Dos proyectos políticos se enfrentan en esta parte del mundo.

ELECCIONES Y DESPERTARES

Enrique Lacolla

enrique-lacolla-3
Los sectores populares se inclinan sin vacilar por el Mercosur, pues ven en él una posibilidad que podría servir de paso previo a una integración regional. ELECCIONES Y DESPERTARES Por Enrique Lacolla Con peso distinto y alcances muy diferentes, dos procesos electorales dejaron tela para cortar el pasado domingo. Se trata de los comicios que dieron la victoria al presidente Luiz Inácio "Lula" da Silva en Brasil y los que en la elección a constituyentes de Misiones consagraron la figura del ex obispo Joaquín Piña.  Ambos refrendaron la difusa pero persistente orientación nacional y popular que traspasa a los países del Cono Sur luego del desastre de la experiencia neoliberal que durante décadas hizo estragos en América latina. Dos proyectos políticos se enfrentan en esta parte del mundo.  Uno coherente, macizo, implacable: el de los grupos que apuntan a perpetuar nuestra situación dependiente y que cuentan con el peso de la parafernalia mediática, financiera y de los grandes conglomerados empresarios que viven en simbiosis con el sistema-mundo; es decir, con la globalización tal como se la concibe desde el Norte.  Otro, poco consciente de sí, con dirigentes a menudo oportunistas y que no terminan de discernir la importancia de su misión, pero integrado por la inmensa mayoría del pueblo, escamado por su anterior experiencia y difusamente resuelto a no permitir que se repita. Estos dos conglomerados se definen por su adhesión o rechazo a dos proyectos. El Área de Libre Comercio de las Américas (Alca), enfriada después del naufragio en la Cumbre de Mar del Plata, representa al primero.  El Mercosur expresa al otro. Los sectores populares se inclinan sin vacilar por el segundo, pues ven en él una posibilidad que podría servir de paso previo a una integración regional. La aplastante confirmación de Lula en la segunda vuelta de las elecciones brasileñas es un espaldarazo a este proyecto y, en este sentido, reviste una importancia estratégica de primer orden.  Lula, a pesar de su "cohabitación" con el modelo neoliberal que le fuera impuesto antes de su primera elección por el temor a un golpe de los mercados, es un campeón del Mercosur. Lo es, también, de una política iberoamericana desasida de esa servidumbre automática a Estados Unidos que fuera definida de manera casi obscena por la infortunada frase de un canciller argentino: las "relaciones carnales". El acuerdismo con el sistema y ciertos tropiezos en materia de corrupción administrativa le pasaron la cuenta en la primera vuelta electoral, cuando Lula no pudo obtener la mayoría absoluta que lo hubiera consagrado presidente sin necesidad de un segundo turno. Pero, como el electorado popular brasileño no come vidrio, tras retacearle apoyo no vaciló en darle un respaldo contundente en ocasión del ballottage. Sin embargo, éste es un respaldo condicionado. Y Lula lo sabe. Ese apoyo es, en cierto sentido, un empujón hacia adelante, y si se resiste a él puede terminar tropezando y quizá cayendo pesadamente. Golpe de realidad. Otro tanto puede decirse de lo que ocurre en el territorio del socio político por excelencia de Brasil en el Mercosur, la Argentina.  Despojada de su base industrial por la insensatez y la traición de sus gobiernos y devastada su estructura educacional, que era la más afinada del subcontinente, ha comenzado a remontar con dificultad una cuesta donde los obstáculos cuentan a veces menos que la propensión de sus dirigentes a eludir los problemas y a evaluar con criterios individualistas, oportunistas o corporativos situaciones que requieren de grandeza de miras. En este sentido, el pueblo demuestra tener mayor tino que los políticos cuando tiene la ocasión de dar su veredicto. Néstor Kirchner ha hecho cosas buenas, aunque le falte para revertir el curso decadente del país.  Al menos, frenó a éste y puso a la nación en diapasón con las tendencias iberoamericanas por romper el torno de la dependencia que nos aprisiona.  No es poca cosa. Pero por momentos da la impresión de no medir la madurez que el pueblo ha alcanzado y la capacidad que tiene para discernir entre sus amigos y sus enemigos.  Su apoyo al gobernador de Misiones, Carlos Rovira, connotado por antecedentes políticos vidriosos, adepto al clientelismo y aspirante a la reelección indefinida a través de una reforma constitucional a su medida, parece haber estado inspirado por cierta mandonería visceral, que antepuso su bronca -bastante gratuita- con la Iglesia a una consideración meditada de lo que estaba en juego.  Pero un tropezón no es caída, y éste da a Kirchner una oportunidad para reflexionar acerca de la realidad que lo circunda. Otro tanto deberían hacer los dirigentes opositores, ansiosos por engancharse a un triunfo que no les corresponde.  Este triunfo es el del pueblo misionero que, aunque lo acepte, no regala su voto por un bolsón de comida. EL/