En Paraná lo bautizan Matraca que le dura hasta 1873 que empiezan a llamarlo Martín Fierro.

JOSE HERNANDEZ

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Los conflictos entre la confederación y Buenos Aires llegan a un grado extremo y se produce la Batalla de Cepeda, en la cual Hernández pelea como capitán.

JOSE HERNANDEZ

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Nació el 10 de noviembre de 1834. Su padre se llamaba Rafael y pertenecía a una familia federal; su madre era Isabel Pueyrredón y pertenecía a una familia unitaria; el niño nació en el caserío de Perdriel, hoy partido de San Martín, y quedó al cuidado de sus tíos Victoria y Mariano Pueyrredón, cuando sus padres se fueron al campo para trabajar en una estancia de propiedad de Rosas.

 

Hacia 1840 al arreciar la represión rosista contra los unitarios, los tíos de José deben emigrar, razón por la cual el niño queda a cargo de su abuelo paterno, José Hernández Plata, federal convencido.

 

Según consta en archivos y diarios, estudió en el Liceo Argentino de San Telmo, dirigido por Pedro Sánchez hasta que abandona Buenos Aires aquejado por un mal al pecho, para reunirse con su padre en una estancia de Camarones.

 

Previamente, en 1843, había muerto su madre, a la que no veía desde muy pequeño, y a la que probablemente no recordaba.

 

No es preciso destacar el clima de violencia política en que transcurrieron esos primeros años de la vida del poeta, así como los desgarramientos afectivos provocados también por razones políticas.

 

Sea como fuere, junto a su padre logra cierta estabilidad y se despierta en él el amor al campo y el conocimiento del mundo campero.

 

Entre tanto, había nacido su hermano Rafael, el que sería su primer biógrafo. A la caída de Rosas, Jose separa de su padre, que continúa en las faenas rurales hasta su muerte acaecida en 1857.

 

José se interna en Buenos Aires, sacudida por todos los vientos después de Caseros.

 

Su primera acción digna de ser recordada, y que al mismo tiempo implica una ruptura con sus padres, consiste en ponerse a las órdenes del coronel Pedro Rosas y Belgrano (hijo adoptivo de Juan Manuel), que enfrenta a las fuerzas de Hilario Lagos, militar rosista alzado contra el gobierno unitario de Valentín Alsina.

 

Para algunos, el haber adoptado este partido guarda cierto paralelismo con la actuación de Pedro Rosas: en ambos sería algo así como un parricidio.

 

De todos modos, la experiencia le abre el camino a la política y la batalla de San Gregorio en la que Lagos deshizo a sus represores, parece haber dejado en él ciertos recuerdos que, muy posiblemente, reaparecen en algunos versos de la primera parte del poema.

 

Para otros, esta forma de ingresar en la política se explica por su juventud y no tiene valor de definición; en todo caso, habla de la complejidad de los planteos después de Caseros, entre Buenos Aires, regida por unitarios (Mitre detrás de todos ellos), y la Confederación acaudillada por Urquiza.

 

Justamente, este conflicto separa hombres que en la oposición habían estado unidos, como Sarmiento y Alberdi; este último se convierte en el ideólogo de la Confederación e, indirectamente, serán sus ideas las que manejará en el futuro Hernández.

 

Los rosistas no cejan en su intento de recuperar el poder hasta 1856 en que las tentativas de Flores y Costa terminan en la matanza de Villamayor por orden del gobernador Pastor Obligado.

 

Pero antes, en 1854, el oficialismo vence a Lagos en El Tala, y Hernández, a raíz de un duelo, abandona las filas.

 

En ese mismo año de 1856, según informa Beatriz Bosch (La Prensa, 1964), se lo encuentra en Paraná trabajando como empleado de comercio.

 

Otros biógrafos (Chávez) lo sitúan en Buenos Aires hasta 1858, y a partir de entonces en Paraná; Chávez, incluso, lo hace colaborar en La Reforma Pacífica, diario creado en 1856 y dirigido por Nicolás Calvo, jefe del Partido Reformista (confederacionista y federal, llamado chupandino), hecho que Beatriz Bosch pone en duda.

 

Es lógico suponer, no obstante, que ya sea desde Paraná, ya desde Buenos Aires, simpatizaba con ese partido y que aún pudo colaborar desde lejos si en realidad no lo hizo desde cerca.

 

El reformismo combatía contra el mitrismo, a cuyos partidarios se designaba con el mote de -pandilleros.

 

Los conflictos entre la confederación y Buenos Aires llegan a un grado extremo y se produce la Batalla de Cepeda, en la cual Hernández pelea como capitán. Triunfo de Urquiza, quien llega hasta San José de Flores.

 

A continuación Hernández se retira del ejército y obtiene el cargo de oficial de contaduría, pasando poco después a ser taquígrafo del senado.

 

En Paraná lo bautizan Matraca que le dura hasta 1873 que empiezan a llamarlo Martín Fierro.

 

Asiste a la convención reformadora de 1860, donde conoce a Sarmiento. Pero en la próxima vuelta el triunfo es de Bs. As; es en Pavón y la derrota de Urquiza es inexplicable; en sus filas revistan José y Rafael Hernández.

 

Disueltos los poderes de Paraná, Hernández se dedica al periodismo, en el Argentino, como tantos otros célebres argentinos.

 

El 8 de junio de 1863 se casa con Carolina del Solar.

 

En el mismo año es asesinado Angel Vicente Peñaloza, mítico montonero riojano, lo cual motiva una serie de artículos de Hernández recopilados con el título de Vida del Chacho violento ataque a Sarmiento.

 

Posteriormente (febrero de 1867) se lo ve en Corrientes como ministro del gobernador López, federal y urquicista. Permanece allí, ocupando diversos cargos, hasta que López es derrocado en 1868 por fuerzas mitristas, ante la pasividad de Urquiza.

 

Redacta el Eco de Corrientes y es decidido partidario de López Jordán, que asiste al gobernador López en la defensa de su gobierno.

 

Desde ese diario combate la candidatura presidencial de Sarmiento pero ello no le impide trasladarse a Bs. As donde fundará el diario El Río de La Plata, decidido a oponerse a ese gobernante y cuyo programa parece un anticipo del Martín Fierro.

 

El diario sale durante ocho meses. Presumiblemente en octubre de 1870 regresa a Paraná para unirse a López Jordán.

 

En 1872 regresa a Bs. As. vía Montevideo, luego de estar prófugo junto a López Jordán de una guerra declarada por Entre Ríos, preocupado por la peste del 71 ya que su familia residía en ese lugar.

 

Allí recibe la visita de Antonio Lussich, que le muestra versos en –estilo campero.

 

El 28 de noviembre sale el poema que luego aparece en forma de folleto editado por la imprenta La Pampa.

 

A pesar de esto sigue su pelea con Sarmiento, huye a Montevideo donde se reencuentra con López Jordán; y Sarmiento pone precio a sus cabezas: $100.000 la de López Jordán y $1.000 la de Hernández.

 

En 1879 es elegido diputado provincial y edita La Vuelta Del Martín Fierro.

 

En 1881 publica su Instrucción del Estanciero, y en 1885 es elegido senador.

 

El 21 de octubre de 1886 murió en Belgrano.

 

 Sus últimas palabras dirigidas a su hermano Rafael fueron: –Buenos Aires. Buenos Aires…

 

OBRAS

 

Martín Fierro

-Una nueva conciencia–

 Un folleto humilde en cuya portada puede leerse El gaucho Martín Fierro, por José Hernández, fue impreso en la Imprenta de La Pampa en 1872.

 

Siete años después la librería del Plata presenta la primera edición, adornada con diez minas, de la vuelta de Martín Fierro, del mismo autor.

 

Entre ambas un‚ éxito de público, que no había tenido antecedentes en él Río de la Plata, ni por su extensión, ni por su composición social.

 

En Cuatro palabras de conversación con los lectores, que encabeza la Vuelta, Hernández informa que de la primera parte de su poema se han sucedido once ediciones, con un total de 48000 ejemplares. Anuncia, al mismo tiempo, que del presente folleto se tiraron 20.000 ejemplares.

 

El hecho, que no dejó de despertar la perplejidad de sus contemporáneos, altera con un solo impulso la relación entre las obras que hasta ese momento habían sido escritas en la Argentina (o por argentinos) y para las que los románticos Echeverría y Gutiérrez habían propagandizado el nombre de literatura nacional.

 

Ida y Vuelta de Martín Fierro confirmaban a la vez la popularidad de una forma (que luego se denominará gauchesca), la oportunidad de una denuncia sobre la condición social del gaucho, y la transformación literaria del saber y la experiencia rurales.

 

Cada una de estas tres líneas existían antes de Martín Fierro por separado y, en ocasiones, precariamente entrecruzadas. Pero su confluencia en el poema de Hernández produce un efecto nuevo, a la vez literario e ideológico.

 

Podría agregarse: de ideología literaria, porque Martín Fierro -propone, en una estructura formal que no es la del realismo del siglo XIX, una representación realista.

 

¿Cómo se produce esta alquimia en la escritura de un periodista y político de segunda fila, militante casi siempre en el bando de la derrota?

 

Hay que presuponer en Martín Fierro un nuevo tipo de conciencia.

 

La mera yuxtaposición de las tres líneas enumeradas no podría haber producido ni la perdurabilidad estética ni la fuerza de su denuncia.

 

Para decirlo más precisamente: que la fuerza de sus contenidos sociales provenga especialmente de su sorprendente ajuste verbal y narrativo, induce a pensar que José Hernández modifica, a veces de modo radical, tanto la tradición en la cual proyecta inscribirse, inaugurada por Hidalgo, como la denuncia que compartía con Diego Gregorio de la Fuente, con Nicasio Oroño, con Vicente Quesada, con Emilio Castro.

 

Las flexiones particulares del programa social -las veremos enseguida- parecen anunciar la peculiar inscripción de su poema en la gauchesca, están destinadas a confirmar, al mismo tiempo, una comunidad cultural con el conjunto de saberes, decires y creencias rurales: la sabiduría del pueblo, reivindicada en el Martín Fierro en oposición a la ciencia urbana:

 

Porque esto tiene otra llave Y el gaucho tiene su ciencia.

 

Como palanca central de esta conciencia más intensa de lo rural literario y sociológico, en el Martín Fierro se elige un lenguaje.

 

No se mimetiza ingenuamente por el acopio de interjecciones y modismos, ni por la prolijidad lexicográfica de acciones, costumbres, comidas y diversiones, con una jerga rústica que hablada por los gauchos significaría el alma de –lo gauchesco.

 

La lengua del Martín Fierro está constituida por un conjunto no demasiado abigarrado de peculiaridades fonéticas, un puñado de arcaísmos y Americanismos y una sintaxis que elude la subordinación.

 

Se define esencialmente por el sistema de metáforas (Hernández fue consciente de ello, como lo demuestra en sus prólogos), por el sistema de connotación, por los desplazamientos de la ironía.

 

El Martín Fierro, construyéndose a partir de las convenciones de la poesía gauchesca, las modifica por la recolocación de esas formas en una nueva ideología literaria y por la explicación de un programa social.

 

Se ven enseguida los cambios operados en la convención y los desplazamientos de sentimientos, ideas, actitudes y enunciados.

 

De este modo el material del poema, al organizar un sistema de ideas, una retórica, un saber rural y una lengua, se inscribe en la tradición gauchesca de Hidalgo a Ascasubi, pero diferenciándose de ella.

 

Al mismo tiempo retoma los temas que Hernández haba expuesto en sus artículos en El Río de la Plata, proporcionándoles una fuerza demostrativa que se genera en las peripecias de la narración y en la perfecta representación literaria.

 

Un nuevo tipo de conciencia sobre el gaucho (y no sólo sobre sus desdichas, sino más globalmente sobre lo rural) se impone al público culto después de la publicación del Martín Fierro. Y es, precisamente, este nuevo tipo de conciencia la que gana a sus oyentes rurales, los destinatarios de aquellos ejemplares del folleto que, según la versión ya clásica, lo compraban en las pulperías, entremezclado con cajas de velas y latas de sardinas.

 

Vida del CHACHO

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La Pampa.

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La Vuelta del Martín Fierro.

 

En 1881 publica su Instrucción del Estanciero.

 

José Hernández y su “Instrucción del Estanciero”

 

Máximo Aguirre. 1972. Anales, S.R.A., Bs.As., 33-35.

Introducción

 

Al cumplirse el centenario de la aparición de la primera parte (1872) del poema de José Hernández El gaucho Martín Fierro, la vida y la obra de su autor es nuevamente motivo de conferencias, ensayos, ciclos de difu­sión y toda suerte de comentarios.

 

Posiblemente desde las primeras décadas del presente siglo en que Lugones, Leguizamón, Rojas y Tiscornia, entre otros, enfrentando la indiferencia de cierta intelectualidad, se dedicaron a destacar los valores de la obra hernandiana, consagrando al Martín Fierro poema nacional, pocas veces advirtióse como en esta oportunidad, un movimiento tan interesado en analizar, e incluso discutir, los alcances e intenciones del humilde folleto publicado hace cien años.

 

Esta sola circunstancia, está revelando, sin duda alguna, sus méritos ya que solamente el hecho de haber traspuesto una centuria, acrecentando día a día su popularidad, está diciendo a las claras de su honda penetración en el espíritu y preferencias de un pueblo.  

 

Con su obra capital se revisa y comenta la vida del poeta, pródiga en sucesos revela­dores de una existencia activa y apa­sionada, donde la política, no pocas veces vehemente de su tiempo, ocupa gran parte de su trajinar ciudadano.

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José Hernández, autor de la Instrucción del Estanciero.

 

 

 

Pero su pasión argentinista, rebalsando las agitadas instancias de la lucha política, supo darse treguas en medio de la polémica, para escribir su pensa­miento progresista, su ideario federalista, su afán de justicia.

 

Resulta evidente que el  Martín Fierro  es, sí, gran parte de José Hernández, pero no lo es todo. Si bien su obra magistral resume con las proporciones de un monumento gigantesco realiza­do con arcilla pampeana, parte de su propia vida que fue la de muchos de su temple y de su laya, del Hernández de la madurez pueden desglosarse pá­ginas de singular valía a pesar de que Lugones, un tanto superficialmente, las haya calificado de simples  artículos de economía rural.

 

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Chacra de Pueyrredón, en el partido bonaerense de San Martín, donde nació Hernández, hoy convertida en museo.

 

La Instrucción del estanciero

 

Quien hoy transite las páginas de la  Instrucción del estanciero, escritas por José Hernández en 1881 y dadas a la publicidad al siguiente año, podrá advertir cuán ligeras e ininformadas fueron las citadas opiniones del ilustre autor de La guerra gaucha .

 

La Instrucción no es sólo un excelente tratado de  economía rural”­que no es poco mérito escribirlo con autoridad y utilidad- sino que, además, está, y bien se advierte, escrito por un poeta, un hombre que más allá del tema técnico que domina, se goza en la visión de ver a su patria convertida en –la nación más grande, más fuerte y más próspera del Continente Sudamericano , tal como lo expresa epilogando su libro.

 

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Marca para ganado que perteneció a José Hernández

 

Como lo escribió

 

Quizá a pocos de nuestros escritores le venga mejor que a Hernández aquella sentencia del pensador y naturalista francés Buffon: –el estilo es el hombre; porque todas las actitudes personales del autor del Martín Fierro corresponden a su estilo de vivir y escribir.

 

Veamos cuál es su actitud ante una circunstancia de carácter personal que, justamente, dio motivo para que escribiera su instrucción del estanciero.

 

Más, dejemos que sea su hermano Rafael, su primer biógrafo, quien lo cuente.

 

-La autoridad incontestable que tenía en asuntos campestres dice Rafael Hernández­- fue causa que el gobierno del doctor Rocha le confiara la misión de estu­diar las razas preferibles y los métodos pecuarios de Europa y Australia, para lo cual debía dar la vuelta al mundo, siendo costeados por la provincia todos los gastos de viaje y estudios y rentado con sueldo de 17 mil pesos moneda corriente mensuales durante un año, sin más obligación que presentar al regreso un informe que el gobierno se comprometía a publicar.

 

Tan halagadora se suponía esta misión -prosigue Rafael- que el decreto fue promulgado sin consultar al favorecido, quien al conocerlo por los diarios se presentó en el acto al despacho del gobierno rehusando tal honor.

 

Como el gobernador insistiera que se necesita un libro que enseñase a formar las nuevas estancias y fomentar las existentes, le contestó (José Hernández) que para eso era inútil el gasto enorme de tal comisión; que las formas y prácticas europeas no eran aplicables TODAVIA a nuestro país, por las distintas condiciones naturales e industriales; que la selección de razas no puede fijarse con exclusiones por depender del clima y la localidad donde se crían y las variaciones del mercado, que, en fin, en pocos días, sin salir de su casa, ni gravar el erario, escribiría el libro que se necesitaba.

 

Con tal efecto escribió Instrucción del estanciero, que editó Casavalle y cuyos datos, informaciones y métodos bastan para formar un perfecto mayordomo o director de estancias y enseñarle al propietario a controlar sus administradores.

 

Cuenta luego Rafael Hernández que ante el rechazo del principesco viaje por parte de su hermano, la gira le fue ofrecida a él, quien tampoco aceptó (era entrañable el afecto que les unía) hasta que finalmente fue designada otra persona que, a juicio del gobierno, estaba en condiciones de escribir el libro requerido. –El viaje se hizo -relata Rafael Hernández, en su  Pehuajó, nomenclatura de las calles  editado en 1896- el informe se imprimió en 5.000 ejemplares de 10 tomos, los gastos fueron fastuosos y puntualmente pagados … más el resultado, previsto por Hernández, está lejos de competir con el de su libro criollo.

 

Todo un hombre

 

Este episodio de la vida de José Hernández, es, sin duda, revelador.

 

En primer término de su inalterable conducta de hombre público y privado. El era consciente de que un estudio de esa naturaleza, además de gravoso para las rentas públicas, iba finalmente a resultar inoperante en el medio que debía actuar. Pero, ¿quién puede permanecer insensible a las regalías de un viaje como el que le proponía el gobierno de la provincia?

 

Aquel que sostuviera en su obra ge­nial que –con codicias no me mancho permanecía, años después de expresarlo por boca del gaucho Martín Fierro, fiel a sus principios.

 

En la vida de Hernández este no es el único rasgo revelador de su irrenunciable sentido de la ética y su honesta defensa del bien público.

 

Por otra parte esa era la herencia que les había dejado el padre a los Hernández. Don Rafael, hijo de un acaudalado comerciante español, don José Gregorio Hernández Plata, desde joven hubo de ganarse la vida como resero -en el antiguo sentido que la palabra resero tuvo en la provincia de Buenos Aires, es decir, de comprador y vendedor de reses- hasta que fallecida su esposa, Isabel Pueyrredón, lleváse a sus hijos varones, José y Rafael, al campo.

 

Junto al padre, conocedor profundo de las costumbres camperas, ambos muchachos adquirieron, con los conocimientos rurales la observancia de un tradicional código de hidalguía que fue blasón del hombre de nuestro campo.

 

Más de diez años -de los 9 a pasados los 20­- estuvo José Hernández junto al padre, tropeando con él, durmiendo sobre esa gran cuja camera del suelo pampeano, o sacudiéndose el polvo sobre los bastos, como lo proclamara orgullosamente su gaucho Martín Fierro.

 

Con sus condiciones de observador fino y de criterio como le dijera Mariano A. Pelliza en carta de 1878, José Hernández fue elaborando un conocimiento que habría de llevarlo a ser uno de los hombres más informados del am­biente campesino bonaerense y litoraleño de mediados del siglo XIX.

 

Su  instrucción

 

Toda persona vinculada a las actividades pecuarias de nuestro país advertirá recorriendo las didácticas páginas de la Instrucción del Estanciero de José Hernández, cuán extenso y profundo era el conocimiento que tenía su autor del tema tratado.

 

Aunque parte de los procedimientos recomendados hayan perimido -no en balde han transcurrido más de noventa años de su publicación- no dejará de reconocerse que muchos de sus consejos todavía pueden ser de utilidad para quienes están al frente de establecimientos dedicados a la cría del ganado vacuno, yeguarizo y lanar.

 

Su conocimiento está presente en todos los detalles, como por ejemplo, aquel referente a los planteles de mulares cuando expresa que la mula tiene la propiedad singular de quitarles los potrillos a las yeguas. Es cariñosa con ellos, los busca, los acaricia hasta que consigue hacerse seguir y como no tiene qué darles se les mueren.

 

O cuando observa, refiriéndose al cuidado de los puesteros con los lanares: –Si hay cardales, debe hacer en ellos sendas para que las ovejas salgan al grito. La oveja es de muy buen oído estando llena.

 

Y aunque ya se haya prácticamente perdido la costumbre del acarreo de hacienda vacuna a pura uña animal. (¡Oh!, los heroicos tiempos del acarreo por tierra!) no podemos eludir la tentación de transcribir algunos párrafos del libro de Hernández relacionados con este trabajo, este oficio (el más macho al decir de Güiraldes) tan estrechamente vinculado al hombre de nuestro campo.

 

A propósito de la manera correcta de arrear al vacuno, dice que sólo el capataz deberá usar arreador. – El peón arrea con el silbido y el grito de costumbre. Esto «del grito», diremos de paso, tiene también su mecánica. Y agrega poco más adelante: –En la frontera del Estado Oriental y Río Grande, campos montuosos y de serranías, los rondadores de hacienda prestan mucha atención a la clase de gritos que ha de emplearse arreando y especialmente rondado ganado. Estos gritos son únicamente interjecciones en «a», «e», «o» y no emplean jamás las que suenan en «i», «u» porque ellos dicen que inquietan y alborotan a los animales.

 

Finalmente Hernández anota lo que podría denominarse decálogo del capataz resero o acarreador como se le llamaba en aquellos tiempos. Afirma que arreando hacienda es donde se prueba el conocimiento del hombre de campo.

Es (dice) como el marinero en la tormenta.

 

El hijo del país

 

Pero no se piense por esto que el libro de Hernández sólo se expresa en anotaciones curiosas (sobre todo para los costumbristas de nuestro tiempo) como las que hemos, en parte, transcrípto. -Todos los animales -dice-­ son de distinto paladar y tienen diferentes modos de comer. El vacuno es el menos delicado, come todos los pastos, pero prefiere siempre los más altos, como que al comer lo hace envolviéndolos con la lengua. El yeguarizo es delicado, tiene un olfato muy fino y percibe el olor del agua y del pasto tierno de mucha más distancia que el ganado vacuno. Y en seguida describe la manera de comer de la oveja que generalmente saca la raíz del pasto, no así el carnero que –agarra el pasto más arriba y no pega tirón para arrancarlo como hace la oveja.

 

Desde el cuidado del vacuno, cría, engorde, marcación, enfermedades, etc., hasta el tipo de construcción rural aconsejable para aquel tiempo; desde la mejor manera de tratar la corambre hasta el conocimiento de los pastos buenos y malos, nada escapa al enfoque de este meduloso trabajo del autor de Martín Fierro.

 

Pero hay algo que merece comentario especial y es la parte, diremos, humana del libro; la que se refiere al personal de un establecimiento de campo. Aquí Hernández vuelve a ser Martín Fierro (nombre con el cual se le identificaba al extremo de llamársele, ya siendo parlamentario, el senador Martín Fierro porque reclama para el hijo del país un trato que lo redima de su condición de paria –raza desheredada por nosotros mismos-, diría por aquellos años Santiago Calzadilla.

 

En uno de los capítulos de su Instrucción sugiere la formación de colo­nias con hijos del país, sustrayéndolos de esa manera a las desviaciones que el ocio, muchas veces forzoso, conde­naba al criollo tan apto y esforzado para las labores ganaderas. Pide que, por lo menos se le otorguen las faci­lidades dadas al inmigrante y no se le condene al sacrificado servicio de fron­tera o a matrerear entre los pajales. "Ningún país es rico si no se preocu­pa de la suerte de sus pobres", ex­presa, anticipándose en cierta manera a los sociólogos de medio siglo des­pués. Y quien tal sostenía no era un demagogo ni un resentido.

 

Superados los años difíciles, José Hernández cuando escribe su Ins­trucción del Estanciero" es senador y estanciero él mismo. Es que su per­manente contacto con la campaña le ha llevado a ver no solamente sus po­sibilidades de explotación agropecuaría sino también las posibilidades del hijo del país, como denomina generalmente al criollo, de creársele las condiciones ambientales y de justicia que diez años atrás reclamara para la sufrida raza de Martín Fierro. Mas adelantándose a quienes pudiesen ver en su actitud una posición xenófoba contraria a la inmigración, expresa renglones más abajo: -No se crea por esto que miramos con prevención al elemento extranjero; no, muy lejos de éso; conocemos su influencia en el progreso social y si el país pudiera ofrecerle mayores beneficios creemos que debería hacerlo, para acelerar la provechosa obra de la colonización. Bienvenidos sean los obreros del progreso.

 

Tal, a rasgos sumarios, este poco conocido libro de José Hernández, cuya obra monumental empequeñeció, es cierto, todo lo escrito por él antes y después de la aparición de  El Gaucho Martín Fierro. Son sí –páginas de economía rural como decía Lugones, pero, que sin duda fueron muy útiles en su tiempo en mérito a la gran versación de Hernández en la ma­teria y lo seguirán siendo en razón del espíritu argentino y generoso que la anima, que es precisamente lo que más pervive de esta obra acorde, por otra parte, con la vida toda de su autor.