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EDITORIAL DEL DOMINGO 12 DE NOVIEMBRE

Después de cincuenta años, volví a mi viejo y recordado Colegio Nacional Nicolás Avellaneda donde hice mis estudios secundarios.
EDITORIAL DEL DOMINGO 12 DE NOVIEMBRE DE 2006 Ayer, después de cincuenta años, volví a mi viejo y recordado Colegio. Volví al Colegio Nacional Nicolás Avellaneda donde hice mis estudios secundarios. Fue un día dedicado a los que se graduaron o a los que pasaron por sus aulas venerables, y tuve oportunidad de volver a encontrarme y fotografiarme con muchos de mis compañeros de entonces. En muchos casos nos costó reconocernos. Cincuenta años son muchos años. Y luego de cincuenta años, son más los que faltan que los que dimos el presente y nos formamos en el patio como antaño. Sí, nos formamos en el patio para repetir de nuevo esas estrofas que conmueven una vez más nuestros corazones: “Estudiantes, alcemos la bandera, que ilustraron los próceres de ayer, y florezca a sus pies la primavera del amor renovado en nuestro ser. Y echen a vuelo el nombre de estudiantes, en bronces de romántica emoción, los que lo son, los que lo fueron antes, los que por suerte, tienen de estudiantes para toda la vida el corazón”. Como resulta natural en esas extraordinarias circunstancias, reencontrarse luego de transcurridos cincuenta años, podemos observar, que las relaciones afectivas se retoman con facilidad y siempre desde ese mismo lugar en el tiempo en que alguna vez las dejáramos. Nos abrazamos y besamos con afecto, recuperamos los apodos y las chanzas, y recordamos las anécdotas de entonces. Si nos esforzamos, aún podemos evocar el nombre de alguna de las profesoras, compruebo que en estos casos siempre se dan dos categorías: unas las maternales a las que recuperamos con ternura, y además, las otras, las que alguna vez turbaron nuestros sentidos incipientes, despertándonos emociones confusas que no sabíamos entonces cómo manejar. Ahora, muchos son abuelos y es como que estamos de vuelta y podemos reírnos con naturalidad de aquellos chicos que éramos nosotros mismos, y las podemos recordar con alegría y nos permitimos también evocarlas como en una iniciación… después de todo lo fueron, ellas con su magia inalcanzable marcaron en cierta medida nuestro erotismo. Y nos regocijamos recordando sobre todo las piernas de alguna … y nos resulta risible ahora el modo en que varios dejaban caer sus gomas y lápices habitualmente, para poder dar una ojeada desde más abajo y el modo en que latían nuestros corazones cuando atisbábamos unas prominencias o un escote que nos prometía misterios inenarrables. Éramos un colegio de puros varones en una Argentina tan, pero tan diferente, que luego de cincuenta años resulta casi inconcebible, aún para aquellos que vivimos esos días… Sexualmente nos iniciábamos tarde, muy tarde para las costumbres actuales, generalmente en citas concertadas en barra o aisladamente, en los alambrados del ferrocarril y con chicas mayores que nosotros. No existían los hoteles alojamientos y las costumbres se ataban a la disciplina y la rutina. El día que peleó Pascualito Pérez en Japón fue para nosotros una jornada inolvidable, nos dejaron escuchar la pelea amontonados en el patio y fue aquel un día de fiesta, no solo por el triunfo sino también por la cosa gregaria de permanecer amuchados compartiendo la adrenalina del combate a la distancia… Luego, nos sentamos en bancos que ya no son los mismos. La modernidad y el tiempo arrasó con los viejos y queribles bancos de hierro fundido y de madera dura, donde grabábamos a fuerza de cortaplumas nuestros nombres, y los reemplazó con otros más plebeyos de caño y de fórmica Siento no obstante, que una parte de mi vuelve a tener quince años y quisiera correr como antaño por los patios y subir a la carrera las enormes escaleras como lo hacia en aquella época… Quisiera asimismo, poder tirarme en tobogán por las balaustradas de mármol blanco tal como ahora lo hacen mis hijos pequeños, a los que he llevado para que conozcan ese lugar donde terminó brutalmente mi niñez. Lo recuerdo todavía como si fuera hoy, como si me hubiese ocurrido ayer mismo. Fue el día en que volví al Colegio luego de la caída del Peronismo, pocos días después que terminaran los enfrentamientos, cuando las clases se reanudaron… El levantamiento militar contra Perón comenzó el día 16 de septiembre de ese año 55 y concluyó con un golpe mediático en la Razón EL DÍA 19, en que Jacobo Timerman y el traidor General Imaz, luego de copar el diario, lanzaron la quinta edición vespertina con un título catástrofe: “RENUNCIÓ PERON”. El día 20 Rojas bombardeó sin anuncio previo, el puerto de Mar del Plata y los tanques de gas, desde el Crucero 17 de Octubre que, luego terminará sus días en el Atlántico Sur abatido por los submarinos ingleses y con el nombre de General Belgrano. Al día siguiente, 21 de septiembre, la flota de mar amenazó con bombardear las destilerías de La Plata y Ensenada y provocar una catástrofe impredecible en las poblaciones obreras cercanas. Pese a que en Córdoba el General Iñiguez y las fuerzas leales han derrotado a los rebeldes y dominaban nuevamente la ciudad recuperada para el gobierno nacional, el Gobierno mismo tambalea. No es ya un problema que se pueda resolver militarmente, la campaña antiperonista y la acción de la Iglesia han socavado la moral del Ejército e inclusive la disposición al combate de sus mandos más cercanos al presidente. Perón propone negociaciones con la Marina para evitar que las destilerías fueran arrasadas y pone a disposición de los generales su renuncia a la presidencia de la República. Los generales traicionan inmediatamente el mandato, no esperan las negociaciones para aceptar esa renuncia y todo se desmorona en la mayor confusión, mientras Perón se embarca en la cañonera paraguaya y los comandos civiles y los sectores medios y altos de la población se lanzan a las calles a festejar el triunfo inesperado. Recuerdo aún que casi no pude dormir esa noche sabiendo que al día siguiente recomenzaban las clases. Me preguntaba una y otra vez con qué me encontraría… Las semanas anteriores habían sido intensas, las manifestaciones contra Perón eran habituales en los patios de recreo, los volantes antiperonistas circulaban en las aulas y en los baños. El grupo que nos definíamos peronistas estábamos sobrepasados, y como si nos moviéramos en territorio enemigo, teníamos hasta los celadores en nuestra contra. Éramos chicos de quince años y la caída de Perón fue un derrumbe colosal el derrumbe de todo lo que habíamos conocido, no podíamos menos que estar abatidos, en casa la tristeza era como una losa pesada en los silencios de mi padre y las radios no hacían sino transmitir marchas militares y declaraciones de los que traicionaban y se daban vuelta, como los “panqueques” que así se los llamaba entonces. Los tanques y los soldados estaban por todas partes y los autos hacían sonar sus bocinas y llevaban banderas argentinas para demostrar su júbilo de clase, en una terrible y despiadada contrarrevolución que se dio el paradójico nombre de Revolución Libertadora. Recuerdo que llegué al patio de entrada en aquella mañana de fines de septiembre, con retraso. Una demora no calculada tal vez, sino consecuencia de la desazón y de la incertidumbre que me embargaba. El timbre de entrada me sorprendió cruzando el inmenso patio junto a otras decenas de chicos tan retrasados como yo. Tal como era la rígida disciplina, todos debimos quedar clavados en los lugares en que estábamos, mientras el viejo disco de pasta nos hacia escuchar como cada mañana el himno nacional. Recuerdo que lo escuchamos en silencio como hacíamos habitualmente los que estábamos lejos de la formación, hasta que llegó la última estrofa y entonces con voz estentórea, uno de los que estaba por delante de mi, repitió con toda intención, las palabras que nos traía el himno: Libertad, libertad, libertad! Fue apenas el comienzo, pero el primer golpe es siempre el que duele más, el resto fue un largo calvario en que no hubo por nuestra parte medida en las respuestas. Durante 18 años dedicamos cada minuto y cada pensamiento a una pelea desproporcionada, pero en que no le dimos descanso a los que habían ganado, ni contamos nuestros muertos y caídos en combate. Y ahora estoy allí, cincuenta años después, cargado de heridas y recuerdos, cuando la lucha continua todavía sin tregua, porque seguimos siendo un país colonial y porque el neopanperonsimo que nos gobierna carece de un Proyecto Nacional con el que podamos enfrentar al imperio y es además deudor a cada uno de nosotros de amargas traiciones internas, de inconductas y extravíos que el tiempo no alcanza a borrar ni a disculpar. Estoy allí con mis hijos pequeños a mi lado y la responsable de la Cooperadora nos explica que los lauros del colegio continúan, que sus alumnos compiten en torneos de filosofía con los del Nacional Buenos Aires, pero que la situación social es muy diferente a cuando nosotros estudiábamos, y que se requiere conceder pequeñas becas para que muchos chicos puedan continuar estudiando. Que además tienen otros problemas, que desde hace mucho el colegio es mixto y que en esa misma institución en que nos solazábamos con una cierta inocencia, imaginando las redondeces de la profesora de Castellano, ahora hay más de cuarenta niñas de catorce a dieciséis años que son madres solteras y que necesitan del Colegio asistencia con sus niños. No nos dice cuántas, además, están embarazadas, pero podemos imaginarlo… Después de cincuenta años este no solo es otro Colegio, en verdad este es otro país. Un país devastado social y económicamente por los cipayos, por los corruptos y por los que han convertido la política en un mero instrumento del poder y del enriquecimiento personal. Entonces, en medio de tantas emociones intenta darnos una clase, una de aquellas profesoras que ahora es una anciana y que por un momento tememos sea una clase de latín. Pero no, nos dice que lo importante es que podamos mirar atrás en nuestra vida y saber qué hicimos en esos cincuenta años, que es el momento de recuperar la memoria y hacer un balance con todo lo que el colegio nos dio… Es lo que estoy haciendo desde que pisé el umbral y volví a recordar el día que se inauguró el gimnasio y Perón llegó al Colegio y Silvio Soldán, que era uno de nuestros celadores, hizo un discurso de bienvenida repugnantemente chupamedias y que luego cuando cayó el Peronismo también fue el mismo Soldán “el chupamedias”, el encargado de explicarnos que, por suerte había terminado un régimen corrupto y tiránico y que mientras a una parte de la población se le aplicaba el decreto 4161, se iniciaba para el resto, una nueva era donde la libertad y la democracia serían las grandes reglas de la convivencia entre los Argentinos… Si, lo recuerdo bien a Silvio Soldán y recuerdo su penoso rol cada vez que lo veo en la TV, y recuerdo también a la profesora de historia que en el 56 nos decía que había que festejar los fusilamientos de los insurrectos… y a la que a poco terminamos expulsando con toda alevosía entre los gases de las bombitas de mal olor y el golpeteo de las tapas de los bancos de entonces… Y ahora la anciana profesora que, sin que se lo pidamos, ha decidido contarnos que ha hecho ella en estos cincuenta años con su vida, y que reconoce con orgullo haber sido Diputada Nacional bajo la presidencia de Frondizi y que actualmente es asimismo asesora de otra diputada nacional, nos anuncia que nos va a develar dónde empezaron los males argentinos y se remonta a los enfrentamientos entre la laica y la libre del año 58 y nos dice que el mal argentino comenzó cuando se cuestionó la Ley 1420 de educación del presidente Sarmiento. Y yo estoy allí en ese banco de fórmica, en el mismo lugar en que cursé quinto segunda con mis hijos pequeños a mi lado, y por primera vez en ese día me siento en ridículo, y me veo no ya rodeado por mis compañeros de entonces, sino por presencias espectrales y por los fantasmas de los que no están… y entonces me paro en medio de la disertación y me marcho porque no quiero que la decadencia biológica y la natural entropía arruinen un día tan lindo para los pequeños que vieron a su padre formado en el patio del Colegio que no conocían. No puedo dejar de explicarle a mi mujer mientras nos vamos, acontecimientos que ocurrieron antes de que ella naciera y que le resultan difíciles de comprender. Por ejemplo, cómo era que estábamos nosotros en ambos bandos, tanto en el bando de los laicos como en el de los libres… y siempre pegando y rompiendo vidrieras… le explico que en ambos bandos los de la juventud peronista teníamos amigos, en uno a los nacionalistas, en el otro a los trotskistas… Mientras se lo digo siento que suena extraño y que me lo acepta solo porque me ama… Entonces, le confieso y no sé si lo aclaro a la embarro más, que en esa época, lo que nosotros queríamos era tan solo hacer bardo, aumentar el caos, pero le explico: cuando éramos bastantes los que nos juntábamos, gritábamos nuestras propias consignas: NI LAICA NI LIBRE, NACIONAL! – “Ustedes siempre diferentes al resto”, me dice… y sí, debo reconocer que mirando para atrás no recuerdo que alguna vez hayamos hecho o dicho lo mismo que el común, por qué será, verdad? Y me digo, acaso no debería haber hecho eso mismo delante de la anciana, haber vuelto a gritar NI LAICA NI LIBRE: NACIONAL… de nuevo sí, otra vez, no sólo como una regresión histórica o como un revival político. Sí como una consigna que mantiene toda su vigencia, qué importa si la educación sea privada o no lo sea, cuando el Ministro de Educación es alguien como Filmus y cuando no existe un Proyecto Nacional y en todas partes se nos forma para interés de las empresas… Además, debo reconocer, después de cincuenta años, volver a sentarse en los bancos del Colegio y que venga una profe pituca a discursear sobre Sarmiento, es mucho, pero mucho más de lo que estoy dispuesto a soportar… Jorge Eduardo Rulli www.grr.org.ar