El fantasma de la guerra de las civilizaciones responde a una ficción funcional al estatu quo

LOS CIVILIZADOS Y LOS BÁRBAROS

Enrique Lacolla

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Enrique Lacolla:-El sentido de la palabra Occidente, trata de Occidente, sí, pero del Occidente capitalista en la etapa final de su decadencia.

GENTILEZA DE CAUSA POPULAR

Envio de Horacio Cesarini <hcesarini@arnet.com.ar>

 

En la senda de Manuel Ugarte, Arturo Jauretche y Jorge Abelardo Ramos

LOS CIVILIZADOS Y LOS BÁRBAROS

 

Por Enrique Lacolla

 

Por el mundo ronda el fantasma de la “guerra de las civilizaciones”. Fantasma, sí, porque en buena medida responde a una ficción funcional al estatu quo.

 

El 2007 se abre bajo el signo de la guerra de las civilizaciones. Libros, publicaciones, reportajes, crónicas y hasta el Papa Benedicto XVI, que alerta sobre su peligro –sin por eso dejar de añadir aceite al fuego con sus declaraciones sobre el mahometismo–, todos coinciden en señalar la posibilidad del choque y la acumulación de las nubes que lo preanuncian.


La realidad, por otra parte, no deja de abonar esa creencia con una serie de horribles atentados y la partición de Estados antes unidos y que ahora están seccionados en porciones étnicas y confesionales que se odian y se revuelven las unas contra las otras.

 

Lanzada como hipótesis por Samuel Huntigton en su libro El choque de las civilizaciones, la marcha de los acontecimientos tendería a probar la veracidad de los argumentos allí expuestos, ya que día a día se intensifican los odios confesionales, mientras que las potencias del Occidente desarrollado asumen la posición de víctimas, atribuladas por la irrupción mundial de una barbarie que se mueve a dos puntas: el terrorismo, del que los atentados contra las Twin Towers dan un escalofriante ejemplo, y la invasión de los inmigrantes, negros o de color cobrizo, que suben desde el sur miserable hacia Europa o presionan sobre la frontera entre México y Estados Unidos.

 

Pero los dirigentes del sistema-mundo, orgullosos de su pertenencia a Occidente, a la vez que dicen o afectan sentirse conmovidos o amenazados por el horror de las limpiezas étnicas y la irrupción de los nuevos bárbaros, no vacilan en propulsar políticas que, más allá del manto de las bellas palabras, perpetúan las tendencias hegemónicas que nutre la civilización europea –y, por extensión, estadounidense–, respecto de los países que entienden son su hinterland en Africa, América latina y el Medio Oriente.

A esto se contraponen las tesis que, más sensatamente, tienden a examinar la situación actual como consecuencia de la polarización entre países ricos y países pobres y el brutal desnivel en materia de recursos, expedientes de vida y de cultura que esa desigualdad provoca.

 

El panorama es complejo y resulta fácil ceder a la tentación del reduccionismo que lo interprete tajantemente, en un sentido o en otro.

 

¿De qué Occidente se trata?

 

La historia, sin embargo, ofrece claves que permiten intentar el desmalezamiento de esta jungla. Ante todo, conviene especificar el sentido de la palabra Occidente, que tan liberalmente se utiliza. Se trata de Occidente, sí, pero del Occidente capitalista en la etapa final de su decadencia.

 

Lejos estamos de negar la positividad y el carácter progresivo que tuvo el capitalismo a lo largo de su historia. Ese carácter progresivo no tuvo nada que ver con la moralidad, por cierto, por mucho que se hayan barnizado las empresas conquistadoras, colonizadoras o generadoras de las revoluciones sociales que cambiaron la faz del mundo con los emblemas del catolicismo, el puritanismo o la democracia. Pero esos emblemas en su momento no eran del todo ficticios y acarreaban una porción importante de convicción en la justicia de su causa en muchos de quienes llevaban adelante esos procesos y, por otra parte, impulsaban la libertad intelectual, el libre albedrío y la iniciativa individual.

 

El apetito de ganancia, por otro lado, es un motor sin el cual difícilmente hubieran funcionado los engranajes del sistema y se hubiera generado el dinamismo que promovió una tan profunda transformación del mundo desde fines del siglo XV a esta parte.

 

El problema consiste en que, desde hace mucho tiempo ya, las formas modernas del capitalismo han entrado en una crisis que, por primera vez, no se advierte que pueda ser superada sin modificar la esencia del sistema que la produce. Es decir, sin abolir la desaforada pretensión a la ganancia y a la constante creación por el capitalismo de un “Otro” del cual nutrirse.

 

Las colonias, la esclavitud, la substracción de la masas campesinas de su entorno rural para hacinarlas como un ejército de proletarios mal pagos en las ciudades, fueron las palancas que generaron la acumulación primitiva de capital que daría lugar a las revoluciones industriales y al sistema monetario mundial. En el presente este mecanismo tiene su réplica en lo que David Harvey llama la “acumulación por desposesión”, que encontró en el neoliberalismo la herramienta perfecta para destruir las ganancias sociales  logradas a lo largo del último siglo. [i]

 

Señala Harvey que las privatizaciones, la destrucción de las redes de seguridad gremial, la división del mundo entre muy ricos y muy pobres, la desposesión de los activos a través de maniobras bursátiles y la fuga de capitales; la mercantilización de la naturaleza que implica una merma de los bienes hasta ahora comunes (tierra, agua, aire), y, lo último pero no lo menos importante, la comercialización de los bienes culturales y la instalación de una industria mediática que desinforma, aliena y banaliza la realidad son, todos, expedientes que remedan la era de la acumulación salvaje del primer capitalismo, sin aportar, sin embargo, la aptitud de cambio que este sí tenía.                                

 

Pues si en el pasado era precisa la acumulación dineraria para propulsar las transformaciones técnicas que el mundo requería, hoy esos capitales sobreabundan y, lejos de ser invertidos por el sistema para promover el desarrollo global, son acaparados para continuar alimentando la lógica enferma de una acumulación que no tiene otro objetivo que el de reforzarse indefinidamente, para complacerse a sí misma y mejor resistir el embate de las crisis que que esa política suscita.

 

La dinámica de la guerra infinita

 

En este encuadre “el choque de las civilizaciones” encuentra una finalidad precisa. Es la forma de mantener la dinámica de una guerra permanente, que no tiene fin constructivo alguno, pero que permite eternizar el estatu quo.

 

Al generar unos antagonismos en teoría irreductibles, el choque de las civilizaciones se convierte en la fórmula perfecta de la profecía autocumplida. Tras suprimir o corromper las opciones que en el mundo atrasado y “bárbaro” intentaban reproducir el esquema del desarrollo ilustrado patrocinado por el Occidente capitalista, este se ha provisto de un contendiente ideal, el fundamentalismo –musulmán, de preferencia– que con su radicalismo religioso y su repliegue a los códigos más rígidos en materia de vínculos entre los géneros, promueve una diferenciación cultural emblemática y reinstala la desigualdad sexual en el seno de una sociedad moderna que tiene como uno de sus parámetros fundamentales a la liberación de la mujer.

 

 El panorama se perfila así como un choque entre la civilización y la barbarie. Esta fórmula es vieja como el mundo y tiene como rasgo distintivo la construcción del Uno por la destrucción del Otro.Pero hay una ley de hierro detrás de esta dicotomía, que fuera expresada por León Trotsky: “los civilizados cierran el paso a los que se civilizan”.

 

Para Occidente, hoy, la cuestión no pasa por expandir su modelo de cultura, sino más bien por impedir que este se reproduzca en forma genuina en el resto del mundo. Es decir, que si se reproduce, no lo haga de acuerdo a las necesidades intrínsecas de los países que lo adoptan y lo adaptan a su propia naturaleza, sino reformulándose como una caricatura y como un dócil instrumento de los dictados foráneos. Esto le arrebata legitimidad y lo convierte en una alternativa coyuntural y prescindible, incapaz de ofrecer una respuesta válida a las necesidades de sus pueblos. De Gamal Abdel Nasser a Hosni Mubarak media un abismo, y este en la actualidad está siendo llenado por el fundamentalismo.

 

La emergencia de este último es un problema mayor, pero más manipulable que las revoluciones nacional-populares que se propagaran a lo largo de los ‘50 y los ‘60. Es fácil inducir a la suposición de que el fundamentalismo debe ser combatido por Occidente en razón del reaccionarismo que implican la diferenciación racial y la originalidad confesional en que se funda, para no hablar del peligro –en parte real, en parte inflado o susceptible de ser manipulado– que representa como movimiento que hace del terrorismo su herramienta militar.

 

En esta dialéctica de la verdad y el engaño –o autoengaño– se basa la premisa central de la política contemporánea. La civilización y la barbarie se erigen en los parámetros de un choque global. Pero la barbarie no está tanto en quienes se debaten confusamente contra las coordenadas económicas, políticas y militares que no dominan, como en la naturaleza del sistema-mundo, que quiere perpetuarse a sí mismo sin liberar las inmensas potencialidades de cambio que hay en su seno.

 

EL/

 

[i] ) David Harvey, El nuevo imperialismo, Ediciones Akal, 2004, págs. 116 y siguientes.

 

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