Podía tener razón con las palabras, pero con el dedo estuvo más cerca.

COMPAÑERO MIGUEL BRIANTE QUE ESTAS EN LOS CIELOS ¡ PRESENTE !

Battista, Saccomano, Ferreira, M.Garcia, Corbiere, Moreno, Fowill, Lojo, Friera, Parodi,

-Los ejes del hecho cultural -sostenía Briante-, son tres: la libertad, el compromiso y la acción. La cultura no debe estar asociada al arte decorativo, sino al gesto creativo.

KINCON

Compañero

MIGUEL BRIANTE

Que estas en los Cielos

¡ PRESENTE !

MIGUEL BRIANTE

Por Rodolfo Enrique Fowill

RECORDANDO A MIGUEL BRIANTE, AMIGO DEL ALMA

Por Emilio J. Corbière

LA LENGUA CLANDESTINA

Por Guillermo Saccomanno

LA LEY DE LA FEROCIDAD

Por Maria Rosa Lojo

EL HOMBRE QUE USABA LAS PALABRAS JUSTAS

Por Silvina Friera

BUSCANDO LA ÚLTIMA CURACIÓN

Por María Moreno

EL RITO DE LAS HAMACAS VOLADORAS

Por Lilia Ferreira

PERIODISMO CON ELEGANCIA

Por Gustavo Pablos

EL ERROR DE MORIRSE JOVEN

Por Vicente Battista

MIGUEL BRIANTE, EL COMPAÑERO MILITANTE

Por Martin Garcia

KINCÓN / UNO

Por Miguel Briante

LEY DE JUEGO 1/2/3

Por Miguel Briante

MIS COMPAÑEROS

Por Teresa Parodi

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MIGUEL BRIANTE

Por Rodolfo Enrique Fowill

 

El escritor Miguel Briante nació en General Belgrano (provincia de Buenos Aires) un 19 de mayo de 1944, y murió allí mismo, para muchos, antes de tiempo, el 25 de enero de 1995.

 

A los diecisiete años ganó con su relato Kincón el Primer Premio del Segundo Concurso de Cuentistas Americanos (premio organizado por la revista El escarabajo de oro y que compartió con Piglia, Rozenmacher, Gettino y Villegas Vidal).

 

Su primer libro de relatos, Las hamacas voladoras, fue publicado por Falbo Editor en 1964 y luego reeditado por Puntosur y Página/12. En 1993 Alfaguara publicó una nueva versión de su única novela, Kincón, originariamente aparecida en 1975 bajo el sello venezolano Monte Avila. Sus otros dos libros de relatos, muchos de los cuales forman parte de antologías del género, fueron Hombre en la orilla (Editorial Estuario, 1968), y Ley de juego (Folios Ediciones, 1983).

 

Briante ejerció los oficios de periodista y crítico de arte con la misma lucidez que ponía en sus textos literarios. Aparte de los catálogos, críticas de arte en revistas internacionales y colaboraciones en medios como La Voz, Artinf y Vogue, entre 1967 y 1975 trabajó para Confirmado, Primera Plana, Panorama y La Opinión, entre 1977 y 1979 fue Jefe de Redacción de Confirmado, entre 1982 y 1984 fue Jefe de Redacción de El Porteño, y desde 1987 hasta su muerte estuvo a cargo de artes plásticas en Página/12. Los artistas argentinos también recuerdan su paso por el Centro Cultural Recoleta, primero como Asesor (1989-90), y luego como Director (1990-93).

 

REF/

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Entre sus obras:

Las hamacas voladoras (1964). Falbo Editor. Reeditadopr Punto Sur y Página/12

Hombre en la orilla (1968). Editorial Estuario.

Ley de juego (1983). Folios Ediciones.

Ley de juego

Capítulo primero

De más lejos

Kincón (1975). Monte Avila, Venezuela.

Kincón (1993). Nueva versión. Alfaguara.

Capítulo – comienzo

Textos sobre las artes plásticas

El retorno del brujo que pinta (1969)

Gómez: la caída de los dioses (1990)

Gorriarena con todo (1993) (incluye galería de cuadros)

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RECORDANDO A MIGUEL BRIANTE, AMIGO DEL ALMA -CREACION Y BOHEMIA DE LA GENERACION DE LOS ‘60

La reedición de Ley de juego y de otros textos dispersos de Miguel Briante, permiten recordar a un talentoso escritor y periodista fallecido prematuramente. Hombre de la tertulia y las redacciones, amigo cabal.

 

Por Emilio J. Corbière

ARGENPRESS

 

Lo conocí en Confirmado, en 1978, en tiempos de noche y niebla, cuando él era ya una figura legendaria de nuestras letras, representativo entre los escritores de la Generación del ’60.

 

Había nacido en 1944, en la localidad  bonaerense de General Belgrano, su patria chica, en donde murió trágicamente. Apenas tenía 20 años cuando publicó su primer libro de cuentos, Las hamacas voladoras (1964), y luego otro: Hombre en la orilla (1968). Después llegó su novela: Kinkón (1974), que lo consagraría, y que iba a reescribir para la edición de Alfaguara, en 1993. Diez años antes, la editorial mexicana Folios publicó sus relatos, escritos entre 1962 y 1982, reunidos en el volumen Ley de juego.

 

Recuerda Abelardo Castillo, que junto a Liliana Hecker animó la célebre revista El escarabajo de oro, cuando el joven Briante, de 17 años, los conmovió a todos con su excelente prosa. A pesar de las peleas, los debates o las discusiones, era difícil no quererlo a Briante, como intelectual y como persona.

 

Itinerario vertiginoso el suyo, como el de quien se busca a sí mismo y finalmente llega a la orilla de la serenidad, junto a sus seres queridos, allá, en General Belgrano. Vida tempestuosa pero auténtica, de una sola pieza. Decía bien Susana Viau: –De la tilinguería, por suerte, lo salvaba su manía de provocar: se metía en universos que no le pertenecían para patotear.

 

Charlas y noches interminables, caminatas, bares, redacciones de diarios y revistas, una librería en un conventillo, que en realidad era una tertulia para recibir a los amigos, un atelier de pintor, lo vieron pasar, siempre alegre como escéptico, pero por sobre todo, solidario.

 

Una pasión

 

Decía Briante que –para nosotros la escritura es un sonido: una pasión pero también un espacio a rodear y construir, un oficio. Y en ese oficio hay un continuo que viene desde el fondo de los tiempos, tiempos que también en nuestra provincia tienen su línea, su asentamiento gradual.

 

Había vivido intensamente Buenos Aires pero siempre se consideró un extranjero en la ciudad que, a pesar suyo, lo adoptó. Tras una exitosa gestión de dos años y pico al frente del Centro Cultural Recoleta que terminó cuando se negó a desalojar a las Madres de Plaza de Mayo un día en el cual debía concurrir el presidente Carlos Menem a una muestra sobre el Holocausto judío, volvió a su pueblo donde la muerte lo encontró, todavía joven y en plenitud.

 

El oficio de escribir

 

-Los ejes del hecho cultural -sostenía Briante-, son tres: la libertad, el compromiso y la acción. La cultura no debe estar asociada al arte decorativo, sino al gesto creativo, a la libertad, a la difusión, al estímulo, a la actualización de los programas educativos. Todo ello cumplió durante su vida y también como funcionario a cargo de la responsabilidad de una dirección cultural representativa. ¿Cuántos pueden decir lo mismo? Briante poseía no sólo una fina escritura y una pasión creativa.

 

Conocía a los grandes escritores y frecuentaba su lectura. Entre ellos solía recordar Los cuentos de inquietud de Conrad, Pedro Páramo de Rulfo, los dublinenses de Joyce, el cuento largo La balada de café triste de Carson M’Cullers, el Bell Ami del prodigioso y malogrado Guy de Maupassant o el Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald. La presencia de Borges en él fue fundamental.

 

Rechazaba la pedantería de muchos escritores, las sentencias, las profecías, las astucias sobre la realidad. Pero se divertía con la ironía de Stevenson, de Leon Bloy, de Oscar Wilde.

 

Tenía también un costado romántico y cuando hablaba de personajes, le gustaba recordar los desaforados hacendados de Faulkner, el pirata de la Isla del Tesoro; el Erdosain de Arlt; el viejo de un cuento de Haroldo Conti, y el Sandokán de Emilio Salgari. Pero por sobre todo, a su personaje, el cual creó en su novela «Kinkón», ese Kinkón (o Bentos Marquez Sesmeao).

 

Le gustaba Faulkner no sólo como escritor sino por aquel trabajo que tuvo en un prostíbulo. Y también la vida de aventura y riesgo -y por sus mujeres-de Hemingway; a Pindaro por –la lentitud -decía Miguel- con que se tomaba el vino en aquellos días. Descubrió que la literatura inglesa de talento -Kipling, Stevenson- había retornado al Viejo Continente de la mano de Borges, Pavese, Sartre y André Malraux.

 

Tal vez, el periodismo y los años trágicos de la dictadura desalentaron al escritor durante un período de su vida. Pero él había retornado firmemente por el camino de la creación, en realidad nunca lo abandonó. Se hace difícil pensar en Miguel alejado de la bohemia, de la amistad fraterna, de las redacciones, pero recordémoslo con Petrarca cuando decía: sobre la vida triunfa el amor/, sobre el amor, la muerte/, sobre la muerte la fama,/ sobre la fama, el tiempo,/ sobre el tiempo, la eternidad.

 

EJC/

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La lengua clandestina

 

Por Guillermo Saccomanno

Pagina 12/  

La historia que Briante pone en acción siempre pivotea sobre el método de la audición: alguien cuenta y lo que cuenta fue escuchado. Para tener boliche, escribe Briante, hay que ser traductor. Si hay un dato que importa, se lo señala. Con el dedo.

 

La operación narrativa de Briante, entonces, complementa dos intenciones: la traducción y el señalamiento como indicio plástico (a la manera del Vivo-Dito de Greco, cuando decía que en la plástica contemporánea lo que quedaba por hacer era señalar el arte allí donde no se lo veía). Un ejemplo: la intervención del narrador en el boliche, refiriéndose a Arispe: –Podía tener razón con las palabras, pero con el dedo estuvo más cerca.

 

De lo que se trata entonces no es tanto leer a Briante sino cómo leerlo. Recién ahora, terminando con el ninguneo y el olvido, empieza a analizarse su escritura y se van publicando ensayos sobre su obra. Briante tiene fama de escritor de escritores. Lo cual es cierto en un aspecto si se tiene en cuenta esa prosa de orfebre que lo distingue. Pero en otro aspecto, esa misma fama elitista oblitera su acercamiento.

 

La literatura de Briante no es fácil. Ninguna literatura verdadera, cabe acotar, lo es. Briante exige del lector, como se dijo, un pacto tácito. Al igual que en el boliche, hay que prestar atención no sólo a lo que se cuenta, esa atención particular, sino a cómo se cuenta, porque en el tono hay otra historia, subterránea, no menos reveladora y definitiva en cuanto arrojará luz sobre el sentido.

 

Cuando el bolichero se propone como traductor, lo que hay que traducir en Briante es un pedido al lector: el aprendizaje sosegado de una lengua que rehuye a un tiempo el guiño para avisados y el populismo.

 

No es, como la lengua borgeana, una lengua con prestigio de rotograbado. Clandestina, la lengua de Briante se habla en los márgenes literarios, que son los geográficos, donde se anclan sus relatos, en las afueras del pueblo, en la orilla del río.

 

Es la lengua de los desposeídos apartados de la moral y las buenas costumbres burguesas. Y es una lengua que, al propiciar una poética, define también una posición política. Aquello que Briante encuentra en esta lengua de lo criollo marginal –es decir, no sellado por una aceptación canónica como el malevaje borgeano, folklórico, cliché oficial– parece coincidir con la cuestión de la lengua en Gramsci: ruptura con el mandarinismo intelectual y búsqueda en lo vulgar, donde se rastrea una manifestación artística renovadora.

 

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La ley de la ferocidad

 

Por Maria Rosa Lojo *

Pagina 12/  

 

La cortante y compleja narrativa de Miguel Briante mantiene, desde lo temático, una punzante actualidad argentina. Sus antihéroes, marginales o marginados, se consumen en la lucha contra una sociedad que los desprecia y a la que desprecian.

 

La mirada de los otros es para ellos, como para los personajes de Sartre, el infierno. Pero no se le entregan pasivamente. La violencia es a menudo la única opción que tienen para enfrentarla, como Kincón, ex policía (marcado desde el origen por el desamparo y una monstruosa fealdad de simio), que muere combatiendo contra los representantes de un orden que lo excluye y al que ha tratado vanamente de asimilarse.

 

En los locos, asesinos, suicidas, prostitutas, o seres señalados por algún menoscabo físico o intelectual que habitan sus relatos, se revela la verdad negada: la injusticia, la mezquindad, el sadismo del mundo regulado, sólo aparentemente prolijo contra el cual se recortan las existencias abruptas de los que ya no tienen nada más que perder.

 

También los que se encuentran o se han encontrado alguna vez en el extremo superior de la escala social, y desde allí se permiten romper las convenciones, los valores, la moral de los burgueses, denuncian la falsedad y la abyección del sistema.

 

La auténtica ley de juego (título de uno de sus libros) se comprende en otra parte: en la ferocidad y la felicidad de los elementos naturales (como su omnipresente río Salado), donde todos son iguales ante el riesgo, el amor, la muerte inexorables.

 

* Escritora, crítica e investigadora. Autora de Un espacio para la marginalidad, primer estudio crítico de la obra de Briante.

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El hombre que usaba las palabras justas

Cronista de observación aguda, testigo de un criollismo que él supo reinventar, crítico de arte y cuentista, Briante fue una figura insoslayable de la literatura argentina.

 

Por Silvina Friera

Pagina 12/  

 

La distancia temporal con la que se mira (y lee) la obra de Miguel Briante permite alumbrar una zona medular de su escritura: narrar, a su manera, con el oído adherido al modo de expresarse de los personajes que habitaron su mundo ficcional y periodístico.

 

El arte de la narración rebasa la copa de la sintonía auditiva porque el escritor apela a la mirada que, más allá de lo aparente, construye zonas que no son meras copias de la –realidad, como el pueblo siempre quieto a la hora de la siesta o las voces y las risas de los adolescentes que emergen a la orilla del río. Era su ley de juego, las fichas que arriesgaba en la literatura.

 

Se dice que su estilo era económico, ajustado, afilado, que nunca sobraba un adjetivo, un sustantivo o un verbo. Esa adhesión estética permite trazar una cronología en la literatura argentina: hay un antes y después de Briante. No porque rompiera amarras con Sarmiento-Borges-Arlt, o Hernández-Lugones, sino porque se sacaba de encima el peso de la herencia, especialmente la borgeana, integrando y reescribiendo a estos autores canónicos.

 

Desde la óptica de la crítica literaria, su proyecto consistió en reelaborar el criollismo borgeano, invirtiendo el punto de vista con el que se aproximaba a la pampa. Frente a las referencias universales de Borges, Briante arranca del pueblo chico hacia lo general. Y Ley de juego (cuentos publicados en 1983, pero mayoritariamente escritos durante la década del ’60) transparenta esta empresa, parafraseando a ese adolescente de dieciséis años del relato Ultimo día:-Había que encontrar otra forma de decir las cosas. Y el cuentista prematuro, el pibe Briante, lo hizo.

 

Narrador precoz

 

Briante nació el 19 de mayo de 1944 en General Belgrano (provincia de Buenos Aires) y murió allí mismo, cincuenta años después, al caer de una escalera de su casa. A los nueve años ya vivía en Buenos Aires, y con tan sólo diecisiete años ganó un concurso organizado por la revista El Escarabajo de Oro, con un jurado integrado por Beatriz Guido, Dalmiro Sáenz, Humberto Costantini y Augusto Roa Bastos.

 

Ese cuentista precoz despuntaba un estilo tan acabado y singular, tan propio de eso que se llama –madurez en la escritura, que la marca Briante se imponía quizá con la certeza de que sus mejores libros ya estaban escritos.

 

A los veinte había publicado Las hamacas voladoras, sus primeros relatos, a los que siguieron Hombre en la orilla (1968) y Kincón (1974), su única novela.

 

Aunque su publicación fue posterior, buena parte de los cuentos de Ley de juego corresponden a esta etapa inicial en la que aparecen los ecos de las influencias que ejercieron Carson McCullers (con La balada del café triste y El corazón es un cazador solitario), Faulkner y el mexicano Juan Rulfo, como modelo de escritor y de escritura.

 

Quizá porque fue un escritor que trabajó intensamente en distintos medios periodísticos –entre 1967 y 1975 jugó en los equipos de Confirmado, Primera Plana, Panorama y La Opinión–, su única novela y sus cuentos padecieron de una recepción mezquina, no exenta de una deliberada crueldad, propia de los prejuicios del academicismo literario que para analizar una obra necesitan repetir, cada dos líneas, el Padrenuestro barthesiano, foucaultiano o derridiano, según quien escriba, tics teóricos rebuscados y pedantería universitaria de la que Briante desconfiaba; lo suyo era la sobriedad de quien escribe con elegancia, sin necesidad de presumir, sin estridencias ni exuberancias barrocas.

 

La pionera en saldar este ninguneo fue María Rosa Lojo, en 1987, con su estudio crítico Un espacio para la marginalidad (ver aparte), y hace tres años Elisa Calabrese y Luciano Martínez en Miguel Briante: genealogía de un olvido (Beatriz Viterbo).

 

La prosa de Briante fue intensa; era un equilibrista eximio de la crónica periodística, podía hacer un corte, desviar la atención, suspender el punto álgido del relato, pero tocando siempre las cuerdas de la armonía.

 

Hay que releer La noticia de los que esperan noticias, publicada en este diario en 1990, y reunida en la antología periodística Desde este mundo (editada recientemente por Sudamericana), para comprender su manejo de los puntos de vista, la entonación, la fluidez de la crónica, hasta dónde contar para no caer en lo obvio.

 

El estilo periodístico de Briante era, vertebralmente, literario. Y para muestra basta recordar apenas unas líneas de esa gran crónica: –Hay gente de todos lados que espera. La tiran al suelo y todos se abalanzan. Es muy cruel, señor; la tiran como quien la tira a los chanchos, a la comida.

 

También fue crítico de arte –dirigió la sección de artes plásticas de Página/12, desde 1987 hasta su muerte–, también el Centro Cultural Recoleta, y publicó reseñas en La Voz, Artinf y Vogue.

 

El Rulfo de la pampa

 

El modo austero de contar y el hecho de que se señalara, con insistencia, que fue un autor de poca obra publicada remiten a la construcción del mito Briante, que entronca con Rulfo, escritor a quien admiraba. –Yo no escribo, reedito, provocaba el escritor y periodista, acaso ironizando o contraponiendo su prematura incursión en las letras con lo que se esperaba de él.

 

¿Por qué ese apetito por lo prolífico, la fábrica de cuentos o novelas listos para salir en serie, como condición sine qua non del oficio de escribir? O, para plantearlo en términos similares: ¿es válido comparar el mundo de la producción con el ejercicio de la literatura? Tal vez sea preciso revisar las categorías de brevedad o de abundancia a la luz del caso Briante.

 

Es cierto que su obra literaria estuvo en desventaja si se la compara con sus artículos periodísticos –en las redacciones buscaba ese mango que te haga morfar–, pero no es menos cierto el problema de los márgenes; cuántas de sus crónicas periodísticas cabalgan entre el periodismo y la literatura, como atentamente lo percibió Luis Chitarroni, a cargo de la selección de los trabajos periodísticos de Briante, al incluir al final del libro la nota sobre el secuestro y el asesinato del embajador Hidalgo Solá bajo la categoría de –cuento periodístico.

 

Briante era el Rulfo de la llanura pampeana; al igual que su maestro, a quien pudo entrevistar en México a mediados de 1968, se había ejercitado en el lenguaje rural y semiurbano que había oído hablar en su infancia, en su adolescencia, y rehuyó de la retórica porque prefería capturar la complejidad de lo simple. Si sus ficciones resisten los achaques del tiempo es porque restituyó la palabra contar –tantas veces descalificada no sólo en la pintura sino en la narrativa– a la literatura argentina.

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Buscando la última curación

El escritor, pintor y crítico de arte fue homenajeado en General Belgrano, su pueblo natal. Briante disfrutaría, además, con el recuerdo crítico de sus lectores menos complacientes.

Miguel Briante formó parte de una brillante generación de escritores y pintores.

 

Por María Moreno

Pagina 12/  

 

-Poné una coma para bajar a tomar agua, indicaba como quien enseña a desmalezar un campo. O a una mujer respondona a la que desaconsejaba posar de James Dean: –Si ganás siempre no vas a perder nunca. Se trataba de algo más que de cultivar aforismos: de un gusto por la síntesis que comenzó como un ideal aristocrático y terminó afilándose en un estilo que hacía de lo mínimo otra cosa.

 

Miguel Briante, escritor, pintor y crítico de arte, murió hace cinco años pero, involuntariamente, curó, el día del aniversario de su muerte, 25 de enero, una suerte de performance con la estructura de la Cruz del Sur.

 

En un punto de la pampa (Tandil) Jorge Di Paola se sirvió un whisky y brindó con un fantasma. En otro, cruzando el río (Salto), Antonio Dal Masetto fue a sentarse en un lugar sobre la barranca que da al balneario y pidió cerveza. No habló de fantasma sino de encuentro y se acordó que –la prosa no es más que nostalgia de la poesía.

 

En un tercero (Gral. Belgrano) un grupo de hombres y mujeres respondió a unas palabras de homenaje, al borde de una tumba, en el cementerio, esperando para brindar. En el último (Buenos Aires), Fogwill tal vez no levantaba ninguna copa, pero escuchaba el mensaje con la cita en Belgrano, creía que era al día siguiente, entonces evocó a Briante y una versión de la canción Papiros (cigarrillos) cantada por Barbara, una francesa de origen polaco, bellísima –Briante la hubiera aprobado– y la diseminó por Internet.

 

En Gral. Belgrano era, dicen, demasiado tarde o demasiado temprano para detectar entre las sombras esas lucecitas de bar que orientan, en los cuentos de Briante, al Loco Toledo a quien le tocó un caballo como a nadie, a Marcelino Iglesias el que pide perdón, al Moro que sabe que seguir la ley de juego que consiste en lanzar la taba con la mano (literalmente, quedar manco por no perder la mano de la suerte), todos ordenados en torno al bolichero Arispe que comparte con Enrique Wernicke el Don que indica respeto (Don Enrique Wernicke es un nombre en una dedicatoria, Don Arispe la insistencia de muchos relatos).

 

Pero es mejor porque de ese modo se puede seguir soñando con esas pulperías metafísicas adonde unos gauchos de Molina Campos hablan con sentencias zen, creando una postgauchesca adonde la única política es la de la lengua. 

 

Si la poesía es nostalgia de la prosa, el homenaje es nostalgia de la crítica. Reescribe recuerdos, corrige los retratos y disuelve los libros en el personaje.

 

Cicatrizar e inscribir viene a ser lo mismo y está bien esa placa en el cementerio, aunque a Briante debía de gustarle más ese otro, lleno de yerbas malas y de ladrones, adonde el Huckleberry Finn de Mark Twain iba a fumar su pipa de pasto y a buscar gatos muertos para frotarse las verrugas y hacerlas desaparecer.

 

Faltan las versiones de Briante de aquellos que a él le importaban por sobre todo, los lectores capaces de usar el facón contra la corrección política y de guiarse por el propio gusto sabiendo explicarlo (cortito). Por algo leyó mucho antes que la mayoría La cultura de la queja  de Robert Hughes, crítico destemplado y fino, hombre de otro gran lugar vacío: Australia, que es como decir –al menos en el mito– una manera de la pampa.

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El rito de las hamacas voladoras

 

Por Lilia Ferreyra

Pagina 12/  

 

-Miguel nació aquí y fue nuestro amigo. Y también escribió sobre nosotros, como escribió sobre ese personaje de este pueblo que se llamaba Kin Kon, en realidad un policía malo cuya historia Miguel transformó en poesía.

 

 El intendente de Gral. Belgrano, Esteban Tolosa, se sonrió frente a las cincuenta personas que anteayer se reunieron en el cementerio local para recordar a Briante, fallecido hace cinco años al caer de una escalera en su casa en las afueras de la ciudad bonaerense.

 

  A las 8 de la tarde comenzó el homenaje que vecinos, familiares, autoridades y amigos del escritor le hicieron frente a su tumba, donde se descubrió la placa que testimonia el recuerdo del pueblo de General Belgrano.

 

Allí estaban y también hablaron sus amigos, entre ellos los artistas plásticos Luis Felipe Noé y Oscar Smoje, como si todavía no hubiesen podido disipar el estupor que les causó aquel 25 de enero de 1995 la muerte de Briante.

 

El acto fue breve y terminó bajo la luz cada vez más tenue del atardecer. Hubo un silencio que se rompió con un aplauso que resonó entre las tumbas del cementerio. Afuera, en el inmenso cielo sobre el horizonte del campo bonaerense volaba una bandada de pájaros.

 

Alguien recordó el rito de las Hamacas Voladoras del noroeste argentino. Cuando muere una persona, sus amigos buscan el árbol más alto para colgar una hamaca y balancearse hasta el vértigo para ayudar al alma del muerto a llegar rápido al cielo.

 

Miguel Briante supo de ese rito y así se llama uno de sus libros. Pero afuera del cementerio no había ningún árbol cercano y mucho menos una hamaca. Entonces, el otro homenaje –más próximo a su memoria– se hizo en el café frente a la plaza del pueblo donde las anécdotas corrieron sobre la mesa como el cinzano y el fernet. Y después, un asado al asador con litros de vino tinto donde se decidió que en mayo del 2001, en el mes que el escritor, amigo y vecino hubiese cumplido 56 años, el homenaje se hará en el Centro Cultural Miguel Briante de este pueblo que cada vez se llama más Miguel Briante. 

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Crónicas periodísticas

Periodismo con elegancia

Por Gustavo Pablos

De la Redacción de La Voz del Interior

cultura@lavozdelinterior.com.ar

 

En el momento de presentar un libro de Miguel Briante, autor de una de las obras literarias y periodísticas más rigurosas e intensas de nuestro panorama literario, quizá sea imposible prescindir de los elogios. Por haber producido una obra breve y espaciada (ya que no renunció a distribuir su arte narrativo entre los textos de ficción y los periodísticos), su nombre no ha prosperado, como el de gran parte de sus contemporáneos, en el casillero del canon literario argentino, pero el talento y la elegancia de su escritura permanecen como una lección digna de ser retomada.

 

La lección es sencilla: en un medio donde la cantidad y la aceleración suelen ser sinónimos de productividad, la reticencia y el ritmo pausado (sumado a su temprana muerte en 1995) tanto para escribir como para publicar (y que sólo le permitió dejar tres libros de cuentos –Las hamacas voladoras, Hombre en la orilla, Ley de juego y, publicado póstumamente en 2003, Al mar y otros cuentos– y la novela Kincón, relegan su nombre a un margen del mercado. Pero lo dejan cerca de quienes buscan en la lengua literaria y periodística algo más que un correcto montaje de episodios.

 

Es preciso recordar que Briante perteneció a una generación de escritores que entendía el ejercicio de la literatura y del periodismo como regidos por una misma moral: el compromiso con la palabra y la escritura es un compromiso político (varios nombres lo acompañaron en esta dirección, como el de Rodolfo Walsh o el de Tomás Eloy Martínez, a pesar de los caminos divergentes que, con el tiempo, tomarían cada uno de ellos).

 

Como ejemplo de ese activismo fue jefe de redacción de Confirmado entre 1977 y 1979; entre 1982 y 1984, de El Porteño, y además publicó innumerables trabajos sobre literatura y artes plásticas en Artinf, Vogue, Panorama, La Opinión. A su vez, en Página/12 se encargó de la sección de artes plásticas.

 

En los trabajos publicados en todos estos medios pudo desplegar y poner en juego un estilo y una actitud que algunas empresas periodísticas prefieren sacrificar ante al altar del dato.

 

Desde este mundo reúne una parte significativa de su producción periodística, dispersa en diarios y revistas en el período que va desde fines de los años ’60 hasta mediados de los ’90. Además de ser una suerte de testimonio de comunidades, problemas, coyunturas y discrepancias de nuestra historia reciente, es una riquísima muestra de quien supo conciliar –sin confundir– la prosa de la mejor literatura con la pasión de la más rigurosa investigación periodística.

 

En el libro encontramos, por un lado, en la primera parte, una serie de crónicas sobre las diversas Argentinas escondidas en un vasto territorio (la vida de los indios tobas, de los matacos, de los wichi, y también la de organizaciones laborales marginadas, como los trabajadores portuarios). Por otro lado, la segunda y tercera parte reúnen textos y entrevistas en formato de crónica sobre escritores (Borges, Bioy Casares, Rulfo, Oesterheld, entre otros) y artistas plásticos (León Ferrari, Carlos Alonso, Gorriarena, Benedit). El libro cierra con una crónica literaria sobre el secuestro de Hidalgo Solá.

 

Todos los textos, como también los recopilados en 2003 en Al mar y otros cuentos (así como la feliz edición de Sacate la careta, de Alberto Ure , ese mismo año) transmiten la convicción de que la activa política de edición por parte de las editoriales, debe ir acompañada de una no menos activa política de recuperación de autores y textos perdidos. Una recuperación de obras y voces que tuvieron–y aún tienen– cosas importantes para decir.

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El error de morirse joven

Una ansiada reedición acerca los últimos relatos de Briante y su poética de locos y desesperados.

 

Por Vicente Battista.

Clarin

 

General Belgrano es un pueblo de la provincia de Buenos Aires, está a 160 kilómetros de la Capital y lo bordea el río Salado. No se diferencia en nada de los otros pueblos vecinos: tiene su iglesia, su municipio, su plaza y su hotel. Los ricos y notables se dedican a la cría y engorde de ganado vacuno, a cultivar la soja, el trigo, el maíz, el girasol y la papa. Los locos, borrachos y desesperados, a protagonizar los cuentos de Miguel Briante.

 

En 1964, a los veinte años, Briante publicó Las hamacas voladoras. Kincón, uno de los cuentos del libro, había obtenido el primer premio en un concurso organizado por la revista El escarabajo de oro. Beatriz Guido, Dalmiro Sáenz, Humberto Costantini y Augusto Roa Bastos, jurados de ese concurso, coincidieron en que de Kincón les habían asombrado dos cosas: primero, la calidad del cuento y luego, la edad del cuentista.

 

Pero un buen cuento no alcanza para juzgar a un narrador. La publicación de Las hamacas voladoras disipó las dudas. Miguel Briante, un jovencito de veinte años, había realizado una acabada relectura de Jorge Luis Borges, lograba una perfecta reelaboración de su escritura y resolvía, de paso, un conflicto que preocupaba a la mayoría de los narradores de la llamada generación del 60 y que sería, además, tema de futuras polémicas: ¿Cómo tomar la voz de Borges y forjar con esa voz un estilo propio?

 

Miguel Briante nació en General Belgrano y, aunque a los nueve años ya vivía en la Capital Federal, el río Salado, el Club Social, el Rotary, la intendencia, las calles y las gentes de ese pueblo bonaerense continuaron siendo las escenografías y los personajes de sus relatos.

 

Regresaba a General Belgrano una y otra vez, acaso a la búsqueda de nuevos asuntos o quizá, para encontrar la respuesta a alguna oscura pregunta que no dejaba de formularse. A General Belgrano fue a morir en el verano del año 1995.

 

En 1975, Kincón aquel cuento inaugural, se había convertido en una novela. Antes apareció otro volumen de relatos, Hombre en la orilla, y en 1983 publicó el que iba a ser su último libro: Ley de juego, ahora reeditado.

 

Las hamacas voladoras se abría con un cuento: Capítulo primero. Ese mismo cuento abre Ley de juego. Una apertura que de alguna manera también significa un cierre, un modo de poner todas las cartas sobre la mesa, una forma de volver al pueblo del que, en definitiva, nunca se había ido. –Creo que en aquella época de los 60 todos confesábamos, escribió Briante. Capítulo primero es una confesión, un acabado perfil de quienes iban a ser sus personajes y un anticipo de los conflictos que poblarían sus historias.

 

Doce cuentos integran Ley de juego. Es un volumen de relatos que se puede leer con el aliento de una novela: sus protagonistas pasan naturalmente de uno a otro cuento, pueden ser actores en éste y mero miembro del coro en aquél. –No había esperanzas, leemos al comienzo del libro, y esa desazón permanece: impregnará el resto de sus páginas.

 

No hay esperanzas en el padre borracho sin remedio al que una ambulancia llevará vaya saberse a dónde; tampoco hay esperanza en el hijo internado en un colegio religioso, ni en la burda iniciación sexual que ese mismo chico vivirá en el próximo relato.

 

Así se encadenan doce cuentos en los que Briante pone en movimiento su notable técnica narrativa, con los distintos y definitivos puntos de vista a los que recurre para contar sus historias: una poética que ya había inaugurado en los primeros textos.

 

Miguel Briante cometió el error de morirse joven. Su obra se reduce a una sola novela y a una veintena de cuentos, que en su momento suscitaron envidias y rechazos. Sin embargo, hoy no parecen preocupar a los estudiosos de nuestra literatura: Briante no integra el vacilante y arbitrario canon argentino.

 

No hay que inquietarse más de la cuenta: con el natural paso del tiempo y una vez que se hayan calmado los tumultos del presente, los textos de Miguel Briante ocuparán el sitio que verdaderamente merecen. Hay que celebrar, entonces, está reedición de Ley de juego.

 

VB/

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MIGUEL BRIANTE, EL COMPAÑERO militante

Por Martin Garcia

 En 1987 compartimos con Miguel Briante la militancia peronista por el retorno de los peronistas a la lucha eleccionaria luego de años de liderazgo alfonsinista. Miguel venia del Partido Intransigente que por entonces conducia el Bisonte Oscar Alende y quiso participar con nosotros en un ambito cultural-artistico-reflexivo que termino llamandose La Comision de Diletantes, por obra y gracia, sobre todo por la gracia de Alejandro Dolina.,

 

Nos juntábamos con Miguel, con Alejandro Dolina; con Emilio del Guercio (ese grande de Almendra y Aquelarre, un excelente diseñador grafico; con Carlos Nine, otro monstruo, el enorme plastico, dibujante y caricaturista,  que hacia las tapas de la revista HUM® y muchas de las ilustraciones de Clarín; el innovador y talentoso Chango Farias Gomez; el cineasta de Cine Liberación, Gerardo Vallejos; la exquisita escritora y periodista Cecilia Absatz; el poeta, rocanrolero y humorista Pancho Muñoz; Helenita Goñi, personalidad autosustentable; Cecilia Rossetto; el amado escritor y periodista oriental Alberto el Gato Carbone;  Alberto Cormillot, Jose Pablo Feinman; Julio Barbaro que nos presto una oficina para que nos reunieramos; Carlos Carella, el nunca bien ponderado Alfredo Moffath, en fin, una banda. Tuvimos charlas interesantisimas, cuando la prensa-en plena campaña- nos visitaban, los dejabamos participar pero les prohibiamos las notas y las fotos, prohibidisimas, (por llevar la contra). Luego del triunfo de Antonio Cafiero en la Provincia de Buenos Aires y de un monton mas en las demas provincias (pasamos de 12 provincias gobernadas por el Justicialismo a 17 ) con Busti, Bordon, etc comenzamos a reunirnos por cuestiones muy concretas como los chicos de la calle y que habia que hacer, mejorar los institutos de menores o sacarlos de alli y ponerlos con sus familias o con familias sustitutas, en fin. De alli salio una linea de pensamiento que apuntalo el Plan de de Familias Sustitutas que pusieron en marcha Alberto Cormillot con el fuera de lo comun Alberto Morlachetti, que hace rato milita en los derechos humanos de los niños desde Pelota de Trapo. Miguel Briante aportaba a esa discusión con pasion y valentia.

 

Después compartimos muchas cosas con el. Cuando todo creiamos que Menem iba a ser Peron II, Miguel se comprometio en la gestion publica tratando que el Estado fuera lo que ahora empujan Castro y Chavez, en sus respectivos gobiernos y administraciones, es decir que le sirviera al pueblo y no fuera un kindergarten de gente desocupada y desesperanzada y mucho menos, soberbia y maliciosa e hizo esfuerzos y tomo decisiones para mejorar la atención a l pueblo y brindarle mas cosas y mejores por menos plata. Actuo como lo que era, un militante comprometido con la gente comun, la gente del pueblo.

 

Su gestion en la secretaria de cultura de la Ciudad y, en particular, en el centro Cultural Recoleta, seguia-sin saberlo-los lineamientos que Tom Peters le aconsejaba a los grandes managers de las empresas  Majors, creatividad ene. Caos para generar mas opciones, nuevas ideas, mas servicios, mejores descubrimientos, etc. Miguel lo hacia desde su militancia cultural y politica y siempre habia una sonrisa, una reflexion sabia, una contestación original, ante el consabido –No se puede.

 

Gracias a  Miguel pusimos en el aire, por tres dias, un canal abierto de TV para Buenos Aires, el Canal 5 de Recoleta, con autorización del COMFER, y una frecuencia asignada por la Secretaria de Comunicaciones que servia solo para tres dias de uso. Esa experiencia fue visitada por 20.000 personas. Participo todo el mundo: Las Escuelas ORT; los estudiantes de locucion de COSAL; Batato Barea; la asociación de videastas; con la direccion del legendario Pancho Guerrero; y la producción general de tres grandes ejecutivos de la Televisión, Bernarda Lorente, (hoy en TELEFE, primera en audiencia ); Maria Laura Leguizamon, una idola y el escritor, y director Claudio Ferrari (Hoy y triunfando en la tele , como tantas otras veces -ahora con Casados con hijos- con Florencia Peña y Guillermo Francella).

 

Sin Miguel Briante, su apoyo, su libertad y su decisión, esa experiencia hubiera sido imposible.

 

Después compartimos muchos cafes, charlas al aire libre en la placita de San Telmo, puchos, comentarios ironicos sobre la gorilaza y demas momentos inolvidables, que compartidos, hacen que una ciudad como Buenos Aires, un pais como Argentina y un lugar como La Patria Grande, sean, cotidianamente tan disfrutables y eternamente, tan entrañables. Cuando me toque tomarme el buque, me llevare de esas calles, de esos cafes, esos momentos inolvidables con el gato Carbone, con Miguelito Briante, con Alberto Breccia, con Nicolas Sarquis, en fin, la lista es grande y maravillosa, como los compañeros.

 

Y una para el final, un cuento de una gauchada memorable de Miguel, que todo lo hacia facil y al mismo tiempo, todo lo sorprendia. Cuando haciamos la publicidad del PAMI en una nueva etapa –para mi la mejor que recuerde en decadas- con aquello de El Instituto de los Grandes junto a actores de la talla de Juan Carlos Thorry, Osvaldo Miranda; Amelita Vargas y la divina Iris Marga,  vino Anthony Quinn a la Argentina. Como la campaña se basaba en la cultura que compartian los grandes, que era el cine, (después y en paralelo con la radio y mucho antes que la televisión), y en los cines de barrio, Anthony Quinn aparecia en una película u otra, a cada rato (Sangre y Arena, Viva Zapata; Réquiem para un luchador; Barrabas, Los Bucaneros; y luego Zorba, Lawrence de Arabia, La Strada, en fin) nos tentamos a pedirle si no haria un aviso para el PAMI. Quinn habia venido a la Argentina a exhibir sus pinturas y sobre todo sus esculturas en el Centro Cultural Recoleta que dirigia Briante.  Le pedimos a Miguel que intercediera por nosotros, ante tan extraordinaria figura del cine mundial y le dijera si no podriamos filmarlo para una publicidad del PAMI, una institución de servicios, publicos, estatales, de los jubilados para anunciar los nuevos servicios y beneficios, etc. Habia solo un requisito, que debia aceptar Anthony Quinn, y era que si lo hacia debia ser gratis, sin cachet. Y Miguel acepto el desafio de nuestra changa paraguay como le dicen a estas misiones en el norte del litoral. No se como hizo Miguel, sera que estuvieron escabiando, o tomandose un café por ahí, lo cierto es que Anthony Quinn actuo para el PAMI, por obra y gracia de Briante, dijo que si que como no, que el era presidente de una asociación de actores jubilados de Hollywood y que con mucho gusto. Asi fue como Anthony Quinn se incorporo a las demas estrellas de la campaña del PAMI, guioneado por Norberto el Pato Vieyra ( Extraña Dama, El Cordobazo), fotografiado por  el escritor y fotografo Oscar el tano Balducci y dirigido por el querido y legendario cineasta Carlos Galettini, por entonces, tambien miembro activo de la Comision de Diletantes del Justicialismo, como nosotros.

 

Cada tanto, uno va por Buenos Aires, y de pronto piensa en Miguel y su esposa, la hermosa Michele y te falta Miguel Briante. Te falta. Cuando un amigo se va, deja un buraco. Y al mismo tiempo, te acompaña. El amor es eterno, la amistad, tambien. Los compañeros, estan presentes.

 

Desde que se fue, es parroquiano del boliche del Comando Celestial, junto al Bisonte, al viejo, a Santa Marta, a Manuel, Mariano, el Chacho, Felipe, a la Eva, a Rodolfo, Haroldo, Paco, Vicky, Benito, Arturo, Raul, Macedonio, en fin, ya sabemos.

 

MG/

 

N&P: El Correo-e del autor es Martin Garcia martingarcia@velocom.com.ar

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LITERATURA ARGENTINA

   MIGUEL BRIANTE

Kincón

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UNO

 

Yo me llamo Bentos Márquez Sesmeao y estoy acostumbrado a morir. Se lo digo nada más para que se acuerde, Miranda, ya que usté es joven y le puede faltar la memoria. Se lo digo para que vaya sabiendo que si se me antoja que no pasa, por fuerte que sepa pechar su tobiano y filoso que tenga el cuchillo. Yo no soy hombre de esos que se pueden sacar cagando a lonjazos. Todavía me le puedo plantar a un caballo por ancho que sea de pecho y duro de garrones que sea. Y mentira eso de que puedo salir corriendo si me ponen un espejo enfrente, porque hasta para mi cara estoy curado de espanto. Y no se ría, porque es de verdá mi nombre, acuerdesé. Bentos Márquez Sesmeao, y nada de eso que me nombran en el pueblo. Ni Negro ni Carneiro ni el Cabo Negro ni Kincón, que fueron nombres que, contra todo, ya me empezaban a gustar. Pero no en gentes como usté, Miranda, que al fin y al cabo son lo mismo que yo, peones o así. Hubo otros que me lo pudieron decir y hasta me gustaba, contra todo. Pero usté no, Miranda, usté mejor no. Así que mejor haga el rodeo que le digo, cada vez que sale. Mejor endereza para el lado de la estancia misma y se aguanta la vuelta, por lejos que le quede el pueblo en ese modo. Después de todo debe ser lindo andar por los cardos, ahora que es verano, porque a cada pata que pone el caballo en las tierras se largan a volar un montón de gritos, a más de las perdices. Eso digo. Mejor eso y no lo de andar probando qué de ligero le sale el cuchillo, bien a tiro de mi vista, para intimarme y que no me arrime al alambrado, cada vez que usté amaga para acá. Aparte que le va a costar trabajo porque ya hace rato que apuntalé bien la tranquerita, con tres clavos así contra el poste, y es mi derecho. Cuando mucho se costea un poco más para arriba, porque mi franja es corta y alambrado de la estancia hay a patadas, contra el camino, para pasar. Ya sé que a los ingleses no les gusta, pero mejor se anima a eso en vez de andar jodiendomé a mí. Usté dirá que es una pavada eso de poner la estancia, digo la tranquera principal por allá a cuatro leguas, y yo digo que sí. La tranquera principal de le estancia. Pero también digo que cuando la pusieron (y esas épocas yo lo sé mejor que usté, porque algo a mí me trajo Don Tomás), cuando la pusieron el pueblo no era ni así de grande. Y aparte que ahora es lo mejor, porque los patrones salen derecho al camino, y están a lo mismo de Monte que de Belgrano. No a lo mismo, pero lo mismo de cómodos una vez que encaran la ruta. Imaginesé si para ir a Buenos Aires, o mismo a Monte, tuvieran que salir por este lado. Sería como media hora más, que es lo que hay del Manantiales a la entrada de la estancia ida y vuelta. Se lo digo más justo, para que entienda. Usté sabe que en auto, desde la entrada de la estancia al puente Manantiales, que es como decir el pueblo, hay cuarto de hora, y sería bastante perder tiempo, cuando se quiere ir a Monte, venir en coche por el lado de adentro un cuarto de hora, para hacerlos de vuelta por el camino que uno vendría viendo todo al costado en el viaje. Media hora justa, fijesé. Claro que usté es el que se jode porque con el tobiano se hace como hora y media para venir a Belgrano cuando con cruzar ya casi está. Pero no es mi culpa, Miranda, y yo no paro de aconsejarlo bien. Usté tramitesé con los ingleses de abrir una tranquera donde termina mi terreno, ahí cerca. Porque no es mi culpa que la parte mía caiga justo donde estaba esa tranquera, Miranda. Así me gusta, cebesé el último, solito, ahí en su puesto, y no insista en arrimarse porque esta franja es mía, según consta en el testamento del mismo Don Tomás, y yo bien que la voy a hacer respetar a la memoria dél. Algún día vas a tener un lugar para morirte, Bentos. Así me dijo una vez. Cumplió y acá estoy y yo voy a hacer respetar su memoria, la memoria del que fue su patrón. Pero el campo está bueno, a esta hora, y mejor no discutir. Ni pelear. Eso también decía Don Tomás, a veces, a la tarde. Que el campo estaba bueno y yo digo que quería decir que estaba tranquilo, el campo, y él en esas veces no paraba de dibujar y de dibujar. Y él decía que días así uno podía ser como los chicos y agarraba el lápiz más finito y ahí se estaba, dele darle y darle vueltas al lápiz con rayas muy finitas y así en el papel le salían plantas como de juguete y vacas como de juguete y él se reía. Eran las cosas que más me gustaban, claro que yo nunca entendí mucho y para esas cosas hay que entender. Porque las cosas que no hacía con lápiz, esas de color, no me gustaban nada. Pero las de lápiz y esas de rayas gruesas, con la carbonilla, siempre me hacían algo. Esas más gruesas eran todas retorcidas y oscuras y a mí no me gustaban mucho, pero me las quedaba mirando y él me decía que era porque cuando las miraba me hacían acordar cosas, pero no sé. En cambio, esos dibujos de rayas finitas me ponían contento y de ahí tengo la costumbre de decir que el campo está bueno a esta hora, como él decía, y yo mismo me pongo alegre y nada de ganas de pelear. Ni discutir. Así que mejor que cada uno de nosotros se lama solo, Miranda, cada uno en su misma casa. Va a ser mejor. Es lindo cuando uno puede terminar el día en paz de Dios, sin que le tiemblen las manos por las rabietas. Mejor terminar el día sereno, mirando cómo se acaba la luz natural, ahora que es verano y junto con lo oscuro empiezan a joder los grillos y cada charco parece un circo, de lo alborotado. Puras ranas y sapos, aparte de los ladridos, que recién empiezan. Es así. Primero yo lo veo a Miranda que ceba el último mate y va para el lado del corral, que está a unos cincuenta del rancho donde vive. A unos cincuenta metros. A unos cien de mi vista, más menos que más, de seguro. Por lo menos, así era cuando yo estuve en la estancia, que se decía que el rancho del puesto número cuatro estaba justo a cien metros de la salida para el pueblo. Entonces más más que menos, ahora me doy cuenta. Porque mi terreno es de este lado, donde era el camino vecinal y era de la misma estancia. Después hicieron el camino y el gobierno le compró la parte a los de San Manuel, así que El Negrete se agrandó en lo que era, claro que los ingleses no tocaron nada y así parece de ancho el camino a lo largo, nada más que con alambre en el pedacito que me dejó Don Tomás, justo acá en la punta y cerca del pueblo, que hasta eso pensó. Y habría que sacar la cuenta de cuánto terreno se pierde así, que serían treinta metros de ancho por todo lo largo que hay desde el Manantiales hasta más allá de la tranquera de entrada, con curvas y todo el camino, como más de cuatro leguas. Una punta de plata, digo yo. Esas cosas se las podría decir a Don Tomás pero no a éstos de ahora, que apenas para no quedar mal con el pueblo ni nadie me dejaron venirme al terreno éste. Me dejaron por cumplir con el testamento de Don Tomás, que me trajo del Brasil y que se acordó de mí siempre y hasta el último momento y hasta escribió de mí y de cómo me encontró y todo en esos papeles que me dejó con algunos dibujos. Pobre Don Tomás.

 

    

* Capítulo 1 de Kincón, de Miguel Briante (1975). Republicado en 1993 por Alfaguara. © 1992 Alfaguara

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MIGUEL BRIANTE

Ley de juego

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1

 

     –Porque el vino es de entrar pero no de salir –dijo el hombre, y el otro lo miró.

     –¿De qué almanaque lo habrán soltado? –habló, como al pasar.

     –De aquí–, y sacó una taba. Fue un gesto silencioso, tan viejo que el otro se levantó. Afuera, el sol se iba cayendo, seguro. En la punta de los pastos empezaba la noche. El de la taba, tiró.

     –Culo –gritó el que no había tirado.

     –Usted tiene mala vista –comentó el otro, caminando. Serio, metió la taba en el tirador y casi como si no se moviera llegó hasta un rosillo alto, de patas oscuras, y casi como si no se moviera se acomodó en el recado.

     Cuando ya no se veía más que un montón de polvo, y no mucho, el que se había quedado clavó la vista en Arispe y le dijo:

     –Ya nos vamos a encontrar de vuelta.

     Arispe se sirvió una ginebra. Era tarde. Le dijo:

     –Moro, cierro.

     El que se había quedado dijo:

     –De entrar, Arispe, pero no de salir.

     Arispe apagó el sol de noche. Hubo esa última llamita, final.

 

2

 

     El Moro estaba apoyado contra el mostrador cuando vio entrar al hombre. Tenía el mismo tirador de cuero de carpincho, de otras tierras, y la misma mirada forastera de aquella vez, cuando lo de la taba. Arispe, que venía de las piezas, le dijo, bajo:

     –Moro, quieto –y el Moro se tanteó la parte de atrás, sintió el mango y descubrió que de golpe le habían empezado a sudar las manos.

     –Se le va a resbalar si suda tanto –dijo el otro, tocándose el ala del sombrero, en saludo.

     –Tardes –dijo el Moro, y se agarró al vaso de ginebra, y agregó: –Yo sabía que nos íbamos a volver a encontrar.

     –No charquee, paisano –dijo el hombre, y con un gesto de la mano izquierda imitó el gesto de la mano izquierda del Moro sobre el vaso de ginebra, y con la voz dijo: –A encontrar.

El Moro alejó la mano del cuchillo, la sostuvo un rato en el aire, para que se viera que estaba limpia, chasqueó los dedos antes de cerrar la mano y la cerró y cuando la abrió Arispe le puso una taba en la mano. El Moro miró a Arispe con agradecimiento y con rabia.

     –Bueno –dijo el otro, y de un manotazo se quitó el sombrero. Tenía tierra en las uñas y ese tranquilo, salvaje olor de otros lugares. –Salgamos. La noche empieza en la punta de los pastos      –dijo–, y va ser mejor ir saliendo.

     El Moro, ya en la puerta, dijo como si hiciera falta:

     –Tiro yo.

     El hombre concedió con la boca, a media sonrisa. El Moro tanteó, profesional, la taba; a través de la mano le llegó, hasta la boca, un gusto raro, como de acero que se iba pudriendo hacia la carne. La dio vuelta; el hueso, del lado opuesto al metal, estaba tibio, pegajoso. Tuvo miedo.

     –A usted le tocaba –dijo el forastero.

 

3

 

     Así que el Moro tiró. Según dirían después, se le fue la mano en ese tiro. Sintió que la muñeca le quemaba, supo que se le iban los huesos y la carne, pero no quiso mirar, todavía. La taba dio sus necesarias vueltas en el aire y cayó con suerte y el Moro, dolorido pero triunfal, se dio vuelta y le dijo al otro:

     –A usted.

     El otro lo miró, ladino, incomprensible como siempre, y le contestó, con una voz que Arispe, parado en la puerta del boliche, medio lejos, se acordaría para siempre:

     –No, así no vale. Usted la acompañó, don.

     El Moro se miró el muñón, miró la mano caída contra el pasto, muy cerca de la taba, miró la taba caída contra el pasto, muy cerca de la mano y brillante, ganadora, y con la mano que le quedaba sacó el cuchillo.

     El otro se abrió de piernas, se acomodó en el mundo como si le quedara chico y, sonriendo, lo esperó.

* Ley de juego de Miguel Briante fue publicado en Ley de Juego. © 1983

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Mis compañeros

De Teresa Parodi

 

Mis compañeros

beben el vino manso del pueblo

cantan canciones de amor y guerra

tan ardorosas como sus dueños

 

Mis compañeros

inquebrantables, puros sinceros

como quijotes jamás vencidos

tiran abajo molinos viejos

 

Dejan el alma en todo momento

en lo infinito del sentimiento

con alegría casi insolente

mientras construyen días tras día

las esperanzas de tanta gente

 

Sin concesiones, sin aspavientos

pero entregándose por entero

van por la vida, mis compañeros

 

Mis compañeros

de las canciones y el pensamiento

de las batallas y los esfuerzos

por el futuro que merecemos

 

Mis compañeros

de la poesía y la justicia

de las banderas y las consignas

del amor por todo ¡qué maravilla!

 

Teresa Parodi