EDITORIAL DEL DOMINGO 20 DE AGOSTO DE 2006

Entre los nuevos gobiernos progresistas en la América Latina, podemos observar correlaciones que no

Entre los nuevos gobiernos progresistas en la América Latina, podemos observar correlaciones que nos permiten intentar el diseño de un modelo común.
EDITORIAL DEL DOMINGO 20 DE AGOSTO DE 2006 Si buscamos las semejanzas entre los nuevos y diversos gobiernos progresistas y de izquierda en la América Latina, podemos observar, más allá de las múltiples diferencias que los caracterizan, semejanzas importantes, correlaciones y elementos que nos permiten intentar configurar el diseño de un modelo común. Seguramente, el componente andino de Bolivia marcará sus fuertes diferencias, pero en los otros procesos en marcha, en los marcos del cono sur y estoy incluyendo a Brasil y a Chile junto al Uruguay y a la Argentina, resulta llamativa la semejanza de procesos. De esas semejanzas deseo hablar hoy. A lo largo de estos editoriales he tratado de comprender y de hacer comprensible ese complejo proceso que llamamos la globalización y las nuevas relaciones de colonialidad que han establecido con nuestros países las grandes corporaciones transnacionales por una parte, en procura de apropiarse de nuestros recursos naturales, y de los agronegocios por otra, y que modifican nuestras vidas, sometiéndolas a las reglas del mercado, y modificando nuestros sistemas productivos y alimentarios. Mis reflexiones se apoyan en un compromiso permanente mantenido durante los últimos cincuenta años de luchas políticas de la Argentina, y si ahora lo menciono, es simplemente porque tal vez sea duro mi editorial de hoy y porque no quisiera ser víctima fácil de una mirada vulgar, cuando lo que voy a esforzarme en develar son los procesos perversos que generan esas miradas superficiales y sesgadas que, en política matan toda trascendencia, porque se apegan inevitablemente a las cosas, a las palabras o a las circunstancias, perdiendo toda mirada de conjunto y el sentido de la historicidad que es siempre decisivo ¿cómo saber adónde vamos si no sabemos de dónde vinimos? Los que siguen mis editoriales domingo a domingo, saben perfectamente que no me desvela lo que se llama la derecha política. No perdería mi tiempo debatiendo con los Macri, con los López Murfi, los Ruckauf, los Menem o los Blumberg, y creo que nos es más que suficiente con poner en claro lo que significan y tratar tan sólo de no legitimarlos. Estoy convencido que no son ellos el verdadero obstáculo, que nuestra sociedad esta hace mucho madura para cambios radicales profundos y que si esos cambios no se producen, no es por la fuerza de ese sector preservador de una Argentina semicolonial y socialmente injusta, sino por la debilidad del campo popular que hasta el presente pareciera incapaz de hallar una estrategia de liberación y de generar un nuevo proyecto Nacional. Mas decir la debilidad del campo popular, parece un subterfugio, un modo equívoco de señalar nuestra impotencia, cuando hemos vivido procesos socialmente impresionantes como el de los años setenta y ahora, más cercano, el de los años 2001 y 2002, y no fue nuestra debilidad justamente lo que nos impidió alcanzar mayores logros, sino el extravío del camino iniciado y la acción persistente de minorías que coadyuvaron a modificar los objetivos y los significados de la lucha. Y esas minorías no alzaban justamente banderas de derecha… Tengamos en cuenta que no puede evitarse la constante interacción de nuestro proceso particular con los grandes marcos internacionales y con los procesos ideológicos que se viven a nivel planetario, y como consecuencia de esas interacciones, tanto las discontinuidades de las propias historias políticas, que implican fuertes procesos de ruptura en el campo de las herencias, de las experiencias y de las continuidades de las culturas políticas, cuanto las fuertes modificaciones en los imaginarios culturales, significaron una y otra vez, para el proceso de cambio en los últimos años: retraso, desorientación y una sensación de volver a comenzar cada vez sin mayores puntos de referencia en el pasado. Y lo cierto es que, caída la URSS y fracasadas las experiencias de la lucha armada en los años setenta, se produjo la desvalorización sin crítica alguna de los generalizados conceptos entonces imperantes, el foquismo, la vanguardia, la identificación de la guerra con los procesos de cambio social y por lo tanto de militarización de la política. Conceptos todos ellos que, se impusieran en aquellos años, y que luego de la feroz dictadura militar, del genocidio y del fracaso de la aventura de Malvinas, fueron abandonados para retornar casi con naturalidad a los procesos tradicionales basados en las grandes concertaciones populares, las movilizaciones, la recuperación de representaciones del imaginario popular y los fuertes liderazgos. Sin embargo, creo que nuestra Democracia nace en los años ochenta tutelada. Lo que quiero significar al decir que la Democracia fue tutelada desde sus orígenes, es que una parte significativa de los actores políticos que protagonizaron aquellas aperturas institucionales, estaban controlados y monitoreados, no importa si consciente o inconscientemente, desde la inteligencia del poder militar que había conducido la guerra sucia. Estas operatorias pertenecen a lo que se llama la contrainsurgencia o la guerra contrarrevolucionaria. Son doctrinas que tal como alguna vez expuse en estos editoriales, nacieron o al menos se transformaron en un corpus de pensamiento durante la guerra de Argelia, pero que abrevan en muchas antiguas experiencias de inteligencia y de contrainteligencia de las guerras europeas del siglo veinte. Estoy convencido que el Poder Militar manejó esos primeros años de la democracia con un número impreciso de políticos quebrados o amedrentados, con los que habían establecido contratos de sumisión en los siniestros ámbitos de los chupaderos o en las oficinas políticas del masserismo. Que ese poder militar luego desapareciera, no cambió sustancialmente la subjetividad de los implicados. Quiero decir que no volvieron a ser seres autónomos sino que quedaron para siempre heterónomos, o sea condicionados para moverse dentro de ciertas pautas. De hecho, fue como si las marionetas políticas quedaran con los piolines sueltos, pero siguieron actuando, y muchas veces buscando otro amo con el cual volver a establecer los lazos de sumisión o acaso recuperando tal como hicieron muchos dirigentes al viejo agente controlador en los propios equipos políticos o como hiciera el mismo presidente Menem, poniendo a cargo de la casa militar de la Presidencia al General Jorge Rearte. Concretamente: en mi opinión, la desaparición gradual del Poder Militar durante los años ochenta, incluyendo la crisis de la muerte del soldado Carrasco y la supresión del servicio militar obligatorio, no modificó totalmente la naturaleza tutelada de nuestra democracia y me arriesgaría a decir que a 24 años de aquellos días, muchas de esas características permanecen y no tan solo en la Argentina, sino también en las Repúblicas vecinas donde los procesos fueron bastante semejantes. De hecho, lo que tenemos actualmente en todos nuestros países son gobiernos progresistas o de izquierda, muchas veces clara y confesadamente marxistas. En la práctica y manteniendo discursos antiimperialistas que suelen poner límites a la influencia norteamericana y en especial a la del FMI, gestionan el desarrollo con inversiones extranjeras en sus diferentes países, administran la explotación de los recursos naturales que realizan las empresas en esta etapa de la globalización y respaldan las políticas de libre comercio según las reglas impuestas por la OMC. Son marxistas, y por ello mismo tal vez, son desarrollistas, y aunque celosos ante las intervenciones del presidente norteamericano, no dudan en mantener excelentes relaciones con las grandes Corporaciones. De hecho, son los responsables de administrar los grandes enclaves de provisión de materias primas que estas empresas han establecido y también, de llevar adelante con inversiones estatales, las enormes infraestructuras que como el IIRSA, ellas requieren para facilitar sus negocios de extracción, traslado y exportación de los recursos naturales y de los commodities. Me refiero a los modelos específicos que determinan nuestra colonización: el modelo biotecnológico de las sojas transgénicas para piensos, el modelo de las plantaciones de eucaliptos y de pinos para pasta de papel, el modelo de la minería química o por cianurización y por último, el modelo de la exportación de petróleo crudo, aunque en Chile se da también, el modelo del salmón enjaulado y ahora se anticipa en todo el Cono Sur el nuevo y gran modelo de la producción de Biocombustibles que más que al fin de la era del petróleo, refiere a la instalación de las nuevas matrices tecnológicas globales. Pero estos gobiernos progresistas marxistas desarrollistas, comparten asimismo similares políticas sociales, políticas que tienen siempre como elementos principales el asistencialismo, el encuadramiento, la cooptación de líderes y la extinción de toda aspiración de autonomía en los sectores populares y en la militancia. En Brasil ese esquema generalizado esta garantizado por el PT y por gran parte del movimiento sindical y campesino, en Uruguay por el Frente Amplio más la organización sindical PIT CNT y en la Argentina, tanto por la CTA como por la CGT, el Movimiento Evita y los libres del Sur. Este modelo de respaldo y de cooptación ha logrado la hazaña de ponerle un paréntesis a las luchas sociales, a la vez que mantener expectativas en un cambio que se promete siempre para más adelante, pero que implica cada día el renovado compromiso de convencerse de que hemos llegado, que ahora estamos nosotros, que necesitamos tiempo, que las cosas ya están cambiando, ¿Pero cómo, no ves los cambios a tu alrededor? y también, tal como se dice hoy en el Uruguay ¿Cómo va a equivocarse Tabaré, si es nuestro presidente y lo hemos votado? Se ha conseguido algo realmente extraordinario: convencer al común contra toda evidencia, de que se forma parte de una voluntad de cambio y de que la responsabilidad tanto de la acción como de la espera deben socializarse, aún entre aquellos que hasta ayer fueron rebeldes contumaces y ahora porfían y se justifican que se necesita mayor poder para implementar los cambios prometidos y que para ello será preciso ganar las próximas elecciones, contar con más diputados y senadores o acaso ganar alguna otra provincia, razones atendibles que van siempre postergando y justificando los horizontes de las transformaciones prometidas, mientras los nuevos modelos de neocolonización por parte de las grandes Corporaciones como las pasteras en el Uruguay o los Biocombustibles en la Argentina, se implementan siempre a un ritmo acelerado y de muy difícil retorno. Ahora bien, cómo se obtienen estos logros de paralización de la necesidad de cambios en los pueblos, cómo se logra paralizar la acción reivindicativa o acaso encapsularla en los pequeños grupos de la izquierda extrema que son también funcionales al sistema? A lo largo de estos editoriales hemos intentado pensar algunas respuestas. Una, es sin lugar a dudas el no poder asumir generacionalmente a los años setenta como un fracaso, sino como una derrota. Ello impide una relectura de lo actuado, no nos interpela sobre lo que hicimos o hicieron otros, sino que generaliza una mirada indulgente y a la vez permisiva que permite jugar con la idea de que nos salió mal, pero sería bueno repetirlo alguna vez, mientras coqueteamos con los viejos sentimientos de omnipotencia, nos entregamos al liderazgo de Fidel, hacemos turismo revolucionario en la isla de Cuba o reclamamos le expropiación de las tierras de Douglas Tompkins, el único filántropo que se preocupa por rescatar los Esteros del Iberá. Pero esto explica apenas una parte del fenómeno, o acaso muestra la parte más visible, y me temo que lo importante y decisivo es lo que esa generación setentista que no es capaz de revisar su pasado inmediato, está haciendo con nuestro futuro común y en especial con las nuevas promociones de jóvenes líderes que provienen de las movilizaciones populares y que rondan los veinte años, que es el momento en que la conciencia social se despierta… Y voy a decirlo crudamente, lo que están haciendo es venderles un Socialismo del siglo XXI mientras los adoctrinan con los manuales y con las ideas del siglo XIX. Están castrando a una generación, la están entrenando para hacer de ellos militantes descartables, formados como lo fueron ellos mismos en los manuales de Marta Harnecker. Están adoctrinando en un marxismo que no supera los años de la primera revolución rusa de 1905 a jóvenes estudiantes y campesinos que se imbuirán de ese modo con las ideas obsoletas del progreso ilimitado y del rol de las tecnologías y que buscarán como sujeto de la historia a un proletario industrial que no son ellos mismos. Penoso. Le están inculcando a los jóvenes indígenas de la América profunda las teorías neopositivistas decimonónicas de cómo la comunidad primitiva evolucionó hacia el esclavismo y el feudalismo. Penoso. Si no lo hubiese visto con mis propios ojos en mi reciente viaje a Brasil no lo creería. De tal manera se cierra la trampa que ha montado un setentismo sin autocrítica que se sigue referenciando en el socialismo cubano anterior al año 89, la caída de la URSS. Tenemos arriba un marxismo que gobierna y abajo un marxismo más vulgar todavía, que controla, contiene y acultura, mientras las transnacionales implantan sus durísimos modelos de neocolonización. Si mediante esos cursos se continúa inculcando la lógica del amigo enemigo del marxismo vulgar, paradójicamente para respaldar políticas gubernamentales, se continúa obturando la conciencia a la comprensión de lo ecológico y se continúa alimentando el sectarismo, la intolerancia y la fragmentación en el campo popular. Es lo que ocurre. Recuerdo que una vez cruzamos en medio de una marcha piquetero con un compañero y pasamos por delante de una hilera de enmascarados cada uno con su respectivo garrote. Y este amigo me preguntó ¿Para quién crees que están pensados los palos? Una pregunta inquietante ¿verdad? Alguna vez los libertarios nos enseñaron que la Revolución es y debe ser siempre una fiesta y por suerte esa memoria no se ha perdido en nuestro pueblo, volvamos a leer el Perón de los años de la Resistencia y dejemos los manuales para los ratones como alguna vez dijera el propio Marx de alguno de sus libros. Hagamos votos para que la revolución siga siendo una fiesta, para que la autonomía se imponga sobre la heteronomía, a pesar de los adocenadores y para que el Pachakuti sea como nos enseñara Rodolfo Kusch, la rebelión cultural de la América Profunda. Jorge Eduardo Rulli www.grr.org.ar