"Hasta que aparezcan todos, porque todos los desaparecidos son mis hijos..."

ESTHER BALLESTRINO DE CAREAGA ¡ PRESENTE!

Sus hijas, nietos y biznieto

Cuando Esther volvió a la Plaza de Mayo después de la liberación de su hija, para seguir buscando a su yerno, las otras madres le preguntaron qué hacía allí.

Hasta que aparezcan todos, porque todos los desaparecidos son mis hijos…"

 

ESTHER BALLESTRINO DE CAREAGA

 

Dicen que cuando Esther Ballestrino de Careaga volvió a la Plaza de Mayo después de la liberación de su hija Ana María, detenida-desaparecida durante casi cuatro meses, para seguir buscando a su yerno Manuel Carlos Cuevas, 

las otras madres le preguntaron qué hacía allí con ellas si ya había recuperado a su hija.

 

La respuesta fue contundente: "…Yo voy a seguir hasta que aparezcan todos, porque todos los desaparecidos son mis hijos…" Y volvió a la ronda. Y volvió a la lucha. Y volvió a ocupar el lugar que nunca había abandonado.

 

Quizás no hayan sido las palabras exactas. Pero sin duda fue ése el significado de lo que les quiso decir Esther a las otras Madres de Plaza de Mayo.

 

Algunas lo cuentan de una manera, otras de otra, pero todas lo recuerdan.

 

Porque ésa era la expresión de la conciencia de esta verdadera luchadora latinoamericana, nacida en Uruguay, criada en Paraguay y refugiada en la Argentina, donde fuera detenida y desaparecida el 8 de diciembre de 1977, junto a otras Madres y familiares de víctimas de la dictadura.

 

Esther nació el 20 de enero de 1918. Tras una infancia montevideana, volvió con su familia al Paraguay, donde completó sus estudios secundarios recibiéndose de Maestra Normal, posteriormente se graduó como Doctora en Bioquímica y Farmacia en la Universidad Nacional de Asunción.

 

Siendo estudiante universitaria, le tocó vivir una época de grandes agitaciones y luchas contra la dictadura de Morínigo. Tempranamente comenzó a militar en el febrerismo, movimiento de fuerte tinte socialista, con un programa antiimperialista, de liberación nacional.

 

El Club "Pedro P. Samaniego", agrupación fundada en la clandestinidad, debido a la proscripción de los partidos políticos, fue uno de los primeros ámbitos en el cual comenzó a destacarse  por su combatividad y su claridad ideológica. En ese período organizó el movimiento femenino del Paraguay, siendo su primera Secretaria General.

 

Pero no sólo era una intelectual de rigurosa formación teórica. Era una militante de tiempo completo, con una práctica consecuente que la impulsó a recorrer todos los rincones de su país llevando su mensaje y su ejemplo. "Ninguna mujer de su época tuvo su atracción ni ejerció tanta influencia en la popularización de las ideas revolucionarias", supo decir un periódico paraguayo en reconocimiento a su personalidad y su labor.

 

Cuando en 1946 el febrerismo es derrocado tras un corto período en el poder, Esther pasó  primero a la Resistencia y finalmente al exilio.

 

Cambió de lugar, pero no resignó su lucha. La distancia no fue un impedimento para su actividad política. En la Argentina, siguió trabajando para el movimiento febrerista, buscando la solidaridad de los pueblos y países vecinos.

 

Instalada definitivamente en Buenos Aires en 1947, se casó con Raymundo Careaga, con quien tendría tres hijas: Ester, Mabel y Ana María. Esposa, madre, incansable trabajadora, nunca abandonó su profesión de bioquímica, y como tal, realizó diversas investigaciones científicas que fueron publicadas en revistas especializadas.

 

Participó en reuniones y congresos y representó a su país en numerosos eventos internacionales. Tuvo encuentros con destacados luchadores latinoamericanos de la época: Salvador Allende, el Che Guevara, Alicia Moreau de Justo, Zelmar Michellini, entre otros, y fue invitada a Cuba en ocasión del triunfo de la Revolución.

 

A partir del golpe del 24 de marzo de 1976, y debido a la siniestra complicidad entre las dictaduras de la Junta Militar argentina y de Stroessner en Paraguay, se intensificó la persecución de ciudadanos paraguayos en el exilio.

 

Esther solicitó y obtuvo la condición de Refugiada, bajo la protección del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Su casa, referente de la diáspora paraguaya y permanente refugio solidario para cualquier perseguido fue allanada varias veces. El negro vuelo del Plan Cóndor había comenzado.

 

El 13 de septiembre de 1976 fue secuestrado su yerno, Manuel Carlos Cuevas, marido de su hija Mabel. Otro 13, esta vez de junio del 77, fue secuestrada su hija menor, Ana María, en ese entonces de apenas 16 años y embarazada de tres meses. A raíz de ello, Esther se organizó junto a otras mujeres y juntas fundaron un movimiento que habría de convertirse en un símbolo mundial de lucha y resistencia: las Madres de Plaza de Mayo. Los testimonios de esa época terrible la evocan como una mujer fuerte, íntegra, lúcida, combativa. 

 

Después de casi cuatro meses de horror en el Centro Clandestino de Detención "Club Atlético", Ana María recuperó la libertad. Esther llevó a sus hijas al Uruguay. Desde allí,  viajaron a  Brasil, país donde obtuvieron refugio del ACNUR, y luego asilo político en Suecia.  Esther viajó nuevamente al Brasil a llevar a Carlitos, el hijo de Mabel, su primer nieto, de apenas 8 meses y el único al que conoció, su Fetuchino -como ella cariñosamente lo había bautizado-,  para que todos pudieran viajar a Suecia. Fue la última vez que sus hijas menores la vieron.

 

No hubo manera de convencerla.

 

Ella volvió a la Argentina, volvió a la Plaza, volvió a la ronda, volvió con las Madres, a seguir luchando … "hasta que aparezcan todos… "

 

El 8 de diciembre la sorprendió en los jardines de la Iglesia Santa Cruz. La historia es conocida, lo que no la hace menos trágica. La recaudación de fondos para la solicitada. La infiltración de Gustavo Niño/Alfredo Astiz. La precisión del grupo de tareas. La violencia del secuestro. Las armas. Los autos. La velocidad de la acción. La impunidad. La desesperación de los que quedaron. La desaparición. La ESMA. La tortura. Los traslados. Los vuelos. El mar.

 

De nada sirvieron los esfuerzos en Argentina de Raymundo Careaga, su esposo y de Ester, su hija mayor, embarazada de 7 meses, por encontrarla. Habeas corpus, reclamos, entrevistas, gestiones, denuncias. De nada sirvieron las numerosas denuncias internacionales realizadas en Europa por Mabel y Ana María. Esther había desaparecido.

 

La familia siguió buscándola siempre. Desde la Argentina, desde el exilio, el reclamo viajó a todas partes del mundo denunciando la desaparición de esta madre.

 

Hasta que en abril de 2005, en la inexorable frialdad de un código: GL-B-3-23 quedó cifrado el resultado de una búsqueda de 28 años. Una muestra de sangre de Ester-hija posibilitó la identificación de Esther-madre. Análisis de ADN mediante se pudo saber que los restos óseos hallados en el cementerio de General Lavalle, Sector B, Lote 3, sepultura 23, inhumados a fines de diciembre de 1977, correspondían a Esther Ballestrino de Careaga.

 

Si en cierto sentido, reconstruir es recordar, ahora se puede ver todo en perspectiva. Los cuerpos que aparecieron desde fines de diciembre de 1977 hasta mediados de enero de 1978 en las playas de Santa Teresita, Las Toninas y Mar del Tuyú fueron enterrados como NN en el cementerio de General Lavalle.

 

La intuición de las Madres que viajaron por entonces a la costa era acertada. Ellas creían que podía tratarse del grupo de la Iglesia Santa Cruz. Nadie las quiso recibir y los pocos que lo hicieron no quisieron comprometerse. Nadie les dio respuesta. Después, la máquina de borrar huellas funcionó a la perfección. El horror tomó la forma del error. Actas de defunción mal hechas. Registros confusos. Pericias incompletas. Causas traspapeladas. Tiempo.

 

Como decía León Gieco: "No hay palabra de Dios que borre lo que pasó / No sé si vas a caer / El amor es tenaz y vuelve a salir como el sol".

 

La persistencia de la lucha de todos los organismos de derechos humanos y el excepcional trabajo de reconstrucción del Equipo de Antropólogos permitió que la verdad saliera a la luz.

 

Raymundo Careaga falleció a fines de 2000, sin conocer el destino de su esposa. Ana María tuvo una niña -Ana Silvia-, el 11 de diciembre de 1977, en Suecia, sin llegar a saber sino muchos días después, que su mamá había desaparecido.

 

Por tres días, Esther no llegó a enterarse que había sido otra vez abuela. Después vinieron más nietos que no conocerían a su abuela. Hasta que hace poco, apenas dos años atrás, Ana Silvia, tuvo a Ramiro, el primer biznieto de Esther.

 

En memoria de Esher Ballestrino de Careaga hoy queremos traerla con unas palabras que su esposo escribió hace ya muchos años: "…En su corazón generoso nunca guardó un secreto para mí, salvo el de dónde ha podido sacar tanta ternura y de qué manantial brotó tanta limpieza para su alma…"

 

Sus hijas, nietos y biznieto