Del libro La historia de la Argentina nuclear

EL PROYECTO HUEMUL, UNA RESPUESTA

Guillermo Horacio Lamuedra

argentina-atomica
El origen de la energía atómica en la Argentina; La búsqueda de uranio y fabricaciones militares; Savio; El ataque del imperialismo; El "caso" Richter.

 La historia de la Argentina nuclear

EL  PROYECTO HUEMUL, UNA RESPUESTA

 

EL ORIGEN DE LA ENERGÍA ATÓMICA EN LA ARGENTINA

LA REVOLUCIÓN DE 1943

EL EJÉRCITO COMO IMPULSOR DE LA INDUSTRIALIZACIÓN

LA BÚSQUEDA DE URANIO Y FABRICACIONES MILITARES

EL SABIO CONTRA SAVIO

LA ASOCIACIÓN FÍSICA ARGENTINA Y LA SUBORDINACIÓN CULTURAL

EL ATAQUE DEL IMPERIALISMO

EL "CASO" RICHTER

 

 

Por Guillermo Horacio Lamuedra *

 

1 – El origen de la energía atómica en la Argentina

 

El doctor Mario Mariscotti, ex Director de Investigaciones y Desarrollo de la Comisión Nacional de Energía Atómica, es autor de un interesante libro titulado: "El Secreto Atómico de Huemul, Crónica del origen de la energía atómica en la Argentina" (Editorial Sudamericana-Planeta, 1985).

 

Obra valiosa por el numeroso material documental que rescata, es el fruto de una paciente búsqueda de varios años. Su valor se acrecienta si consideramos que su autor es un hombre de ideas liberales y sin embargo rinde un tributo implícito y tal vez involuntario al general Perón y a su vocación por el desarrollo de la energía nuclear con fines pacíficos.

 

Pese a esto, el doctor Mariscotti no ha logrado captar el sentido profundo de los acontecimientos que relata, ni de las razones que impulsaron la creación de la CNEA.

 

Su obra adolece además de varias omisiones.

 

La más importante es desconocer el papel que le cupo a las Fuerzas Armadas en los orígenes de la energía atómica y en el desarrollo industrial del país, así como relativiza el del peronismo.

 

2 – La revolución de 1943

 

La generación militar nacionalista que irrumpe en 1943 con un golpe palaciego, transformado el 17 de octubre de 1945 en revolución popular, es fruto de un lento proceso que se inicia con la crisis de 1930. Será menester por lo tanto, antes de entrar en materia, hacer una breve recapitulación histórica.

 

El derrumbe de la bolsa de Nueva York, en octubre de 1929, sumió al capitalismo mundial en las dificultades más graves de su historia. Sus sacudidas en la Argentina contribuyeron a la caída del viejo caudillo Hipólito Irigoyen, arrojado del poder por la conspiración oligárquica.

 

El movimiento popular, que había obtenido para los argentinos la vigencia del voto secreto y obligatorio, se hundía preso de una lenta y profunda descomposición, que llevaría al radicalismo, muerto su jefe, a convertirse en la "oposición de su majestad" durante la fraudulenta "década infame".

 

Pero no sólo el gobierno radical se derrumbaría ese año. Nuestra tradicional relación de dependencia con el Imperio Británico comenzaba a exhibir sus fatales límites históricos.

 

El peso argentino baja un 30% de su valor respecto al dólar, el franco y la libra esterlina. Los precios internacionales de las materias primas caen abruptamente. Para más, Gran Bretaña se vuelve proteccionista y da prioridad a las importaciones provenientes de su imperio.

 

La oligarquía argentina, probritánica y librecambista debe, bajo el aluvión de la crisis, adoptar ciertas medidas proteccionistas. Para dar un ejemplo: el gobierno del general Uriburu aplica un 10% de recargo aduanero a las importaciones.

 

Estos hechos son una muestra particular de un fenómeno más general, gracias a la quiebra del mercado mundial se genera un proteccionismo forzoso, que origina, no solo en la Argentina sino en todo el Tercer Mundo, una creciente industrialización.

 

La crisis internacional del capitalismo, aunque más dura al principio para el mundo periférico, a largo plazo le será beneficiosa y al terminar la Segunda Guerra Mundial se desatarán poderosos movimientos de liberación nacional en Asia, África y América Latina.

 

Precisamente la revolución militar del 4 de junio de 1943, aunque sus participantes no lo supieran, fue uno de los primeros ejemplos de un proceso de alcance mundial. La lenta acumulación de fuerzas que se realiza en los países históricamente sometidos, gracias primero a la crisis y luego a la lucha feroz entre las grandes potencias, se expresará en movimientos nacionales que reflejan los nuevos intereses industriales creados al amparo de tales convulsiones.

 

En Argentina fue el Ejército el que tuvo que representar el papel que en los viejos estados europeos le cupo a la burguesía como factor de industrialización y modernización de la nación. La nuestra, joven, mezquina y semi-extranjera en muchos casos, nunca alcanzó a comprender plenamente su deber histórico.

 

Nacida en la era de la decadencia mundial del capitalismo imperialista, vivirá presa de los mitos oligárquicos y clamará ciega y repetidamente contra el estado nacional que la protege. Así se plegará a la Unión Democrática, pese a que toda la política de Perón tendía a beneficiaria y a desarrollar un capitalismo nacional autónomo.

 

En cuanto a los partidos políticos tradicionales, de izquierda a derecha, se habían formado en la época "dorada" de nuestra relación serni-colonial "fábrica-granja" con Gran Bretaña y eran incapaces, como lo probó su vergonzosa adhesión a la Unión Democrática apadrinada por el embajador norteamericano Braden, de comprender la nueva situación.

 

El principal de todos ellos, el radicalismo, seguía sosteniendo pese a los cambios, una visión "agrarista" de la política nacional.

3 – El Ejército como impulsor de la industrialización

 

En estas condiciones, el Ejército se ve obligado a actuar como promotor y protector de la industria frente a sus tradicionales enemigos: la oligarquía agropecuaria y el imperialismo extranjero.

 

El gobierno, surgido de la revolución de junio de 1943, persiste, pese a la presión norteamericana, en la neutralidad, gracias a la cual prosperaba el país.

 

El número de obreros industriales había pasado de 437.816 en 1935 a 1.056.673 en 1946. En 1944 la industria nacional ya producía el 80,5% de las manufacturas, contra apenas un 41,4% de principios de siglo. La participación del capital extranjero en el país baja del 47,7% en 1913 al 15,4% en 1945 (1).

 

El nacionalismo militar tenía pues sólidos fundamentos. Sin embargo su política global exhibía rasgos contradictorios que ponían en peligro su naturaleza profundamente progresista.

 

Entregada el área cultural a los representantes del nacionalismo oligárquico, la admiración de éstos hacia el moribundo fascismo europeo y su pretensión de reproducir aquí algo parecido al "milenio" de Hitler, espantaba a la clase media y favorecía magníficamente a los imperialismos "democráticos", preocupados por la política industrialista del gobierno militar, dándoles la oportunidad de esconder bajo la máscara de la "defensa de la democracia" sus verdaderos y siniestros propósitos.

 

Fue gracias al 17 de octubre que el golpe se trastocó en revolución popular y apartó a los nostálgicos de la Edad Media. Se salvaron de este modo toda una serie de importantes medio das de nacionalismo económico y se abrió una década de progreso para la patria.

 

El mérito de la revolución de junio puede medirse citando algunos de sus actos. Intervino y luego nacionalizó la Corporación de Transportes, fruto espurio del acuerdo Roca-Runciman.

 

Asimismo nacionalizó la Compañía británica de Gas e intervino la CADE, célebre compañía corruptora del parlamento.

 

Se crearon la Secretaría de Industria, con jerarquía de ministerio y el Banco de Crédito Industrial Argentino, destinado al otorgamiento de préstamos a largo plazo. Se fomentaron las industrias militares y se protegieron los derechos del trabajador.

 

Pero el rol industrialista del Ejército era anterior.

 

En 1937 se puso en marcha la Fábrica Militar de Aviones. En 1945 comenzó a operar Altos Hornos Zapla. La Marina por su parte inicia la explotación del carbón de Río Turbio.

 

La Fábrica Militar de Aviones, fundada en Córdoba en 1927, entrega en 1945 a la Aeronáutica los primeros aviones de serie, construidos en el país pese a las dificultades que ocasionaba la guerra (2).

 

Dentro de este importante conjunto de iniciativas, que brevemente citamos, la energía atómica fue otro más de los campos en los que se interesaron las Fuerzas Armadas y al cual dieron un impulso decisivo.

 

Esto es lo que omite o no comprende el doctor Mariscotti, quien pretende rastrear el origen de la energía atómica argentina, casi exclusivamente, en los planes y actividades del primer presidente de la Asociación Física Argentina (AFA), el doctor Enrique Gaviola.

4 – La búsqueda de uranio y Fabricaciones Militares

 

Volvamos a la obra del doctor Mariscotti. Su libro que abunda en detalles casi anecdóticos, sin embargo omite el visionario decreto número 22.855 de septiembre de 1945, originado en el Ministerio de Guerra, cuyos considerandos dicen: "Que los minerales de uranio, tanto por sus actuales aplicaciones, como por las posibilidades futuras que resultan como consecuencia de recientes investigaciones, poseen una importancia de excepción, que afecta el interés general del país. Que es previsible el empleo de dichos minerales en la obtención, dentro de un plazo que puede ser relativamente breve, de energía industrialmente aplicable, lo cual hace conveniente velar por la conservación de los yacimientos cuya explotaci6n deba reglamentarse en la forma estricta que aconseja su importancia" (3).

 

Tampoco el doctor Mariscotti asigna mayor trascendencia al hecho de que fue la Dirección General de Fabricaciones Militares (FM), fundada por el general Manuel Savio, la primera que exploró sistemáticamente el territorio argentino en busca de minerales uraníferos.

 

Hasta 1945 el interés por éstos, que se remonta a 1874, había sido meramente científico. Pero entre 1947 y 1949, Fabricaciones Militares busca en las sierras de Córdoba, San Luis y Catamarca, minerales de uranio, hallando acumulaciones ricas pero pequeñas.

 

Asimismo FM inicia la búsqueda y estudio de otros depósitos uraníferos de diferente tipo que los anteriores, como el de la mina "Soberanía" en Mendoza (4).

 

Podríamos suponer que el doctor Mariscotti orienta su libro al proyecto Huemul, y de lo que allí se trataba era de obtener energía útil en base a la fusión de elementos livianos, como los isótopos de hidrógeno, y no el de la fisión del uranio, los antecedentes sobre este último no tendrían mayor importancia.

 

Pero sucede que el autor subtitula su libro: "Crónica del origen de la energía atómica en la Argentina". Si tal es su propósito entonces la omisión es grave, más cuando resalta la importancia de la temprana búsqueda de uranio en el país.

 

Téngase en cuenta que la oligarquía obstruyó la explotación de nuestros yacimientos minerales como un modo para dificultar la industrialización de la Argentina y que las naciones anglosajonas tenían, por esa época, el monopolio occidental de los minerales de uranio.

 

Valga la siguiente anécdota sobre los problemas, que por aquel mismo tiempo, encontró Noruega para operar un reactor construido con su esfuerzo e inteligencia.

 

A principios de 1950, el físico noruego Gunnar Randers se encontraba en un callejón sin salida: el reactor de uranio natural yagua pesada, al frente de cuya construcción estaba, no podría operar pues en su país no se había hallado uranio, material indispensable para su funcionamiento. Para peor él había instigado a su gobierno a emprender la obra, confiado en la producción propia de agua pesada y en una exploración minera exitosa del territorio de su patria.

 

Se vivía por esos años en el reinado de la política del secreto y EEUU, Gran Bretaña y Canadá, gracias a los acuerdos concretados durante la guerra mundial, tenían las dos llaves que bloqueaban todo desarrollo nuclear en otros países: los monopolios del uranio y la tecnología.

 

Como el carbón anglosajón obstaculizaba la exportación de uranio, Randers acudió entonces a Francia para conseguir su suministro. Pero las exigencias francesas fueron leoninas: entre otras cosas reclamaba que el reactor de Randers fuese considerado como franco-noruego.

 

Noruega rechazó tales pretensiones y pudo concertar posteriormente un acuerdo con los Países Bajos, que poseían una decena de toneladas de uranio ocultas durante la guerra (5).

 

Se podrá argumentar que este ejemplo no es aplicable a nuestro país, pues nosotros de todos modos no poseíamos el agua pesada necesaria para un reactor de uranio natural.

 

Pero aunque el hecho vale como una simple muestra de las posibles dificultades, es necesario decir, que el descubrimiento de uranio en nuestro territorio, nos ponía en mejor posición internacional para negociar ventas de equipos o cesión de tecnología, así como permitió comenzar a los científicos argentinos sus primeros experimentos atómicos en el país.

 

5 – El sabio contra Savio

 

Veamos cuáles son en cambio los antecedentes que el doctor Mariscotti cree fundamentales en el origen de la energía atómica en la Argentina, ya que los titula "Buenos Proyectos".

 

Estos serían principalmente, las particulares ideas del doctor Enrique Gaviola, quien mantenía dos esperanzas infundadas.

 

Una era que centenares de científicos extranjeros abandonarían Europa y EEUU al sentirse oprimidos por la política de secreto y censura que allí se ejercía, donde la ciencia, según Gaviola, "ha sido ahora nacionalizada y puesta al servicio de la guerra", y acudirían a la Argentina.

 

El atractivo para la emigración debía ser reforzado no sólo con la seguridad económica, sino sobre todo con la libertad científica mediante un organismo capaz de inspirarles confianza.

 

Este podría ser una "Comisión Nacional de Investigaciones, formada por los pocos hombres de ciencia activos de reputación internacional con que cuenta el país, que dispusieran de suficiente autoridad y recursos", escribía Gaviola en 1946.

 

Su obsesión era la "ciencia libre internacional", que ya no existía en parte alguna del mundo y menos en el tema nuclear.

 

Frente a la ciencia nacionalizada Gaviola pensaba que era "clara conveniencia de los países no directamente interesados en la Tercera Guerra Mundial levantar y mantener encendida la antorcha de la ciencia libre internacional".

 

Esto significaba sobre todo apartar a los militares, sobre los que, como veremos, tenía una posición contradictoria.

 

La otra ilusión era la de crear una universidad privada de alto nivel científico y pocos alumnos, como las que había conocido en sus años de estudio en Alemania y EEUU en la década de 1920, y que sería apadrinada y financiada por personajes de la oligarquía, las altas finanzas y la industria.

 

Examinemos con más detalle estas dos cuestiones.

 

El doctor Gaviola había quedado favorablemente impresionado por la lectura del discurso, pronunciado en marzo de 1946, por el físico Edward Condon, director del Nacional Bureau of Standards de los EEUU.

 

En el alegato, que Gaviola reproducía en un artículo, Condon se quejaba de la censura militar norteamericana a los científicos y decía: "A científicos prominentes se les niega el privilegio de viajar al extranjero. A los físicos no se les permite discutir entre ellos ciertos campos de la ciencia… Ellos pueden comunicarse sólo a través de conductos oficiales que implican censura de sus conocimientos por oficiales del ejército sin conocimientos… ".

 

Como sucede a menudo, la intelectualidad del país semicolonial recibe del llamado "mundo civilizado" una información parcial y deformada de la realidad o bien una teoría acabada, el acto final de un drama histórico, pero no alcanza a com

prender su lento proceso de gestación. Para peor trata de aplicar estas ideas importadas a realidades muy diferentes.

 

El discurso de Condon se enmarcaba en la polémica que por esos días se mantenía en EEUU sobre la futura legislación atómica, que culminaría con la ley Mac Mahon. Esta ley no permitió un total control militar como querían algunos, pero creó una división de

aplicaciones militares de la energía atómica y mantuvo, como ya se explicó, un riguroso secreto y un total monopolio estatal.

 

Por lo demás el discurso de Condon resulta por lo menos tardío,  ya que numerosos científicos norteamericanos y extranjeros colaboraron de una manera u otra, bajo mando militar, con el proyecto de la bomba atómica y fueron científicos y no militares los que en definitiva señalaron la capacidad explosiva del átomo.

 

Pero no todos los hombres de ciencia pensaban como Condon sobre el ejército. Bertrand Goldschmidt, partícipe de los trabajos atómicos aliados durante la guerra, escribe: "Se tomó una gran decisión: pasar a la fase de las realizaciones industriales y confiar su dirección al ejército. Se adoptó este cambio no sin antes haber mantenido una cerrada lucha con algunos científicos. Los técnicos temían, no sin razón, el espíritu militar y la inevitable extensión del secreto, perjudiciales al grado de libertad necesaria para la expansión de la investigaci6n científica, pero no se daban bastante cuenta del enorme peso del ejército para obtener las prioridades indispensables a un

rápido avance de las grandes realizaciones técnicas (6)".

 

En efecto, sólo la intervención del ejército, con el poder de su estructura centralizada, pudo dejar lista la bomba atómica antes del [m de la guerra. Si así se manifiesta esta capacidad industrial de las Fuerzas Armadas en un país imperialista, con poderosos monopolios privados, qué decir de su importancia en un país semicolonial donde la burguesía es débil o inexistente.

 

El físico argentino en cambio nunca pudo entender el rol del Ejército en su patria, lo que le llevó a una ciega oposición a los proyectos del general Savio, quien deseaba crear un Instituto Nacional de Investigaciones Físicas y buscaba a esos efectos la colaboración de Gaviola.

 

Éste, si bien había enviado memorandos a los Ministerios de Guerra y Marina con sus propios planes para fundar una Comisión Nacional de Investigaciones y asesorado a la Marina sobre la creación de un Instituto Radiotécnico, quería que los militares apoyaran la física "civil", según él la entendía, pero" no poner la física civil bajo la bota de ellos (los militares)", como lo declara en una entrevista con Mariscotti, y hablando de su oposición al referido Instituto proyectado por Savio, que dependería del Ministerio de Guerra.

 

El físico cuestionaba dicha dependencia y aunque parezca paradójico, el abultado presupuesto previsto para el organismo.

 

Obsesionado por la "ciencia libre internacional", Gaviola se ponía en el papel de Condon, pero Savio no era Leslie Groves, el general norteamericano que dirigió el proyecto Manhatann sobre la bomba atómica, ni el Ejército argentino podía ser asimilado al ejército de un país imperialista. Éste último es el brazo armado de las grandes potencias en su política de dominio mundial.

 

Diferente es la situación en el Tercer Mundo, donde el ejército suele jugar un papel contradictorio. A veces participa de dictaduras cívico-militares y establece un gobierno de carácter oligárquico-imperialista. En otras ocasiones acaudilla movimientos nacionales, expropia al capital extranjero o efectúa la reforma agraria.

 

Groves pretendía mantener el secreto militar sobre la ciencia atómica, porque ése era, a su entender, el mejor modo de mantener la superioridad norteamericana sobre otras potencias imperialistas en un área vital.

 

En cambio, el papel que Savio y otros militares de su generación asignaban a la energía nuclear era la de contribuir a la defensa nacional, entendido este término en su sentido más amplio, es decir en la capacidad industrial, económica, científica y cultural de un país.

 

Toda la política de Savio y su campaña para que Argentina fabricara acero, de

muestran que su concepto de defensa nacional era mucho más amplio que una simple idea "militarista", en otras palabras que la defensa nacional involucraba el crecimiento industrial, y que no se proponía, con la dependencia de su proyectado instituto

respecto al Ministerio de Guerra de su proyectado instituto, establecer un tipo de rígida censura al estilo de Groves.

 

Mariscotti le reconoce virtudes al proyecto de Savio.

 

Veamos lo que dice: "Con todo el proyecto de Savio no era malo. En realidad, visto ahora con la perspectiva de casi cuatro décadas, el texto presentado en la Cámara de Senadores era excelente… Aparte de su discutida dependencia del Ministerio de Guerra, se propone que el Instituto sea autárquico, y no existe en el resto del texto mención alguna de intervención militar; a no ser que el Consejo Técnico es integrado por cinco científicos y un representante del Consejo de Defensa, lo cual para un organismo que se supone va a entender con todo lo relacionado con la energía atómica, no parece demasiado disparatado".

 

No se comprende entonces por qué es tan benévolo al juzgar a Gaviola, al que sus prejuicios antimilitaristas llevan tan lejos como para rechazar la generosa oferta de Savio de 40 millones de pesos (unos 10 millones de dólares de entonces) para el proyectado Instituto y practicar un regateo al revés porque, según decía, el excesivo dinero lo iba a "obligar a nombrar un montón de burócratas".

 

Gaviola parecía prisionero de la idea de fundar organismos pequeños, donde se practicara una ciencia "libre", es donde el Estado y sobre todo los militares no se inmiscuyeran.

 

Lo que el físico no comprendía era que la ciencia no puede ser absolutamente libre y que el gobierno debe orientar la investigación hacia las áreas más necesarias para el país (7),Además la libertad que pretendía Gaviola, en un marco externo de riguroso secreto, era una concesión sin reciprocidad alguna.

 

En cambio Savio soñaba con poderosos entes nacionales que no se dedicasen sólo a la ciencia en abstracto, sino adecuada a las necesidades de nuestra realidad.

 

La participación de los militares en tales organismos es razonable, en la medida de que hay áreas de la investigación científica vinculadas a la defensa nacional.

 

En Argentina esta participación militar se refuerza por el mencionado papel industrial del Ejército. A este respecto, la incomprensión de Gaviola era total. Veamos lo que escribe en su respuesta a Savio: "La Dirección General de Fabricaciones Militares misma sentirá, algún día, la conveniencia de pasar a la Secretaría de Industria y Comercio. Entre las funciones específicas del Ministerio de Guerra no está la de ser industrial".

 

¡Grave error! Si Fabricaciones Militares hubiera pasado al área donde desfilaron en los últimos 30 años los agentes del imperialismo como Prebisch, Krieger Vasena, Alsogaray, Martínez de Hoz y otros nefastos funcionarios vinculados al Ministerio de Economía, hace rato que hubiese sido destruida.

 

Precisamente de esta tarea se ocupó el gobierno de Alfonsín y la completó Menem, para quienes la "democracia" sólo sirvió para ocultar su dependencia de los usureros internacionales.

 

En cuanto a los científicos extranjeros "oprimidos" por la política del secreto de las potencias aliadas, Gaviola fracasó en su propósito de traerlos al país.

 

Sólo algunos, provenientes de los países derrotados en la guerra, aceptaron venir y a veces lo pudieron efectivizar, cuando consiguieron escapar a las autoridades de ocupación que les negaban la salida.

 

Tal fue el caso del doctor Walter Seelmann Eggebert a quien Joliot, presidente del CEA francés, negaba el permiso y viajar porque "era para trabajar con el dictador Perón".

 

Falsificando documentos el científico alemán pudo llegar a nuestro país en 1949.

 

Contrastando con las cartas de Gaviola, más eficaz para conseguir científicos fue el método empleado por el general Peron, quien trajo secretamente desde Noruega a Kurt Tank y otros técnicos aeronáuticos alemanes, buscados por los aliados, y que aquí construyeron los famosos aviones Pulqui, considerados entre los mejores de su época.

 

Despreocupándose del chantaje moral de los imperialismos aliados, que se apoderaron de cuanto científico "nazi" hallaron (el más famoso: Wemer Von Braun), Perón quería impulsar el progreso de la Fuerza Aérea.

 

En realidad, rescató a estos técnicos de manos del imperialismo, donde hubieran trabajado para las maquinarias bélicas al servicio del dominio mundial. Perón hizo más bien a la humanidad que la torpe "Revolución Libertadora" que los expulsó.

 

En cuanto a la Universidad Privada de Gaviola, el lector podrá juzgarla conociendo algunas de sus características proyectadas: No más de 25 alumnos por año y el 60% de su presupuesto costeado por los propios aranceles estudiantiles.

 

Su ubicación debía ser tal que "los hijos y las hijas de profesores tengan más probabilidad de casarse entre ellos que con personas sin tradición científica, cultural y moral", explicaba Gaviola.

 

Una mención aparte merecen las personas a las que el físico contactó directa o indirectamente para que financiaran o apoyaran su universidad: el doctor Eduardo Braun Menéndez, el poderoso estanciero e industrial Otto Bemberg, León Fourvel Rigolleau (dueño de la conocida cristalería), el empresario Lamuraglia, Francisco Pratti (de la Compañía Fabril Financiera), J. Martín (también del Grupo Bemberg) y así una larga lista de nombres que incluye hasta Miranda, el ministro de Perón.

 

Como rector llegó a postular a Bernardo Houssay, clásico representante de esos sabios que Jauretche catalogó como los "figurones" del aparato cultural de la oligarquía.

 

Ninguno de estos señores quiso colaborar, por alguna u otra causa, pese al exiguo presupuesto anual de la Universidad. Más allá de las reservas que nos inspira la enseñanza privada y de la mezquindad de la oligarquía y la burguesía nacional, hay que decir claramente que la Universidad de Gaviola, desconectada de un poderoso ente estatal como llegaría a ser la CNEA, sólo hubiera producido una elite de científicos destinados a la emigración.

 

Distinto sería el papel del Instituto Balseiro, estrechamente ligado a la empresa estatal.

 

6 – La Asociación Física Argentina y la subordinación cultural de la clase media

 

El capítulo II del "Secreto Atómico de Huemul" deja la impresión de que su autor dedica largas páginas para narrar los proyectos y actividades de un personaje, Gaviola, que en definitiva, por sus propios prejuicios, se marginó totalmente de los planes oficiales para crear lo que hubiera sido un antecedente de la CNEA.

 

Sólo se vinculó a ella en 1963, como profesor del hoy Instituto Balseiro. Igualo mayor motivo de indagación hubiera merecido la figura de Savio.

 

Pero no fue sólo Enrique Gaviola, sino la mayoría de quienes dirigían la Asociación Física Argentina, que aquél presidía, la que se resistió a colaborar con el gobierno peronista.

 

Esta posición no hacía sino reflejar la gravitante influencia que sobre un importante sector de la clase media mantenía el aparato cultural de la oligarquía y el imperialismo, así como las limitaciones del peronismo para atraerlo.

 

La AFA, fundada en 1944, que debía representar a un sector profesional más nuevo y dinámico de la clase media, que aquel formado en el apogeo de la semicolonia agraria, no pudo sustraerse al aplastante peso de una tradición antinacional que se expresaba de mil maneras a través de los grandes diarios, las Academias, las Universidades, las revistas literarias, la falsificación histórica y los modelos europeos como ideal supremo.

 

El progreso personal de un científico, si no quiere emigrar o convertirse en un "figurón" del aparato cultural oligárquico, está ligado al crecimiento industrial de su patria.

 

En un país del Tercer Mundo tal crecimiento implica una vigorosa intervención del Estado y de las Fuerzas Armadas, únicos con capacidad para resistir a los poderosos monopolios extranjeros.

 

El anacrónico liberalismo de Gaviola atentaba, por lo tanto, contra los únicos sectores que podían impulsar decididamente la ciencia, la tecnología y la industria

 

La AFA no apoyó el plan de Savio sino el que unos meses más tarde presentaron los senadores Sosa Loyola y Luco, por el cual el proyectado Instituto Nacional de Investigaciones Físicas y Químicas dependería del Ministerio de Justicia a Instrucción Pública.

 

Esto consta en el Diario de Sesiones del Senado del 10 de abril de 1947 y mereció un generoso comentario del diario La Prensa, tradicional vocero de la oligarquía. Eran, como vimos, dos concepciones diferentes.

 

La de Savio, sosteniendo un poderoso ente estatal como palanca para un desarrollo industrial. La otra, un pequeño instituto de investigación. La inquietud militar por impulsar las industrias surge de las cartas que intercambian Perón y Ronald Richter, el polémico físico que condujo el Proyecto Huemul.

 

Dice de ellas Mariscotti: "Por último, la confesión de sus genuinas inquietudes por utilizar la energía atómica para acelerar los procesos de producción siderúrgica constituye uno de los documentos históricos más elocuentes sobre los verdaderos propósitos de Perón, hasta ahora inéditos…; el apoyo al proyecto Huemul no estaba destinado a fabricar armas atómicas (como lo había denunciado Rodríguez Araya y lo sospecharon muchos) sino al uso pacífico de la energía obtenida" (8).

 

Pacífica e impulsora de la industria, he aquí la posición del nacionalismo militar. La AFA, en cambio, insistía en una posición cientificista.

 

Si Mariscotti reconoce parcialmente lo primero, su libro sin embargo adolece de una crítica de las posiciones de la AFA desde mediados de la década de 1940 a principios de la de 1950.

 

Porque si bien el reparo científico por la política de secreto y censura podía ser respetable, aunque infundado, como vimos al referimos al proyecto de Savio, igualmente legítima era la inquietud militar por el desarrollo industrial y la defensa nacional.

 

Por otra parte la absoluta libertad que pretendía Gaviola, en un mundo donde regía el más riguroso secreto y monopolio estatal de la actividad atómica, era un absurdo.

 

Cuando ni siquiera en EEUU la energía nuclear pudo salir adelante sin un masivo apoyo del Estado, presentar, como lo hace el doctor Mariscotti, el proyecto de Universidad Privada de Gaviola como antecedente válido del origen de la energía atómica en Argentina es un despropósito.

 

En definitiva, la ciega oposición de la AFA a los planes oficiales para crear un Instituto de Investigaciones Físicas, la desaparición en julio de 1948 de su más decidido promotor, el general Savio y la llegada de Richter al país, hicieron que estos primeros intentos por fundar un ente estatal dedicado a la energía atómica fracasaran.

 

Si Perón tuvo que recurrir a Richter y otros científicos extranjeros fue precisamente porque los físicos argentinos persistieron en su estéril marginación.

 

Sólo a partir de la Creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), en mayo de 1950 y más particularmente de la DNEA, un año después, una serie de científicos, sobre todo jóvenes, se van incorporando a los nuevos organismos estatales al comprobar las grandes posibilidades que éstos le brindaban.

 

7 – El ataque del imperialismo

 

El ojo de águila del imperialismo norteamericano había captado que los militares argentinos se proponían desarrollar la energía atómica. Las actividades de Savio, en el doble plano de la búsqueda de uranio y de la creación de un Instituto de Investigaciones Físicas, no habían pasado desapercibidas; tampoco el interés por atraer sabios extranjeros.

 

Así, las intrigas de EEUU no se hicieron esperar.

 

En noviembre de 1946, un "periodista" norteamericano, William Mizelle, visitó Argentina y entrevistó al doctor Guido Beck, físico austriaco llegado al país en 1943 y que había colaborado con Gaviola en la tarea de convencer al Premio Nobel alemán Wemer Heisenberg para que viajara a la Argentina y dictara cursos en el Instituto Radiotécnico que proyectaba la Marina.

 

Tal propósito se frustró porque las autoridades inglesas, que habían tomado a Heisenberg "casi como prisionero" (según lo relata Seelmann-Eggebert) enviándolo a Inglaterra, impidieron que el científico alemán viajara.

 

Con lo obtenido en la entrevista a Beck y en otra con el especialista en cohetería, ingeniero Teófilo Tabanera, quienes inocentemente se prestaron, el "periodista" norteamericano escribió un par de "artículos", en realidad un conjunto de burdas mentiras.

 

Empleando una técnica que se repetiría tantas veces, diríamos, como proyectos atómicos encaró el país, Mizelle descargaba todo el terrorismo ideológico del que es capaz la habitual hipocresía del imperialismo.

 

Las falacias de sus artículos pseudoperiodísticos son tan grandes que sólo señalaremos algunas.

 

Comenzaba diciendo: "Con la invitación al mundialmente famoso científico atómico Werner Heisenberg por parte del gobierno de Perón y con fuentes uraniferas recientemente descubiertas, Argentina está lanzando un programa militar de investigación nuclear para abrir de par en par la caja de Pandara de la energía atómica".

 

La verdad, que Mizelle no podía o no quería entender, no era que la Argentina estuviera lanzando un programa "militar" de investigación nuclear, sino que los militares argentinos estaban impulsando un programa atómico, cosa que es muy diferente por el ya señalado rol industrial que jugaban las Fuerzas Armadas.

 

Para decido de otro modo, a diferencia de EEUU, donde la burguesía usa al Ejército para completar el desarrollo industrial de la bomba atómica, en Argentina es el Ejército (una de los fundamentos del poder peronista junto a la clase obrera) el que, asumiendo el papel que le hubiera correspondido a la burguesía nacional, se convierte en promotor del desarrollo atómico.

 

De esta falsedad fundamental de Mizelle partieron todas las demás, por ejemplo, sostener que la fundación de la AFA habría sido iniciativa de Beck, que era austriaco; que Heisenberg vendría a trabajar en base a un acuerdo reservado, cuando era notorio que sería profesor del Instituto Radiotécnico; que el proyecto de Savio y otros que se trataban en el Senado eran tratados como "legislación militar secreta", cuando se publicaban en el Diario de Sesiones y así por el estilo. Pero Mizelle no fue el único: numerosas publicaciones de Europa y EEUU se lanzaron a una verdadera "caza de brujas" contra el desarrollo atómico argentino.

 

La publicación para la que escribía Mizelle era dirigida por Henry Wallace.

 

Este insolente señor había participado íntimamente, como vicepresidente de Roosevelt, en el Comité político que dirigió las actividades atómicas secretas de EEUU durante la guerra y luego fue Secretario de Comercio del gobierno de Truman, el mismo que decidió arrojar las bombas nucleares sobre Japón.

 

De allí que su supuesta preocupación por la fabricación de armas atómicas y la paz sea algo tardía y sospechosa.

 

Resulta gracioso, que el mismo imperialismo que impedía que viajen Heisenberg o Seelmann-Eggebert, o que se había apoderado de cuanto científico "nazi" pudo, señalara, a través de sus plumíferos a sueldo, como un hecho culposo que nuestro país invitara a sabios extranjeros. ¿No es irónico que aquellos que habían organizado 'un cartel secreto para monopolizar el uranio mundial, fingieran escandalizarse porque Argentina lo buscara en su propio territorio?

 

La intromisión de Wallace y su escriba Mizelle en asuntos de exclusiva y soberana incumbencia de Argentina, llegó al extremo de atacar que todos los laboratorios del país aportaran su colaboración al proyecto del Instituto Nacional de Investigaciones Físicas.

 

¡Qué cinismo!

 

Pensar que Roosevelt puso todo el poderío de su Nación, incluido el ejército y científicos de varios países, en el gigantesco proyecto Manhatan.

 

Mariscotti señala como paradójico que los argumentos de Wallace, en su respuesta a Beck, sean similares a los de Gaviola. Más aún se lamenta de "que coincidiendo tanto con los ideales de los físicos argentinos liderados por Gaviola, la revista 'New Republic' estuviera tan ciegamente lanzada a frenar la concreción de aquéllos en la Argentina".

 

Esta coincidencia de Gaviola con los "ideales" del imperialismo no tienen nada de raro, ya que vivía influenciado por él, participando de polémicas ajenas con las que nutría su abstracto antimilitarismo. ¿Pero cuál fue la reacción de Gaviola y cuál es la de Mariscotti ante esta intolerable agresividad periodística extranjera? ¿Sintieron acaso hervir la sangre de indignación? Nada de eso.

 

En la AFA nadie respondió, salvo Beck. Gaviola desconoció el contenido de los artículos de Mizelle hasta 1983, cuando se enteró de ellos por obra precisamente de Mariscotti. En cuanto a éste, no sólo se apena de la incomprensión de Wallace hacia los físicos de la AFA, que compartían sus mismos ideales de "control civil internacional de la energía atómica", sino que juzga que el gobierno no respondió "satisfactoriamente a las acusaciones incorrectas del corresponsal estadounidense" y agrega "¿Tal vez porque en el fondo le parecían prestigiadoras y gratuitamente útiles? ¿O simplemente por falta de medios idóneos?".

 

¿Qué es "satisfactoriamente" para Mariscotti?

 

¿Acaso dar una permanente y penosa muestra de vocación "pacifista" ante la menor "acusación" de los criminales atómicos de Hiroshima y Nagasaki, como lo hizo el genuflexo Canciller Caputo, que preparó la entrega gratuita e infame de nuestra soberanía atómica por parte del gobierno de Menem?

 

¿Supone el autor que el imperialismo se comportaría caballerescamente ante una respuesta "satisfactoria"?

 

¿Debería nuestro gobierno rebajarse a contestar las insolencias de cualquier periodista del mundo?

 

¿Mariscotti piensa que una respuesta satisfactoria sería una, que de una vez y para siempre, dijera, por ejemplo?: "Señores, los gobiernos de vuestros países han hecho no una sino cientos o miles de bombas atómicas o participan de alianzas militares

con estados que las poseen, más aún, las han arrojado.

 

Ningún derecho tenéis de acusamos. Nuestro país es soberano y a nadie, excepto a nuestros hermanos de Latinoamérica, daremos cuenta de nuestros actos". En tal caso estaríamos de acuerdo.

 

8 – El "caso" Richter

 

El falso anuncio de Richter sobre la obtención de reacciones termonucleares controladas y la divulgación que de él hizo el gobierno de Perón, en marzo de 1951, dieron motivo a las consabidas burlas de sus opositores.

 

Después de la caída del peronismo, el aparato cultural de la oligarquía convirtió al proyecto Huemul en otra razón más para la autodenigración nacional.

 

Aquellos que no habían concebido nada más grande para la patria que no fuera exportar carne y trigo; los que jamás hubieran osado emprender un proyecto atómico por temor a desafiar al imperialismo; quienes habían retaceado su colaboración hasta para la pequeña Universidad Privada de Gaviola, todos, junto al coro de los sectores medios hipnotizados por la mitología oligárquica, se lanzaron a ridiculizar un gran sueño.

 

Como si las potencias atómicas nunca hubieran dado un traspié y el caso argentino fuera el único, la infame Revolución Libertadora adoptó una actitud típica de su vileza. Así como exhibió en público los vestidos y joyas de Eva Perón, usó uno de los laboratorios de Richter como "salón de exposición" de los instrumentos empleados en Huemul.

 

En una de sus paredes se pintó un gran cartel detallando minuciosamente el costo del proyecto. Al fmal, se leía: "Gastado sin ningún provecho".

 

Con justicia el gobierno peronista de 1973 lo tapó, porque si hubiera que detallar de ese modo el dinero dilapidado y saqueado por la oligarquía y el imperialismo, no alcanzarían las moles gigantescas de la cordillera andina.

 

¿Pero fue "gastado sin provecho"? ¿Fue lo de Richter un caso único en la historia de la ciencia? ¿No se basa ésta en el método de la prueba y el error? ¿Quién asegura de antemano el éxito?

 

Las grandes potencias, que tanto admiran los cipayos, se vieron envueltas en errores y escándalos tanto o más graves.

 

¿No se equivocaban los ingleses, cuando estimando en demasía su superioridad, rechazaron en 1941 el pedido de colaboración norteamericano para construir la bomba atómica? ¿O Einstein cuando en su carta a Roosevelt concebía las bombas atómicas tan voluminosas que sugería transportarlas en barco y hacerlas estallar en un puerto?

 

¿No mentía el presidente norteamericano Lyndon Jonson cuando en 1968 anunció que los naturales de la isla Bikini, donde EEUU realizó numerosas experiencias nucleares, podían regresar a ellas y diez años después hubo que evacuarlos de nuevo debido a los niveles de radiación?

 

¿No se vieron EEUU y Gran Bretaña involucrados en resonados hechos de espionaje a favor de la ex URSS?

 

Pocos recordarán ahora los casos de dos físicos que trabajaban para los británicos: Klaus Fuchs, especialista en la separación isotópica y la teoría de la bomba y de Atan Nunn May, del laboratorio de Montreal, que pusieron a los soviéticos al corriente de las investigaciones norteamericanas.

 

Notoria fue también la fuga a la Unión Soviética, en 1950, del físico italiano Bruno Pontecorvo, a quien en 1946 los norteamericanos habían permitido que continuase en el equipo anglocanadiense de Chalk River, del que sin embargo echaron a los franceses.

 

Continuando con las fugas a la URSS, en 1951 lo hace Kim Philby, jefe de inteligencia británico, quien había trabajado once años al servicio de Moscú.

 

La lista es impresionante y se amplio con la fuga al Este del jefe de contraespionaje de la ex Alemania Federal.

 

En materia de malgastar dinero, las grandes potencias han dilapidado (o invertido, según se lo mire) ingentes sumas en sofisticados armamentos, muchos de los cuales nunca llegaron a concretarse.

 

Un claro ejemplo fue el descabellado proyecto de avión a propulsión atómica, a cuyas dificultades insalvables ya nos referimos (ver nota en el apartado sobre carrera armamentista).

 

Por otra parte sólo puede hablarse de fracaso en el proyecto Huemul en un sentido relativo.

 

Su éxito más notable y duradero fue la creación de la CNEA.

 

En el prólogo de su libro, el doctor Mariscotti se interroga acerca de quién había recomendado la compra del Sincrociclotrón, el mayor acelerador de partículas de Latinoamérica en su momento, que operó desde 1954 y al que cataloga como "uno de los mayores aciertos del temprano desarrollo at6mico argentino".

 

¿A quién se le había ocurrido que tal máquina podía ser útil al país cuando aún no había físicos nucleares a quienes preguntar?", escribe.

 

Efectivamente, Gaviola y sus socios de la AFA se habían marginado voluntariamente y aunque el autor no se autoresponde allí, al leer la página 172 de su libro surge, ¡oh sorpresa!, que fue el mismísimo Richter uno de los que aconsejó tan acertada adquisición.

 

Seguramente si la AFA hubiera aceptado el generoso ofrecimiento de Savio en 1946, Richter no hubiese podido actuar con la independencia que lo hizo, con los aciertos y errores del caso, y la historia hubiese discurrido de otro modo.

 

Lo cierto es que la inquietud de Perón y su generación militar por el desarrollo atómico se canalizó de la manera que entonces tuvo más a mano.

 

No olvidemos por otro lado que Richter venía recomendado por Kurt Tank, quien sí tenía indudables méritos, ni dejemos de lado la política del secreto en que estaba sumido en aquel tiempo todo lo nuclear.

 

Además la actividad atómica en Bariloche se generó, como también lo dice Mariscotti, alrededor del equipo que se adquirió para el proyecto Huemul.

 

Para valorar la osadía de Perón. Savio y sus compañeros de armas, hay que tener en cuenta que en los primeros años de posguerra EEUU y sus socios anglosajones impulsaban el "Plan Baruch", el que hubiese acabado con las actividades atómicas

puramente nacionales.

 

La actitud del gobierno peronista era pues un desafío. ¿Se imagina el lector a los candidatos del embajador Braden, los radicales Tamborini y Mosca, enfrentar al "Plan Baruch" desarrollando un programa atómico?

 

Aunque el anuncio de Richter suscitó escepticismo, cuando no burla, en la prensa europea y norteamericana, en los círculos del gobierno de EEUU corrió cierto sudor frío. Así lo revela la documentación reservada que Mariscotti da a conocer.

 

Gordon Dean, entonces presidente de la Atomic Energy Comisión, escribía el 26 de marzo de 1951 en su diario personal: "El doctor Colby vino a informar brevemente a GD sobre el anuncio de Per6n de que ellos también habían sido capaces de realizar una explosi6n at6mica controlada… GD preguntó si sería posible para nosotros sacar algún tipo de carta oficial dirigida a Perón diciendo que hemos oído su anuncio con gran interés y hablar de nuestro 'interés mutuo', y que tal vez nos interesaría enviar alguna gente para allá… Si él tiene algo, nosotros queremos estar allí… ".

 

Un día después anotaba: "GD dijo que cuanto mds piensa en el asunto, mds siente que nosotros no deberíamos jugar con esta cosa demasiado tiempo… GD dijo: ¿ no podría nuestro hombre ir alld y ver a Perón y decirle que nosotros estamos apenados por las cosas que han estado apareciendo en la prensa americana y que estamos por demás ansiosos de compartir sus descubrimientos, etc. ?.. GD dijo: ¡por favor, muévase! GD piensa que esto es realmente crucial".

 

Qué gente generosa. EEUU saboteaba nuestro desarrollo nuclear y mantenía un riguroso secreto científico y tecnológico. Sin embargo quería "compartir" nuestros descubrimientos.

 

Mucho del escepticismo que provocó el anuncio de Perón _en 1951 fue porque, como lo señala Mariscotti, hasta ese momento las reacciones de fusión controlada no eran consideradas posibles. Fue justamente la actividad pionera de Argentina en este campo lo que movió a la Comisión de Energía Atómica de EEUU a incitar discretamente a algunos científicos propios a emprender investigaciones en el mismo terreno en que trabajó Richter.

 

En julio de 1951, la USAEC aprobó 50.000 dólares para el proyecto de investigación propuesto por el doctor Lyman Spitzer, quien reconoce que fue estimulado a pensar en el tema gracias al anuncio de Perón.

 

Este hecho marcó el inicio del programa a largo plazo de la USAEC sobre fusión nuclear controlada, que de lograrse dará a la humanidad una casi inagotable y barata fuente de energía.

 

Pese a esto ningún historiador propuso mencionar a Perón como "el hombre que se adelantó a su tiempo", tal cual hizo Bartolomé Mitre con el célebre Bemardino Rivadavia, gracias a que éste, entre otros "méritos", había imaginado en 1826 un utópico canal, que correría por tierras semi-desconocidas, ocupadas por los indios hasta la expedición de Roca y donde su lecho sería un río de naturaleza esteparia y estacional, que impedía pensar en la practicabilidad del mismo.

 

Para financiar los estudios del presunto canal, que ni aún hoy en día se ha construido,

el ''prócer'' destinó 50.000 pesos que hacían falta para la guerra con el Brasil. Como escribe Jauretche: "Como el prócer no acertó en una sola de sus fantasías concebidas y ejecutadas a destiempo -es decir, cuando las condiciones se oponían a las

mismas-, la enseñanza oficial invirtió los términos y en lugar de proponer a Rivadavia como el hombre que actuaba a destiempo, lo propuso como el hombre que se adelantó a su tiempo, de manera tal que del desacuerdo de las cosas de Rivadavia con el tiempo, tiene la culpa el tiempo y no Rivadavia" (9).

 

Vemos así cómo la cultura oligárquica beatifica o condena a las figuras históricas de acuerdo a la conveniencia de sus intereses de clase. Rivadavia era el representante de los comerciantes porteños pro-británicos y el principal responsable, entre otros desastres, de la pérdida del Alto Perú.

 

Perón, en cambio, el caudillo popular que impulsó el nacionalismo económico, la justicia social y el desarrollo industrial.

 

Pese a las difamaciones de sus enemigos, la CNEA resistió al tiempo y colocó a nuestro país entre los más avanzados del mundo en el campo nuclear.

 

 

(1)   Citado en: Jorge Abelardo Ramos, «La era del peronismo», Ediciones del Mar Dulce, 1983, página 37.

(2)   Esta propensión industrial de las Fuerzas Armadas explica mucho del "antimilitarismo" abstracto que fomenta el imperialismo y que hace furor hoy día, después que nuestras tropas se enfrentaran al perverso colonialismo inglés en la guerra de Malvinas. El Departamento de Estado norteamericano ha descubierto, que pese a su frecuente amor por "Occidente", los militares latinoamericanos tienen, sobre todo en los países más grandes del continente, una pertinaz y "antidemocrática" vocación por desarrollar ciertas industrias estratégicas. Así, por ejemplo Brasil, después de largos años de dictadura militar y de la ideología privatista oficial, poseía al salir de ella, un poderoso aparato estatal que ocupaba el 60% de la economía, siendo por entonces ese país un gran exportador de armamentos. No por casualidad el nuevo gobierno civil de Brasil, igual que el de Alfonsín, intentó privatizar, es decir, desnacionalizar, gran cantidad de empresas. Diario "Clarín", 10/08/85.

(3)   José 1. Alegría, Jorge A. Coll y Tito Suter, «Una Breve Historia de la CNEA., trabajo presentado al 20 Congreso Argentino de Historia de la Ciencia, organizado por la Sociedad Científica Argentina en noviembre de 1972, página 3.

(4)   Pedro N. Stipanicic, «Origen y Desarrollo de la Industria del Uranio en la Argentina», Revista Argentina de Estudios Estratégicos, Año 1, N° 1, Julio-Agosto-Septiembre 1984, página 55.

(5)   B. Goldschmidt, «La cooperación internacional en la esfera nuclear: balance y perspectivas». Boletín OIEA, volumen 20, N° 2, abril de 1978, página 13.

(6)   B. Goldschmidt, «Las Rivalidades Atómicas», página 41.

(7)   Si no se corre el riesgo de que sucedan hechos como los que protagonizó el Premio Nobel, doctor Bernardo Houssay quien al frente, durante la época de Onganía, del Consejo Nacional de Ciencia y Técnica, destinó 10 millones de pesos de entonces al estudio del sistema nervioso de las cucarachas, pero nada, por ejemplo, para el estudio de la fiebre aftosa. Roberto Roth, «Los años de Onganía», Ediciones La Campana, 1981, página 229.

El doctor Houssay «ganó» el Premio Nobel gracias al descubrimiento del doctor Alfredo Biassotti, quien trabajaba en el Instituto de Fisiología bajo las órdenes del «maestro». Primero se habló del descubrimiento Houssay-Biassotti, pero luego la prensa norteamericana, deseosa de agrandar a los opositores a Perón, empezó a mencionar solo el nombre de Houssay, cosa de la cual se hizo eco la venal prensa argentina. «Así como la colonización pedagógica utiliza la autoridad periodística… para dar respetabilidad a sus afirmaciones, y respaldarlas con su prestigio, utiliza su mecanismo para crear y sostener el prestigio de los personajes que se crean a ese efecto a través de la misma universidad, las academias e innumerables instituciones…..Arturo Jauretche, «Los Profetas del Odio y la Yapa», Peña Lillo editor, 1984, páginas 249 y 258.

(8)    Savio decía en 1944: "Necesitamos barcos, ferrocarriles, puertos y máquinas de trabajo, y no nos podemos detener a la espera de milagros, y si desfavorablemente no fuese posible aunar nuestro justo propósito con los intereses momentáneos del que nos pueden ayudar, lo haremos solos, porque es un mandato de la argentinidad, porque 10 requiere nuestra soberanía".Emilio J. Corbiere, «Manuel Savio, pionero de la industrialización argentina», re. vista Todo es Historia, N° 158, julio 1980, página 39.

(9) Arturo Jauretche, «Manual de Zonceras Argentinas», Peña Lillo editor, 1968, página 153.

 

·        Guillermo Horacio Lamuedra – La historia de la Argentina nuclear – Ediciones Caminopropio – Argentina – 2006.