Detrás del éxito chino se encuentra el drama de quien llega tarde a un modelo ya caduco

CHINA: EL PAÍS CONTAMINADO.

Rafael Poch (La Vanguardia )

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Todo lleva a pensar que el icono de Deng Xiaoping descenderá desde su actual alta cotización y que el espíritu de Mao, subirá.  

CHINA: EL PAÍS CONTAMINADO.

Detrás del éxito chino se encuentra el drama de quien llega tarde a un modelo ya caduco

 

Por Rafael Poch  

11/03/07

 

El viaje por la costa China cruza algunas de las zonas de mayor "crecimiento" del mundo.

 

La simple realidad es que el viajero atraviesa un paisaje hermafrodítico, en el que lo urbano es rural y lo rural es urbano,  una especie de inmenso "gran valle" de tierra removida, catastróficamente superpoblado.

 

Que visita algunas de las ciudades más feas del mundo, surcadas por los ríos más sucios y los mares más contaminados del planeta.

 

Todo bajo el denominador común de una crónica niebla tóxica, que nos acompaña a lo largo de 3.000 kilómetros, desde Dalian, en el extremo norte hasta Cantón, en el extremo sur.

 

En este contexto, todo lo demás es lírica. Hubo un tiempo en que eso del "crecimiento" era motivo de orgullo. Ya no lo es.

 

La era que comenzó en el siglo XVIII con la revolución industrial y la eclosión urbana, la civilización de la codicia, llega a su fin.

 

En Occidente funcionó (en términos históricos, podríamos decir que, "funcionó una pequeña temporada"), gracias al saqueo de amplias zonas del planeta -el "Nuevo mundo" aportado por los descubrimientos de hace 500 años- y gracias al hecho de que todo aquello solo ocurría para el 10% de la humanidad.

 

Como explica Karl Polanyi en un libro escrito en 1944 que fue, sin duda, uno de los más importantes del siglo (La gran transformación), aquella "mejora casi milagrosa de la producción vino acompañada por una catastrófica dislocación de la vida de la gente común".

 

Nunca en los milenios de la historia humana hasta la Revolución Industrial, había existido una economía controlada por los mercados, un caballo desbocado, con la ganancia y el beneficio obtenidos en el intercambio situados en el centro de todo.

 

Rememorando la Inglaterra de principios del XIX, Polanyi explica que, "a pesar de la explotación, el trabajador podía estar mejor que antes, en términos financieros Pero un principio muy desfavorable para la felicidad individual y general estaba destruyendo su ambiente social, su vecindad, su posición dentro de la comunidad, su oficio; en una palabra, estaba destruyendo las relaciones con la naturaleza y con el hombre en las que se materializaba anteriormente su existencia económica".

 

Casi todo puede aplicarse a la China de hoy.

 

En la admiración del actual desarrollismo chino hay algo muy iluso, algo que no entiende el drama de quien llega tarde a un modelo ya caduco.

 

En la URSS de los setenta aun se rendía culto a la industria del carbón y el acero, cuando en Occidente el sentido común sobre el progreso ya se vinculaba a la eficiencia energética y a las tecnologías de la información.

 

En China, y en India, pasa algo parecido, pero aun mayor, porque están llegando tarde, no ya a un paradigma cambiante sino a una civilización en quiebra. Esa "economía de mercado" y sus valores egoístas e insostenibles, ve incluso a China como un balón de oxigeno que le permitirá sobrevivir un poco más. "Asia", dicen nuestros economistas, "será responsable del grueso del crecimiento global en los próximos años".

 

"El futuro está ahí".

 

Paparruchas: el futuro no está en un rascacielos, sino en un campo de arroz, en un bosque intacto, en un manantial no contaminado.


Como Rusia, en la que tanto se inspiró, China practicó después de su revolución un modo de desarrollo endógeno.

 

Su acumulación originaria de capital, los recursos para el despegue de su industrialización, las fábricas, se hicieron sobre las espaldas, y frecuentemente sobre los huesos, de los campesinos.

 

Lo que en Occidente se hizo en 300 años y exportando violencia y excedentes humanos al Nuevo Mundo, en estos países se hizo más rápido y en un proceso interno.

 

Hubo un momento en el que China era descrita con orgullo como "la fábrica del mundo". En los últimos años se mira ese titulo con preocupación.


Poco a poco, los responsables políticos comprenden que en los últimos 27 años, China se ha adherido a un modelo económico caracterizado por grandes niveles de contaminación, emisiones y consumo de energía, combinado con bajos niveles de eficacia y creciente dependencia exterior.

 

Todo lleva a pensar que el icono de Deng Xiaoping descenderá desde su actual alta cotización y que el espíritu de Mao, subirá.

 

Por cada dólar que ingresa la fábrica global, China usa tres veces más energía que la media internacional, y diez veces mas que Japón.

 

El país fabrica 7.000 millones de pares de zapatos cada año, más de lo que la humanidad puede calzarse a la vez, pero para comprar un solo avión "Boeing" debe producir cien millones de pares de pantalones.

 

La manufactura china consume mucha energía y recursos, muchas emisiones y poco valor añadido.

 

La mercancía se va al extranjero y la contaminación se queda aquí.

 

China es el segundo emisor mundial de dióxido de carbono (CO2) y alcanzará en el 2009 a Estados Unidos en emisiones de ese gas, el principal factor de calentamiento global.

 

Dieciséis de las 20 ciudades mas contaminadas del mundo se encuentran en China.

 

Una tercera parte del país sufre el efecto de la lluvia ácida.

 

La mitad de las aguas en sus siete mayores ríos es prácticamente inutilizable.

 

Anualmente se registran unas 400.000 muertes atribuidas a la contaminación del aire. Las perdidas medioambientales se estiman -según las diversas fuentes- entre el 7% y el 20% del PNB en los últimos veinte años.

 

La estrategia de urbanización comienza a ser puesta en cuestión, porque es evidente que no hay recursos para sostener la urbanización/crematística de 800 millones más.

 

Desde el inicio de la reforma de Deng Xiaoping, a principios de los ochenta, el número de ciudades ha pasado de 315 a 669.

 

Cada año se construyó una media de 760.000 kilómetros cuadrados y cada año esa expansión del ladrillo y el asfalto aumenta a razón de un 5,7%. La urbanización ha restado superficie agraria a una sociedad que presenta la relación más critica del planeta entre (mucha) población y tierra (escasa).

 

Entre 1988 y 2000 los chinos han pasado de 0,0012 kilómetros cuadrados per capita a 0,0010. En China no hay bosques ancestrales y son muy raros los que tienen más de cien años.

 

El 60% de las ciudades sufren escasez de agua, de ellas 110 con restricciones severas.

 

Uno de cada diez chinos urbanos declara que la ciudad en la que reside no es deseable para vivir y cuatro de cada diez se declaran descontentos con la calidad del aire que respiran y consideran que la contaminación afecta la salud de sus familias.

 

El año pasado fue el peor para el medio ambiente, con una media de un serio accidente de contaminación cada dos días.

 

Claro que la catástrofe medioambiental no es ineludible, pero es un hecho que todos los indicadores apuntan hacia un callejón sin salida. China, que es un país capaz de acometer profundos cambios de ruta, no parece tener futuro si sigue por esa vía, que es la nuestra.

 

La gran enmienda a la totalidad que corrija aquella anomalía histórica, inhumana e insostenible, nacida en Occidente hace 300 años, tiene en China un escenario principal.

 

De todas las civilizaciones, la china ha sido la más longeva. Son especialistas en sobrevivir y vamos a necesitar de ellos.

 

RP/

 

 

Rafael Poch es el corresponsal en China del diario barcelonés La Vanguardia

 

La Vanguardia, 4 marzo 2007