Gorri señaló sus obsesiones, algunas de las grandes encrucijadas del tiempo que nos tocó vivir.

COMPAÑERO GORRI ¡PRESENTE!

Briante, Santana, Mangieri, Gargano

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Siendo peronista, Carlos Gorriarena pintó sus miserias y grandezas como no lo hizo ningún historiador (Aqui "No habra ninguna igual"). COMPAÑERO GORRI
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¡PRESENTE!
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GORRIARENA CON TODO
Por Miguel Briante
LA VERDAD AL DESNUDO
Por Jose Luis Mangieri
EL CANTO SECRETO DE LA PINTURA
Por Raul Santana
EL ARTE DE MIRAR
Por German Gargajo
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Gorriarena con todo

“-Un cuadro debe romper la pared”. 

Por
Miguel Briante 

En reiteradas oportunidades –en el deslumbramiento por cada muestra de Gorriarena, siempre otra vuelta de tuerca; en el comentario de un cuadro o en una charla– el redactor de esta nota se ha empeñado en recordar, tal vez porque cada vez se le juntaba en el recuerdo la imagen del furioso Roberto Arlt, un pensamiento, una frase de Carlos Gorriarena que decreta: “Un cuadro debe romper la pared”. 
 

Ahora, frente a los cuarenta y ocho trabajos que forman, en el Museo de Arte Moderno, una antología de lo que Carlos Gorriarena ha pintado en los últimos diez años, se podría anotar que, todos juntos, sus cuadros no rompen las paredes pero las habitan, las cargan de sentido –de historias, de registros, de acontecimientos–, las marcan de contemporaneidad. 

Eso, si contemporaneidad quiere decir estar en el mundo, medirlo, agregarle cosas, modificarlo. Carlos Gorriarena –sintetiza un currículum– ha realizado veintitrés exposiciones individuales y ha participado en ciento noventa colectivas en la Argentina, en Cali (Colombia), en México, en España, y ha obtenido, entre otros premios y distinciones, la beca John Simon Guggenheim Memorial Fondation en 1987, el Primer Premio Nacional a la Pintura Argentina 1982/83 Union Carbide (1983), el Gran Premio de Honor Salón Nacional de Pintura, Salas Nacionales (1986), el premio al Artista del ‘89 de la Sección Argentina de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (1990), y el I Premio Bienal de Pinturas de la Fundación Konex (1992). 
 

Esa cadena de reconocimientos está, de algún modo, sugiriendo que, por fin, el maestro Gorriarena está siendo reconocido como lo que es: uno de los pocos pintores argentinos vivos que ha burilado un estilo (si estilo es algo más que forma repetida, sello de fábrica; si estilo es, como quería André Gide, una “visión del mundo”) que es en sí mismo una firma, algo reconocible a la legua, una manera clarísima de decir “yo estoy aquí”.
 

Por supuesto, se sabe que Gorriarena no “está aquí” para decorar el mundo, sino para develarlo. 
 

Hombre de pasiones políticas –de pasiones que ahora, según él mismo, lo han entusiasmado pero lo han dejado en un borde propio, como siguiendo un camino que Joyce marcaba para cualquier creador contemporáneo, al mismo tiempo que definía su propia, intrincada obra: primero está el grito, la lírica, pero al final el autor se decide por una tercera persona perfecta, lejana, como Dios mirándose las uñas mientras el mundo sucede, abajo–, capaz de hacer intencionalmente que en un cuadro aludiera y hasta quisiera cambiar el entorno en el que estaba siendo producido, Gorriarena (quien en un reportaje que puede oírse ahí mismo, en el Museo, en un video, declara no haberse sentido nunca un pintor profesional, aunque su gesto reconozca que la pintura es su vida y en las palabras se apresure a decir que la pintura no agota su vida) es, ante todo, un animal visual.  

Pablo Suárez lo definía una vez más o menos así: “El pinta. El va y pinta. Hay un muerto, y él va y lo pinta”.

Pero en ese animal, en ese puro gesto, hay órdenes que la cabeza ya ha procesado –no en una simple operación mental, sino en un juego de espejos repetidos entre la cabeza y las manos, que aceptan mutuamente y vigilan sus impulsos– y que son la teoría en movimiento del artista.  

Fuera de toda técnica, ese andamiaje oculto, esa primera actitud, podría estar definida por el mismo Gorriarena cuando, en un reportaje, dice que, antes que las estéticas, prefiere una ética.
 

Esa ética, está claro, es propia. 
 

Un código que incluye al mundo y al pintor, a la pintura y al espectador, y aun a cada obra del pintor frente a cada obra.

Abierto a lo nuevo pero poco adicto a modas –y aun a las discusiones sobre las modas, que termina por ser otra moda–, Gorriarena se para frente a la tela con toda la libertad que él mismo se ha creado pero sabe lo que está haciendo. 
 

La historia de su pintura –alguna vez retrató los personajes que detectaban declaradamente el poder aun sabiendo que “el poder está en todos lados”; luego, en una de las tantas veces en las que su pintura giró sobre sí misma, se ocupó de ciertos rastros del jet-set que anda por las galerías de artes, rozó personajes que mezclan lo fellinesco con el posmodernismo, se asomó al tibio fenómeno punk de los suburbios de Buenos Aires, y ahora mismo sus cuadros rescatan una pareja perdida en una luz, o retratan una pareja que simplemente está en la cama, que simplemente existe– es la historia de una pelea contra las formas impuestas, contra la quietud, que es aceptación:
 “Cuando el pintor –recordó en 1989 que había escrito hacía más de veinticinco años– por intermedio de la poética, comienza a descubrirse tal cual es en un momento de su vida, comienza a transitar el peligro. Con la concreción de una poética personal el artista ha iniciado la construcción de su propia cárcel. Poética y estilo correspondiente pueden negarnos la necesaria conexión a la siempre móvil y fluctuante realidad”.  

Y en ese mismo 1989 podía hacer esta síntesis, negada a la exégesis de cualquier estudioso: “Alrededor de los años sesenta yo había roto los puentes con la realidad fenoménica. Disconforme con mi pintura anterior (de algún modo naturalista), pero también con esa especie de expresionismo abstracto al que me había conducido una múltiple ‘destrucción’ de la figura humana en el ‘64 o ‘65 comienzo una vuelta distinta a la figuración. Trataba de expresar, fundamentalmente, las circunstancias que vivíamos. Banderas, cajones, seres ‘aspirinados’ participaban simbólicamente dentro de un espacio dual en el que el color se va liberando y la organización comienza a ser una consecuencia de la internación. Estaba planteando las coordenadas de mi pintura actual”.
 

Su pintura actual está, ahora, con todo su proceso, a la vista. Solitaria, recortada de “la gran información existente sobre lo que se ha hecho o se hace” que “abarrota todo”, elaborada con la conciencia de que “la realidad siempre arroja sobre la palestra una serie de elementos constituidos por ella misma, imponiendo exigencias” –según dice el artista– esa pintura viene de la vida más cercana, menos abstracta, plantada en situaciones reconocibles, en atmósferas que envuelven al que mira de un modo sutil –invadiéndolo como algo íntimo, como algo inexpresado que se lleva adentro– en una alquimia de la que sólo el maestro Gorriarena es capaz.
 

MB/

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Radar|
Domingo, 21 de Enero de 2007 

La verdad al desnudo

De una ferocidad lírica con la que desnudó el espíritu de cada una de las épocas que le tocó vivir —las siluetas tenebrosas de las dictaduras, el drama emotivo del peronismo, el sarcasmo desbocado de la política en democracia—, pero también la belleza y la tristeza de las mujeres y la intensidad cromática del mundo, Carlos Gorriarena fue a la vez un pintor de cuadros en los que más de uno querría vivir y en los que todos vivimos. La semana pasada murió a los 81 años durante unas vacaciones en Uruguay y fue velado en una de las salas del Palais de Glace rodeado de sus propios cuadros. 

Por
Jose Luis Mangieri
Página/12 Web 

Gorri no dibuja antes sus cuadros, pinta directamente, es decir, ante la tela virgen empuña el pincel.

Siempre es muy directo en todo (jamás diré era).  

Ahí está su obra, donde queda registrada la historia argentina que nos tocó vivir. 
 

Siendo peronista, pintó sus miserias y grandezas como no lo hizo ningún historiador (aconsejo ver el cuadro de Eva Perón que donó a la Casa de Gobierno o el de Rucci sosteniéndole el paraguas al General, o el de los torturadores y, con especial ensañamiento, sus cuadros sobre los saqueadores del país). 
 

Por supuesto, no es un pintor “social”. 

 
Una vez dije: “Es nuestro Bacon, nuestro Dalí, nuestro David”, pero me corregí enseguida: “Es nuestro Gorriarena”. 

Generoso como ninguno con su obra, que desparramó a manos llenas en casas de sus amigos, tengo para él un equivalente en la poesía: Raúl González Tuñón y Juan Gelman, a los que cedió, como a tantos otros, las tapas de sus libros.
 

Participó en aquella mágica aventura que fue la editorial, revista y discográfica La Rosa Blindada que, como era de esperar, clausuró un general: esta vez Onganía.

Pero aquella generación sesentista tenía un lema: “Jamás podrán con nosotros”.

Y sí, en estos últimos años volvimos a sacar La Rosa con un poemario de Tuñón –Demanda contra el olvido–, cuya tapa le pertenece. Otra vez. 

El, que es un grande de la pintura, siempre nos decía refiriéndose a los colegas y también a los escritores: “El que se la cree, se jode”. Frase única que para más de uno fue y es un espejo deformante. Etica pura.
 

Fue un excelente caricaturista político en el diario La Hora del Partido Comunista, al que en aquellos tiempos pertenecía como todos; firmaba como “Riago”.

Después nos echaron, como correspondía, pero sigue hasta hoy informándonos con sus cuadros “que rompen la pared” sobre el país que “supimos conseguir”. 

Acabo de regresar del Palais de Glace donde su esposa Sylvia Vesco y el Oso Smoje organizaron una extraordinaria exposición de su obra, en la que él está presente en cuerpo y alma.

Que él también pintó en un autorretrato que nos ilumina con su irónica grandeza, como diciéndonos: “A ver si nos vemos la semana que viene a tomar unas copas”.
JLM/
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Radar|
Domingo, 21 de Enero de 2007 

El canto secreto de la pintura


 
Por Raul Santana 

Después de pasar la primera noche sabiendo de su muerte, me desperté consciente de que mi paisaje habitual sería profundamente alterado; recordé entonces aquellos versos de Borges (y cuando Borges habla de la muerte hay que escucharlo) donde le dice a su abuelo Isidoro Acevedo: “yo te busqué muchos días por los cuartos sin luz”. 
 

Yo no sabía de muertes, para mí la muerte era un accidente geográfico lejano.

Comprendí entonces que para mí ya era un accidente geográfico muy cercano.

Y mi mayor esperanza había sido que Gorri pasara este año: pensaba que entonces entraría en una inercia que le daría muchos años más.  

Vino a mi mente aquel autorretrato a los 99 años pintado hace ya no recuerdo cuánto en que el querido Gorri con un ridículo sombrero está subiendo la escalerilla de un avión con un maletín en la mano.

Recuerdo que le pregunté: “¿Y a dónde vas? ¿Qué llevás en la valija?”. Con una sonrisa contundente contestó: “La guita”, y nos largamos a reír como lo hacíamos siempre, cuando no nos peleábamos como perro y gato. 

Más allá de nuestras risas, más allá de nuestras indescriptibles discusiones, mi querido Gorri ahora está muerto.

Pero como le dije a Gerónimo, su hijo (mi ahijado): “Un pintor como tu viejo ya dejó su cuerpo y alma en las miles de telas y dibujos que hizo –y esto no quiere ser peyorativo de su profunda lucidez mental– y siempre lo vamos a tener en su obra”. Gorriarena se bifurcó entre matar y hacer vivir a la palabra; o mejor dicho: cuerpo y palabra armaron una visión de nuestra realidad que sigue siendo una incandescencia. 

Creo haber sido culpable de algunas interpretaciones de su obra de las que me siento orgulloso. Pero hoy también sé que fueron excesos de la palabra.

Gorriarena merece, y espero que con el tiempo otros lo hagan, otras simbolizaciones, otras palabras.  

Aunque sé que la materia de sus cuadros, el imaginario recurrentemente convocado hoy me impulsa a pensar que más allá de elocuencias, es en el trato silencioso con su obra, enigmática y hermética como la vida, donde discurre. 
 

Esto me permite afirmar que desde la autenticidad de la contingencia de su propia vida, desde el lado consciente de su toma de posición, Gorri señaló sus obsesiones, algunas de las grandes encrucijadas del tiempo que nos tocó vivir. 
 

Reclamos de justicia, burlas del hedonismo consumista, señalamientos de la miseria, estigmatizaciones del poder, que como dije alguna vez en otro texto, traza el mapa del dolor o la alegría.

Pero esto serían las caras más visibles de su arte; para decirlo de algún modo, lo más periodístico, y Gorriarena amaba las actualizaciones que le proporcionaba el periodismo. 
 

Pero, ¿qué hacemos con la vitalidad, el goce, y la alegría que cada una de sus telas, aun hablando de lo más tenebroso, manifestaban? ¿Qué hacemos con la multitud de detalles que cubren sus obras como un canto secreto?  

Entramos y salimos en la demencia de un sentimiento que también significa una explicación.
 Escribo estas palabras en el tercer día de acompañarlo en su muerte, sabiendo que el vacío que nos deja, además de transformar mi paisaje, es un vacío, como dijo su querido discípulo Germán Gárgano, al menos localizable.

Esperamos que otro artista venga a llenar ese vacío, aunque todos sospechamos que no es fácil que otra vez se concatenen los elementos necesarios para que así sea.
 

Adiós, mi querido Gorri. Anhelo que me esperes como siempre con un buen asado argentino en esa eternidad a la que llegaste. 

RS/

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Radar|
Domingo, 21 de Enero de 2007

El arte de mirar

 
Por German Gargano 

Gorri fue un rara avis, una persona muy especial para todos. Un tipo de una generosidad sin dobleces, de una actitud muy vital y franca.
 Lo conocí a fines del ‘82.  

Es decir, ahí fue cuando lo conocí físicamente: nos habíamos conocido antes por correspondencia, cuando yo estaba detenido, durante la dictadura: así fue como empezó a enseñarme pintura.

Al salir, fui a su taller y luego la relación se extendió a todos los órdenes de la vida.  

Estábamos siempre en frecuencia.
 Pero además de tener una profunda ternura, siempre fue una persona sin concesiones. En la última muestra se notaba que cada vez ahondaba más, que sacaba cada vez más y más de sí.  Ahí está el cuadro El pintor y su sombra, que estuvo colgado tras su féretro –lo elegimos especialmente para que estuviera allí, con Sylvia, su mujer, con Raúl Santana y con otros de sus amigos que estuvimos ahí– y que es de los más recientes y uno de los mejores. 

Gorri decía siempre que la pintura es la relación que uno establece con las cosas y con el mundo: no miraba la vida como se mira un cuadro sino que miraba un cuadro como se mira la vida.

Esto es muy importante para estar metido en lo que uno hace e ir siempre más allá del propio límite.

Superar el propio límite y a la vez ser quien uno es: suena paradójico, pero su pintura es eso también.  

A Gorriarena no se lo podía camelear.

Cuando algo venía muy bien armado o demasiado correcto, en las charlas –sobre cualquier cosa, sobre temas cotidianos– él siempre introducía algo que lo desbarataba todo.  

Uno estaba obligado a hablar en serio de las cosas, aunque estuviéramos charlando en joda. 
 

Las polémicas con él eran profundas; podían ser brutales pero nunca eran hirientes.

Una vez un amigo presenció una discusión muy fuerte y preguntó: “¿Siempre discuten así? Porque si es así, invítenme”.  

Todo un restaurante podía levantarse para mirar una discusión.
 Pero era como el box: terminaba la pelea y la relación no se había resentido en nada.  

Eso es algo que genera mucha vitalidad.

Gorri nunca era complaciente, y siempre dejaba una semilla.  Todos fuimos tocados de un modo u otro por él. 

GG/