Desidia e improductividad atacan nuestra cultura islera.

LA MULTIPLICACION DE LOS PECES

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El empobrecimiento de nuestra principal cuenca hídrica y su penoso tratamiento ambiental.   No muchos dirigentes sociales, llevan la cuenta de cuan importante es el aporte natural a la canasta familiar en ambientes rurales o de transición con lo silvestre. Faldeos de veranada, humedales semipermanentes y sobre todo, riveras e islas adyacentes a nuestros grandes ríos, son una sólida fuente de riqueza y alimento allí donde la cadena agroindustrial de valor pasa normalmente de largo.    

Uno de los grupos sociales más característicos bajo esta condición de actividad, lo componen los isleños de la cuenca del Plata.

Aunque a muchos los ha incorporado ya la orilla urbana, sobre todo en las márgenes rosarinas, todos reconocen en su memoria reciente, haber pertenecido a un modo de vida semisilvestre, caracterizado por el hospedaje de adobe y caña, la canoa islera a botador y la captura estacional de recursos silvestres, representada por la pesca, la caza para peletería, el acopio de leña y la producción orgánica de miel, entre otras muchas coloridas oportunidades e iniciativas propias de la economía familiar de subsistencia. Muchas de estas actividades, de enorme posibilidad de desarrollo, adolecen inexplicablemente hoy de todo criterio de manejo sustentable.

Recientemente se ha podido constatar una fuerte merma en la captura pesquera, debida principalmente al abuso en la extracción del sábalo, especie fitófaga de una posición clave en la cadena trófica ictícola rioplatense.

A consecuencia de ello, desaparecieron los grandes surubíes y dorados, que ya se encontraban en franca regresión desde que la falta de planificación extenuó sus planteles, llevándose además de su aporte como alimento regional, el atractivo turístico de categoría mundial que la pesca deportiva de estos verdaderos monstruos de agua dulce representaba. 

Irresponsablemente el acopio de pescado para harina y aceites orgánicos se ha propagado por toda la cuenca paranaense colapsando ya no sólo la vida silvestre, sino también arrojando a la inactividad a numerosos sectores sociales que vuelven a recibir el castigo de una economía de exterminio instrumentada a partir de la complicidad de las autoridades competentes.

De cuantos millones de hectáreas estamos hablando desde los estuarios del Bermejo y el Pilcomayo hasta las bocas del Paraná Guazú aquí frente a la ciudad de Buenos Aires.

Con un ancho variable entre las Barrancas mesopotámicas y las tierras altas santafesinas (ver rutas nacionales 11 y 12) que en ningún punto es inferior a los ochenta kilómetros, se trata sin duda de un país entero dentro de nuestro propio país, que comienza frente a nuestras porteñas narices en las barrancas de San Isidro y termina prácticamente en el límite con Paraguay y se prolonga más allá en el inmensurable interior sudamericano.     

Cuantos miles de toneladas de miel orgánica procesada desde las flores de plantas acuáticas como el junco, el carrizo, el camalote y el irupé puede producir este particular terreno. Porqué no se siembran peces ni se controlan las capturas pesqueras.

Apenas en la Provincia de Santa Fe comienza una incipiente cría de yacarés para peletería, que pasa con el carpincho, la nutria, los demás reptiles; todos miembros de un ecosistema en regresión esperando por su declaración del CITES como en peligro de extinción, sin que a nadie se le ocurra ponerse a plantar, criar y reintroducir con cuidado y criterio ejemplares benéficos que traigan espontáneamente prosperidad a la población.   

¿La penosa recolección nocturna de cartones y residuos reciclables, es más merecedora de apoyo que nuestra rica cultura islera acaso?  

La nocturnidad, la peligrosa condición sanitaria, la estigmatización social y la subcultura marginal urbana, son una meta colectiva, o sencillamente los funcionarios ignoran la existencia de estos recursos vacantes de desarrollo en flagrante desaprovechamiento de nuestras tierras fiscales. 

Recientemente la República de Somalía, en el África oriental, acaba de encontrar en la regulación de la pesca costera artesanal, una digna salida a la hambruna y a la miseria que desde hace varios años la azotaba. Estandarizaron los botes, la potencia de los motores, el tamaño de las redes y las licencias de temporada, junto con una modalidad transparente de exportación y crédito para la compra de los equipos.

Todos trabajan, todos ganan y sobre todo, todos conocen cuanto pueden sacar sin agotar el recurso, principalmente constituido por valiosas sardinas frescas. Así una población recientemente alimentada por las dádivas de las Naciones Unidas, reencontró el sendero de la dignidad y el desarrollo con un producto silvestre que sencillamente debía ser interpretado como recurso de una forma inteligente.   


Modestamente, nosotros tenemos mucho más recursos biológicos que las repúblicas subsaharianas, y a cinco años del default, seguimos revolviendo entre los residuos urbanos por un pedazo de comida. Alguien, tan indigno merecedor de la confianza pública como Bocaza o Idi Amín Dada, ha hecho su negocio con el aceite y la harina de pescado, reventando el recurso pesquero en total desprecio por la población que contribuyó de buena fe con su proyecto, saliendo con su mallón a la faena sin protección alguna y lo que es peor, siendo estafado con el valor del recurso que luego del tratamiento ordenado se ha perdido.

El umbral de la silvicultura apenas comienza a desplegarse en la temática de la próxima generación política. Mientras tanto la naturaleza retrocede a la espera de que al menos una vez cada dos mil años, alguien se acuerde de multiplicar los peces antes de echar la red al agua.