Una simbiosis de nativos e inmigrantes ha creado una nacionalidad homogénea.

ELOGIO DEL GAUCHO

Rodolfo Puiggrós

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Los “pestíferos” gauchos de las montoneras y republiquetas hicieron morder el polvo a los perfumados generales godos, servidores del rey de España.

Gentileza de Bambú Press <boletinbambu@yahoo.com>

ELOGIO DEL GAUCHO

Por Rodolfo Puiggrós

Periódico El Día, México,

Sábado 12 de abril de 1975

De los gauchos, habitantes de las pampas y quebradas del sur del continente, han dejado gloriosos testimonios los viajeros, científicos y literatos de diversas nacionalidades que los conocieron.

 

En contraste con la soberbia de los gobernadores coloniales –que los llamaban “mozos perdidos”, porque les desobedecían–, los jesuitas los presentaron en sus cartas anuas como gentes maravillosamente hábiles en las tareas rurales, afectos a la vida familiar y social.

 

Existió un modo de producción gauchesco, cuyo trabajo peculiar deshace la leyenda negra colonialista que incluye a los gauchos en la categoría de desclasados, delincuentes e improductivos.

 

Fueron los soldados del ejército del general José de San Martín que cruzaron la cordillera de los Andes para unirse a sus hermanos y libertar a Chile y Perú.

 

Acompañaron en la defensa de las fronteras a sus más de cien caudillos (el uruguayo Artigas, el salteño Güemes, los altoperuanos, hoy bolivianos, y muchos otros), cuyas estatuas proclaman en las ciudades de Argentina, Uruguay y Bolivia la “verticalidad” de los auténticos héroes populares.

 

Los “pestíferos” gauchos de las montoneras y republiquetas hicieron morder el polvo a los perfumados generales godos, servidores del rey de España.

 

El francés Alcides d’Orbigny y el inglés Carlos Darwin –geniales naturalistas– compartieron, durante sus fatigosas jornadas a caballo o en carreta, la frugalidad de sus mesas y la hospitalidad de sus ranchos.

 

Lo refieren en emocionados relatos, exentos de floripondios.

 

Martín de Moussy (Description Geógraphique et Statistique de la Conféderation Argentine, París, 1860, 3 tomos, I págs. 564-565) descubría en ellos “prodigios de fuerza, de sobriedad, de paciencia y de agilidad” y que eran “preferibles a los jornaleros europeos para los trabajos que practicaban desde la infancia”.

 

Alberdi y Sarmiento –acomplejados por la distancia que separaba la sociedad indoamericana del progresismo técnico e industrial anglosajón– quisieron substituirlos por obreros y campesinos europeos, pero no pudieron ocultar en sus libros la seducción de los hombres libres de las pampas.

 

Una centuria de simbiosis de nativos e inmigrantes ha creado una nacionalidad homogénea, donde la tradición gauchesca es el elemento aglutinante de la lucha por una sociedad emancipada.

 

Cuando la oligarquía comercial bonaerense –asociada a la de Montevideo y al emperador del Brasil, Triple Alianza manejada por los financistas ingleses– se arrojó sobre el Paraguay para destruirlo, en las provincias argentinas se constituyó un ejército paralelo y estallaron sublevaciones de gauchos en todo el territorio en solidaridad con los valerosos soldados guaraníes.

 

La clase social –sí, la clase social dentro del mundo periférico– que inspiró un poema de la hondura filosófica y de la raigambre popular del Martín Fierro despierta la admiración de la inteligencia.

 

Don Miguel de Unamuno, deslumbrado, lo dio a conocer a la cultura europea.

 

No volvía de su asombro el gran vasco al enterarse que los gauchos concurrían a las pulperías a comprar vituallas, beber vasos de ginebra y… llevarse su Martín Fierro, que leían en rueda junto al fogón y lo aprendían de memoria. Es envidiable que un escritor, como José Hernández, haya adquirido tanta notoriedad entre los de abajo.

 

Guillermo Enrique Hudson vivió casi medio siglo ausente de su tierra de nacimiento y volcó su añoranza de los gauchos, de los pájaros y de los pastos en Allá lejos y hace tiempo y otras obras maestras de la literatura universal.

 

Leopoldo Lugones exaltó, en páginas magníficas, la bravura de los gauchos de Güemes en sus encuentros con los chapetones (soldados recién llegados de España) que “ya no podían con sus huesos”.

 

“Sindicato del Gaucho” fue el nombre que Arturo Jauretche aplicó a la montonera.

 

Aunque no sea formalmente exacta la idea de la conversión de la montonera en sindicato, del relevo de aquélla por éste –pues se interpuso el proceso de la colonización capitalista– acertó el autor de Los profetas de odio al descubrir en el gaucho de ayer el mismo fuego reivindicatorio de lo nacional y popular que persiste y se proyecta hacia el futuro en el obrero de hoy.

 

Legalizó la metamorfosis del gaucho en obrero el Estatuto del Peón (1945) primera conquista social de los trabajadores rurales y punto de partida del movimiento sindical peronista.

 

Por suerte pierde vigencia una ligera literatura que se complace en destacar la supuesta superioridad del europeo o del norteamericano sobre los restantes moradores del planeta, literatura que halaga a esos sectores intermedios que se extasían por esnobismo ante el Moisés de Miguel Ángel o al oír hablar de las Sinfonías de Beethoven, pero que desprecian con inculta suficiencia a las espontáneas y modestas expresiones del arte popular.

 

Allá por los años 40 aterrizó a orillas del Río de la Plata el periodista John Gunther, quien después de dar la vuelta al mundo en ochenta días escribió gruesos libros acerca de los hombres y las cosas de todas las latitudes y longitudes.

 

Vio lo que quería ver de antemano: la superficie inmovilizada de los fenómenos sociales, continentes sepultados bajo lo pintoresco y no anecdótico, oligarquías eternas y eternos países sometidos.

 

La Argentina entró en esa imagen apriorística de una humanidad congelada.

 

Llevado de la mano de los estancieros advirtió desde lejos la presencia de los peones-gauchos, acompañado de los directores de las empresas monopólicas comprobó la existencia de los obreros e ilustrado por políticos desahuciados interpretó la solidez de partidos pasado de moda.

 

No podía pedírsele más a John Gunther. Tal vez hoy le sacaría del engaño la irrupción al primer plano de la historia de los países del Tercer Mundo y le produciría una honda tristeza la agonía de un sistema opresivo, sin preocuparse del parto doloroso de un pueblo desenajenado.

 

Es comprensible que haya recogido dentro de ese sistema su opinión sobre el gaucho y la Patria del gaucho.

 

Y para terminar cedemos la palabra a Martín Fierro:

 

Es la memoria un gran don,

Cualidá muy meritoria;

Y aquellos que en esta historia

Sospechen que les doy palo,

Sepan que olvidar lo malo

También es tener memoria.

 

Con mi deber he cumplido

Y ya he salido del paso;

Pero diré, por si acaso,

Pa que me entiendan los criollos;

Todavía me quedan rollos

por si se ofrece dar lazo.

 

 

Tomado de

www.elbauldelasnoticias.com.ar

De Eva Troxler

 

(*) El Baúl de las Noticias es un sitio de noticias recopiladas entre los años 1974 hasta 1982 de diarios mayoritariamente mexicanos y argentinos referidos a temas como Petróleo, Derechos Humanos y Política de Argentina, temas referidos a la Antártida e Islas del Atlántico Sur y noticias políticas generales de México como también de América Latina y del resto del mundo. Estos fueron recopilados por Federico Guillermo Troxler (1922-1982) durante su exilio en la ciudad de México hasta poco antes de su fallecimiento el 15 de febrero de 1982 ocurrido al muy poco tiempo de su arribo a su tierra natal -Argentina- después de padecer una grave enfermedad. Contaba con 59 años. Pero el exilio se convirtió en un hueso muy duro de roer, más que las cárceles sufridas en la Patagonia durante los años de persecución al peronismo, y terminó minando en forma fulminante y por poco tiempo su gran vitalidad y truncando sus proyectos de al volver al país, poder continuar con su tarea y su lucha cotidiana de hacer de la Argentina un país más justo e independiente.