"'Ésos que son vanguardia -como decía Puiggrós- pero de la que el pueblo no se entera'"

RODOLFO PUIGGRÓS, PERÓN Y LOS HABSBURGO I y II

Nestor Gorojovsky

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Rodolfo Puiggrós fue la más lúcida expresión teórica de transformar al peronismo,(en vida del General Perón), en un movimiento socialista revolucionario.

Rodolfo Puiggrós, Perón y los Habsburgo

Este correo lo ha enviado Néstor Miguel Gorojovsky nestorgoro@fibertel.com.ar

"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo". (Aparicio Saravia)

 

Rodolfo Puiggrós, Perón y los Habsburgo  

 

Compañeros y Compañeras

Amigas y Amigos

 

En su prólogo a "La España que conquistó el Nuevo Mundo", dice Pedro Orgambide que Rodolfo Puiggrós "afirmaba que había que luchar en el peronismo no para su simple restauración sino para su transformación histórica. Esto no entendieron. Esto no entienden aún muchos de sus críticos, sobre todo los de la izquierda tradicional y aséptica.

 

'Ésos que son vanguardia -como decía Puiggrós- pero de la que el pueblo no se entera'" ("Una tumba sin nombre", en Puiggrós, Rodolfo.

La España que conquistó el Nuevo Mundo. 3ª. Ed. Buenos Aires,

Retórica Ediciones. Editorial Altamira, 2005.  Pág. 7.)

 

En efecto, Rodolfo Puiggrós fue la más lúcida expresión teórica del intento de transformar al peronismo, desde adentro (y en vida del General Perón), en un movimiento socialista revolucionario.

 

En eso, difirió radicalmente de las posiciones de la Izquierda Nacional, que siempre consideró que este intento no solo era históricamente imposible sino que además llevaría a un trágico desenlace en caso de tomar vuelo y visos de efectivización.

 

Esta disidencia táctico-estratégica fundamental no impidió a Puiggrós, sin embargo, abrir cátedras de la Universidad de Buenos Aires a Jorge Abelardo Ramos y Jorge Enea Spilimbergo.

 

En esto, hay que decirlo, actuó en contradicción muy dura con la opinión de su masa de apoyo de esos tiempos, pero en la misma línea en la cual se

había ubicado el mismísimo Perón cuando designó a Puiggrós rector-

interventor de la UBA: la de la amplitud y la generosidad en el

debate político en el seno del campo nacional.

 

Podría decirse que muchos de los sostenedores de Puiggrós en dicho

cargo fueron tan miopes en relación a la Izquierda Nacional y a ese

gesto del rector-interventor como con respecto a Puiggrós lo había

sido la "izquierda tradicional y aséptica" (de la cual no pocos de

ellos habían surgido y se habían "peronizado" repentinamente, con

solo una crítica superficial de sus prejuicios mitristas).

 

Lo que interesa, sin embargo, es que el rector interventor designado por

Perón para la Universidad de Buenos Aires, en parte para sustentar

sus propias posiciones, había venido librando una doble batalla

contra (a) la ultraizquierda que -para defenestrar al peronismo- llegaba a

"demostrar" el carácter "capitalista" de la América Latina colonial ,

y (b) contra los sectores que, dentro del peronismo, intentaban

entroncar al movimiento en la representación de la feudalidad y el

atraso de España, jugada que se contraponía -y contrapone- con el

sentido profundo de un movimiento cuya raíz europea, si la había,

estaba en los sectores populares españoles vencidos, en una larga

pulseada de cinco siglos, por Carlos I (de España, pero V del Imperio

césaropapista centroeuropeo), por Fernando VII, y por Francisco

Franco en la Guerra Civil.

 

En todas esas instancias los representantes de la reacción antipopular española habían contado con apoyo inmenso de potencias extraespañolas.

 

En la década del 60, la polémica central se orientaba hacia la ultraizquierda.

 

La Agrupación Universitaria Nacional, reproduciendo textos publicados por la Izquierda Nacional en 1963 y agregándole un par de notas de Jorge Abelardo Ramos, mostraba que "la disputa sobre el crácter de la colonización española en América […] no reviste un carácter académico […]

 

Se trata de saber, en esencia, las consecuencias políticas que se inferirían si en efecto el pasado colonial de Hispano América ha dejado tareas nacionales y democráticas por resolver en nuestro tiempo" (Ramos, Jorge Abelardo "¿Capitalismo o Feudalismo?".

 

En: Puiggrós,. Rodolfo; André Gunder Frank; Jorge Abelardo Ramos. Polémica sobre los modos de producción en Iberoamérica. Agrupación Universitaria Nacional. Cuadernos Universitarios, ficha 2. Buenos Aires, sin fecha (circa 1974)

 

Esta frase, sin embargo, vale tanto para quienes argumentaban que la

América Latina colonial era capitalista y por lo tanto, como

explicaba Gunder Frank, la lucha contra el imperialismo debía

iniciarse no con un frente nacional sino combatiendo a la propia

burguesía, sino también -por más que en esos tiempos el adversario

esencial fuera de "izquierda"- para quienes -entonces y hoy-

pretenden negar que el movimiento nacional latinoamericano tiene que

enfrentar dialécticamente la herencia retrógrada del período

colonial, herencia cuya defensa _in toto_ suele asumir la forma de

una defensa del "legado cultural y religioso" de España: este

planteo, a juicio de la Izquierda Nacional, termina por enfeudar el movimiento nacional a los sectores más temerosos y traicioneros del propio campo, justamente los que hasta ahora han venido demostrando que en cada coyuntura clave defeccionan del combate.

 

Estos dos objetivos simultáneos se resumen en última instancia en una defensa consecuente de la originalidad de los movimientos nacional- democrático iberoamericanos, como lo era, entre otros, el peronismo.

 

A cumplirlos dedicó Puiggrós en 1964 su extraordinario -y ahora olvidado- "La España que conquistó el Nuevo Mundo".

 

Vistas ciertas posiciones que se siguen expresando al respecto, me parece que no viene mal que un miembro de la Izquierda Nacional recurra a un capítulo de ese trabajo para terminar de exponer el planteo nacional revolucionario en torno al verdadero carácter de la herencia hispánica de la Revolución Latinoamericana.

 

Puiggrós responde en ese libro, esencialmente, a la ultraizquierda que pretende ver "capitalismo" en la colonización del Nuevo Mundo para oponerse así a los movimientos revolucionarios reales de nuestros pueblos profundos.

 

Pero también da respuesta a quienes  defienden, en abstracto y con argumentos espiritualistas, el carácter "católico" de la herencia cultural iberoamericana.

 

Lo que dice aquí Puiggrós (y la Izquierda Nacional de Ramos y Spilimbergo siempre compartió) es que cuando se recurre a esos argumentos, conciente o inconcientemente no se defiende, en realidad, las enseñanzas del Señor de Nazaret, sino el modo específico que asumió el cristianismo en América Hispánica, en ristre de las lanzas, picas y espadas de los señores de Castilla, en las encomiendas y mitas, en las humeantes llamaradas de la Inquisición, y en los segundones castellanos que aquí se integraban ("América o la horca") al régimen señorial revitalizado por el oro americano.

 

En muchos de quienes plantean esa posición estamos ante una defensa indirecta del inmovilismo social bajo la forma de una idealización del sistema de encomenderos y curas reaccionarios.

 

Pero fue ese sistema, justamente, el que hizo necesario, entre otras cosas, que aparecieran movimientos como el peronismo para terminar con su pesada y triste herencia.

 

De donde nos parece un contrasentido filiar en los Austria al peronismo (y menos aún a toda construcción patriótica del campo latinoamericano).

 

Puiggrós demuestra, sin dejar lugar  a dudas, que lejos de ser "monarcas españoles", los Habsburgo fueron "monarcas universales", impuestos al pueblo español por una conjura reaccionaria que lo obligó a sufragar los delirios césaropapistas de la retrógrada casa imperial, asfixió todas sus energías revolucionarias, lo redujo a la peor de las miserias, terminó intermediando entre los herejes que decía combatir y las riquezas americanas, y recién se hizo "española" cuando "España" pasó a ser sinónimo de "atraso" y "contrarrevolución".

 

No hay idealización "culturalista" que pueda negar estos hechos básicos, concretos y quizás poco espirituales pero muy definitorios de la herencia de los Austria.

 

El General Perón no solo combatía la herencia de los Austria cuando se reía de los "piantavotos de Felipe II" (a los que, por lo demás, y con buen criterio, amparaba bajo su ala).

 

Lo hacía también cuando se veía obligado a reiterar que "en la Argentina hay una sola clase de hombres, los que trabajan": allí estaba librando una batalla contra la perversa herencia rentística y antinacional que nos dejaron esos reyes en los cuales muchos desean filiar la quintaesencia de España e indirectamente de nuestra América.

 

Se trata, muestra Puiggrós, de un error de perspectiva histórica.

 

Desde la lucha contra la asunción de Carlos como rey de España, el alzamiento de las ciudades de Castilla, el incendio de Medina del Campo, y la derrota de Juan de Padilla y sus comuneros en Villalar hay dos Españas (y dos catolicismos) en pugna.

 

La independencia americana es un capítulo de esa lucha, y no será filiándonos -aunque sea por oportunista omisión- en el campo enemigo que podremos forjar las armas que la hagan definitiva: las oligarquías divisionistas están dispuestas a ampararse bajo el manto de cualquier poder con tal de mantenernos separados.

 

Incluyendo el del Vaticano y el de una religión segregada de las masas populares por el carácter conservador y reaccionario de su origen histórico.

 

Se puede diferir en varios aspectos secundarios con el planteo de Puiggrós.

 

Pero lo esencial, creemos, es que su obra permite encarnar en la vida real toda abstracción culturalista que tiende a diluir con una ideología orgánicamente conservadora el carácter necesariamente revolucionario de los movimientos nacionales en Iberoamérica.

 

En el fondo, el intelectual de origen stalinista Rodolfo Puiggrós estaba argumentando a favor de la… teoría de la Revolución Permanente.

 

Néstor Miguel Gorojovsky

nestorgoro@fibertel.com.ar

 

Extractos de:  Puiggrós, Rodolfo. La España que conquistó el Nuevo

Mundo. 3ª. Ed. Buenos Aires, Retórica Ediciones. Editorial Altamira,

2005. Págs. 103-138. Primera de varias entregas.

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LA NOBLEZA DE CASTILLA Y

EL ESTADO NACIONAL

 

Carlos V y el fracaso de la burguesía española (I)


Por Rodolfo Puiggros

 

La marcha de la monarquía hispánica hacia el absolutismo nacional sufrió brusco cambio de contenido con la conquista de América.

 

Luego de impulsar al descubrimiento, con el único propósito de extender el comercio a nuevas tierras, la burguesía española, predominantemente aragonesa, no tuvo energías para afrontar tareas tan gigantescas como las de derrumbar imperios, expropiar inmensas riquezas y dominar a
millones de seres humanos por la espada y la cruz.

 

Fracasó tanto en América como en España.

 

No imaginó al gestar la empresa colombina que labraba su propia ruina.

 

Los grandes señores de Castilla sacaron, sin moverse de su reino, to das las ventajas de la conquista, llevada adelante, a sangre y fuego, por sus compatriotas hidalgos o plebeyos, y completada por los misioneros de la fe católica.

 

En Fernando de Aragón se personificó el fracaso y la decadencia de la

economía del Mediterráneo.

 

Nunca lo acepta ron los grandes señores de Castilla, que levantaron la figura de la Beltraneja para oponerla a Isabel, cuando ésta decidió casarse con el príncipe aragonés y rechazar los candidatos que ellos le proponían; pero la reina no se sustrajo al influjo de sus coterráneos y puso en situación bastante deslucida a su consorte al no darle coparticipación en el gobierno

del Nuevo Mundo.

 

Ella firmaba sola los documentos relativos a América, en los que nunca faltaba la aclaración de que pertenecían a estos nuestros reinos de Castilla y León, con exclusión implícita, cuando no explícita, del resto de España.

 

Expresó en su testamento:

 

"Por cuanto las Islas é tierra firme del Mar Océano, é islas de

Canaria, fueron descubiertas, e conquistadas á costo destos mis

Reinos (sic), é con los naturales dellos, y por es to es razón que el

trato é provecho dellas se aya, é trate, é negocie destos mis Reynos

de Castilla y de León y en ellos, y a ellos venga todo lo que dellos

se traxera; por ende ordeno, é mando que assi, se cumpla assi en las

que fasta aquí sean descubiertas, como en las que se descubrirán de

aquí adelante en otra parte alguna".

 

Era no solamente cl desconocimiento de las capitulaciones de Santa Fe

(que el hijo de Colón siempre defendió como prueba de que el Nuevo

Mundo se había descubierto para los reinos de Castilla y de Aragón)

sino también la violación del tratado de Tordesillas que establecía con claridad el dominio de las tierras descubiertas al oeste de la línea trazada para el rey y la reina de Castilla, Aragón y sus herederos.

 

Los reinos de Aragón quedaban despojados de una herencia a la que tenían el mayor derecho por haber partido de ellos la iniciativa del apoyo al primer viaje colombino.

 

El testamento de  Isabel certificaba algo más dei triunfo de Castilla sobre Aragón; sellaba la derrota de la burguesía catalanoaragonesa por la nobleza castellana.

 

El reavivamiento de los sectores internos encadenados al sistema

socioeconómico feudal ante la inmensa perspectiva de disfrute de riquezas tierras y siervos determinó un histórico viraje de la sociedad española.

 

Al feudalismo se le ofreció en España una posibilidad de subsistencia que no tenía en otras partes de Europa: la de una nueva cruzada en territorios de infieles, la de un continente gigantesco donde la espada y la cruz encontrarían todavía ancho campo de acción.

 

A Isabel le hicieron dar el grito de guerra de un feudalismo débil salvado contradictoriamente de la tumba por el descubrimiento de Colón: América nada más que para Castilla.

 

Para que América fuese monopolio de Castilla, reino donde se aglutino el feudalismo de toda España, había que ahogar la VOZ de su pueblo, había que hacer de ella la trinchera de la Contrarreforma, había que aniquilar los brotes revolucionarios burgueses.

 

Esto no lo hizo Isabel pero sí su nieto Carlos, con visión ecuménica de un orden social agónico.

 

Antes debía pasar España por algunas peripecias.

 

Pese a las apariencias, los señores castellanos nunca se sintieron plenamente representadas por Isabel, la esposa del catalanote.

 

La aguantaron por no poder hacer otra cosa y, a la vez la rodearon para

inclinarla de su lado o arrancarle ventajas.

 

Así consiguieron que conservara América para Castilla y se abandonara a sutiles confesores y consejeras que le dictaron una línea política y los términos de su mentado testamento, pero quien los desafió al unir su destino al dei monarca catalanoaragonés tampoco podía renunciar a la responsabilidad que asumió con su matrimonio: la de monarca absoluto superior a la nobleza.

 

Sabían los grandes de Castilla que el absolutismo monárquico sobre

bases nacionales traía su definitivo desplazamiento y su irremediable

ruina.

 

Era imposible, por otra parte, retornar al régimen de autonomía de los señoríos.

 

El Estado nacional organizado por los reyes Católicos redujo a la .mayoría de los nobles a la condición de cortesanos.

 

Sin embargo, esta nueva nobleza, despojada o aislada de su tradicional fundamento de poder propio, constituía una fuerza política que se movía en dirección contraria a la revolución burguesa y al pueblo español, pero dentro de los límites del Estado y no, como antes, desde fuera del Estado, en lucha contra la corona.

 

Su táctica no podía ser otra que la de la intriga, la obsecuencia, las combinaciones dinásticas.

 

Dejó de atacar a]a monarquía de frente y se dio por objetivo desviar al Estado nacional hacia un pantano, donde permanecería siglos enteros sin renovarse

 

 

 

La coalición de las casas de Castilla y Habsburgo

 

(II)

 

La sagrada institución del matrimonio se metamorfoseó entonces en categoría casi metafísica de incalculables alcances históricos.

 

En el tránsito de la monarquía hereditaria feudal a la monarquía hereditaria absoluta cobró mayor relieve político que antes el matrimonio de las testas coronadas.

 

Pobres infelices alienados desde la cuna a su condición real, los príncipes estaban condenados a reproducir su frecuente imbecilidad en sucesivos entronques que, por lo común, agregaban a las taras congénitas las provenientes de la consanguinidad.

Si bien en tiempos pretéritos varios príncipes españoles se unieron a

sus congéneres extranjeros, ninguno de esos matrimonios tuvo la

trascendencia de los que contrajeron a fines del siglo XV e

influyeron decididamente en el sesgo que tomaba la lucha entre la

nobleza y la burguesía.

 

Elegir para los miembros de la realeza maridos o mujeres exclusivamente dentro de las casas reinantes en Europa, despreciando a la nobleza de la que habían surgido los monarcas de cada país, implicaba ya un absolutismo que podía tornarse favorable a los intereses de la burguesía o ser el puntal conservador de la misma nobleza, según la relación de fuerzas creada por la lucha de clases.

 

De este modo se explica el cambio que trajo a España el matrimonio de

la heredera de los Reyes Católicos con el heredero de los tronos de

Austria y Borgoña.

 

Fernando e Isabel tuvieron un hijo y cuatro hijas. El hijo, Juan, se casó con Margarita, hija del emperador Maximiliano y hermana de Felipe el Hermoso, y murió poco después. Felipe el Hermoso, casado con Juana la Loca, hija de los monarcas españoles, recibió de su madre, Catalina de Borgoña, los Países Bajos, además de ser el heredero de Maximiliano de Austria.

 

El doble entronque de la casa de Austria con la corona de Castilla y Aragón marcó una tendencia  política hacia la organización de la monarquía absoluta europea.

 

No era la primera vez que eso sucedía.

 

En el siglo XIII, Alfonso X el  Sabio, rey de Castilla y descendiente de los duques de Suabia, fue propuesto por la-República de Pisa para ocupar el trono vacante del imperio austroalemán que le correspondía por derecho hereditario.

 

Al cabo de dieciocho años de gestiones e intrigas, durante los cuales Alfonso añadió a sus títulos el de emperador electo y gastó enormes

sumas de dinero en la compra de los príncipes alemanes para que lo

votaran en contra del príncipe inglés Ricardo de Cornualles, el Papa

vetó su candidatura y lo obligó a retirarla so pena de excomunión.

 

Por indicación del pontífice romano, interesado en que no se organizara un poder fuerte en Europa, se designó emperador de Alemania a Rodolfo de Habsburgo (1273), antepasado directo de Felipe el Hermoso.

 

El ambicioso sueño de Alfonso el Sabio se materializaría dos siglos y medio después en Carlos V, vástago de las casas de Castilla y Habsburgo, rey de España y las Indias y emperador de Alemania.

 

Con el enlace de Juana y Felipe se preparó una formidable coalición

dinástica, base de operaciones de la reacción europea, que empuñaría

las banderas de la Contrarreforma y del exterminio del menor brote de

poder popular.

 

Vencer a Francia e Inglaterra y aniquilar las insurrecciones internas (comuneros españoles, campesinos alemanes) serían los objetivos de tal coalición una vez en marcha.

 

Los grandes de Castilla coronan a un Habsburgo

 

Al morir Isabel (1504), los grandes señores castellanos creyeron que

había llegado el momento de recuperar las rentas, mercedes y tierras

que usufructuaban en otros tiempos y que los Reyes Católicos

reintegraron al patrimonio estatal.

 

Antes tenían que sacar del medio a Fernando de Aragón, regente del trono de Castilla y continuador de una política absolutista que siempre resistieron.

 

Con tal propósito alentaron las pretensiones del habsburgo Felipe, a la vez que inhabilitaron a Juana, la heredera directa, declarándola loca.

 

Mucho se ha escrito acerca de la demencia de la hija de los Reyes Católicos. Sus partidarios acusaban a los grandes señores castellanos

de haberla secuestrado para evitar que reinara. Hubo varias

tentativas de rescatarla del encierro y los comuneros se proponían

coronarla.

 

Sin entrar en el problema psicológico, motivo de discrepancias entre los autores, nos limitaremos a recordar que Juana rehusó el juramento de las cortes por considerar que era indigna de reinar en Castilla la mujer de un extranjero, condición que no provocó escrúpulos en su marido para aceptar la corona.Felipe murió a los dos meses.

 

Su corto reinado anunció lo que sería diez años después el comienzo del de su hijo Carlos: los rapaces consejeros flamencos y borgoñeses que lo acompañaban y los rencorosos señores castellanos que lo introdujeron se arrojaron como langostas sobre los bienes del Estado español.

 

El autor del Segundo viaje de Felipe el Hermoso a España en 15061 nos ha dejado un vívido relato, del saqueo consumado por los señores de los Países Bajos durante esos dos meses y en las horas posteriores al fallecimiento del Habsburgo; huyeron a sus patrias con cuanto hallaron a mano, desde joyas y tapices hasta pieles y ropas.

 

La desaparición de Felipe salvó a España de la disolución nacional, pero su suegro, al retornar el gobierno como regente de Castilla en nombre de Juana, no pudo vencer la confabulación de los grandes señores con poderosos intereses extranjeros.

 

Hasta el fin de sus días se opuso a declarar heredero a su nieto Carlos, nacido en Gante y educado fuera de España, cifrando sus esperanzas en su nieto Fernando, nacido y educado a su lado, preferencia compartida por el pueblo español, incluido el de Castilla, al punto que en cuanto se anunció la muerte de Felipe los vecinos de Valladolid asaltaron el castillo de Simancas y se llevaron al infante Fernando con el propósito de protegerlo del secuestro planeado por la nobleza.

 

El rey católico testó en 1512 a favor de su hija Juana y, aunque por derecho de progenitura le correspondía a Carlos la regencia por incapacidad de su madre, el abuelo hizo todo lo posible para que la desempeñara su tocayo, tratando de que su nieto mayor postergara sine die el viaje al país que desconocía.

 

No faltan testimonios, como el del almirante Fadrique Enríquez a la junta de Tordesillas en octubre de 1520', que aseguran que el aragonés nombró en su lecho de muerte heredero a Fernando y no a Carlos, pero otras opiniones se inclinan a creer que a último momento, bajo no identificadas influencias, traspasó el trono de Castilla y Aragón al de Gante.3

 

La resistencia de Fernando el Católico a entregar España al nieto instrumentado por los grandes de Castilla y sus socios extranjeros se

unía a su reivindicación de los derechos del reino aragonés-catalán

al dominio del Nuevo Mundo.

 

Después de morir Isabel, declaraba su cónyuge al Capítulo General de la orden franciscana: -"haber sido yo la principal causa que aquellas islas se hayan descubierto e pueblen".

 

En el acta de concordia firmada en Burgos el 8 de mayo de 1512 entre  él, como rey de Aragón, su hija Juana, como reina de Castilla, y los obispos de América, dejó claramente establecido que cada uno de los dos monarcas actuaban "por la mitad que respectiva le pertenece de las Islas Indias y

tierra firme del mar océano, por vigor de las Bulas apostólicas a sus

reales Majestades, por el papa Alejandro VI de felice recordación

concedidas (…)

 

Y su mencionado testamento dice al enumerar los dominios de la corona

aragonesa-catalana:

 

"(…) la parte a Nos perteneciente en las Indias del Mar Océano".

 

El florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527), apologista del Estado

nacional centralizado, juzgaba al rey católico un modelo de monarca.

Tenía razón desde su punto de vista.

 

El aragonés luchó doce años por evitar que el trono español cayera en manos extranjeras. Sus errores, vicios e intrigas cuentan poco comparados con su resuelta defensa de la soberanía de su patria.

 

Fue el último rey de la línea genealógica de los godos introducida en España doce siglos antes. Su cínica astucia -como el rey de Francia lo acusara de haberlo engañado dos veces le respondió: Miente, lo engañé tres veces– no le sirvió para cerrar paso a la casa de Austria.

 

Desde su muerte la legalidad del poder, siempre postergada, descansa potencialmente en el pueblo español que aguarda su hora a través de los fogonazos de sus revoluciones sin aceptar nunca la derrota.

 

Los grandes señores de Castilla se propusieron coronar a Carlos, o al

emperador de Austria, o al rey de Portugal, o al de Navarra, o al

príncipe extranjero que garantizara sus privilegios económicos y su

preeminencia política.

 

Hubo agrias discusiones en la corte borgoñesa del primero acerca del problema de la sucesión: los aragoneses defendieron los derechos del infante Fernando -derechos no legales según el concepto dinástico, pero amparados por la voluntad popular- y los castellanos impusieron, por último, al hijo mayor de Felipe el Hermoso, aquel muchacho de Gante a quien su abuelo Maximiliano inculcara desde la infancia el lema de la familia: Austria erit in orbit ultima (El universo obedecerá a Austria).

 

España gobernada por extranjeros

 

Desaparecidos Fernando de Aragón y el cardenal Cisneros, los dos

mayores obstáculos al desenfreno de la nobleza, Carlos de Gante entró

no muy triunfalmente en los reinos de sus abuelos maternos,

acompañado de mil cuatrocientos soldados y dos mil marineros

alemanes, ponderable respaldo militar que el precavido Maximiliano de

Austria puso a su disposición para resguardarlo del descontento del

pueblo español.

 

El Habsburgo sería desde entonces Carlos 1 de España y el dueño de América a poco más de diez años de su descubrimiento.

 

Rodeado de los mismos consejeros flamencos y borgoñeses que saquearon

a Castilla durante el breve reinado de su padre, manejado por ellos como títere, aclamado por los grandes señores y sostenido financieramente por los banqueros Fugger y Welsen de Augsburgo, el joven monarca, que a duras penas se hacía entender en español y tenía costumbres y modales extranjeros, se encontró en un medio hostil a su persona. Ricardo Pace, enviado de Enrique VIII de Inglaterra, declaraba: "Carlos es sencillamente un idiota'.

 

No faltarían después historiadores que descubrirían hasta en su aracterístico belfo baboso pruebas de inteligencia.

 

En largas y escabrosas jornadas se dirigió el recién llegado al castillo de Tordesillas donde estaba enclaustrada su madre. Más que el amor filial lo movían razones de alta política.

 

Así lo patentiza el relato de Lorenzo Vital, su ayuda de cámara.5 Antes de producirse el frío y triste encuentro, el señor de Chièvres, ayo borgoñés de Carlos, cumplió la tarea de convencer a la desdichada Juana de que consintiera en apartarse definitivamente del trono.

 

Vital dice que ella actuó como la razón lo quiere y enseña, pues Dios y el mundo quedaron satisfechos con el traspaso de la soberanía maquinado a

muchas leguas de España.

 

Acto seguido el flamante monarca nombró respectivamente gran canciller de Castilla y arzobispo de Toledo a dos miembros de su cortejo flamenco-borgoñés. Eran los cargos más importantes del Estado y hasta poco tiempo antes los había ocupado el cardenal Cisneros.

 

Al principio los consejeros reales, seguramente con el acuerdo del emperador Maximiliano, ofrecieron esas funciones al filósofo Erasmo

de Rotterdam, pero éste prefirió seguir cobrando de Carlos su pensión

vitalicia de consejero ala distancia y ejercer una influencia ideológica que pronto alarmaría a los esbirros de la Santa Inquisición.6

 

De todos modos la frustrada elección del rotterdanense señala una linea política inicial no muy ortodoxa en materia de fe y una tendencia a independizar al Estado español del trono romano.

 RP/

1 En Anónimo: Viajes de extranjeros por España y Portugal, t. I, ps.

583-584.

2 V. Dávila: Memorial Histórico Español, vol. XXXVI, p. 337.

3 Galíndez Carvajal, XVIII, p. 344. Roger Bigelow Merriman: Carlos V

el emperador y el impe-rio español en el Viejo y el Nuevo Mando, P. 19.

4 Letters and Papers, Foreign and Domestic of the Reign of Henry

VIII, U, núm. 3,248.

5 Lorenzo Vital, ps. 699-700.

6 V Marcel Bataillon, l, ps. 94-95.

 

 

Continuara…