te ve solo viene y se te sienta.

Y era verdad. Como los lobos solitarios, Silvio rondaba la esquina de Santa Fe y Sarmiento a eso de las siete de la tarde. Pasaba por la vereda de enfrente, con andar cansino, sin mirar decididamente hacia adentro, unos libros en la mano, pero sus ojos avizores hacían un repaso completo de los sufridos militantes de las mesas de El Cairo. Cuando venía por Sarmiento, desde Córdoba, ya cuando empezaba a bordear el Banco de Galicia, levantaba su nariz pronunciada, entrecerraba los ojos y comenzaba a ventear la posible presa. En muchas ocasiones sus pasos lo llevaban hasta la puerta misma de la ochava sin haber logrado dar con ningún conocido que se hallase solo en una mesa. Entonces fingía comprar cigarrillos en el kiosco de al lado, por Santa Fe, o directamente entraba a El Cairo, iba al baño y en el recorrido de ida y vuelta proseguía la pesquisa ocular.

—Yo, directamente no le doy pelota —fue drástico el Lunfa—. Ni bola. Ni lo miro.

—No podes. No podes —contemporizó el Negro.

—¿Cómo "no podes", boludo? No lo miras y chau. No lo miras.

—Lo que pasa es que es como los perros, ¿viste? esos cachorros —explicó Chonchón—. Apenas vos los miras se te vienen. Es como dice el Lunfa, no lo tenes que mirar.

—Un diario —opinó Carlitos—. Un diario es lo mejor.

—¿Cómo "un diario"?

—Claro. Si llegas y ves que no hay nadie, te compras un diario y te sentás a leer. Si el tipo te ve leyendo no te va a venir a romper las pelotas. Además vos te haces que miras el diario y te haces el que no lo junaste.

—Ah, sí. ¡ Toma! —se mofó el Lunfa.

—A ése no lo paras con un diario —dijo Chonchón—, se te sienta lo mismo.

—Y bueno —defendió su teoría Carlitos—. Si se te sienta vos te haces el sota y  seguís leyendo. No le das bola.

—No podes. No podes —repitió el Negro.

—Ustedes son muy buenos. Yo lo mando a la puta que lo parió —El Lunfa se mantenía, en su tesitura—: Yo me inclino por la violencia.

—Es que ahí consiste la habilidad de estos tipos —dijo Manuel—, nunca llegan a un punto en que se justifique el mandarlos a la mierda.

—Pero sin llegar a eso, sin llegar a eso. . . —arrancó el Negro.

—No te dan motivo.                 

—Sin llegar a eso, los podes ahuyentar. Mira, yo el otro día le dije. Yo estaba sentado ahí, con el Flaco Nico y viene el plomazo este, no saluda y se queda parado al lado. . .

—Como para ver si lo invitabas a sentarse. . .

—Claro. Y nosotros ni bola, seguimos charlando. Y medio en voz baja —esto lo puntualizó el Negro—, como si estuviésemos discutiendo algo personal, muy privado, alguna fulería. . .

—No   hay   caso,  él  se  queda  —desestimó  el Lunfa.

—Efectivamente, él se queda —acordó el Negro—. Pero entonces yo le dije: "Silvio, perdona pero con el Flaco tenemos que discutir un asunto de laburo, eh. . . ¿Nos perdonas?" Y se fue. Chau. Se piró. Y no tuve que comprarme un diario, ni mandarlo al carajo, nada.

—Ah, qué piola que sos vos —dijo Chonchón—, de a dos es más fácil. Así yo también. Lo jodido es en la situación mía, que generalmente llego más temprano de lo que llegan ustedes y ahí, cuando estás solari es cuando cae este coso.

—Es cierto lo que decía Quique —recordó Carlitos—. Acá tendrían, no digo que prohibirle la entrada. . .

—¿Por qué no? ¿Acaso la casa no se reserva el derecho de admisión?

—No. No. Pero podrían empezar a cobrarle el café una barbaridad. Indexarle los cortados, no sé. . . Algo tendrían que hacer. . .

—Porque, te digo. . . —advirtió el Negro— . . . mañana logra que Chonchón no venga más, o no venga más temprano y ya les haces cagar un cliente. Y después, seguro se va a ocupar de otro, y así. . .

—A Silvio lo mandan del Odeón. . .

—Además, lo que vos decías, Negro. . . —retomó la anécdota el Turco, que había permanecido callado hasta entonces— . . . lo que vos contabas. Yo he estado estudiando que el poder maléfico de este tipo se diluye en forma proporcional al número de personas que integran la mesa.

La sesuda observación del Turco, algo habitual en él, fue recibida con muestras de aprobación general.

—Por ejemplo, si vos. . . —prosiguió, animado, el Turco— . . . en vez de decirle que estabas hablando de cosas muy importantes con este amigo tuyo. . .

—Nico.

—Con Nico. . . Le decías "sentate, vení sentate", hubieses visto que ahí no es tan plomo como cuando estás solo con él. Porque se diluye. Ahí se diluye la densidad plúmbica del sujeto. Y mientras más sean, menos es el. . . como decirte. . .

—Es cierto —acordó Chonchón—, eso es cierto. Se ve que es algo químico.

—Porque no es boludo ¿eh? No es boludo —estableció el Turco—. Y cuando hay mucha gente se queda callado, mete poco la cuchara. Escucha. Entonces pasa desapercibido.

—¿Que no es boludo? —desafió el Lunfa—. Es insoportable. Pregúntale al Puma.

—Entonces está visto que hay que agruparse, viejo —resumió el Negro—. No vengamos de a uno. A tal hora nos juntamos todos en la esquina de Mitre y venimos juntos. Hay que unirse ante esta amenaza.

Lo cierto es que había una pequeña dosis de culpa en todos. Quique, por ejemplo, contaba que en cierta ocasión había admitido de buena gana que Silvio se sentase a su mesa. Por disculparse, Quique remarcaba que en aquella ocasión se hallaba solo, no conocía demasiado a Silvio y que le pareció un interlocutor potable. Es más, reconocía con pesar Quique, Silvio le pareció un tipo lúcido, bastante entretenido, al punto de admitir de buen grado, al día siguiente, repetir la experiencia. Sólo después Silvio fue sacando de su interior el verdadero monstruo que ocultaba. Silvio tenía un puñado de actitudes que lo hacían francamente imposible. Era de una suave cordialidad que ofuscaba. En su boca jugueteaba siempre una sonrisa comprensiva, los párpados entrecerrados y soñadores, la voz baja y un tono de "perdóname lo que te digo" que exasperaba. Y no sabía dejar de lado cuando estaba con hombres, actitudes que quizás alguna vez le diesen resultado con las mujeres; es decir, galanterías, gestos. Atenciones, en una palabra.

—¿Qué tal, cómo estás, estás bien? —era su preocupación primaria al encontrarse con alguien—.   ¿No querés un poco más de azúcar? Te puedo dar mi vaso de agua —eran sus fórmulas si compartía un café con alguien—. ¿No te molesta el viento del ventilador ahí? ¿No querés cambiar el lugar conmigo?

—Te hace sentir una embarazada —había definido una vez el Lunfa. Además, Silvio miraba fijamente a los ojos con su expresión tierna y adelantaba la nariz hasta ubicarla a escasos centímetros de su interlocutor. Bebía la charla de éste e inclinaba ligeramente la cabeza hacia uno de los lados, como los perros que perciben un sonido extraño. Y asentía siempre, difícilmente oponía argumentos encontrados. Pero lo más denso era cuando charlaba con uno de pie. Repetía el mismo acercamiento que sentado o sea que acercaba su rostro a extremos casi de concupiscencia y no había forma de escape. Si uno retrocedía dos pasos, él los adelantaba. Si uno ensayaba un side-step boxístico hacia un costado, él de inmediato ocupaba la posición abandonada manteniendo la distancia "nariz-nariz"  que  era  sin duda,   el  secreto  de  la imantación.

—Y no se ofende —meneó la cabeza el Negro.

—¡No! Es tenaz —agregó Carlitos.

—Es que, justamente. . . —esgrimió el Turco a manera de prólogo de su nuevo estudio— . . . la falta de orgullo es una de las características que hacen a la supervivencia de esta especie. Si los tipos se sintieran heridos ante el más mínimo desaire, ante el primero que lo mandase a la mierda, se termina su condición de plomo. El hombre es plomo precisamente porque insiste. El ve la dificultad, percibe la oposición, registra el fastidio en su presa y eso lo hace más terco, más empecinado. Con lo que quiero decirte, Negro, que la falta de orgullo es, justamente, la condición esencial que debe atesorar todo plomo. La falta de orgullo es inherente al plomo.

Así, poco a poco, se iba asentando una jurisprudencia en El Cairo con respecto al caso. Y de la misma forma en que se dice del cáncer que mucha más gente vive de él que la que muere por su causa, el "tema Silvio" insumía mucho más tiempo de estudio lejos de su presencia que el tiempo real en que se debía sufrirlo. Se había llegado a conclusiones en verdad profundas con respecto a la naturaleza humana y el arcano misterio de la vida.

—Yo no me quiero poner en defensor de Silvio —Manuel se puso la punta de los dedos de la mano derecha sobre el pecho—. Lo único que te digo es que no es un mal tipo. Eso es lo único.

—Nadie dice que es un mal tipo.

—Por eso pienso que a veces uno se pasa de rosca y es medio injusto con él. Por ahí se lo trata para el culo y no se lo merece.

En aquella ocasión estaba también en la mesa Ornar. Ornar era psicólogo y quizás por su condición profesional se había convertido en una suerte de compilador de las conclusiones que se iban produciendo, casi siempre provenientes del Turco. Pero ese día Ornar aportó sus propias conclusiones.

—Lo que pasa, Manuel. . . —dijo— . . . es que hay una frase bíblica que dice: "Los boludos no son malos". Está en la Biblia, se repite en el Corán, aparece, explicada con diferentes palabras, en distintas religiones. Es inevitable, no son malos, porque no les da el cuero para ser malos. Para ser malo hay que tener malicia, que es una especie de picardía. Y si tenes picardía, tan tan boludo no sos.

—No son buenos por convicción. Son buenos por limitación —concretó el Turco. Lo había leído en alguna parte.

—No sé, no estoy convencido —dudó Manuel—. Yo creo que es una nueva especie. Una malformación genética o algo así. Algo que producen las explosiones atómicas o el olor al plástico. No sé.

—Oíme —dijo el Lunfa—. Plomos ha habido en todas las épocas.

—Es más viejo que orinar en los portones —agregó Quique.

—Yo creo que no es tan boludo, ni tan bueno —tiró el Lunfa— y si no pregúntale al Puma.

Entonces, el Puma fue llamado a declarar.

—Yo andaba —empezó sin rodeos— tratando de enganchar a una pendeja que es una barbaridad. Una cosa de locos. Bueno, la mina no me daba bola. Me daba un poco, sí, pero. . . Bueno, no les voy a contar la historia de la mina porque no viene al caso. La cuestión es que un día quedo en encontrarme con esta piba, acá, en El Cairo. Digamos, encontrarnos los dos solos a tomar un café, porque hasta ese momento habíamos estado un par de veces pero siempre con otra gente. La pendeja estudia y andaba siempre en patota con otras amigas. No había forma de cazarla sola, siempre acompañada. De cualquier manera yo, con tal de engancharla, me mezclaba por ahí, hablaba al pedo, en fin. Pero ese día había estado hablando con esta mina y con el fato de que a ella le interesa la música y yo que le dije que era representante de cantantes, bueno, quedamos en que yo le iba a alcanzar un artículo que había salido en "Clarín", sobre el rock nacional y esas cosas. Resumiendo: aun considerando que lo más probable era que no pasara nada con esa pendeja, era la primera vez que íbamos a poder estar los dos solos en una mesa, charlando y tomando un café. Incluso la mina me había dicho que nos encontráramos un poco más temprano de la hora a la que llegaban sus amigas habitualmente para así poder charlar sin las otras. Y yo, pelotudo de mí, le había dicho a Silvio que pasara por el boliche a dejarme un long-play, que él decía que había conseguido expresamente para mí. Yo, pensando que éste pasaba, me dejaba el long-play y se piraba. . .

—Cagaste —profetizó Carlitos.

—Para colmo, éste llega un poco antes que la mina y, como yo tenía un poco la duda de si la mina iba a venir o no, no me tenía mucha fe, lo hago sentar. ¿Para qué? ¡ Hijo de puta! A los dos minutos llegó la mina y se sentó conmigo. Entonces yo pienso: "Bueno, ahora éste se pira". Estaba como pegado el hijo de puta. ¡Y eso que me había dicho que se quedaba un minuto nomás! Cuando llegó la mina entró a acomodarse en el asiento, decía "Bueno. . ." y yo pensaba "Ahora saluda y se va". Nada. Agarraba las cosas, tenía unas carpetas, amagaba levantarse y seguía charlando. Yo me lo quería morfar. Hasta empecé a tratarlo para la mierda. No lo miraba. No le contestaba. Hablaba con la mina y a él no le daba bola. O le contestaba mal. A cada momento le decía "Bueno Silvio, cualquier cosa te llamo", para darle a entender que mi fato con él se había terminado. . .

—¿No ves? Hay que matarlo —resopló el Lunfa.

—¡Hijo de puta! —siguió el Puma a quien el solo recuerdo lo ofuscaba segundo a segundo—.  Se pidió un café, él que había dicho que no iba a tomar nada porque ya se iba antes de que viniera la mina. Tomó el café y de nuevo agarraba las carpetas como para irse y las volvía a dejar sobre la mesa. Un infierno.

—¡Qué pedazo de pelotudo!

—Un infierno —sacudió la cabeza el Puma, conmovido ante el solo recuerdo de lo espantoso de la situación.

— ¡No te digo yo! —insistió el Lunfa—. Que se vaya a la concha de su madre.

Aquella anécdota llenó de odio a todos los muchachos y aumentó la repulsa hacia Silvio. Pero no era esa la característica habitual de las emociones que generaban las charlas. Se inclinaban más hacia las reflexiones profundas, el buceo de las costumbres.

—Qué notable, qué notable —puntualizó el Turco un día— el poder de esta gente. Esa capacidad de polarizar el rechazo general. No es joda lograr que en tan poco tiempo todo el mundo te raje. Que todo el mundo te haga el vacío. Es una condición muy particular que no creo sea muy fácil de lograr.

—Es un don —dijo el Negro.

—Macana. Debe ser jodido —se apesadumbró Carlitos—¿vos sabes qué jodido que te raje todo el mundo? Déjame.

—¿Y las minas, che? ¿Las minas le darán bola? —se preguntó Chonchón.

—¿Estás en pedo vos? —se interesó el Lunfa.

—No. Yo digo porque como es un tipo tan cordial, tan servicial. A veces a las minas eso les gusta. Qué sé yo.

—No, loco —aportó el Negro—. La otra vez me dijo Liliana que no lo soportan. Es un sobador insoportable. Un baboso.

—Debe ser jodido —reiteró Carlitos. Y se hizo un silencio que rompió Chonchón al preguntarse:

—¿Uno no será así y no se da cuenta? —La requisitoria levantó una tormenta en la mesa. Hubo protestas y algunos gestos de duda—. Porque por ahí. . .                            —arremetió Chonchón— uno no se da cuenta y hay gente que cuando vos te acercas dice "Rajemos que viene el plomazo aquel" . . . ¿Eh?. . .

—No. No. —Hubo varios que negaron, tal vez sin querer admitir, tan siquiera, la posibilidad de invertir la teoría filosófica y verse del mismo lado que sujetos tan vituperables.

—Habría que pensarlo. . . habría que pensarlo. . . —accedió el Turco, y un estremecimiento de espanto pobló al grupo frente a la alternativa de que ellos mismos albergaran en sus propios cuerpos el engendro de ese mal extraño e irreversible.

—El saturnismo —arriesgó Carlitos.

—No. No —invalidó Omar—. El saturnismo es la intoxicación de plomo. Eso sería lo que nos ataca a nosotros. Los que nos vemos amenazados por los plomos.

Por todo lo relatado, es notorio cuál era el clima que imperaba en la mesa del boliche el siniestro día en que el Negro llegó con la noticia que los llenó de pavor: había aparecido otro plomo, quizás más letal y temible que el propio Silvio.

—No puede ser —dijeron varios.

—Estás jodiendo.

El único que dio crédito a la versión fue Carlitos quien, demudado, musitó:

—Es un azote.

—De veras, loco —aseveró el Negro.

—Pero. . . ¿De veras? ¿Dónde? —preguntó Quique.

—En el Odeón. El Puma estuvo con él. Parece que se llama Favio. Se lo presentaron al Puma y alguien le batió que es un plomo inigualable. Parece que en el Odeón es rejunado y le rajan que no lo podes creer.

—No puede ser. Dios no puede permitir tanta maldad —dijo Chonchón.

—Debe darse este año alguna conjunción astral, algo que. . . —empezó el Turco.

—No debe ser cierto, viejo —argüyó Quique—. En esto tiene que haber una ley química, o física. Dos cuerpos de tales características no pueden estar juntos, no pueden darse tan cerca. . .

—Dice el Puma que lo va a traer —informó el Negro.    

—¿Para qué? —se alarmó el Lunfa.

—Para estudiarlo.

—¿Pero por qué no se van a cagar? —se enojó el Lunfa—. ¿No tenes bastante con el Silvio y ahora van a traer a otro? ¿Pero por qué no se van a cagar?

—Loco. . . —lo reprendió Carlitos—, es una oportunidad única para ampliar nuestro informe. Ahí podemos constatar, hacer comparaciones, profundizar. . .

—Oíme —advirtió el Lunfa— si el Puma trae ese tipo por acá, te juro que me voy y no aparezco más—. Se había enojado.

—Lunfa. . . oíme —le habló el Turco—. Nosotros ya estamos jugados. Somos como conejitos de India. Le debemos este aporte a la civilización.

—¿Te imaginas todo lo que podemos adelantar en este tema? —agregó Chonchón.

—Yo advierto —dijo el Lunfa—. Si traen a otro coso de esos, se van a la concha de su madre.

—Es un interés científico, Lunfa —trató de convencerlo Quique.

—¿Por qué no traen alguna mina de vez en cuando? — preguntó, agresivo, el Lunfa.

—No mezclemos las prioridades —trataba de frenar el Turco.

—Yo te juro que me alzo a la mierda —dejó constancia el Lunfa.

Pese a eso, privó la decisión mayoritaria y al día siguiente el Puma cayó junto a un petisito, flaquito, cara de nada. Lo integró a la mesa y los primeros días no hubo síntomas que confirmaran la fama de la que venía precedido el recién llegado. Se comenzó a comentar que se trataba de una falsa alarma, lo que reafirmó la preeminencia de Silvio en la materia. Incluso hubo una especie de revalorización de Silvio como plomo genuino e incontaminado. De cualquier modo el grupo, especialista, sabía que un plomo no revela su condición a los primeros contactos, sino que se va manifestando muy lentamente. Tuvieron paciencia y esta paciencia tuvo su premio. Un día Quique llegó a la mesa, llamó la atención con una palmada que hizo tambalear las botellas de gaseosas y dijo:

—Es uno de ellos. —Y pasó al relato de los hechos.

—Hoy venía por calle Córdoba —contó— cuando lo veo venir al Favio Parecía que no me había visto, venía medio del otro costado. Pero por ahí veo que empieza a cerrar la línea hacia por donde venía yo. ¿Viste? —Quique trazó, sobre la mesa, una diagonal con el dorso de la mano—: Así. Y era una cosa muy rara, porque él venía caminando mirando para adelante y con la punta de los pies bien para adelante pero derivaba hacia el centro de la calle. Escoraba el loco, para donde venía yo. Y los ojos perdidos más allá. En el infinito. Tanto que yo no sabía si me había visto o me estaba por chocar de pedo, nomás. Pero se paró un metro delante mío. "Hola" me dijo, mirando para otro lado. "Hola Favio. ¿Qué tal?" le digo. Y se quedaba callado. No decía nada. Yo no sabía si iba a seguir hablando, si quería conversar, si iba a seguir caminando, qué carajo iba a hacer. "¿Todo bien?" le pregunto. "Sí" me dice y como se vuelve a quedar callado yo le digo "Bueno, chau. Nos vemos". Entonces me dice "Vos no sabes. . . donde puedo conseguir. . ." lento, ¿viste? Una lenteja impresionante. Y yo andaba medio apurado. Estaba laburando. ". . .Dónde puedo conseguir. . . una revista. . . de donde sacar. . .". No sé qué carajo quería, que tenía que copiar para un trabajo de publicidad. ¿Trabaja en publicidad?

—Sí —asesoró el Puma.

—Bueno, un laburo en publicidad, qué se yo qué carajo. Le digo "No, Favio. Mira, no sé. Estoy apurado". ¡Y arranca a caminar al lado mío!

—Para el otro lado.

—¡Para el otro lado de donde venía! Y me empezó a contar de ese trabajo que tenía que hacer y si yo no conocía a nadie que trabajara el telgopor. . . qué se yo la historia. . . Pero todo lento ¿viste? Lento, lento. . .

—Terrible. Terrible —comprendió Chonchón.

—Cuando llegamos a la esquina de Entre Ríos . . . —siguió Quique—  . . . se  para adelante mío mientras esperábamos que pasaran los autos. Se para como dispuesto a volverse y retomar su camino. Y se queda callado. Entonces yo de nuevo le digo "Bueno Favio. . .".   ¡Para despedirme!   Y arranca de nuevo: "Porque ahora queremos hacer una campaña. . .".   ¡Hasta España me acompañó el hijo de puta!                                                       

—¿¡ Hasta España!?                                                

—No me lo podía despegar. Un abrojo el guacho.

El Negro se agarraba la cabeza. Era notorio que había algunos que sufrían. Aquel sacerdocio de inocularse con el flagelo plúmbico no era fácil de sobrellevar.

—Es peor que Silvio. Te juro —culminó Quique.

Esta conclusión no fue creída. O al menos quedó la duda y se consideró que una aseveración tan terminante no podía  brindarse  con ligereza, más que nada en un caso de la importancia como el tratado.

Se decidió que Favio no debía ser rechazado cuando se acercase a la mesa y estudiar su comportamiento en el grupo. "El síndrome de la manada" llamó a esa fase el Turco, sin que nadie entendiese demasiado.

Pronto hubo comprobaciones interesantes. A diferencia de Silvio, Favio no diluía su densidad en la cantidad. Usaba el anonimato de la multitud para mezclarse en ella y luego persistía en la caza solitaria. Casi siempre llegaba un poco más tarde y se ubicaba, digamos, en una segunda fila, con alguna silla sobrante que pedía de otra mesa. Ya habían observado la premura con que en las mesas circundantes le facilitaban la silla, tras el primer momento de terror que atenaceaba a cualquiera cuando Favio se acercaba en actitud interrogante. Su fama se había expandido como veneno en el agua. Conseguido un pequeño espacio entre los integrantes de la mesa, un poco más atrás su silla que las demás, Favio adelantaba su cabeza y hombros como cuña, sentado en el borde del asiento, para no perderse la conversación que a la sazón se desarrollase. Pero fuese cual fuere la conversación general, él elegía la víctima más cercana, casi siempre el que tenía sentado al lado o alguno que, desaprensivamente, cometía la torpeza de contestar alguna frase suya. A él se abocaba Favio, entonces. Si la charla era sobre fútbol, por ejemplo, Favio mechaba el recuerdo de un tío suyo que había sido partidario de Tiro Federal. Si alguien picaba y, cordial, le concedía un modesto "¿Sí?" de fingida curiosidad, sobre él caía la tozuda anécdota de Favio. No importaba que la víctima intentara volver a integrarse a la liviana y refrescante charla grupal, no. El continuaba con la historia del tío, que vivía en Chabás, que un día fue a ver a River a Teodelina, que eran inmigrantes. La víctima asentía con la cabeza, procuraba retomar el hilo general de la conversación, pero no podía abandonar la mirada hipnótica que sobre él, como una cobra, mantenía Favio.

"Es que el problema de los inmigrantes. . ." seguía Fabio ". . . el desarraigo de esa gente" y si el otro se distraía, reclamaba "Eh, Negro". O Quique, o Carlos, o quien fuese el atrapado. "Eh, Negro. Che, oí. El desarraigo de esa gente. . . Negro. El desarraigo. . .". Era inútil que interrumpiese el mozo trayendo el pedido, que el Negro inventase un viaje al baño para cortar la anécdota, todo era inútil. Superada la interrupción Favio retomaba con la misma tenacidad: "Porque en los inmigrantes, como el caso de mi tío . . ." .

Ya a la luz, ya clasificado, se arribó a un paso que, según el Turco era impostergable.

—Hay que llevar esta experiencia hasta su punto máximo —lanzó—. Hay que enfrentarlos.

Lo que más sedujo al resto de los muchachos para acometer la empresa no fue sólo la seguridad de que podrían lograrse de tal enfrentamiento enseñanzas de notable interés científico para el Mundo Libre, sino el carácter de desafío, de encontronazo casi pugilístico que tenía la cosa.

—Porque también allí hay otra cosa que dilucidar —argumentó Ornar, el psicólogo—, la supremacía de El Cairo o el Odeón. Puede decirse que dos culturas se verán frente a frente.

—Acá se va a repetir lo de los guapos y los cuchilleros —acotó Chonchón—, el taura de Santa Fe y Mitre contra el taura de Sarmiento y Mitre.

—No es posible —dijo el Turco—, no es ni geográfica ni astronómicamente posible que dos ejemplares de semejante calibre se den en un radio tan pequeño. Y no sólo no es posible sino que no es justo. No es justo que nosotros, por ejemplo, tengamos que soportar a dos de estos hinchapelotas. Uno tiene que desaparecer.

Allí, en esas palabras, también quedó claro que el "Informe Manucci" (apellido de Silvio) llegaba a su fin. Que, agotado ya el martirologio a que se había sometido la mesa, la paciencia llegaba a su fin y no podía estirarse más el experimento. Se abocaron, entonces, a concertar la cita. Hasta el Lunfa, permanente partidario de la violencia, se unió a la programación.

—Tenemos que comprender —avisó el Turco— que seremos nosotros unos de los pocos privilegiados que asistiremos a esta prueba. Será un día histórico.

Acordaron apostar un señuelo y se llegó a la certeza que Chonchón sería quien despertaría menos sospechas. Se lo colocaría solo en una mesa y nadie debía acercársele hasta que no picara la primera presa. Los demás simularían charlas individuales en mesas alejadas, provistos algunos de mujeres como para justificar el alejamiento y atentos a impedir que cualquier despistado ajeno al tema fuera a quebrar la espera de Chonchón.

Alguno de los dos plomos caería, con seguridad, en la trampa. Y luego el otro. Era válido incluso que Chonchón los llamase, en caso de duda de los merodeadores. Sentados  ya  ambos plomos con Chonchón,  éste abandonaría de improviso la mesa con una excusa cualquiera. Los dejaría así solos, tras haberlos presentado.

—Una noche y dando muestras de coraje, los dos plomos se enfrentaron en el Bajo —parafraseó el Lunfa, en una sentencia que, no por poco original, dejaba de ser rigurosamente gráfica.

Se cruzaron apuestas sobre cuál de los dos plomos se levantaría primero tras quedar enfrentados. Quique fue el más arriesgado y aventuró que Favio no le aguantaba ni media hora a Silvito. El Puma, totalmente confiado en su pollo, estimó que en menos de una hora Silvio escapaba con el rabo entre las piernas.

Y todos se equivocaron. Porque Silvio y Favio congeniaron desde el primer instante. A las 11.45, hora en que el Turco abandonó el recinto para irse a cenar dejando, por lo tanto, de cronometrar, todavía ambos se hallaban trenzados en una charla fragorosa e intensa. El Turco fue el último que abandonó el barco y al día siguiente compartió su sorpresa con todos los demás. Porque al día siguiente, al llegar, ya estaban Silvio y Favio compartiendo una mesa junto a la ventana, charlando animadamente. Llegaron a pensar que no habían abandonado el boliche desde la noche anterior.

Desde aquel histórico día de la experiencia, ninguno de los dos plomos se acercó de nuevo a la mesa. Se autoabastecían. Y un mes después se los dejó de ver por el lugar. Desde el Odeón informaron que tampoco hacían acto de presencia por allí.

Un año después Carlitos se encontró con Favio y éste le confesó que ahora él y Silvio paraban en otro boliche, en Pico Fino, porque en El Cairo había gente que les caía medio pesada y no los dejaban charlar con tranquilidad.

 

RF/