En este rincon...Felix Luna y Luis Alberto Romero y en este otro...Eduardo Rosa.

¿ SIEMPRE NOS MINTIERON ? CONTROVERSIA ENTRE REVISIONISTAS Y LA HISTORIA OFICIAL

·Eduardo Rosa

Querían un país hecho a la medida de su ideología, y el país real, con sus virtudes y defectos no se ajustaba a su molde.

¿Siempre nos mintieron?

Controversia de los dos proyectos de Pais.

FÉLIX LUNA Y LUIS ALBERTO ROMERO,

LOS ARGENTINOS Y LA HISTORIA BEST-SELLER

 

Por Eduardo Rosa

 

He leído (porque alguien me lo pasó fotocopiado, ya que no soy lector de Criterio) un artículo que transcribe una conferencia de Félix Luna y Luis Alberto Romero el 16 de agosto pasado.

 

No hubiese ido a la conferencia por Romero, ya que me lo impedían mis prejuicios ancestrales, tal vez sensibilizados porque la conferencia de marras se dictó en el Centro Cultural Borges.

 

No estoy orgulloso de esa falta de objetividad, que los conferenciantes estiman necesaria para ser historiador.

 

Por eso no me digo historiador sino sólo divulgador de lo poco que sé, que por otro lado lo sé por herencia, y el saber por herencia, como el ser rico por esa vía, no es mérito y los herederos nunca llegaremos a ser como los que construyeron la fortuna (salvo casos excepcionales, que actúan para que la incompresible frase de "la excepción que confirma la regla"

funcione).

 

Pero me sorprendió lo dicho por Félix Luna. Lo creía más objetivo.

 

Don Félix hizo y hace una gran labor desde su magnífica revista Todo es Historia. Todo el que tuviese algo que aportar a la historia tiene cabida en sus páginas, sin importar de que corriente proviene o cual es su segunda intención.

 

En su conferencia Luna arremete contra lo que él llama "complotismo", que es la pretensión paranoica que algunos tienen de ver todo como una inmensa y perfecta conspiración de "los malos", y atribuye al revisionismo el facilismo de poner siempre a "los malos" en el exterior (ingleses, brasileros y hasta uruguayos).

 

Luna se siente molesto con el nacionalismo, óptica desde la que autores principalmente revisionistas miran la historia.

 

¿Cuál es su ventana, don Félix? Si me dice que la del radicalismo, fracción a la que alguna vez lo he visto adherir e incluso confesar pertenencia, recuerde que su bandera es colorada (en recuerdo el rojo punzó de antaño) y blanca (por el gran partido criollo de los orientales).

 

Al menos ese fue el "contrabando ideológico" de Leandro Alem, que le cupo actuar en una época en que la historia "ya había dado su veredicto inapelable".

 

Ése era el concepto de su época. Ya se habían dictado el anatema contra Rosas y los "rosines". Quien se atreviese a quebrarlo podía despedirse de todo reparto oficial; y ésas eran épocas donde las leguas de tierra quitadas a indios y gauchos se concedían graciosamente (¿vendrá de allí el nombrar a las oficinas públicas como "repartición"?).

 

Y no sólo eso: se corría el riesgo de una muerte civil, si se era de la clase acomodada o una muerte real, un "cantar p'al carnero", si se era pobre sin suerte.

 

Los pobres con suerte, como Martín Fierro, eran mandados a la frontera a matarse mutuamente con los indios.

 

 ¿Que eso es complotismo? Sí que lo es, pero no son los investigadores de la historia los que quieren complotarse.

 

Son los mismos actores de ella, especialmente los que triunfaron luego de Pavón, que tienen cola de paja y no admiten ninguna revisión.

 

¿Por qué? La razón de esta tergiversación es simple y cristalina.

 

Querían un país hecho a la medida de su ideología, y el país real, con sus virtudes y defectos no se ajustaba a su molde.

 

Quisieron un país que privilegie las instituciones "cultas" o es decir las

instituciones hechas en Europa o en Norteamérica, sin detenerse a pensar que esas instituciones eran el desarrollo de lo que Europa o Norteamérica eran y querían ser, o es decir eran instituciones con piso.

 

El tema confeso de la conferencia es una crítica a la liviandad con que se toman los temas históricos. Romero cita a cierto autor muy vendido y televisado, (¿no será envidia?) y encuentra que ya no se discute la historia con V. F. López o con Mitre, ahora se polemiza con el Billiken.

 

Para ejemplificar esto, toma la aseveración de este exitoso historiador que nos cuenta que en las invasiones inglesas no se tiraba aceite -por ser muy cara- sino… ¡agua hirviendo!

 

Confieso que yo también hice una crítica similar en su oportunidad, pero elogiando al autor por hacer pensar a su joven audiencia, señalando como incongruente la leyenda lo del aceite por su precio.

 

Decía yo en mi crítica que era bueno hacer pensar, pero era nefasto

proponer una hipótesis de reemplazo no suficientemente pensada.

 

¿Agua hirviendo arrojadas desde las azoteas de esas casas de techos de 5 metros en agosto? ¿Qué queríamos? ¿Bañar a los ingleses con agua que llegaría apenas tibia?

 

Esto que yo pensé lo debieron haber pensado más de la mitad de los jóvenes teleespectadores. Y descartando el disparate, descartaban por arrastre todo lo demás. ¿No se le ocurrió a ese historiador-detective pensar un poquito más?

 

¿No sería grasa hirviendo, ya que la grasa era prácticamente gratis?

 

Así se ve como las cosas dichas con un propósito (enseñar a deducir) se vuelven en contra.

 

Lo mismo pasa con la conferencia de Romero y Luna: comienzan atacando esa liviandad exitista y taquillera de la historia pero el verdadero propósito es denostar al revisionismo.

 

Clasifica al revisionismo como una "excrecencia" (¡que mal suena!), pero la verdadera excrecencia es la historia sacralizada. Es una excrecencia con el agravante que es fósil.

 

Los Alberdis, Mitres y Sarmientos creyeron que su deber era transformar esta tierra "inculta" –carente de lo que ellos consideraban civilización- y hacer que sus habitantes se olviden de su herencia y sus tradiciones, o cambiar directamente a la gente por inmigrantes cultos y civilizados, eligiendo para eso "las razas viriles del norte de Europa.

 

O es decir, tomaban el país como un sitio, como una estancia cuyos

propietarios eran -naturalmente- ellos, los cultos y civilizados, y si los peones no servían a sus propósitos se los cambiaba por otros.

 

Para el propósito civilizador, debía haber una historia de progresos, que privilegiara lo utilitario a lo épico. Había que conjurar las previsibles futuras rebeldías.

 

Algo así debieron pensar los milicos del Proceso, cuando entregaban los hijos de sus prisioneros a otras familias "para evitar que crecieran con resentimientos". ¡Qué ingenuos!

 

Debieron -ya que antes citamos lo del "anatema"- usar el anatema como lo

hacían los israelitas en tiempos del regreso a la tierra prometida. No sólo quemar los ídolos (O esconder al cadáver de Evita), sino matar a todos;

hombres mujeres y niños y también casas, ropas y enseres.

 

Tal vez ese sea el único método de borrar la memoria. (El decreto libertador 4161 que prohibía palabras e imágenes, canciones y frases omitió prohibir pensamientos)

 

Que los próceres (y llamo próceres a los que tienen calles y gozan de eterna alabanza no solo en el Billiken sino en las aulas y libros escolares) pensaron cambiar el contenido del país para que funcione su idea de perfección es confesión de Alberdi (el númen de nuestra constitución, no el "arrepentido" posterior).

 

Alberdi decía en sus Bases: "Hemos de componer la población para el sistema de gobierno, no el sistema de gobierno para la población…

necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces para la libertad".

 

Sarmiento advertido en sus sinceros –y hoy olvidados con prudencia- Comentarios a la Constitución : "Son las clases educadas las que necesitan una Constitución que asegure sus libertades de acción y de pensamiento. Una Constitución no es para todos los hombres: la Constitución de las clases populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad". Por supuesto que esta clase social se consideraba el país mismo.

 

Nada serio existía fuera de ella.

 

Volvamos a oír a Sarmiento: "Cuando decimos pueblo, entendemos los

notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes, patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara (diputados y senadores) ni gauchos, ni negros,

ni pobres…" (Discurso ante el Congreso, de 1866)

 

¿Entonces para quién dibujaban el país? ¿Para las clases educadas? ¡Por supuesto!, y también para las empresas que vendrían a fertilizar al país y a

consolidar la posición gerencial de las clases educadas.

 

Pero -olvidado detalle- estas empresas de ferrocarriles y servicios no venían para desarrollar nuestro país, venían a hacerlo funcional a los

propósitos imperiales del peor imperialismo, que es el de los negocios.

 

No nos tocaba "ser fuertes", nos correspondía solo "ser útiles".

 

No interesaba tener un polo de desarrollo y competencia en estas pampas. No lo permitiría "la división internacional del trabajo", donde nuestro papel sería el de proveedor de alimentos sin valor agregado y el de ser dóciles satélites de Inglaterra (al menos hasta 1945), sin pretensión de mas

independencia que las que se otorga a un empleado a sueldo.

 

Para evitar que antiguos recuerdos reaviven sentimientos nacionalistas, había que cambiar la historia; nuestra historia de rebeldías y eclosiones

de populacho era una molestia.

 

Hubo quién ingenuamente quiso usar, para enterrar la historia el argumento leguleyo de la condena en juicio.

 

Cuando se debatía la posibilidad de hacerle un juicio a Rosas, el diputado

Emilio Agrelo insistía en sepultar la historia bajo una condena que impidiera "legalmente" toda revisión.

 

La historia debía ser "cosa juzgada" y aquí no se habla mas de "eso". ¿Por qué? Escuchemos a Agrelo: "No podemos dejar el juicio de Rosas a la historia  

¿Qué dirán las generaciones venideras cuando sepan que el almirante Brown lo sirvió? ¿Que el general San Martín le legó su espada? ¿Que grandes y poderosas naciones se inclinaron a su voluntad?

 

¡No, señores diputados!; debemos condenar a Rosas y condenarlo en términos tales que nadie quiera mañana intentar su defensa".

 

Y no fue el único "complotista" que intentaba a sabiendas tapar la historia porque no los favorecería: Salvador María del Carril, temeroso que el

fusilamiento de Dorrego sea "mal interpretado" aconseja en carta a Lavalle en 1829: "Incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad… fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego porque si es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la

posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos".

 

Unas líneas más abajo, luego de aconsejarle actuar con la mayor crueldad posible para con los federales que caigan en sus manos aconseja: "Cartas como estas se queman". Por suerte para la historia Lavalle -cándido y honrado- no la quemó.

 

Y ya que estamos en este episodio ¿Dice algo el Manual del Alumno de 4º grado sobre la matanza que vino después del fusilamiento de Dorrego? ¿Por qué no? ¿Será que no es "académico" decirlo?.

 

Siguiendo los consejos de Del Carril y la su logia, una locura homicida se apodera en 1829/30 de los mas dignos militares: Juan Apóstol Martínez, un héroe de la Independencia , recorre la campaña apresando gauchos a los que hace cavar sus propias tumbas.

 

Estomba, otro héroe, los ata a la boca de los cañones para destrozarlos con la metralla (sus horrorizados soldados lo mandarán a Buenos Aires atado y

completamente loco). Se calcula en más de mil los asesinados en la campaña por el solo delito de ser gauchos.

 

Aun los militares se quedan cortos, porque Juan Cruz Varela desde El Pampero exige que "se deben degollar cuatro mil para mantener quieta esa gaucha canalla".

 

Hasta el canónigo Agüero, no obstante su condición eclesiástica, ha escrito a Lavalle felicitándolo por la muerte de Dorrego e incitándole a seguir con esa "obra de higiene": "No dudo que usted ha de concluir con estos salvajes… es necesario que se logre cuanto antes".

 

No solamente en la campaña. Comisiones especiales recorren la ciudad para "proceder sumariamente" contra cualquier inculpado de simpatías populares. Las Memorias de Beruti mencionan a niños de siete años

degollados "por andar con divisas federales".

 

En una población que en la campaña de Buenos Aires, escenario de estas atrocidades, no pudo haber superado las 150 mil almas ¿Qué proporción son 4 mil? Hoy, con una población 40 veces superior, ¿hablaríamos de 160

mil desaparecidos, y en solo un año? Pero, claro, no eran más que gente pobre, gente sin abogados que los defiendan ni curas que velen por sus familias.

 

Coincido con los conferencistas en cuanto a la simplificación conspirativa.

 

Es un infantilismo pensar en la siempre perfecta conspiración de "los malos". Parece que se nos acusa a los nacionalistas de situar a "los malos" siempre en el exterior y acepto que esa ingenuidad se pudo alguna vez haber cometido.

 

Me sorprende que ese argumento lo usen los conferencistas para defender esa maraña de leyendas y omisiones que algunos llamamos "la historia oficial".

 

Permítanme una acotación que muestra lo poco que se nos enseña la historia: Romero nos dice que Saavedra nació en el Alto Perú, por lo que lo considera extranjero.

 

¿Sería "bolita"? No; era argentino, porque esa tierra por la que peleó tenazmente y sin medios la coronela del ejército argentino Juana Azurduy era Argentina.

 

No se me escapa que Perú la reclamaba, pero la reclamaba, no la gobernaba. Tampoco debemos olvidar que solo cincuenta años antes de mayo los porteños éramos peruanos.

 

¿Dice algo el Billiken o la "historia de los académicos" de por qué no defendimos esa porción de tierra y cómo la dejamos ir?

 

¿No son estas omisiones o al menos "despriorizaciones" en la enseñanza de la historia grandes ocultamientos? ¿Por qué soltamos la mano de la provincia oriental, cuando su "delito" era simplemente no aceptar la hegemonía porteña?

 

¿Por qué oculta las veces que nuestros "próceres" planearon cercenar el litoral, independizarlo o entregarlo al Brasil, a cambio de ayuda para que ellos pudiesen gobernar?

 

El conferencista Romero, en el título de su disertación, habla de "La otra Historia, la verdadera". Esa palabra "verdadera" me hace pensar que Romero es un creyente laico oficiante de los rituales de una revelación divina cuyo texto sagrado es la "historia verdadera".

 

Todo el que opine lo contrario es un hereje. Y si este hereje está contaminado por lo que él quiere hacernos creer que es el nacionalismo,

es lisa y llanamente un enfermo (son sus palabras: "el nacionalismo es una pasión enfermiza", concluyendo que "no es ni bueno ni sano". ¿Malo y enfermo? )

 

Pero para mejorar su dialéctica utiliza el bajo recurso de presentar al público un nacionalismo infantil y dibujado a su gusto, un "chauvinismo" que pretende todo y no admite nada,

 

Ese "nacionalismo" solo existe en aquellos que tienen mentalidad militar

(la bandera a la que se saluda con hieráticos movimientos de sable, el escudo que es la patria misma, el mapa, que es la heredad sagrada y recortada siempre por los "malos" vecinos -y de paso la desconfianza hacia todos los vecinos).

 

No me sorprende que Romero no sepa qué es el nacionalismo, nunca lo supo ni quiere infectarse con él. Romero, desde su trono en la calle Puán es sumo sacerdote de una religión en la que la Patria no tiene lugar. Patria para él y sus progresistas alumnos es más bien un anacronismo.

 

Para facilitarse la polémica contra un revisionismo que sólo parece haber

estado presente en la solitaria pregunta de un oyente, quiere disminuir ese pensamiento adjudicándole aspectos caricaturescos.

 

Y para colmo habla de "la historia de los pueblos", que según él es la verdadera. ¿De qué pueblo habla? ¿Del que discurría su tiempo en los salones principalmente porteños (y por cholulismo en algunos de provincia)? ¿Del de "la gente de posibles? ¿Del de la gente "culta"? ¿Del club del Progreso, el Jockey, el club del Orden de Santa Fe o el salteño 20 de febrero? ¿O serán los señores de las logias? ¿O directamente la cámara de comercio británica, de donde antaño salían las candidaturas?.

 

Sí, de acuerdo, eso también es pueblo, como también son los orates de las casas de salud o los presos de las cárceles. Pero tal vez los orates o los presos sean más pueblo, ya que ellos no se sienten superiores con derecho a mandar ni han repudiado a "la chusma ígnara". Pero por ellos, por esa clase social que se cree dirigente pero en realidad es sumisa a sus verdaderos directores, que son sus empleadores o dispensadores de favores oficiales, esa clase social orgullosa de su pertenencia a camarillas clubes o logias, y temerosa a su vez que estos círculos los "desclasen", por lo que cumplen con sus ritos, modas y lenguaje para seguir "figurando".

 

Por esa clase social es el exclusivo y único camino por donde siempre transitó "la historia oficial"; que para Romero y los académicos la "verdadera".

 

Los otros, los gauchos, los que no tenían más padrinos que sus caudillos, tan perseguidos como ellos, solo les cabía el orgullo de morir en el desigual encuentro de la montonera y los Remington. Porque si allí no morían

eran lisa y llanamente asesinados, como fueron los prisioneros degollados en Cañada de Gómez por asesinos contratados en Italia.

 

¿Cuántos? No es aventurado el cálculo de que entre 1861 (Pavón) y 1878 (conquista del desierto) murieron la mitad de los gachos de la campaña.

 

Esto es muy serio y no es "académico". El genocidio fue ignorado por la historia.

 

Oigamos nuevamente a Sarmiento: "Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier numero que sean" (año 1868). "Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos". Y a Mitre: "Hemos jurado con Sarmiento que ni uno solo ha de quedar vivo" (Mitre en 1852).

 

Los criollos murieron, sus mujeres fueron a los prostíbulos militares o a servir en las casas de gente "bien" y sus campitos y majadas repartidas como botín de guerra. La otra mitad se calló definitivamente la boca y pasó a malvivir como compadrito o peón de a caballo.

 

El escalón que ocupaba fue habitado por los gringos inmigrantes, no ya las "razas viriles" -rubios de ojos azules- que soñaran los padres de la patria sino laboriosos agradecidos y sumisos tanos y gallegos, que si traían alguna rebeldía era reflejo de viejas luchas de Europa, casi inaplicables en nuestra inmensidad. Pero sus hijos comprendieron y amaron a ese taciturno

sufrido y despreciado gaucho. Y juntos un día volvieron.

 

Si está suficientemente probada y nunca fue desmentido que hubo una confesada intención de tergiversar la historia, ¿por qué la mantenemos vigente? ¿Por qué Luna opina que los revisionistas hoy académicamente no

existen? ¿Fueron rebatidos? ¿Por quién? ¿O es que no existen porque el único revisionista que alguna vez dejaron entrar a la academia de la historia fue el fallecido Guillermo Furlong, tal vez porque su sotana de jesuita no dejaba ver su cachiporra de nacionalista?

 

Hay algo podrido en Dinamarca. No seremos nunca nada ni iremos a ninguna parte si no sabemos quienes fuimos.

 

Tuvimos paralelismos enfermizos en la historia. Recordamos a alguien que llegó disfrazado de Facundo

Quiroga y se retiró parecido a Urquiza.

 

Como dijo un oyente, tal vez Quiroga fuese teóricamente unitario pero era patriota. Su clon, por el contrario no era ni lo uno ni lo otro. Con este

ejemplo vemos que de una historia amañada y poco creíble no puede sino surgir una confusión.

 

Una historia así no imprime carácter de nación, es simplemente un problema sicológico que produce monstruosidades, Desde una historia así no se parte hacia ningún destino.

 

Una patria que no se asiente en su historia es solo un sitio en el mundo.

 

La diferencia entre un sitio y una nacionalidad es similar a la que hay entre una casa y una familia.

 

Tal vez la "Academia" sirva alguna vez para vernos como una nacionalidad, llámese argentina o suramericana.

 

Mientras siga siendo un club exclusivo, unívoco y refractario a todo lo que huela a revisionista, o peor aún, a nacionalista seguirá siendo un Olimpo demasiado lejano del suelo.

 

O si se quiere del pueblo.

 

¿Siempre nos mintieron?

Los argentinos y la historia best-seller

Criterio N ° 2320 – Octubre 2006 – Año 79

Félix Luna – Luis Alberto Romero

En el ciclo de conferencias organizado por CRITERIO en el Centro Cultural Borges, el miércoles 16 de agosto de 2006 dialogaron los historiadores Félix Luna y Luis Alberto Romero con la coordinación de Roberto Di Stefano.

A continuación, trascribimos sus exposiciones.

 

LA MASIFICACIÓN DEL CONSUMO DE LA HISTORIA

Por Roberto Di Stefano

EL COMPLOTISMO

Por Félix Luna

LA OTRA HISTORIA, LA VERDADERA

Por Luis Alberto Romero

REVISIONISMOS

Por Félix Luna

LA CONSPIRACIÓN, UN MODO DE PENSAMIENTO

Por Luis A. Romero

La masificación del consumo de la historia

(Presentación)

Por Roberto Di Stefano

 

Hemos querido dedicar una de las conferencias de este año a lo que podríamos llamar la masificación del consumo de la historia, tanto a través de libros como de programas de televisión y radio.

 

El código Da Vinci es un ejemplo: best-seller internacional, despertó además una suerte de voracidad por la lectura de libros relacionados con la historia del cristianismo primitivo, los templarios y la masonería, entre otros temas.

 

La multiplicación y la masiva difusión de obras que los abordan constituyen un fenómeno cuya vitalidad no nos permite suponer su declinación cercana.

 

Los textos de historia argentina también se han multiplicado, como ilustra

el éxito editorial de buen número de novelas históricas, o el que obtienen

libros, programas y videos de gran difusión, que ofrecen visiones amenas del pasado, a veces supuestamente reveladoras de secretos que la historiografía académica nos habría ocultado.

 

Lo mismo se puede decir de las iniciativas de medios de prensa de alcance nacional que han ofrecido a sus lectores colecciones de historia argentina en fascículos o novelas históricas. Sin embargo, no hay consenso entre historiadores y comunicadores a la hora de juzgar las virtudes y falencias de este fenómeno.

 

Las críticas y las polémicas en relación al modo en que debe ser encarado el estudio del pasado, y en particular a la manera en que debe realizarse la divulgación del conocimiento, han dado lugar a intercambios ásperos y notas críticas en diferentes ámbitos de reflexión y medios de difusión.

 

De manera que son muchos los interrogantes, y también las cuestiones a debatir.

 

Hemos querido ofrecer un espacio para abordarlos con la ayuda de dos

importantes historiadores argentinos.

 

La razón de la elección de Félix Luna y Luis Alberto Romero radica en que además de su pasión por la historia y del hecho de haber aportado trabajos de investigación significativos en el campo de la historia argentina, tienen en común algo más: se han destacado en la tarea de divulgar al gran público los conocimientos generados por sus propios trabajos y los de otros investigadores.

 

El complotismo

Por Félix Luna

 

Hay que señalar en torno de esta manía, esta excrecencia, que es el complotismo dentro de la historia.

 

Entiendo por complotismo ver y enseñar la historia como el manejo de un grupo de hombres, o de un hombre, o de una secta, o de un sector, o de una pequeña organización, que de algún modo dispone de los destinos de una comunidad. Y a lo que debe atribuirse todo lo bueno y lo malo que ha ocurrido a lo largo del tiempo.

 

Es un modo chapetón y chambón de hacer historia, propio de quienes empiezan a transitar la disciplina y de modo repentino se enamoran de una tesis que les resulta atractiva.

 

Evidentemente el complotismo, como estilo de estudio histórico, resulta atractivo.

 

Atribuir a un grupo de hombres (léase masones, jesuitas, ingleses, rubios, barbudos, con várices o cualquier otro atributo) un poder omnisciente que está por encima de los hechos, y los crea, es muy atractivo.

 

Le da a un historiador una especie de presencia superior dentro del ámbito

en el que habla.

 

Pero el complotismo es una inmadurez de la historia.

 

Significa sobre todo arrebatarle lo que tiene de más lindo, de más fascinante, y que son los puntos de vista distintos desde los cuales puede verse el proceso histórico.

 

Para mí eso es lo más interesante de nuestra disciplina: no obstante estar

compuesta por hechos concretos, en cierto modo irrebatibles, éstos pueden

observarse desde puntos de vista distintos.

 

Napoleón desde las colinas de Waterloo veía acercarse una nube de humo y pensaba que era su Grouchy, cuando en realidad eran los prusianos que avanzaban para terminar con él.

 

Muy distinto debió ser el significado de la nube de humo para Wellington.

 

Otro caso muy clásico es el de los indios que una mañana de octubre ven

llegar unos armatostes de madera a sus playas; un punto de vista acerca del

episodio es desde luego el de Colón al frente de su carabela y haciendo

realidad sus profecías.

 

Otro, el de Rodrigo de Triana quien con su grito de avistaje de tierra creyó ganar los diez mil maravedíes instituidos como premio por los Reyes Católicos.

 

Esto es para mí una prueba irrefutable de la condición genovesa de Cristóbal Colón: se quedó con los diez mil maravedíes que en realidad correspondían a Rodrigo de Triana.

 

Un ejemplo muy moderno y concreto de la amplitud de perspectiva que puede dar un pequeño giro en el punto de vista es un trabajo que Roberto Di Stefano publicó en Todo es Historia sobre las Invasiones Inglesas.

 

Uno se pregunta qué más se puede decir de las Invasiones Inglesas.

 

Di Stefano mostró cómo se percibían las invasiones inglesas desde el punto de vista de los fervientes católicos que eran los porteños de Buenos Aires, frente a esa invasión de herejes que

venían a poner pie a esta fidelísima ciudad.

 

Es decir que el complotismo es algo que quita a la historia su sentido más entrañable, su encanto más particular.

 

La otra historia, la verdadera

Por Luis Alberto Romero

 

La mención de Roberto Di Stefano al Código Da Vinci recuerda la vastedad del universo del complot, de la amplitud de la mentira sobre las versiones del pasado.

 

El código Da Vinci se ubica más bien en el área de la creación literaria, pero hay algo que nos impresiona particularmente a los historiadores.

 

Se trata de un fenómeno muy notable en los últimos años en la Argentina: es la cantidad de obras que no se presentan como creación sino como obra histórica y suscitan enorme atracción. Como historiadores no encontramos en ellas mucho de interés, no hay algo inédito.

 

Son una nueva versión, hasta diría algo degradada, de aspectos que el revisionismo ha venido desarrollando hace varias décadas, pero el hecho interesante es que se venden mucho.

 

Esto significa que hay un público que se identifica con esos textos.

 

Para los historiadores esas obras son algo así como un testimonio del sentido común historiográfico dominante en la Argentina en este momento.

 

En el centro de ese sentido común está lo que Félix Luna denominó complotismo: la idea conspirativa según la cual todo lo que ocurre

es responsabilidad de alguien que por definición es malo.

 

Cuando las ideas de complot y conspiración se unen con pasiones políticas fuertes resultan más impactantes.

 

Tal vez la madre de estas versiones en la época contemporánea sea la Revolución Francesa y su idea de que todos los males de Francia y de la Revolución provenían de algo que llamaba la "contrarrevolución".

 

En la contrarrevolución y su pequeño grupo director (los aristócratas, la Iglesia…) caía todo.

 

Ahora bien, si uno recorre la literatura histórica de divulgación en muchos países, siempre encuentra este tipo de libros, este tipo de acercamientos. Pero en la Argentina tiene un matiz singular, y es su fuerte cruzamiento con el nacionalismo.

 

En mi opinión, el nacionalismo es una especie de pasión enfermiza de la cultura política argentina. Con esto quiero decir que este cruce no me parece ni bueno ni sano.

 

Por ejemplo, la idea de raíz geopolítica de la conspiración persistente de nuestros países vecinos que pretenden quedarse con un pedazo

de lo que es nuestro: los chilenos, con la Patagonia o con el último

pedacito de campos de hielo; Brasil, que desde el siglo XVII no hace otra

cosa sino pensar en cómo aplastar a la Argentina; pero también conspiran los bolivianos, y ahora hasta los uruguayos.

 

De modo que estamos ante una matriz muy arraigada para mirar aspectos de nuestra política.

 

Haber logrado convertir a los uruguayos en partícipes de esta trama es una verdadera hazaña de nuestra cultura política.

 

Esto se cruza con otra corriente ideológico-intelectual: el antiimperialismo.

 

El gran conspirador es Gran Bretaña, y es muy fácil armar un argumento según el cual Gran Bretaña está detrás de Brasil, por supuesto; pero también detrás de Chile o de Bolivia o de Uruguay.

 

Se trata de una conspiración contra la nación argentina y contra el pueblo argentino.

 

Al introducir la palabra "pueblo" entramos en otra de las características de

esta reconstrucción: una parte de la conspiración, quizá la más pertinaz,

consiste en ocultar la verdadera historia, que es la historia del pueblo.

 

Este es un leit-motiv de esta literatura, heredera del revisionismo,

construida sobre el supuesto de que en la sociedad argentina hubo, hay y

habrá dos grandes partes: el pueblo y la elite, las clases dirigentes, los

dueños del poder.

 

El pueblo tiene una esencia eterna -la idea romántica del alma del pueblo-, tan eterna que puede abarcar a los gauchos de Rosas y a los trabajadores peronistas. Y frente a él, los dueños del poder, esa minoría que también es igual siempre -desde Rivadavia hasta el ingeniero Alsogaray, hay una especie de continuidad y de hecho son lo mismo-, siempre enemiga del pueblo.

 

Consecuentemente, hay dos historias: la historia oficial y la auténtica historia nacional o popular.

 

La historia oficial es engañosa, porque oculta lo que verdaderamente ocurrió y nos da una versión que siempre favorece a los enemigos del pueblo que son la elite dirigente, los dueños del poder y probablemente también el imperialismo.

 

Quien conozca lo que ellos llaman la 'historia oficial' sabe que en verdad son muchas versiones de la historia muy distintas, con múltiples controversias y querellas.

 

Quizás algunos recuerden la imagen de la película La historia oficial donde el director daba por supuesta la existencia de esa historia, y los alumnos le reclamaban a la profesora que revelara la otra historia.

 

Esa otra es la historia del pueblo. Y cuando se la revela se ayuda a liberar al pueblo de sus opresores.

 

De modo que no sólo tiene una función de conocimiento, sino también una función ideológica.

 

¿Quiénes son los que revelan esa historia, los que ponen de manifiesto la falsedad de la historia oficial y la verdad esencial de la otra historia? Bueno, ese es el papel que asume este tipo de historiadores.

 

Se atribuyen no sólo la misión de escribir libros de historia y venderlos muy bien, sino de poner en evidencia lo que estuvo siempre oculto y ayudar al pueblo en su liberación.

 

Dicho así, de manera esquemática y algo tosca, es difícil compartir estas ideas, pero estoy convencido de que están metidas en el sentido común de todos nosotros, e inclusive en el mío en alguna parte, y esta es la razón por la cual este tipo de libros tiene tanto éxito. Porque le hablan a una especie de sentido común fuertemente arraigado en nuestras cabezas.

Revisionismos

Por Félix Luna

 

Luis Alberto puso los puntos sobre las íes.

 

Yo no había querido referirme en forma tan concreta al revisionismo histórico, pero es evidente que el complotismo, esa forma de hacer historia, de atribuir a cuatro o cinco personas muy inteligentes, extranjeras, viejitas generalmente, que deciden y proyectan, mantiene un dejo de lo peor de la escuela revisionista.

 

No incurrieron totalmente en ella los hermanos Irazusta. Fueron prudentes en sus denuncias, en todo caso. Omitieron cosas, simplemente.

 

Por ejemplo, cuando denunciaban que para el ferrocarril de Rosario a Córdoba se había obsequiado una legua a cada lado de la vía, obviaban decir que se trataba de un uso absolutamente común en aquella época en las inversiones ferroviarias de riesgo, como eran en la Argentina, en la India o en los Estados Unidos.

 

En cambio, cuando hubo una lectura entre ideología histórica y partido

político, se hicieron grandes trastadas, porque ahí hubo engaños deliberados para exaltar a algunas figuras históricas y denigrar a otras.

 

No es que las figuras históricas no merezcan ser denigradas en algunos casos y exaltadas en otros, pero no está bien cuando se lo hace teniendo un motivo político en vista y dejando de lado los cartabones y las pautas normales de la historia.

 

El único consuelo es que todo esto está en remisión.

 

No importa que haya habido ediciones y ventas formidables de libros, programas de radio y televisión seguidos con mucha curiosidad; estas cosas no prevalecen frente a la historia en serio, la historia documentada, la historia basada en fuentes, en testimonios.

 

Yo no voy a pelearme con colegas, o con aspirantes a colegas; ellos hacen lo que pueden, lo hacen a la manera que saben.

 

Finalmente así como la historia en general y con mayúscula se pudo sacar de encima algunas excrecencias (las del revisionismo no fueron las únicas), así también va a poder relegar estos ensayos, estos balbuceos que significan muy poco, que no agregan nada a la historia y que, por el contrario, la

empobrecen.

La conspiración, un modo de pensamiento

Por Luis A. Romero

 

Voy a agregar una pequeña nota acerca de la idea de la conspiración como

manera casi espontánea de pensar, y motivo del éxito de quienes escriben en esa clave.

 

Hace poco escuchaba a un comentarista de fútbol explicar el

partido entre Alemania y la Argentina, donde en una famosa jugada Riquelme, en lugar de pasarle la pelota a Crespo que la estaba esperando, decidió patear al arco.

 

El comentarista, serio, muy exaltado, decía que el problema era que Riquelme estaba peleado con Crespo, y por eso nunca le pasaba la

pelota. Y más aún, Riquelme, una persona de mal genio, estaba peleado con casi todos sus compañeros delanteros, y cuando debía hacer un pase, lo hacía para atrás.

 

Es decir, Riquelme jugaba de espaldas al público, al arco contrario, porque estaba peleado con sus compañeros. Un periodista de una radio importante decía esto muy seriamente, y con esta disquisición conspirativa daba por explicado el partido. Yo creo que estas maneras de pensar están latentes en el tipo de literatura del que estamos hablando.

 

Preguntas de los asistentes

 

– ¿Qué tienen de positivo los escritores best-seller? ¿No creen que el

impacto de la masividad de libros y programas de divulgación es justamente lo inverso de simplificar a partir de humanizar los procesos, contextualizar los momentos, las situaciones, las  contradicciones, dado que el punto de partida es la historia aprendida en la escuela?

 

Félix Luna: En general no veo que contextualicen ni que lleven los debates a los momentos en que se dieron, ni que establezcan puntos de partida que nos ayuden a saber dónde estamos parados en ese recuento histórico.

 

Precisamente creo que este tipo de historiadores piensa que todos los tiempos fueron iguales, que la historia repite hechos episódicamente, pero nada más.

 

Para nosotros, por el contrario, la historia existe con profundos cambios en la manera de ser de los pueblos, de la gente, de las creencias, de las costumbres, de los modos de producción.

 

Entonces, todo tiene importancia para generar un hecho determinado. Esto es lo que no hacen estos historiadores o aspirantes a historiadores.

 

Luis A. Romero: Con respecto a la historia aprendida en la escuela, me

parece que es una de las cosas más sorprendentes de la literatura de la que

estamos hablando.

 

Los autores revisionistas en serio discutían con Bartolomé Mitre, con Vicente Fidel López.

 

Los autores que hoy se proponen revelarnos la verdad de la historia, se pelean con el Billiken, literalmente; y discuten por ejemplo si lo que se tiraba desde las azoteas era aceite hirviendo o simplemente agua hirviendo.

 

La calidad de la discusión de la revisión es bastante escasa. Pero hay una pregunta inquietante, para lo cual no tengo una respuesta fácil, que es si no tienen algo de positivo.

 

El problema es qué se está pensando, porque no hay cosas que sean positivas en absoluto para todos ni negativas en absoluto para todos.

 

Si se pudiera demostrar que alguien que nunca leyó nada al respecto y con estos autores comienza a hacerlo, me parece un dato positivo, es un primer acercamiento.

 

Quienes nos dedicamos a la historia nos hemos aproximado a ella por alguna vía periférica, en mi caso leyendo a Alejandro Dumas.

 

Hoy no diría que sus textos son una obra histórica de gran profundidad, pero cumplían la misión de acercamiento.

 

De modo que, en ese plano, es mejor leer eso que no leer nada. Pero, por otro lado, hay un peligro en esta difusión masiva: es la mala formación. Si

sistemáticamente se lleva al lector por un camino erróneo, lo positivo

empieza a ser negativo.

 

El punto crucial es el que planteaba Luna recién:el anacronismo, suponer que las cosas en el pasado funcionaron igual que en el presente, con los mismos criterios, mecanismos y valores.

 

Es lo mismo el contrabando del siglo XVI que el del siglo XX, que sepultar a Mariano Moreno en el mar es lo mismo que arrojar el cuerpo de un desaparecido durante la dictadura.

 

Este anacronismo impide que la historia ayude a pensar. En este sentido, me pregunto si en este caso es bueno leer, y ahí no estoy tan seguro.

 

– (A Luis A. Romero) ¿Sentido común o sentimiento del hombre común?

 

Luis A. Romero: Quizás no usé la expresión en el modo generalmente

utilizado. Creo que en nuestra cabeza hay un montón de cosas que pensamos sin saber que las estamos pensando.

 

Son formas automatizadas, instaladas en nuestro modo de mirar las cosas, que consideramos naturales y que cuando nuestra conciencia crítica no está activa piensa por nosotros.

 

Probablemente en el hombre común esto ocupa un lugar mayor que en el filósofo, aunque estoy seguro de que el pensamiento del filósofo está lleno de sentidos comunes.

 

Esos sentidos comunes no surgen de la nada, son elementos que se

van registrando, incorporando, por ejemplo oyendo.

 

Cuando uno oye mucho a los periodistas, termina incorporando el sentido común de los periodistas. Si sólo los oye, sin estar atento, incorpora mucho más y termina pensando como ellos, o considerando que las cosas son como ellos lo proponen.

 

– ¿No creen que la teoría conspirativa de la historia es un recurso de

auto-exculpación, al que acudimos para eximirnos de nuestro escaso éxito en la construcción de la sociedad argentina?

 

Félix Luna: Sí, puede ser, pero es un recurso bastante poco válido. Porque

es echar las culpas a otros, que no se sabe quiénes son, que no se definen

ni enjuician, que están ahí como una entelequia, y de vez en cuando puede

surgir un hecho, una frase, que pueda condenarlos, sin que esto signifique

que se les dé vida, ni que hayan tenido vida nunca.

 

De modo que es muy posible que ese sentido del complotismo tenga que ver con un sentido de derrota que los argentinos cargamos, y no sé si no nos gusta.

 

Porque aunque estemos en momentos no tan derrotistas, relativamente buenos, siempre es maravilloso cargar las culpas a cualquiera, persona o grupo.

 

Luis A. Romero: Coincido con el punto de vista de la pregunta. Y agrego algo polémico: la explicación que nos hemos dado de la última dictadura militar como una conspiración de un grupo perverso y reducido de militares, es una forma de no preguntarnos sobre lo que el conjunto de la sociedad hizo para que esto fuera posible.

 

Me parece que hay bastante de eso, y en muchos casos esto ocurre de una manera u otra.

 

Hay otro elemento que me parece que también influye: el complot nos da una respuesta simple y completa, no tenemos que pensar demasiado.

 

El simplismo forma parte del gusto por el complot, porque aplicamos la idea de complot a cosas que no nos conciernen directamente o no tenemos ninguna responsabilidad, pero que nos gusta ver explicadas de manera simple.

 

– ¿Sería una posibilidad superadora escribir historias bi-nacionales, por

ejemplo las Invasiones Inglesas escritas en conjunto entre historiadores

argentinos e ingleses?

 

Félix Luna: Sí, se han realizado intentos. Es muy difícil hacerlo porque los

prejuicios nacionalistas existen en todos lados, pero podría contribuir a

disipar algunas de las grandes exageraciones que se vierten en las historias

puramente nacionales y, peor aún, nacionalistas.

 

Luis A. Romero: Es muy interesante la pregunta porque creo que una buena cantidad de nuestro sentido común tiene que ver con la historia nacional y con la mirada nacional o nacionalista de nuestra historia y me parece muy bueno que los historiadores profesionales traten de tomar distancia de esa versión.

 

Una forma podría ser, por ejemplo, escribir historias comparativas.

 

Hace poco un historiador argentino, Fernando Devoto, y uno brasileño, Boris Fausto, escribieron una historia comparada de la Argentina y Brasil.

Es un buen camino pero no el único, porque el oficio de historiador nos exige ser capaces de tomar distancia sin necesidad de escribir en conjunto con colegas de otros países.

 

– ¿Qué pueden decirnos de las corrientes de pensamiento que influyeron en el pueblo criollo, en la época de las Invasiones Inglesas y en la Revolución de Mayo?

 

– ¿Cómo se vería la historia teniendo en cuenta el concepto de interés

nacional? Los casos de Belgrano, que se convirtió en militar improvisado sin haber nunca tocado un arma, y de Juan Facundo Quiroga, que siendo unitario defendió el federalismo. Éstos y otros casos, ¿son tenidos en cuenta por el historiador?

 

– Respecto de la guerra de la Triple Alianza: el imperio brasileño usó a la

Argentina para destruir al Paraguay. ¿Qué ventajas hubo para el bando

esclavista y cuáles para nosotros, además de la fiebre amarilla?

 

Félix Luna: La última es una pregunta típicamente complotista. Con todo

respeto, no merece mi contestación.

Las dos primeras se refieren a las primeras décadas de la Revolución de

Mayo, con todo el descalabro, las contradicciones, los enfrentamientos, los

choques que tuvieron lugar en aquellos azarosos tiempos. De modo que no

sabemos qué es lo que inspiró el alma de los gauchos que defendieron la

ciudad de Buenos Aires de los ingleses. Pero sí tenemos la seguridad de que

el triunfo debe haber dado una identidad renovada, más fuerte, más

fortificada; un orgullo que, por otra parte, se transmitió en canciones

populares, como suele ocurrir en estos casos. Lo mismo en el caso de Facundo

Quiroga, con todas sus contradicciones, sus crueldades, su valentía, sus

heroicidades, sus aspectos positivos como empresario nacional, y negativos

como militar que no supo conservar la temperancia en el trato con sus

enemigos. Son preguntas muy distintas pero tal vez Luis Alberto pueda darles una coherencia que yo no puedo.

 

Luis A. Romero: Encuentro que la coherencia está en un espíritu que anima a las tres preguntas que, otra vez con todo respeto, es casi la antítesis de lo que hemos venido planteando en estos momentos.

 

Luna ya dejó en claro la idea conspirativa que hay detrás de la pregunta de la Triple Alianza, que forma parte de ese mito de que Brasil está siempre complotando para acabar con la Argentina.

 

A los brasileños les divierte mucho que alguien suponga que Brasil tiene una política tan coherente desde el siglo XVII o en los últimos veinte años. Ellos no tienen tan alta opinión de su Estado ni de su diplomacia.

 

En cuanto a las otras preguntas, no entro en los contenidos pero señalo los

términos: "pueblo criollo" alude a la idea de pueblo que mencioné antes.

"Interés nacional" evoca a la otra vertiente de lo mismo, que es la idea de

que existía una nación.

 

Hoy entre los historiadores se trabaja mucho acerca de la construcción de la nación a lo largo del siglo XIX, un proceso lento, gradual, complejo, y se preguntan si en 1890 / 1900 ya existía o todavía requería grandes esfuerzos.

 

En 1830, 1820, 1810, en la época de Belgrano y Quiroga, había atisbos, todavía ni se sabía cuáles iban a ser los límites de la Argentina. De modo que definir un interés nacional en un país donde la Liga Unitaria y el Pacto Federal tenían opiniones tan diferentes y de alguna manera tan razonables de uno y otro lado, es muy difícil; yo no me atrevería a decir donde estaba el interés nacional en esa época.

 

En cuanto al "pueblo criollo", si tomamos el caso de la ciudad de Buenos Aires en las Invasiones Inglesas que mencionó Luna, ahí es claro que hay un proceso político concreto que constituye una unidad.

 

Ahora lo llamamos "pueblo", pero recordemos que Cornelio Saavedra es un comerciante nacido en Alto Perú, y Belgrano, que tiene ascendencia italiana, es un abogado que estudió en España.

 

Lo de "pueblo" es en el sentido constitucional, todos los habitantes de Buenos Aires, no sólo el "pueblo" popular.

 

Ahora bien, si salimos de Buenos Aires, hay muchos otros pueblos que no se enteraron o miraron con recelo o directamente se enfrentaron con este pueblo de Buenos Aires y esta es la historia de nuestras guerras de independencia y civiles.

 

Hablar del pueblo criollo o hablar del interés nacional refleja esa simplificación o sentido común al cual se dirigen estos autores y por lo cual tienen tanto éxito, en parte porque dan una respuesta simple.

 

Cuando uno dice "las cosas son mucho más complejas" no hay mucha gente dispuesta a seguirnos en esa complejidad.

 

 

– ¿Qué opinión les merece el uso de textos revisionistas en la escuela?

– ¿Mitre forma parte del complotismo?

 

Félix Luna: Yo niego al complotismo, de modo que niego a Mitre como

complotista.

 

No puede formar parte de una entelequia que no existe para mí.

 

En cuanto a la pregunta acerca de los textos revisionistas en la escuela,

fue contestada brillantemente por Luis A. Romero hace un momento. Si el

hombre no ha leído nada, si no sabe nada, que vengan los textos

revisionistas, y por algún lado va a ir activando dónde está la verdad.

 

Ahora, si tiene ya un cierto grado de conocimiento histórico, esos libros no

van a hacerle más que daño. En consecuencia no sería aconsejable ponérselo en las manos.

 

Pero eso no quiere decir estar de acuerdo con la censura ni mucho menos.

 

Consiste en confiar en el buen sentido y en el buen criterio de la gente y del público, que hasta ahora por lo menos, si bien en algún momento pudo abrazar parcialmente alguna de estas ideologías, finalmente las abandonó.

 

Hoy hablamos de autores, que por medio de ciertos métodos venden

grandes cantidades de libros, pero ya nos hemos olvidado de los José María

Rosa, de los Abelardo Ramos, de los Rodolfo Puiggrós, de los que tuvieron en su momento la voz histórica de la gente joven en Argentina y hoy

académicamente no existen.

 

Luis A. Romero: Con respecto a Mitre, entiendo que la pregunta se refiere a la obra de Mitre como historiador, no a Mitre político. Y creo que es una

obra muy compleja, que mira muchas cosas como para poder ser encasillada como complotista.

 

Con respecto a los textos revisionistas en la escuela, quiero matizar un

poco lo que dije antes.

 

No pienso tanto en los autores actuales, uno los conoce y sabe cuánto hay de estrategia de mercado en su producción y esto los hace bastante poco apreciables.

 

Pero los clásicos autores revisionistas, Irazusta, José María Rosa, también Puiggrós y Ramos, aportaron a la enseñanza de la historia en la escuela algo que para muchos dejó una huella, que es la pasión por el tema.

 

Esto en la enseñanza es una cosa muy importante; la pasión que el docente logra transmitir por el interés que el estudio de las cuestiones del pasado tiene para el presente.

 

Y eso es algo que los revisionistas hicieron muy bien.

 

Mucha gente llegó a la historia de la mano de los revisionistas y luego hizo su propio camino.