Cotos, cupos y manejo sostenible de recursos silvestres.

DEJEN QUE A LA MESA, LA PONGA LA MADRE NATURALEZA.

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En algún momento de la era inferior del salvajismo, el hombre entendió que la predación selectiva mejoraba notoriamente las poblaciones que perseguía.

Dejen que a la mesa, la ponga la madre naturaleza.

COTOS, CUPOS Y MANEJO SOSTENIBLE DE RECURSOS SILVESTRES.

 

Por Arturo Avellaneda

 

La naturaleza no es sorda y responde a quienes tratan respetuosamente con ella.

 

No hace muchos años que las avutardas (En araucano: Cauquén) eran consideradas una plaga. Su estación migratoria invernal en el sur de la Provincia de Buenos Aires, coincidía con la actividad cerealera. Por eso los productores agropecuarios emprendieron su exterminio. Para liberarse se su presencia se contrataban avionetas, levantaban las multitudinarias bandadas de este bello ganso austral hasta el litoral marítimo, donde eran abandonadas sin chance alguna de regreso. Ningún medio masivo habló de esto jamás. Millones de individuos de esta fina especie de ave se perdían en el Océano. Con el actual repunte del cultivo comenzó su regreso, aunque esta vez con mejor suerte.

 

El decreciente número de espacios disponibles para la caza deportiva a nivel mundial, hizo que repentinamente Sudamérica fuera una interesante chance turística en este rubro. Cada vez un mayor número de aficionados a este noble deporte de campo, reconocen el vasto potencial que encierran nuestras generosas tierras de caza. Hablar de grandes aves acuáticas es decir palabras mayores, un tesoro de inapreciable valor, un motivo para proteger y resguardar un inigualable recurso biológico de cuyo aprovechamiento sustentable, dependen numerosos beneficios sociales y también ambientales.

 

Todo el tiempo había sido más rentable aprovechar las aves y no solamente el grano. Plumas para el duvet, hígados para el paté y la carne de las generosas pechugas. Que más evidente que notar que allí donde la naturaleza hace un trabajo más elaborado hay un beneficio también más caro para tomar. Para tener avutardas en un campo hay que establecer una generosa reserva de fauna y flora, a ellas les gustan los bosques, los lagos libres de contaminantes y los pastizales sin fumigaciones, hay que merecérselas. Al llegar el turismo, se reciclan los añosos cascos como hospedajes, se toman guías y asistentes de campo, se emplean mucamas y hasta cocineros gourmet. Más los transfers, obsequios, pasajes y comisiones, todos sabemos que estas son actividades que generan actividad, allá donde nunca pasó nada. Toda una nueva prosperidad que incluye también la distribución de aves en las escuelas, templos, hospitales y comedores solidarios; cae directamente del cielo a partir de un sencillo revalúo silvestre.  

 

Y el fenómeno crece. La explosión demográfica acaecida entre las bandadas de tórtolas doradas en nuestras sierras centrales, ha promovido un fenómeno similar. Inversión hotelera y aprovechamiento sustentable, una dupla exitosa de la que nadie habla y ningún funcionario promueve en público, pero que representa ya cerca de la mitad del ingreso turístico del exterior hacia la provincia de Córdoba, por mencionar otro caso también reconocido a nivel internacional.  

 

Mayor delicadeza requieren las múltiples especies de ánades (patos), tinámidos (perdices y martinetas) y becacinas (chorlos y agachadizas). Pero la demanda ya señala también un listado de especies exóticas que incluyen, faisanes, codornices, conejos y liebres, por mencionar algunas formas de excedentes naturales susceptibles de ser convenientemente aprovechados sin impacto ambiental alguno.

 

El milagro de la naturaleza no es un misterio, nuestro territorio ha cuadruplicado su superficie cultivable, ha descubierto el engorde a corral de ganado y además, se emplean ahora diversas formas de ensilado de grano a campo, vulgarmente llamado “silo bolsa”. Todo este movimiento, riega la campiña de alimento para aves. El resultado es un excedente poblacional que tranquilamente podemos rentar con una tasa de extracción biológica sostenible y así poder salir a buscar para ella al mejor cliente posible. El turista extranjero, que paga por una de estas expediciones, desde el precio de una computadora portátil, hasta el de una moto japonesa por una semana; se va contento. Hay en el mundo miles de clubes de caza, con millones de socios, todos quieren venir y si no se apuran no consiguen un turno para el año que viene.

 

A muchos ecologistas, imagino que les resulta violenta una solución adapatativa tan paleolítica, pero así son las cosas. En algún momento de la era inferior del salvajismo, el hombre entendió que la predación selectiva mejoraba notoriamente las poblaciones que perseguía. Así multiplicó su estirpe y se distribuyó por todo el orbe este animal que somos. Todos en definitiva hemos venido rentando la naturaleza de una u otra forma a través de nuestra historia evolutiva hasta poblar estas prístinas pampas. Mucho hay que mejorar en la comprensión de las múltiples y diversas maneras en que la vida se expresa y nos sustenta.

 

Pueda ser quizás que la bonanza cambiaria dure y que muchos turistas puedan visitar nuestras zonas de caza. Como así también que más y más gente encuentre recursos legítimos con que hallar trabajo y sustento. Y que se confíen cada vez más espacios a extracciones sustentables. La naturaleza no es sorda y responde generosamente a quienes tratan con ella. A veces hay que esperar y confiar en que la naturaleza en definitiva, sea la que ponga el plato en la mesa.    

 

AA/

N&P: El Correo-e del autor es Arturo Avellaneda arturavellaneda@msn.com