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ALMACENES CHINOS

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En “Haz lo correcto”, esa enorme película de Spike Lee, los negros americanos lamentan los mercados chinos en sus barrios y se autocondenan por no ocupar esos espacios.

ALMACENES CHINOS

 

Por Gabriel Fernández  *

 

Pocas horas atrás, en un mercado chino de San Telmo, escuché la siguiente conversación de una joven pareja.

 

–Es indignante, decía él.

–¿Qué?

–Esto, que los chinos tengan supermercados, y mirá todos nosotros dándole plata a ellos…

–…y bueno…

–…es indignante, habría que afanarles todo.

–…pero sería bueno afanar la caja, no alguna cosa…

–Si, estoy recaliente.

 

Me fui pensando en esa charla breve y sabrosa. Entre sus componentes podían hallarse la envidia, cierto racismo, pero también un primario patriotismo mercantil para tomar en cuenta.

 

Se trataba de una sombra tangible, sin actuación, de la escena referida a la misma cuestión en “Haz lo correcto”, esa enorme película de Spike Lee. Allí, los negros americanos lamentan los mercados chinos en sus barrios y se autocondenan por no tener la iniciativa necesaria para ocupar esos espacios.

 

Bien, podrían brindarse algunas explicaciones acerca de la expansión de los centros comerciales de la colectividad china en la Argentina, pero –aunque admitiendo ese factor como muy importante—en este texto resultaría ocioso.

 

No es este un artículo de investigación que pretenda develar los entresijos de manejos económicos vertebrados por el origen común. Necesitaba responder algo a ese joven cuyas opiniones denotaban un porcentaje válido de sentido localista.

 

Y pensé: los chinos no hablan. Hablan en chino, en todo caso; aunque hayan aprendido el castellano, cuando no les conviene o no les interesa, dicen “no entiendo”. Es decir, no opinan acerca de vicisitudes nacionales que nos apasionan.

 

Además sonríen. Y, debido a un acuerdo que los descarga de algunos impuestos, tienen vinos argentinos de calidad en un precio más accesible que el resto de los lugares comerciales.

 

Durante la crisis del 2001 al 2003, no discriminaron compradores ni monedas. Todo el barrio sabía que podía llevar sus Lecops, Patacones, o billetitos de El Estanciero y que, mal o bien, algo de mercadería llegaría a su hogar.

 

En este punto se puede tender un puente hacia la contracara, para entender lo que estamos hablando.

 

Ayer, también en San Telmo, escuché la conversación de un comerciante del lugar que estaba almorzando en un pequeño bodegón ubicado en la subida que repecha Carlos Calvo. Su interlocutor era un policía que aguardaba, de pie, algún sanguche para llevar.

 

–Lo que fue esto el otro día…

–¿Qué cosa?

–Acá, el barrio, yo tengo comercio acá cerca…vinieron todos, todos los negros, sacados, ya no les dan vino nomás, les dan merca…

 

El hombre, gordo y espeso, se refería a la pacífica fiesta popular del 17 de Octubre que se realizó frente a la CGT, en Azopardo e Independencia, con rasgos emotivos profundos y miles de personas humildes que –me consta directamente—lo único que hicieron fue despedir los restos del general Juan Domingo Perón.

 

Siguió, ya monologando.

–¡Los banca este hijo de mil puta! Mirá que yo conocí gente del Turco, pero este es peor, espero que se caiga de una vez porque tenemos que aguantar a toda esta mierda, Moyano, Delía, los piqueteros, los gremialistas…este nos va a dejar con la lengua afuera y después nos van a cortar la lengua.

 

(Inquieto, el pibe de la parrilla me miraba con preocupación. Era su modo de decir “los artículos aquí publicados no representan la opinión de la revista” o algo así. Con timidez, manifestaba bronca en gestos para despegarse del comensal.)

 

Vamos a lo nuestro, entonces: Aquél joven patriota comercial que propulsó estas reflexiones en un mercado chino de San Telmo, no incluyó en sus comentarios el anverso del dilema: Don Manolo es gorila.

 

Cuando algún episodio de interés sacude a la opinión pública argentina –un reclamo de trabajadores desocupados, un pedido de aumento salarial de los sindicatos, una movilización social por algún motivo—entrar a un comercio “argentino” implica sufrir.

 

Salvo honrosas excepciones, es como tomar un taxi. Uno ya sabe que estará condenado a escuchar una versión sintética del Manual de Zonceras Argentinas de Arturo Jauretche. Uno ya sabe que el almacenero criollo derivará ¡necesariamente! en postulados salvajemente antinacionales y antipopulares.

 

Todos los detritos se volcarán sobre el mostrador, junto a los alimentos. La necesidad de acabar con niños cartoneros y mendigos, las críticas al gobierno por no reprimir piqueteros y gremialistas, la preocupación por el progreso del vecino que se compró un saco –“anda en política”—sin involucrar en la charla los beneficios de Repsol o de sus mismos proveedores.

 

Todas las inmundicias entrarán en las bolsitas de plástico destinadas a envolver comida. La autodenigración –“este país es una mierda, no cambia más”–, el racismo real –“con esta gente nunca vamos a llegar a ningún lado”–, la admiración servil –“esto pasa acá, en otro lado ¿sabés lo que hacen con todos estos negros?”–.

 

Con una autosuficiencia propia del ignorante, el comerciante criollo –excepciones honrosas—hablará del “dinero que reciben por no trabajar”, del “olor que te dejan los piqueteros cuando entran”, de “cómo se aprovechan porque viven del Estado”, de “acá la perdición es la política, y después hablan de derechos humanos”.

 

Los mercados chinos tienen consenso. No es el mejor, porque se asienta en el silencio. Pero las personas inteligentes y humildes de este pueblo comprenden que allí podrán simplemente adquirir un paquete de galletitas sin ser forzados a recibir una insoportable monserga gorila.

 

Cuando uno interroga al Don Manolo promedio acerca de la necesidad de contar con más compradores en el barrio, señalando que la mejoría en el nivel de vida de lo que él llama “negros, piqueteros y sindicalistas” le brindaría una perspectiva comercial más vasta, el hombre no escucha.

 

(A lo sumo replica "no, se lo digo yo que tengo unos cuantos años, esas cosas de los peronistas nos arruinaron, trajeron a todos esos acá, y mire cómo están las cosas")

 

Ahí es cuando uno comprende claramente que estamos ante un Zonzo con mayúsculas. Es probable que su retahíla de denuestos posea cierta vinculación con el devenir económico del gerente de un banco o de los miembros de su directorio. Pero es indudable que el comerciante barrial promedio argentino depende de pequeñas compras, mayoritariamente realizadas por sus repulsivos clientes.

En los últimos años de los noventa y los primeros del decenio en curso, cerraron numerosos comercios. Otros se las vieron en figurillas para ordenar sus cuentas. Fue el cenit del ascenso liberal. Quiero confesar algo: aunque percibí los dramas de los comerciantes como parte de un proceso perjudicial para la Nación, no tuve la grandeza de lamentarlos humanamente.

 

He observado con respeto el proceder de voluntariosos jóvenes que, congregados en asambleas barriales, se esforzaron por cuestionar el avance de los hipermercados en beneficio del almacén del lugar: experiencias notables de autoorganización de las cuales recuerdo movidas en Saavedra, Avellaneda, Constitución, entre otros lugares.

 

 Y he observado cómo, tiempo después, varios destinatarios de tales acciones comentaban: “estos pendejos me tienen las pelotas llenas, son todos medio zurdos, y encima insisten en reunirse acá en la puerta, un día de estos llamo a la policía”.

No me agrada que los argentinos sean desplazados de rubros que podrían ocupar. Menos aún, que ese desplazamiento sea a favor de organizaciones empresariales que, como las chinas, están lejos del aparente proyecto familiar. Prefiero que la Argentina resulte un territorio fértil para los nuestros y nuestros vecinos.

 

Pero: cuando un imbécil ni siquiera se conduele por el destino de un niño pobre de estos pagos, cuando un gordo satisfecho se jacta de ser más “gente” que la gente, cuando un salame sentencia “ese viejo hijo de puta ni siquiera muerto nos deja en paz”, cuando un estúpido expulsa de su boliche a “esa loca que viene con los bonitos de la Municipalidad”… me permito dar un paso al costado y dejar que otros salgan a defender el nacionalismo mercantil argentino.

 

Hemos dado demasiadas batallas para que este sector viva mejor que el resto. Cada demanda de trabajo genuino le provee nuevos compradores. Cada aumento de sueldos obtenido con esfuerzo y coraje le reporta un alza en las ventas.

 

Tras el 55 y luego del 76, después del menemismo con su colofón liberal, el segmento que se ha erigido en la Argentina como uno de los más favorecidos por las políticas de ampliación de consumo gestadas por el peronismo y desmembradas por aquellos procesos, insiste en una mirada obtusa, propia de quien no conoce el lugar que ocupa en el cuadro social.

 

 

 

            “Les he dicho todo esto

            Pero pienso que pa nada

            Porque a la gente azonzada, no la curan los consejos

            Cuando muere el zonzo viejo

            Queda la zonza, preñada”

 

Ustedes, mis compañeros del nacionalismo popular, me permitirán una licencia. Voy a comprarle a los chinos.

 

GF/

 

·        Gabriel Fernandez es Director Periodístico Revista Question Latinoamérica y

·        Director de La Señal Medios.

·        N&P: El Correo-e del autor es Gabriel Fernández lasenialmedios@uolsinectis.com.ar

 

NOTA DE LA NAC&POP: Yo también les compro a los chinos y coreanos y llevo mi ropa a un japonés.MG/N&P