Silencio, enojo y murmuración, antes que debate, fueron respuestas a esas páginas.

A CUARENTA AÑOS DE ‘HISTORIA DE LA GENTE DECENTE’

Gregorio Caro Figueroa

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Al ser derrocado Perón, mi padre era Senador e interventor en Sgo del Estero. Fue el último peronista que entregó el gobierno y de los primeros en ser detenido (GCF).  

Este correo lo ha enviado Néstor Miguel Gorojovsky nestorgoro@fibertel.com.ar

"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".Aparicio Saravia.

Amigas y Compañeros

Compañeras y Amigos

Cuatro décadas de historia nacional se condensan, de algún modo, en el cambio de perspectiva de Caro Figueroa. Del análisis social (más que historia) militante, al servicio de un ideal revolucionario sin perder rigor, el autor se ha ido aproximando a un planteo que recuerda vagamente al de Gilberto Freyre en su "Casa Grande e Senzala".

 

Se podría, y no faltará quien lo haga, hablar de cuestiones personales e individuales.  No nos sumamos a ese espíritu, entre otras cosas porque resulta de escasa utilidad: en cuestiones de política e historia, un vuelco personal siempre adquiere significación por el contexto general en que está inmerso.

 

Creemos, más bien, que en esos 40 años se tornaron irreconocibles o desaparecieron aquellas fuerzas que insuflaban vigor a quienes que, como el joven Caro Figueroa, denunciaban a los asesinos de Güemes.

 

Ese período ha presenciado la licuefacción del peronismo, la muerte del propio General Perón, la incapacidad del movimiento nacional para superar dialécticamente los límites del gran movimiento del 45 y, por ende, la liquidación del Estado central y el enajenamiento vil y traidor de las empresas nacionales; con ello se debilitaron hasta la impotencia y casi inexistencia tanto los sectores patrióticos de las FFAA como la potente y movilizada clase trabajadora que había hecho del nuestro el país más proletario de América Latina.

 

La burguesía nacional y sus diversas variantes provincianas, entre tanto, siguieron mostrando su raigal impotencia y estupidez.

 

En la segunda parte de esos ocho lustros, la feroz arremetida imperialista sobre la Argentina y el mundo no creó, precisamente, condiciones para la

audacia.

 

No se puede exigir de un intelectual que deje de expresar las victorias y derrotas de su pueblo.

 

A mi entender, allí hay un gran mérito en el escrito del Gori Caro: y es ante todo (pero no sólo) por eso, más allá del acuerdo o desacuerdo con lo que en él se dice, que lo pongo a disposición de los lectores.

 

Néstor Miguel Gorojovsky

nestorgoro@fibertel.com.ar

 

Fuente: https://www.iruya.com/content/view/10819/176/

 

A CUARENTA AÑOS DE

'HISTORIA DE LA GENTE DECENTE'

 

Por Gregorio Caro Figueroa

Este artículo pertenece a Noticias Salta Cultura

 

A fines de 1966, hace ahora cuarenta años, terminé de escribir el primer borrador de "Historia de la Gente Decente de Salta". Cuatro años después, modificado, se editó en Buenos Aires con un título que, con más criterio publicitario que rigor, modificó el editor interesado en extender al Norte argentino su límite real, acotado a Salta.

 

A 40 años de su publicación

 

No intentaré aquí una autocrítica. No porque permanezca atrincherado en la soberbia del que cree que no tiene nada que enmendar por no haber errado.


Tampoco porque haya elegido el repliegue vergonzante del arrepentido. No corresponde abrir ese capítulo ahora.


Creo en lo que dijo Víctor Hugo, y recordó Jean Guitton: "la mejor manera de corregir un libro es hacer otro mejor".

 

Este es un rápido paseo por el contexto y la "cocina" de ese libro.

 

Rescataría de él haber llamado la atención local sobre: la importancia de la historia social, las redes familiares, las mentalidades y pautas de comportamiento de la élite, y el haber tratado, de modo deliberado, de agitar la tranquila siesta provinciana.


Silencio, enojo y murmuración, antes que debate, fueron respuestas a esas páginas.

 

Haré aquí un solo cuestionamiento: ese trabajo utilizó como imán de lectores, con carga irónica y peyorativa, el término "gente decente"; pero no lo explicó, no lo desarrolló y tampoco lo colocó como uno de sus ejes.

 

En este punto también incurrí en el error de "sustituir el análisis por el estereotipo", como dice Manuel García Pelayo. Recién en los últimos años dediqué atención a ese análisis.

 

Esa posterior indagación, y no un giro político o un reacomodamiento oportunista, modificó mi idea de este y otros temas. Comprendí que "la indignación moral no es una ayuda para pensar con lucidez ni para comprender con simpatía el pasado", como explica Lawrence Stone. La saturación ideológica y las simpatías políticas facciosas, tampoco.

 

Con desaliño artesanal

 

El entusiasmo juvenil explica el desaliño artesanal, la temeridad en la elección de un tema tan vasto como complejo, y la amplitud del período trazado para su abordaje.

 

Tal audacia se explica, además, por el clima de época, la influencia de lecturas de ambiciosas síntesis de la historia argentina, ideológicamente sesgadas y polémicas, las que intenté acompañar desde una perspectiva provincial, entonces ausente.

 

Esos factores actuaron como compensación a las limitaciones y
carencias del medio local, entonces marcado por una incipiente vida académica y la escasez de información, donde la mordacidad verbal en pequeños cenáculos o textos esporádicos amparados bajo anónimos o seudónimos, reemplazaban la crítica social sistemática, escrita, publicada y asumida con firma por sus autores.

 

Si bien comencé a redactar ese borrador a comienzos de 1966, mi interés por el tema data de mediados de 1962, cuando leí un trabajo sobre "La Revolución Libertadora en Salta" en el número 29 del Boletín del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta.

 

Aunque en septiembre de 1955 era un escolar, recordaba con claridad y dolor esos episodios. Al momento de ser derrocado Perón, mi padre era Senador de la Nación e interventor federal en la Provincia de Santiago del Estero. Fue el último funcionario peronista que entregó el gobierno en el país y uno de los primeros en ser detenido. A esa detención siguieron otras, que se prolongaron hasta el año 1959.

 

Mi padre jamás había aceptado las prebendas que el régimen entregaba

a los obsecuentes en forma de dinero, órdenes para coches, donación

de tierras o casas, y tampoco utilizó la partida de gastos

reservados. Las llamadas comisiones investigadoras del gobierno de

facto tuvieron que reconocer su honestidad.

 

El cruce de esos recuerdos infantiles con el impacto del artículo

sobre "La Revolución Libertadora en Salta", descalificando en bloque

a funcionarios salteños de aquella época, disparó el impulso de

refutar esos ataques aunque con pasión de signo contrario, sin

imparcialidad.

 

Ahora podría decir, con Phillipe Ariès, que "la historia se me

presentaba, ya entonces, como un arsenal de argumentos".

 

Izquierda Nacional

 

Pronto advertí que los elementos de comprensión surgidos del peronismo eran insuficientes para intentar tal empresa. Sin un mapa previo, tanteando el terreno, me fui aproximando a la lectura de autores que combinaban el rescate del peronismo con un socialismo que ostentaba cuño nacional.

 

Debo a Francisco Álvarez Leguizamón la lectura de José Carlos Mariátegui, cuyos ensayos sobre la realidad peruana aportaron la

dimensión andina que faltaba en los ensayistas rioplatenses.

 

Mariátegui permitía una primera comprensión de los problemas de la

tierra, de la economía colonial, del indio, de la educación, de la religión y de las relaciones entre regionalismo y centralismo, afines a nuestra realidad.

 

A los libros de los fundadores del Partido Socialista de la Izquierda Nacional (PSIN), Jorge Abelardo Ramos y Jorge Enea Spilimbergo y los

casi cuarenta títulos de los pequeños volúmenes de la editorial

"Coyoacán", se añadieron los de Juan José Sebreli, Arturo Jauretche,

Juan José Hernández Arregui y Rodolfo Puiggrós.

 

En "Las derivas del revisionismo histórico", presentado en diciembre de 2005, intento un examen crítico del revisionismo histórico que, desde mediados de los años '60, alentó la izquierda armada y populista.

 

El PSIN se fundó en junio de 1962. En 1963, después de leer el manifiesto "La izquierda nacional ya tiene su partido", envié una carta a la revista "Izquierda Nacional" adhiriendo desde Salta al PSIN al que se habían sumado Ernesto Laclau, Blas Alberti y José Luis Etcheverry, entre otros.

 

La orfandad ideológica a la que nos condenaba el medio local se convirtió en sobrecarga y ésta, sin sutilezas, impregnó la "Historia de la Gente Decente".

 

A comienzos de 1966, a poco de mi ingreso a la Universidad Nacional

de Tucumán, se incorporó a ella Ernesto Laclau como profesor de

Historia Moderna e Historia y Teoría e Historia de la Historiografía.

Aunque ese año me había inscripto en la Facultad de Derecho, mi

interés estaba en puesto en la Historia.

 

Había conocido a Laclau en 1965, cuando él tenía 29 años y formaba parte de la dirección nacional del PSIN que yo también integraba. Mientras permaneció en Tucumán, me permitió asistir como oyente a sus clases magistrales.

 

Al poco tiempo, con la misma audacia que había borroneado mis apuntes

para la "Historia de la Gente Decente", le pedí que leyera y criticara esos papeles. Dos semanas después me invitó a su departamento al frente de la Plaza Independencia, para comentar esos deshilvanados apuntes.

 

La Vulgata marxista

 

Me dijo que el tema era importante, aunque debía acotar y sistematizar su tratamiento. De modo más sutil que directo, señaló la conveniencia de tomar distancia de la manufactura y el estilo de ciertos autores que, ceñidos al canon partidario, buscaban hacerse perdonar su esquematismo a cambio de su fidelidad a la endogamia del grupo.

 

Después me leyó una carta que acababa de recibir de Eric Hobsbawm, en la que éste le respondía una suya referida al marco teórico para el análisis de la marginalidad social en América Latina, que Laclau estaba elaborando dentro de un proyecto internacional sobre marginalidad.

 

Añadió que este modo de Hobsbawm, y no aquel otro, el de la Vulgata

marxista, era el correcto para hacer historia.

 

En junio de 1966, el golpe de Estado que destituyó al presidente constitucional Arturo Illia instauró la dictadura del general Onganía

que intervino las universidades nacionales, entró a saco en ellas,

provocó la renuncia de cientos de profesores y destituyó a otros

tantos, entre ellos a Laclau que entonces regresó a Buenos Aires.

 

Durante la mitad del año 67 permanecí en Salta, retomé mi trabajo

periodístico y dediqué mucho tiempo al partido, relegando mis estudios universitarios y la reelaboración de la "Historia de la Gente Decente", tarea que retomé al año siguiente, aunque sin atender los criterios y las oportunas sugerencias de Laclau.

 

En marzo de 1968 viajé a Buenos Aires llevando un segundo borrador de

aquel libro en preparación. Esta vez el destinatario de la copia fue Jorge Abelardo Ramos quien, luego de leerla, me dijo: "Revise y arregle un poco el texto. Hay que publicarlo este año".

 

Dos días después acompañé a Ramos a la oficina de la Editorial Sudestada que dirigían Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, en la que Ramos había editado una recopilación de textos suyos sobre los

militares y la política. Los editores aceptaron la propuesta, fijaron

un plazo de entrega e incluyeron el título del libro en catálogo.

 

Estimulado por la posibilidad de editar el libro y de hacerlo con prólogo del propio Ramos, en abril estuve dos semanas en Salta recopilando material.

 

Los primeros días de mayo regresé a Tucumán con dos cajas con unos pocos libros, dispuesto a enclaustrarme para trabajar en la versión que enviaría a imprenta.

 

Historia militante y persuasiva

 

Durante casi dos meses me encerré en la casa que alquilábamos con mis

hermanos y otros estudiantes salteños, en calle Ecuador 2834 del Barrio Echeverría de Tucumán.

 

Un estudiante salteño, Tony Danduch, me prestó su máquina de escribir portátil. Lucía Solís, a quien conocí ese año 68 y era entonces mi novia, me regaló una resma de papel y una caja de carbónicos.

 

La modalidad, el estilo y el ritmo de trabajo fueron más periodísticos que académicos. Entonces no se ocultaba y, antes bien, se proclamaba que la historia podía y debía ser utilizada como un poderoso instrumento de persuasión.

 

Escribir uno de esos textos era una tarea "militante", destinada a captar adeptos. De ese modo, había una preferencia por lograr textos seductores antes que emprender las tareas más arduas que demandan las onstrucciones sólidas.

 

Contra lo que alguien dijo luego, mi padre no me alentó ni me desalentó. Tampoco intentó influir en el contenido de ese libro, aunque leyó algunos fragmentos.

 

La única sugerencia que me hizo, y que no seguí, fue: "Tenés que evitar los calificativos.

 

El exceso de adjetivación no es bueno: suele encubrir defectos en la

argumentación".

 

Con los años, comprendí que aquella observación, aparentemente

trivial, formaba parte de su espíritu tolerante y despojado de odios.

 

En noviembre de 1968 entregué a Ramos una carpeta con un nuevo

borrador y quedé a la espera de sus observaciones. A mediados de 1969

viajé a Buenos Aires, becado por una fundación social cristiana para

asistir a un curso sobre la universidad latinoamericana.

 

La única observación de Ramos coincidió con la que me había hecho antes mi padre: "Trate de no calificar demasiado", me aconsejó el escritor en

quien yo admiraba, hasta la imitación, su filo polémico.

 

Ramos añadió: "Mañana tiene que corregir las pruebas de imprenta".

 

Intenté decirle que el texto entregado estaba lejos de ser el definitivo, pero insistió: "Usted es joven. Ya tendrá tiempo de pulir sus escritos".

 

Luego me preguntó: "¿Está seguro de la dedicatoria?".

 

"A mi padre, que anduvo en estas luchas. A Lucy, porque las andaremos

juntos", escribí allí. Recién entendí aquella pregunta cuando Ramos

añadió: "Tendría que pensar si quiere mantener ese texto. Una

dedicatoria queda impresa para siempre y los afectos no suelen tener

la misma duración".

 

Mantuve entonces la dedicatoria y la ratifiqué siempre. A comienzos

de 1970 regresé a Salta y me casé con Lucía. Con un único ejemplar

del libro en la mano, el 3 de septiembre de 1970, en el Club

Universitario de Salta, anuncié la aparición del libro. "Estas página

son parte de una lucha", insistí entonces. Recién al recibirlo leí el

elogioso prólogo de Ramos, quien situaba a la "Historia de la Gente

Decente" dentro de la corriente del "revisionismo socialista".

 

Asustar al conservador

 

La revista "El otro país", utilizando una tajante afirmación del autor, tituló "Gente Decente en la opinión marxista". La revista anticipaba un acto de presentación en el Auditorio Kraft de Buenos Aires donde hablarían Ramos y Arturo Jauretche. A esa seguirían otras en Rosario, Córdoba y Tucumán. Poco después, el 6 de noviembre, por su cambio de orientación, renuncié al periódico donde trabajaba.

 

A mediados de diciembre de ese año recibí una caja con más de doscientos ejemplares del libro y algunos otros de Ediciones del Mar Dulce, con cuya venta debía cobrarme los derechos de autor.

 

En la víspera de Navidad del '70, nació nuestro primer hijo. Diez días después, pesaban sobre mí enojos y amenazas de juicios y lances a espada o pistolas, regidos por los códigos de honor.

 

Aquellos reclamos y mi descargo aparecieron como solicitadas en

periódicos locales a comienzos de 1971.

 

Treinta años después, comencé una enriquecedora amistad con Pablo Saravia, nieto de uno de los personajes cuestionados en mi libro, y mantuve un diálogo conciliador con Nicolás García Pinto, hijo de otro de los personajes allí criticados.

 

A comienzos de febrero de 1971 el semanario porteño "Panorama"

incluyó un reportaje sobre Salta que, con el título "Los baches de la

tradición" firmó su enviado especial Jorge Raventos.

 

"En las librerías se agotaba la Historia de la Gente Decente de Salta, un

polémico libro de Gregorio Caro Figueroa, hijo del ex legislador

justicialista Armando Caro y sobrino del general Carlos Caro". Raventos calificó el libro como "mordaz opúsculo".

 

En esos mismos días, Leopoldo Torre Nilsson rodaba en Salta su filme

"Güemes". Una amiga me presentó a Beatriz Guido. "Leí su libro y me

impresionó. Compré treinta ejemplares y los regalé a mis amigos. Si

hubiéramos tenido ese libro antes, quizás el guión de la película hubiera sido distinto", me dijo la escritora.

 

Juan José Sebreli y Julio Mafud

 

Al año siguiente, Juan José Sebreli mencionó mi trabajo en su libro

"Apogeo y ocaso de los Anchorena". Años después, en 1986, me obsequió

un ejemplar de "La saga de los Anchorena": "Para Gregorio Caro

Figueroa con el reconocimiento por su investigación histórica. De su

antiguo lector, Juan José Sebreli".

 

 

Por su exceso de generosidad, Sebreli alteró el orden de las cosas.

 

El agradecido y antiguo lector de sus libros era yo. Conocí Buenos Aires cuatro años antes de llegar allí por primera vez, leyendo y releyendo al Sebreli de "Buenos Aires vida cotidiana y alienación", que no dejó de reeditarse desde 1964, cuando salió su primera edición.

 

En mayo de 1987 se añadió otra gratificación de uno de los sociólogos

que más libros vendió en la Argentina, Julio Mafud, hoy injustamente

olvidado, a quien hice una entrevista periodística. Mafud había sido

obrero ferroviario y había estudiado en la Sorbona.

 

Cuando lo conocí enseñaba en el Instituto Grafotécnico. Me impresionaron sus conocimientos y su modestia.

 

Después de esa entrevista, Mafud me preguntó por mi origen. Cuando

mencioné a Salta, dijo: "Hace años leí un interesante libro sobre la

elite salteña de un señor Caro Figueroa, que ahora debe ser anciano".

 

Cuando le dije que yo era el autor, se extrañó por mi edad, hizo

comentarios a la "Historia de la Gente Decente", sugirió textos que

luego leí y me alentó a profundizar el tema.

 

Propios y extraños

 

Algunos historiadores extranjeros utilizaron datos del libro y lo citaron. Frederick Alexander Hollander estuvo en Salta a mediados del año 1970, consultó el original de "Historia de la Gente Decente", que cita allí con su primer título: "Historia de la oligarquía en Salta".

 

Hollander recogió aquí datos para su tesis doctoral sobre la oligarquía y las políticas petroleras en la Argentina, con especial referencia al caso de la Standard Oil en Salta durante el periodo 1918-1933. En 1976, Hollander presentó su tesis en la Universidad de California.

 

Recuerdo las investigaciones sobre el petróleo en Salta de Carl E.Solberg (1979), de la que hay versión en castellano, y la tesis de Nicholas Biddle (1991) sobre petróleo y democracia en la Argentina (1916-1930). Las conversaciones con Biddle ampliaron mi información y comprensión del tema.

 

También incluyo el viaje de estudios de James Scobie (1974) y el más

reciente de Eric Carter, que acaba de defender su tesis sobre la

erradicación del paludismo en el Noroeste argentino (1890-1950).

 

En todos los casos, los autores me enviaron sus tesis.

 

Por último recuerdo los comentarios personales que, en el año 1972, recibí de José Luis Romero, Luis Víctor Sommi, Dardo Cúneo, Gregorio Weinberg y Luis Alen Lascano y, más tarde, las acertadas críticas de Ramón Leoni Pinto.

 

Acotaciones de Atilio Cornejo

 

A mediados de diciembre de 1970, visité al doctor Atilio Cornejo para

entregarle un ejemplar de la "Historia de la Gente Decente", con

dedicatoria: "Al doctor Atilio Cornejo, con admiración y estima".

 

El contenido del libro no contradecía ese reconocimiento a su enorme

obra, su generosidad y hospitalidad prolongada, incluso, en los años de nuestro exilio en Madrid, donde me envió sus libros.

 

Hace unos días repasé las observaciones que Cornejo escribió en los

márgenes del ejemplar que le obsequié y que se conserva en su biblioteca.

 

Allí encontré nombres y palabras subrayadas, fechas corregidas, datos ampliados, afirmaciones matizadas y también algún enojo con mis excesos al adjetivar y hacer juicios sumarísimos.

 

En la alusión al "derecho de pernada" en el Valle Calchaqui, anotó:

'me l'hay de probar patrón', decía el propio indio. Son resabios más

bien indígenas, recuerdos del caciquismo del 'Tata Inga'.

 

En el párrafo en el que menciono a José Dávalos escribe: "No es verdad. Es

una infamia. Que lo digan los que lo conocimos y gozamos de su amistad. José Nicolás Martínez, por ejemplo, o sus sobrinos, a quienes ayudó".

 

A las críticas al interés de la élite por la genealogía y la vinculación de familias salteñas con los duques de Alba, Cornejo apuntó: "Por Figueroa y Toledo, de los que desciende el autor y cuyo apellido, por una paradoja, se desprende el suyo: Caro Figueroa".

 

Por último, dijo que el autor no era imparcial y sí frontal en la toma de posición ideológica: "En realidad se empezó con Marx (página 13) y así se siguió hasta finalizar (página 245)".

 

El mismo tema: otra visión

 

Aunque estoy lejos de haber mantenido intactos en el tiempo muchos de

los presupuestos con los que encaré aquel primer libro y la intención

con que fue escrito, no archivé el interés por el tema.

 

Al contrario. En estos últimos años comencé a anticipar fragmentos de un futuro desarrollo más sistemático de algunas de las cuestiones apenas

esbozadas en la "Historia de la Gente Decente".

 

En ese listado de cuestiones se incluyen los conceptos de decencia, honor e hidalguía, y un abanico de temas referidos al mestizaje, el color de piel, la familia, los estamentos, las instituciones, la vida material, las creencias religiosas, la moral, las ideas, las relaciones paternalistas, el tradicionalismo, el clientelismo, el atraso, la pobreza, los viajeros y las costumbres.

 

Haber recordado aquí estas cuatro décadas de ese libro primerizo, quizás sea una tarea previa y necesaria para encarar, no ya una reedición de ese texto hace años agotado, sino una recuperación actualizada de algunos de los temas que, con desmesura juvenil, me propuse entonces abordar.

 

GCF/

 

Gregorio Caro Figueroa

Historia de la Gente Decente en el Norte Argentino. De Güemes a Patrón Costas./Prólogo de Jorge Abelardo Ramos. 1970, Buenos Aires. Ediciones del Mar Dulce. 247 páginas.