Un cuento del Gran Roberto Fonatanarrosa

TÍO ENRIQUE

Roberto Fontanarrosa

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El hombre que anda por la calle no debe andar nunca con las dos manos en los bolsillos. Siempre una, por lo menos, afuera. Se cae, se tropieza, y siempre tiene una mano libre para apoyarse.

TÍO ENRIQUE

 

Un cuento de Roberto Fontanarrosa

 

Me gusta Rosario cuando llega el invierno. Cuando caen las primeras nevadas y por el Paraná bajan los grandes bloques de hielo. De chico, yo subía a la terraza de mi casa, me trepaba a un pilar y desde allí veía, entre algunos edificios, pedazos del río y el rayón verde de la isla. Y también divisaba los hielos, derivando aguas abajo de la misma forma en que lo hacían los camalotes durante el verano. Quintina decía haber visto animales sobre aquellos témpanos. Monos, pecaríes y hasta víboras, pero no se le podía creer mucho porque ella era muy fantasiosa a pesar de su simpleza. Lo cierto es que yo había visto una familia de paraguayos bajando en un camalote y Eduardito contaba que una vez venía una lampalahua comiéndose un chancho arriba de uno de esos hielos.

 

Lo que a mí me encantaba era mirar la llegada del hidroavión. Yo sabía que llegaba a Rosario a eso de las cinco de la tarde y me escapaba hacia la terraza. Acuatizaba muy cerca de la zona donde yo vivía (Catamarca y Corrientes, el Edificio Dominicis) y entonces se lo podía ver, próximo y brillante, metálico, como si ya viniera mojado. Era un aparato panzón, hermoso, y se divisaba bajo las alas –y entre los dos inmensos flotadores– la fila de ventanitas. Incluso a veces llegaban a verse los rostros levemente despavoridos de los pasajeros, aún no muy acostumbrados a aquellas aventuras. El hidroavión descendía y yo no lo veía tocar el agua porque ya me lo tapaban los edificios. Y eso que aterrizaba bastante antes de la Estación Fluvial porque, en aquellos tiempos, toda la zona frente a la estación estaba ocupada por la actividad increíble de las dársenas. Estoy hablando, por supuesto, de antes de que los porteños nos robaran el puerto. Mi viejo me llevaba muchas veces a visitar el puerto. No se permitía entrar. Siempre había un marinero de guardia pero mi viejo le decía un par de cosas, muy suelto, canchero, y el marinero nos facilitaba la entrada. De allí en más crecía un bosque de mástiles y de torretas de los barcos y, dejando el auto (un Fiat Balilla, negro), empezábamos a recorrer los depósitos y los galpones entre la multitud de gente. Aquello era una sinfonía de razas y de colores. Había marinos rubios y colorados, de pelo casi blanco algunos, muy atildados que llegaban de los vapores de ultramar europeos. Había hindúes, con sus turbantes y taparrabos. Chinos, malayos, que bajaban de sus praos procurando conseguir perros para comer (decía Quintina que tía Lilia les había vendido el "Batuque" cuando ya estaba viejo). Había árabes que siempre parecían pelearse por su forma aparatosa de conversar. Y había negros, gigantescos algunos, llegados desde África en galeones o esquifes que, en ocasiones, procuraban escapar solicitando trabajo en la construcción del Monumento a la Bandera (el primero, el que no se terminó). Todo eso le daba al lugar una algarabía, una vitalidad y una atmósfera formidable. Los gritos, las órdenes, el azote de las velas al desplegarse, los mil idiomas diferentes, las corridas de los marineros franceses cruzando el boulevard costanero para cambiar divisas en el Sunderland o en el Wembley. El rezongar de los animales, que también los había. Estaban los enormes caballos de la Policía Montada con sus jinetes de uniforme azul que los hacían caracolear entre los bultos y los cajones descargados procurando evitar robos y fundamentalmente peleas, entre los balleneros nórdicos y los atuneros de El Callao, que bajaban siempre absolutamente borrachos con agua de alcanfor. Y había chivos, camélidos, jaulas repletas de loros, guacamayos y monos amazónicos. Hasta una jirafa vi un día, algo absorta, como espantada por todo aquel caótico mundo que la rodeaba. Y los jueves (porque aquel día fue un jueves) se cruzaban desde la isla los charrúas a vender sus pieles de nutria y de manatí. Llegaban con sus chalupas gambeteando la multitud de falúas, bajeles, balsas y monitores hasta amarrar bien enfrente del espigón de madera del Náutico, donde ya los esperaban grupos de comerciantes, ávidos por adquirirles de todo, incluso artesanías. Antes, me contaba mi viejo, los charrúas venían casi desde la zona de Victoria (carpinteros, más que nada) pero habían sido muy corridos por los "ajeros", vendedores de ajo, rosarinos que recorrían los esteros en pequeños grupos trashumantes, muy agresivos y rencorosos desde que fueran expulsados del Circo Criollo. Después, con los años, lamentablemente los charrúas fueron cada vez más y más hostigados hasta que terminaron, unos pocos, fundando un club de fútbol, en la zona de Tablada. Pero aquel jueves volví a recuperar, por sobre todas las cosas, le impresión que me causaban los olores de esos indios. Relucían sus pieles curtidas bajo el baño de sudor (venían remando desde El Embudo) y resaltaban, nítidos, los tatuajes primitivos que reproducían sábalos, mandubíes y viejas del agua sobre pechos y muslos. Había uno de ellos, recuerdo, que me impresionó porque lucía en la espalda el esquema completo del sistema nervioso de un surubí, lo que demostraba hasta qué punto conocían aquellos salvajes la fauna del territorio. Pero el aroma era fuerte. Ellos embadurnaban sus cuerpos con grasa de boga macho para adquirir un olor familiar al de su presa predilecta ("bogueros" solían llamarlos antiguamente los querandíes), o bien con la sustancia que sacaban de una glándula suprarrenal que tienen las tarariras tras las agallas y que (según los zoólogos) les trae buena suerte a dichos peces. Era un olor penetrante, que aún hoy llevo instalado en las narices y que prevalecía sobre las mixturas a sorgo híbrido, a canela, a coco, pimentón, almizcle, alcanfor, láudano, bosta de caballo y goma quemada. Yo nunca me había acercado mucho a los charrúas, en parte porque de inmediato se arremolinaban en torno a ellos docenas de comerciantes procurando esquilmarlos y en parte porque mi padre tenía cierto recelo hacia esas criaturas (se hablaba de que habían dado muerte en la isla a fines de la centuria, a un abuelo de Candiotti, el famoso nadador de aguas abiertas). Pero ese día estaba tío Enrique con nosotros, y tío Enrique era policía. No policía de uniforme, si no detective, lo que lo hacía más interesante. Era un par de días antes de Navidad, fecha que siempre me ponía muy alegre y expectante, y yo con mi viejo y mi tío, nos estábamos encargando de las compras para las fiestas. El tío incluso me había prometido que si había llegado algún vapor desde el Kuomintang (Pekín) podría comprarme petardos y fuegos de artificios, dado que en eso los chinos eran verdaderos maestros. Pero el real motivo de nuestra visita al puerto era muy otro. Ya mi viejo había apalabrado a los charrúas para que nos trajeran un chancho jabalí, cosa de hacerlo al horno para la Nochebuena. Tío Enrique era un personaje casi mitológico en mi casa, especialmente porque aparecía muy de vez en cuando. Cuando venía, al llegar nomás, sacaba de abajo del saco un revólver gigantesco y se lo entregaba a mi madre, casi oculto, para que lo tuviera alejado de los chicos. Vestía siempre camisa blanca abierta, sin corbata, saco marrón y bombachas grises. Botas también, porque andaba mucho por zonas rurales y solía ocuparse de casos de abigeato. Manejaba un antiguo Ford -de los llamados "a bigote"- y en él ese día nos fuimos para el puerto a buscar el chancho, programa que me encantaba compartir. Aquel jueves, sin embargo, tío Enrique me sorprendió al llegar a casa, no solo porque no le entregó el revólver a mi vieja, si no porque me preguntó algo.

 

-¿Tenés una lupa, Negrito? -me dijo-. Yo, sin decir nada, fui a buscar mi lupa, la de la escuela, de plástico, que se prolongaba en un reglita de diez centímetros y, como tenía punta, podía hacer las veces de cortapapeles.

-¿Y la tuya, Enrique?- escuché que preguntaba mi viejo.

-¿La de la repartición? Sabés que pasa, Berto… la llevé a arreglar a Lutz Ferrando. Se descalibran las lupas. Y más con este clima puto de Rosario. Húmedo. Pierden balance.

 

Uno empieza a ver cualquier cosa.

 

-¿No será que andás mal de la vista, Enrique?

-Tu abuela, che ¿Encontraste o no encontraste esa porquería, m'hijito?- me gritó.

 

Yo ya llegaba con la lupa, que había quedado debajo de la mesa del patio, donde la había instalado procurando incinerar un cascarudo con ayuda de los rayos del sol. Tío Enrique se guardó la lupa sin decir ni gracias en un bolsillo interno del saco. Tenía al cuello un pañuelo rojo, me acuerdo.

 

Rato después estábamos en su auto -capota de lona blanca, muy maltrecha, ventanillas de mica- rumbo al puerto. Me gustaba salir con mi viejo. Y él, cuando podía, me llevaba. "La vida está en la calle" repetía, justificando tal vez su escasa afición a quedarse en casa. Bajando por Laprida, rumbo a la Aduana, aquello ya era un caos de gente, coches y carromatos. No-solo era el día de Navidad, si no que además, se hallaba surto en el puerto el acorazado norteamericano Maine (que tiempo después hallara trágico final en La Habana) escoltado por los avisos argentinos King y Murature, que ya desde esa época insistían con sus visitas a la Capital de los Cereales. A veinte, treinta, cuadras del puerto podía verse a los jóvenes marinos yankis, con el vivo rojo y blanco ribeteando sus gorras, erráticos por las calles, averiguando dónde quedaba el barrio de Pichincha, comprando empanadas turcas, preguntando por el Parque Independencia con la intención de ir a conocer la Isla de los Monos. Una multitud de curiosos, mujeres alborotadas por la presencia de los embarcados extranjeros con sus vistosos uniformes, desocupados, quinieleros y vendedores ambulantes, circulaba también por la bajada de la calle Buenos Aires, dificultando el andar de nuestro coche que prácticamente debía marchar a paso de hombre ante las puteadas torrenciales de tío Enrique, que alardeaba de mal hablado. Primero compramos unas barras de hielo que, envueltas en arpillera, metimos en el baúl. Sidra, también. Vino blanco. Frutas, a los isleros que llegaban desde El Puntazo, el villorio lacustre que se levantaba donde ahora están las Cuatro Bocas y que se llevó entero la gran creciente del año 52. Después ubicamos a nuestros charrúas y cargamos el chancho jabalí -envuelto en papel de diario- en el asiento de atrás del auto, lo que me dejaba apenas un resquicio para sentarme. Resoplando por el esfuerzo, tratando de disimular la agitación, tío Enrique se metió en el coche y preguntó a mi viejo.

 

-¿Ya tenemos todo?

-Tenemos que pasar por lo de Mecha.

-¿Por lo de Mecha y Celita?

-Sí. Hacen el vitel tonné. El que hacen siempre.

 

Enrique miró a mi padre, frunciendo el ceño más de lo habitual.

 

– ¿Y el turrón y esas cosas? –se interesó.

-Las trae Elvira.

-¿Viene Elvira? ¿No estaba peleada con Eloy?

-Vos sabés cómo son.

-Puteríos de mujeres.

 

Enrique empezó trabajosamente a maniobrar el auto para sacarlo de aquel marasmo de gente y carromatos. Había en la rada un vapor belga, recuerdo, que venía cargado de guano, desde las islas guaneras del Perú, en el Pacífico. Ese olor, mezclado con todas las otras esencias fuertes de frutas y pescado podrido, hacían el aire levemente irrespirable. Personas grandes o los mismos marinos orientales, circulaban con la nariz y la boca tapadas por un barbijo.

 

-Lo que hace el sitio más peligroso- puntualizó tío Enrique, recuperando su espíritu de policía-, jodido cuando la gente no anda a cara descubierta. Es como en los corsos, que deberían prohibirse. Anteayer, nomás, acá, un filipino tajeó a otro, por una cuestión de monedas. Y nadie pudo verle la cara.

 

Se prendió a la bocina, un poco harto sin duda por la multitud.

 

-Me va a venir bien pasar por lo de Mecha –dijo como para sí.

-¿Por qué? –preguntó mi viejo, que le gustaba charlarlo.

-¿Eso queda por Callao y Urquiza, no?

-Sí.

-Ando en un caso… – anunció en su estilo un poco misterioso Enrique.

-¿Un caso?-se asombró mi viejo- ¿Mecha y Celita están metidas en un caso?

-¡Qué van a estar metidas esas viejas chotas! -se rió el tío-. En lo único que pueden estar metidas es en la búsqueda de algún negro que les saque las telarañas… -se fue frenando en su ímpetu, tal vez consciente de mi presencia-… de la cotorra.

 

Mi viejo, su brazo izquierdo extendido por detrás de la espalda de Enrique, se volvió hacia mí y me guiñó un ojo.

 

Enrique hizo un vaivén con la cabeza hacia atrás, sin apartar los ojos de la calle.

 

-Acá… el Negrito… – indagó.

-No… -sonrió mi viejo- el Negrito ya sabe todo- volvió a guiñarme un ojo.

-¿Ya sabe, no?

-En la escuela… ¿viste? Los pibes de ahora…

 

Sentí en ellos la complicidad para conmigo y volvió a inundarme un sentimiento de felicidad. Estaba compartiendo un programa de hombres.

 

-¿Qué caso? –la siguió mi viejo-. ¿Seguís con el asunto del robo del puerto?

-Me sacaron, Berto- sonó serio lo de Enrique-. Me sacaron. Y… era claro. Yo ya tenía todas las conclusiones al alcance de mi mano. Son los porteños, Berto ¿quién no lo sabe? Los porteños que nos están robando el puerto.

 

Se quedó un momento en silencio, incluso pareció que no iba a hablar más del asunto, protegiéndose en la reserva profesional.

 

-El mes pasado descubrí un galpón –continuó, sin embargo-. Un galpón, en Dársena 8, con un silo entero, desarmado, que se lo estaban por llevar para Buenos Aires. Mirá vos. Un silo entero. Y las grúas, bueno… las grúas están desapareciendo poco a poco. Viste que tienen rieles, se desplazan sobre rieles de barco en barco. Bueno. De noche, empalman esos rieles con los de "El Porteño" y allá van las grúas, rumbo al puerto de Buenos Aires. Yo las vi, Berto. Y ahí fue donde me sacaron, me pasaron a otro caso.

 

Esta vez, sí, tío Enrique se llamó a silencio. Seguimos un rato sin que nadie hablara. Sólo Enrique silbaba entre dientes.

 

-Che- preguntó de pronto- ¿pacú no compramos?

-No llega, Enrique. No sé por qué ya no baja desde Santa Fe. Dicen que se asusta con el ruido del puente colgante.

-La puta madre que los reparió. Están haciendo cagar todo con este asunto de los adelantos técnicos y todas esas pelotudeces.

-Te confieso que a mí mucho no me gusta. Muy grasoso.

-Eso sí. Pesado. Después te tirás unos pedos que te queman la puerta del ojete. Los pelos del culo se te chamuscan.

 

Era el mejor el tío Enrique. El mal hablado. El que había originado una diversión entre mis primos y yo: jugar al tío Enrique. Nos escondíamos tras alguna pared lejana y decíamos malas palabras. Pero el tema del pacú era cierto, se estaba acabando. Aquel pescado casi circular, chato y oscuro, al que llamaban por la virtud de su carne "el conejo de río", ya no llegaba a nuestras aguas, poniendo fin a la costumbre navideña de servirlo en la fuente central acompañado con moras calientes, mamón y batata. El tradicional "Pacú de Navidad" que publicitaba en el diario la Casa Pompeo, tocaba ya a su fin.

 

A la casa de Mecha y Celita se accedía por un largo pasillo luego de pasar por una puerta estrecha de metal pintada de verde. Tras tocar un par de timbrazos anunciando nuestra presencia caminamos por el pasillo con Enrique a la cabeza, golpeando las manos, ruidoso, al estilo campo. Nos abrieron la puerta un par de viejas, no mucho más viejas que Enrique, que hicieron el consabido escándalo de fingido asombro y de reproches.

 

-¡Qué milagro que vengan por acá!- graznó Celita, toda de negro, por supuesto-. Parece que al fin se acuerdan de las viejas.

-¡Qué bien te veo, Celia! -mintió ostensiblemente tío Enrique- ¡Siempre guapa, carajo!

-Si no es para estas fechas, ni por teléfono la llaman a una. ¡Mecha, vení, mirá quién vino!

 

Por la galería llena de plantas llegó Mercedes, rengueando.

 

-Va a caer piedra, Celita- se anotó Mecha- nos vienen a visitar.

-Puede ser que cuando Dios nos lleve se acerquen para el velorio- Celia era ácida.

-Si ustedes dos nos van a enterrar a todos- dijo mi viejo, riendo.

-Vos también estás muy bien -Enrique le dio un beso a Mercedes-. No me extrañaría que tengas algún bombero correntino que te caliente los pies.

 

Mecha se escandalizó, o fingió hacerlo, pero de inmediato la actitud de ambas cambió al descubrirme. Tuve que soportar los habituales apretujones, los aromas a polvo para la cara, a perfume dulzón, una reminiscencia a orines. Celia se volvió hacia la cocina. La casa era en un centro de manzana, amplia, con un gran jardín bastante descuidado, con árboles frutales, quinotos, damascos, y una fuente ornamental chiquita, revestida con pedacitos de azulejos blancos y azules. Mientras Mercedes nos contó su última operación, un alto apenas en su paciente espera a que el señor se la llevase consigo. Pronto volvió Celia con una gran bandeja cubierta prolijamente con papel manteca. Se la dio a mi viejo y mi viejo la llevó hasta el auto, por el largo pasillo.

 

-Decide, Mecha… -Enrique frunció los labios como degustando algo y entrecerró los ojos- ¿tiempo atrás vos no me dijiste que habías encontrado algo en el jardín?

-Ah, sí. El túnel. Pero hace mucho.

-Cuando te llamé por lo de Victorio.

-Cuando me llamaste por lo de Victorio, pobrecito.

-Porque si no es por una desgracia a nosotras no nos llama nadie, Enrique, es como si no existiéramos para la familia -terció vindicatoria Mecha.

-¿Cómo fue eso? -no le dio bola Enrique.

-Le dijimos a don Campos que nos enterrara el tero -siguió Celia-. ¿Te acordás de don Campos? El señor que nos mantiene esto más o menos en orden- señaló el jardín.

-Porque nosotras ya no podemos hacer nada- volvió a la carga Mecha-. Yo estoy loca con lo de mi cadera.

-¿Y te acordás que teníamos un tero?- dijo Celia. Enrique aprobó con la cabeza.

-Te lo traje yo.

-Nos lo trajiste vos. Muy guardián. Hasta a los gatos los sacaba cortitos- informó Mecha.

-Bueno, se nos murió. Y le dijimos a don Campos que lo enterrara. En este mismo jardín también hay enterrados un par de perros. No sé si te acordás del Capitán. Y un gallo, el Heráclito, que se murió de moquillo.

-Me acuerdo.

-Bueno. Y cuando don Campos va a enterrar el tero, hace un pozo y se encuentra con algo duro. Sigue cavando y no va y encuentra la bóveda de un túnel. La rompió y entró al túnel y todo.

-Con los años que tiene, fijate vos, Enrique. Si vieras que ágil, este hombre- añadió Mecha.

-Y era nomás un túnel- siguió Celia-. Vaya a saber dónde iba. Yo le dije inmediatamente que lo tapara. No fuera a ser que se entere la Municipalidad y por ahí lo quieren declarar lugar histórico y te expropian el jardín.

-Además- Celia no aflojaba-, no te permiten construir nada, Enrique. Vos querés sembrar coliflores y por ahí te lo prohiben.

-O hacer de nuevo el gallinero, sin ir más lejos.

-¿Y lo taparon, nomás? –preguntó Enrique.

-Por arriba, apenas -Celia señaló hacia el fondo y se encaminó hacia allí-. Le pusimos unas chapas para taparlo. Porque quedó el pozo. No vaya a ser que pase alguno, se caiga y se quiebre una pierna.

-Yo, por ejemplo -se condolió Mecha-. Que casi no veo. No veo, Enrique.

-¿Vamos a verlo?- propuso Enrique.

-Le habíamos dicho a don Campos que lo tapara con tierra- explicó Celia mientras caminábamos sobre un césped bastante alto-. Pero el pobre no sé qué peste se agarró y hace como dos meses que no aparece.

 

Llegamos atrás de un mandarino, casi junto a la medianera y vimos las chapas sobre el piso.

 

Y tierra removida. Enrique, con la decisión propia de su oficio, apartó las chapas y quedó a la vista el pozo, la bóveda rota de ladrillos y la oscuridad.

 

-Vení, Berto -ordenó Enrique-, acompañame.

 

Mi viejo dudó un instante.

 

-¿Tenés algo que hacer?- insistió Enrique.

-No. Nada.

-Vamos, entonces. Vení, Negrito.

 

Nos descolgamos dentro del pozo guiados por la luz de una linterna que sacó Enrique de quién sabe dónde. Era un túnel casi cilíndrico, de ladrillos, muy oscuro, donde el aire estaba fresco y olía terriblemente a humedad.

 

-¡Cierren nomás, Celita! -gritó Enrique hacia arriba-. ¡Cierren que nosotros salimos por el otro lado!

 

Ni esperó a recibir alguna respuesta. Muy decidido empezó a caminar por el túnel, iluminándose con la linterna, con nosotros atrás, como si estuviera en la calle Córdoba.

 

-Ojo abajo- me alertó mi viejo, dándose vuelta-. Sacáte las manos de los bolsillos. El hombre que anda en la calle no puede ir con las manos en los bolsillos. Siempre una por lo menos afuera. Por si uno se cae, se tropieza. Ponés la mano y te protegés la cara, no-te cagás de un golpe. Hay que saber caer. Hay que estar siempre atento.

-Está lleno de estos túneles, Berto- legó la voz de tío Enrique desde adelante, su silueta recortada por el haz de luz de la linterna-. No se puede creer la cantidad que hay. Toda la base de la ciudad está perforada por un laberinto de túneles que viene del puerto. Algún día se va a derrumbar todo, te garanto.

-Había sentido hablar. Pero no creía que era tanto- dijo mi viejo.

-El contrabando, ¿sabés? Han hecho túneles para todos lados. Algunos salen en Funes, fijate lo que te digo. Y éste, estoy casi seguro, es el que empalma con el que viene desde el Palacio de Justicia.

-¿Y adónde va? –dijo mi viejo, posiblemente algo inquieto.

-A Pichincha, querido, ¿adónde va a ir? Te imaginás que los jueces no pueden mostrarse muy públicamente yendo al quilombo. Hay otro túnel, incluso, que termina debajo del escenario del teatro Colón, el de Corrientes y Urquiza. Lo usó el gran Carusso, cuando llegó en balsa desde Paraná, para rajarle a la gente.

 

Habremos caminado unos veinte minutos. Aparecieron luego unas pequeñas luces en el techo del túnel y finalmente, en uno de sus costados, una puerta pequeña metálica, herrumbrada. Enrique se apoyó en ella, trató de abrirla y luego, ante la impotencia de hacerlo, golpeó un par de veces.

 

-Ya vas a ver- lo tranquilizó a mi viejo, mientras esperábamos. Por fin nos abrió la puerta una señora gorda, cincuentona, muy pintada.

-Qué haces, Norma, cómo te va- dijo Enrique mientras pasábamos.

-Sub-comisario, qué sorpresa –se sonrió forzadamente la mujer mientras se ponía una mano en el pecho-. Los escuché de casualidad, porque bajé a buscar una botella de agua de Javel.

 

Si no, no los escuchaba. No es horario habitual para que venga gente.

Estábamos en un sótano escasamente iluminado. Por una banderola minúscula entraba la luz del mediodía.

 

-¿Está la Polaca? –preguntó Enrique mientras subíamos por una escalera de cemento.

-Está durmiendo. Terminó tarde anoche.

-¿Por qué no le decís que se despierte? Quisiera hablar un par de cosas con ella.

 

Norma se volvió para mirarlo.

 

-¿Es por lo del abogado?

 

Enrique no contestó. Habíamos llegado arriba y estábamos en un vestíbulo amplio, bastante bien puesto, con sillones. Enrique se derrumbó en uno de ellos. Yo me apoyé en el posabrazos de otro. Mi viejo imitó al tío.

 

-Andá a buscarla. Haceme la caridad, Normita -repitió Enrique. La mujer desapareció por una puerta. Había olor a guiso. Enrique se tocó la punta de una bota, con esfuerzo.

-La puta que lo parió con esta humedad de mierda -dijo-. Cuando se pone así, tengo un sobrehueso que vos no sabés lo que me jode, Berto. Tendría que operarme.

-Y operate- aconsejó mi viejo, con el tono de voz bajo clásico de quien está en una casa que no conoce.

-Tu abuela me voy a operar. A mí no me agarran esos matarifes.

 

Apareció la polaca, precedida por el cacheteo acompasado de sus pantuflas sobre el mosaico. Era notorio que se había puesto encima un vestidito liviano a las disparadas y todavía se seguía arreglando con las manos el pelo casi rojo. Era grandota y muy blanca.

 

No podía decirse que fuera linda. Impresionaba, más bien. No esbozó ni una sonrisa al saludar.

 

-¿Qué hacés, Susana?- Enrique, en un impensado gesto caballeresco, se puso de pie y mi viejo lo acompañó-. Se me hace que recién te levantás.

-Así es- a que se sentó ahora fue Susana, sin mucho estilo, casi zanguanga-. Estuve cantando hasta tarde anoche, casi las cinco.

 

Enrique se volvió a sentar.

 

-¿Siempre acá? -señaló con el pulgar-. ¿En el Panamerican?

-Siempre ahí- Susana había sacado un cigarrillo con velocidad de prestidigitador y agitó la cabeza un par de veces más acomodando el cabello-. Me hablaron de otras partes. Me quisieron llevar a Buenos Aires. Desde Asunción también. Pero prefiero quedarme. Estoy cansada.

-También, acordate, no podés salir del país.

-¿Por lo del abogado?

 

Enrique asintió con la cabeza. Susana exhaló por la nariz.

 

-Se va a solucionar pronto- dijo.

-De eso quería hablarte.

-¿De eso?- Susana se quedó mirando a Enrique-. Vamos a mi pieza –invitó. Otra vez todos de pie.

-Vengan- dijo Susana. Mi viejo se retrajo un tanto, negó con la cabeza.

-Nosotros esperamos acá, Enrique- dijo.

-No, vení. Vení Negrito, -me incluyó- es cosa de un minuto.

 

Seguimos a la polaca y a Enrique. Pasamos por un patio largo y estrecho. Subimos a un altillo. Susana tenía una habitación grande, arreglada minuciosamente con muchos mantelitos bordados y muñecas de porcelana. Ella se tiró en la cama, tío Enrique se sentó en la única silla. Mi viejo y yo nos apoyamos en una alacena. Enrique no perdió tiempo.

 

-¿Sabés que al abogado lo mató un tal Genovese?

-Leí. Leí en el diario- dijo Susana.

-¿Lo conocías? ¿Conocías a ese Genovese?

 

Susana, casi recostada en la almohada alta, negó con la cabeza.

 

-No. No lo conocía.

-¿No lo habías visto nunca con el abogado?

-No. No lo había visto- pensó un momento, pellizcándose el labio inferior-. O creo que no lo había visto. Se imagina que después de tantos años, cuatro años… Eugenio me presentó a tanta gente que… es difícil acordarse de todos.

-Me imagino.

-Es como si me acordara de todos los que pasan por el Panamerican. O de todos los que vienen a saludarme al camarín.

-Este es un morocho, alto, de Venado Tuerto, un comisionista de bolsa, de bigotes, buen pelotari.

 

Susana se encogió de hombros.

 

-Por ahí lo conocí, no recuerdo.

-¿El abogado nunca lo trajo acá?

-¿Acá? No. Acá incluso veníamos muy poco con Eugenio. Usted sabe que Norma es muy celosa en esas cosas, con el prestigio de la pensión. Con Eugenio me permitía, porque sentía una gran admiración por él. Un hombre de leyes, decía. Y aparte porque Eugenio podía llegar a ayudarla en algún momento. Usted sabe que siempre hay problemas con los impuestos. Pero ya que Eugenio viniera con otro… muy difícil.

-Sin embargo… -tío Enrique hizo una pausa, algo teatral- supe que anteanoche vino alguien a visitarte. Y era un hombre.

 

Susana se sobresaltó. Luego afirmó con la cabeza.

 

-Mi hermano- dijo-. Vino mi hermano desde Las Varillas. Cuando supo lo de Eugenio vino a verme para saber cómo estaba -hizo un silencio-. Yo había ido un par de veces con Eugenio a mi casa, a visitar a mis padres. Lo querían mucho.

 

Tío Enrique miraba hacia abajo. Había sacado de un bolsillo un pedazo de papel y lo hacía girar entre sus dedos. Advertí que era uno de esos formularios donde se registran las huellas dactilares. Lo volvió a guardar en un bolsillo.

 

-Tengo que hacer una comprobación, Susana -dijo de pronto, cortante, poniéndose de pie.

 

Susana lo miró, seria.

 

-Por favor, parate -ordenó tío Enrique- y ponete acá delante, debajo de la luz.

 

Susana obedeció, levemente demudada. Caminó hasta Enrique y se detuvo a solo veinte centímetros de él, bajo el haz de luz de la lámpara que colgaba del techo. Enrique comenzó a estudiarle la piel de la frente, entrecerrando los ojos, silbando entre dientes, las manos en los bolsillos, balanceándose apenas hacia atrás y hacia adelante. Estudió las mejillas de Susana, la piel blanca y tirante a los costados de la nariz. De pronto, Enrique sacó mi lupa, la limpió con la falda de su saco y comenzó a escrutar el rostro de Susana a través del lente de aumento. Fruncía los labios y canturreaba. Detuvo un instante la inspección sobre el largo cuello de la mujer.

 

-Por aquí anduvo gente –musitó.

-¿Co… cómo? –vaciló Susana, la mirada en alto, en algún punto del empapelado floreado.

-Se notan claramente las huellas dactilares –dijo Enrique.

-Serán mías. Estuve algo afónica. Me cuido para cantar.

 

Enrique dobló un poco las rodillas y depositó su atención sobre la zona de las clavículas. Chistó dos o tres veces, como quien azuza a un caballo, negando.

 

-No son huellas tuyas, querida. Es huella de hombre. Se acumulan en esta parte. Y bajan.

 

Susana tragó saliva.

 

-Hará cosa de dos días- murmuró tío Enrique-. Un hombre solo. Dedo de yema ancha. Las huellas se pierden hacia abajo…

 

Los hombros de la polaca se sacudieron. Meneó la cabeza. Parecía que se desarmaba.

 

-No puede ser -lloriqueó-, no puede ser.

-Y fijáte vos… -Enrique, sin dejar de sostener la lupa con su mano derecha, sacó el papel con el que había estado jugando minutos antes y lo elevó en el aire, a la luz, con la izquierda-. Son las mismas huellas que me dieron en la Jefatura, de Genovese.

-¡No! -estalló Susana, dando un paso hacia atrás-. ¡No es verdad! Usted miente.

-¿Querés verlas? -Enrique le estiró el papel. Susana negó con la cabeza-. Son idénticas. Y seguro que encuentro, más abajo, si me dejás seguir mirando.

-¡Yo me bañé!¡Me froté bien lloró, ahora sí, desenfrenada, Susana!.

-Las huellas de un hombre sobre la piel- asesoró doctoral tío Enrique, guardando lupa y papel en un bolsillo y dando unos pasos junto a la cama- pueden durar de veinte a treinta y cinco días. Y si es un hombre de cutis graso, casi cuarenta.

 

Susana lloraba quedamente, de pie, ocultando su cara entre sus manos.

 

-Le dije que se pusiera guantes –musitaba–. Le dije que se pusiera guantes.

-¿Fue Genovese el que vino el martes, no es así?- preguntó tío Enrique. Susana no dijo nada. Mantenía las puntas de sus diez dedos sobre la boca y miraba hacia la nada, los ojos llorosos. Asintió levemente con la cabeza. Tío Enrique nos miró a mi viejo y a mí.

 

-Vamos yendo- nos dijo. Luego se volvió hacia Susana- después nos vemos- saludó.

 

Bajamos las escaleras y cruzamos el patio en silencio. El olor a guiso recrudecía y desde la cocina apareció Norma, presurosa, limpiándose las manos con un repasador, masticando algo. La saludamos y nos fuimos. Afuera el sol daba vertical y hacía calor.

 

-¿A cuánto estamos de lo de Mecha y Celita?- preguntó Enrique.

-Serán ocho, diez cuadras –estimó mi viejo.

-Vamos caminando. ¡Qué vamos a tomar tranvía!

-Oíme, Enrique… -dijo mi viejo, lanzado a caminar-. Vos bien sabés que las huellas digitales no se detectan en la piel.

 

Enrique hizo un visaje.

 

-Pero ella no lo sabía, Berto. A veces el asunto no es saber más cosas que los demás. A veces el asunto es encontrar alguien que sepa menos que uno.

-Lo que ya es decir- aseveró mi viejo.

-Puta. Lo que ya es decir.

-Sacáte las manos de los bolsillos- mi viejo se volvió para reconvenirme-. El hombre que anda por la calle no debe andar nunca con las dos manos en los bolsillos. Siempre una, por lo menos, afuera. Se cae, se tropieza, y siempre tiene una mano libre para apoyarse.

 

Roberto Fontanarrosa – Argentino.

Cuento de "La mesa de los galanes y otros cuentos", © 1995 by Ediciones de la Flor

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