EDITORIAL DE HORIZONTE SUR EL DOMINGO 24 DE SETIEMPRE DE 2006

La Democracia tutelada y la Soja

…Desde arriba nos sermonean: “locos, termínenla con la soja, si saben que toda la guita viene de las retenciones…”.
EDITORIAL DEL DOMINGO 24 DE SETIEMBRE DE 2006 Quisiera en esta editorial, reflejar varias sensaciones tenidas en esta semana y en la anterior, sobre temas de actualidad para quien como yo, todavía tengo la mala costumbre de leer los diarios y sorprenderme por las noticias que transmiten. Primero, el que se haga público que alguien de una vida política tan notoria como el Diputado Nacional Juan José Álvarez haya sido en sus orígenes un hombre de la SIDE. Que poco antes hayamos hablado en este programa, casi como en acto de anticipación, de la calidad tutelada de nuestra Democracia y de cómo tantos políticos eran seguramente meros títeres que habían recobrado autonomía pero que aún arrastraban los piolines… no disminuye el impacto de la noticia. En todo caso, el enterarnos ahora del caso de “Juanjo” Álvarez, no es sino una razón más para investigar a la clase dirigente y para abrir a la luz pública los archivos secretos y someterlos al conocimiento de la ciudadanía. Ya circulan algunas carpetas como revancha hacia los que habrían violado los códigos y en una de ellas figura la Ministra de Economía como alta funcionaria de Martínez de Hoz durante la dictadura militar. No debería sin embargo, ser terreno para que la sensibilidad publica se anestesie con las malas noticias dosificadas que manipulan los medios, ni hay lugar, tal como ha ocurrido, para que algunos diputados prioricen el derecho a la intimidad frente al hecho espantoso de que alguien que tuviera los más altos cargos de la política en el ejercicio del Gobierno, haya sido hombre de los servicios durante el genocidio…. Necesitamos, evidentemente, una refundación de la política, que vaciada hoy de todo contenido y transformada en un ejercicio de manipulación de la ciudadanía, no es sino el ámbito donde una casta parasitaria apropiada del Estado de los argentinos, se reproduce a sí misma hasta el infinito. Otro escándalo casi equiparable, ha sido el de la doble vida de Karina Mugica, puesto al descubierto por las cámaras ocultas de la TV, y donde nuevamente y con absoluta desvergüenza se apela al derecho a la privacidad de la persona, como si acaso quien intentara ejercer el papel de tribuno lo tuviera. Es posible que en otras épocas de la humanidad y previo a la Revolución Francesa, algunas cortesanas hayan tenido el privilegio de ejercer la política al más alto nivel por una parte y pudieran haber tenido entonces el derecho a la moralina desde los discursos. No es el caso, ni hay manera alguna de atenuar un escándalo digno de las mejores épocas del menemismo y que alcanza en forma directa a buena parte de esa oligarquía recalcitrante y de los dinosaurios retirados de las fuerzas armadas. Este espectáculo penoso y degradado de Karina Mugica liderando los actos políticos por la memoria completa, es todo lo que resta de la derecha argentina. También sobre esta situación terminal, nos habíamos anticipado en Editoriales anteriores. Pero hay más todavía, tal vez sea bueno reflexionar en cómo un oficial naval respetado y hasta admirado por sus pares, puede haber hecho hasta no hace mucho de esta muchacha su pareja en los círculos oficiales de la armada. Y esto refiere al ridículo descuelgue operativo de la Institución naval, preservando el Atlántico Sur de la amenaza de los submarinos soviéticos, mientras las flotas japonesas nos depredaban con impunidad la riqueza ictícola del mar continental y también refiere a la disolución moral y sin retorno de la institución, en los antros de tortura de la ESMA. Nos debemos como pueblo un debate acerca del destino de nuestras Fuerzas armadas y hace años que ese derecho se nos niega porque por falta de valor, la democracia ha dejado librado su destino a los avatares de la historia y de los menguantes presupuestos, como si los ejes estratégicos del desarrollo nacional, pudieran ser decididos por quienes son capaces de ganar elecciones a través de las corruptas maquinarias del clientelismo y de la partidocracia. Y quisiera recordar dos anécdotas que me vienen ahora a la memoria. Yo de catorce o de recién estrenados quince años, allá por el año 54 o el 55, terminada la primaria y antes de los bombardeos a la Plaza de Mayo, manifestando en mi casa mi firme vocación de ser marino y mi deseo de entrar a la Escuela de guerra naval, y mi padre en su taller, con su delantal de trabajo, explicándome con dulzura pero con autoridad inapelable, que esa carrera no era para una familia como la nuestra, que él no podría sostener los gastos que implicaba, que no teníamos los recursos suficientes, que además éramos peronistas, que éramos una familia de trabajadores, que seguramente hasta por mi apellido se me haría imposible ascender en una carrera reservada para los hijos de las clases altas. Me cuesta ahora imaginármelo a mi viejo, viendo las imágenes de Graña por la TV y tratando de comprender los cambios habidos en los últimos cincuenta años de vida política de la Argentina. También, recuerdo mis discusiones con Julio Mera Figueroa, con el que habíamos compartido la cárcel en Villa las Rosas en la provincia de Salta. En los finales del 81 y estando yo en prisión domiciliaria, cuando el desemboque de la dictadura en una Democracia tutelada resultaba inevitable y previsible, y en los círculos de la militancia la discusión era qué hacer con las Fuerzas Armadas, en la nueva etapa que se anticipaba y que luego la guerra de Malvinas aceleraría. Las opciones posibles en los círculos políticos eran las que luego encontró el alfonsinismo: sancionar a los más notorios genocidas y disculpar al resto y en especial preservar a las instituciones. Mi posición era entonces arriesgada, pero totalmente la contraria, disolver las instituciones militares todo lo que se pudiera y en especial los colegios y liceos militares, poniendo civiles a su cargo, aun al precio de permitir que los genocidas evadieran la sanción de sus crímenes. Recuerdo mi pasión en esos días en que revivía los diagnósticos de los años sesenta: las FFAA eran tropa de ocupación, los crímenes no eran entonces de los individuos sino de las instituciones militares y la única manera de evitar su repetición era liquidarlas como aparatos de poder y de formación de cuadros represivos. Hoy son debates saldados, debates en que lamentablemente primó siempre el oportunismo y el realismo extremo, y en que el tiempo y los procesos impusieron su impronta. Hoy, tal como dijo un comunicador de la TV en estos días dudamos si a Karina Mugica, muchacha de la armada, el dar servicios con su cuerpo por 55 pesos la media hora, acaso no la favorece para su nuevo rol de dirigente político de los retirados de las instituciones militares… Pero hay más todavía, no se vayan que la prensa amarilla nos sigue dando sorpresas impredecibles. En Córdoba se condenó a un proxeneta de profesión policía, o acaso a un policía de profesión proxeneta, que regenteaba un prostíbulo enclavado en medio del desierto verde de la soja, y que los diarios llaman el paraíso sojero. El burdel denominado Puentes de Fuego, contaba con un helipuerto donde descendían los clientes del prostíbulo para disfrutar de sus servicios. Las esclavas eran un puñado de niñas de entre nueve y dieciséis años sometidas a todos los vejámenes imaginables y a un régimen brutal de sometimiento propio de los antros clandestinos de la Dictadura. Le queda a alguien todavía alguna duda, que el modelo de la soja es la continuación absoluta del régimen económico que impusiera en su momento la Dictadura militar? Sin embargo, todos festejamos en estos días que el Comisario Etchecolatz haya sido condenado a cadena perpetua. ¿Qué duda cabe que se lo merecía? Pero no lo olvidemos, tanto él como Colores, como el turco Julián y como otros torturadores ya sancionados todos por la Justicia, son apenas los meros ejecutores menores de una política que impuso las reglas impiadosas del mercado, reglas tan pero tan impiadosas como las del secuestro y de la tortura sin límites, y reglas que lograron naturalizarse a tal punto, que hoy sancionamos a los peones del trabajo sucio a la vez que profundizamos el modelo que ellos posibilitaron se impusiera. Reflexionemos sobre esto, tenemos la obligación moral de reflexionar sobre esto, porque de lo contrario tendrían razón las voces amistosas pero fuertemente recordatorias que nos llegan desde arriba y que nos sermonean: “locos, termínenla con la soja, si saben que toda la guita viene de las retenciones…”. Por supuesto que sabemos que toda la “guita” viene de la soja, pero no por eso vamos a callarnos… ni por eso vamos a conformarnos con que se continúe sancionando a los perejiles del genocidio… y no es que como el común no festejemos también la condena a Etchecolatz. Pero, si alguna vez hace veinticinco años estuvimos dispuestos a que Videla se escapara de la Justicia, si ese era el precio para modificar en profundidad el modelo de país que él nos dejara, cómo ahora no vamos a reclamar más que la condena a un octogenario psicópata y auto confeso… cuando los peces gordos como los Blaquier y muchos otros, que se enriquecieron durante la dictadura, siguen disfrutando de las fortunas mal habidas y de su crímenes impunes, sencillamente porque no manejaron las picanas ni condujeron los vuelos de la muerte… Que la justicia a los genocidas no nos haga entonces olvidar a los autores intelectuales, que se beneficiaron de aquellos crímenes atroces y que son los mismos que hoy continúan manejando los modelos de la dependencia argentina, y condenándonos al desarraigo, al desempleo, a la pobreza y a un Destino colonial que no merecemos. Jorge Eduardo Rulli www.grr.org.ar