Este 17 de Octubre se cumplieron 86 años del nacimiento de Zully Moreno

LA COMPAÑERA DEL GLAMOUR*

Karen Mlakar Cantarella

Zully Moreno y Carlos Thompson en Los Martes, Orquideas. La Diva del telefono blanco, compañera peronista, admiradora de Evita, fue una de las mejores actrices de la historia del cine argentino.

       Eva Perón no trabaja 18 horas diarias solo para los partidarios de su gobierno, sino para todos los argentinos..Y una se siente realmente orgullosa de que una mujer haya sido capaz de desarrollar obra social tan extraordinaria su ayuda se hace siempre presente como el reconocimiento de un derecho humano, y no con el sello humillante de una limosna. Eso es lo que hace que yo admire a Eva Perón (…) Ella es  aun mas bonita que como sale en las fotografías, y sin duda alguna, es la mujer mas elegante de mi pais –  Zully Moreno

Radiolandia– 4/3/1950

 

ZULLY MORENO, LA DIVA DE LOS TELÉFONOS BLANCOS,

LA COMPAÑERA DEL GLAMOUR*

17 de octubre de 1920 – 17 de octubre de 2006

Por Karen Mlakar Cantarella

 

Zulema Esther González Borbón nació el 17 de octubre de 1920 en Buenos Aires, Argentina y pasó su infancia en Villa Ballester.

 

Huérfana de padre a los 10 años, su familia recibió un segundo golpe cuando murió el hermano mayor.

 

Ella y Alberto (su otro hermano) tuvieron que salir a trabajar para ayudar a la familia. A los 14 años ya era costurera, pero a los 19 se presentó a un casting en los estudios de la calle Lima (hoy canal 13), fue allí donde Luís Bayon , el productor del film quedó cautivado con su belleza y talento.

 

Zully debuta cinematográficamente en ese momento en el film Candida, luego vendrían films secundarios como: los martes, orquídeas (1941)  y orquesta de señoritas (1941), entre otros.  Fue en el ultimo piso(1942) donde obtendría su primer protagónico, luego filmó Cristina (1946), Nunca te diré adiós (1947), etc.

 

Hasta que en 1948 se estrena Dios se lo pague, un film dirigido por Luís Cesar Amadori. Esta película pone a Zully en el pleno apogeo de su carrera y de su vida y la proclama candidata a un Oscar. Dios se lo pague seria entonces la primera película argentina  en ser nominado por la Academia de Hollywood candidata a un Oscar.

 

Tiempo después Zully Moreno y Luís Cesar Amadori contraen matrimonio y tienen un hijo.

 

En 1955 Amadori es perseguido, encarcelado y torturado por los militares de la llamada revolución Libertadora, tras su liberación, la pareja partiría con su pequeño hijo al exilio, en España.


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Zully filmaría algunas películas en España, una de ellas, Madrugada (1957) le daría un premio a la mejor actriz extranjera.

 

En 1970, regresan al país (Zully extrañaba mucho a la argentina) y se instalan en un piso de la Avda del Libertador.

 

En 1977 Amadori muere y Zully caería en depresión.  Zully estaba retirada del ambiente artístico hacía varios años ya (desde 1960), no aceptaba entrevistas. Si, aceptó participar del homenaje que le hizo Argentina Sono Film en 1984 y su ultima aparición en publico fue en 1989, cuando Clara Zapettini la convenció para que participara en ATC en Historias con aplausos, allí Zully dijo: ‘-Dediqué mi carrera y todo lo que hice a mi publico. Ellos, la gente, supieron colmarme de amor.


Zully no solo era una talentosisima actriz y una mujer poseedora de una belleza particular, también tenia un corazón de oro, le gustaba darle dinero a los humildes (era su granito de arena en la lucha contra la pobreza) y ser hospitalaria con sus compatriotas cuando estaba en el exilio en España.

 

Tal como, Olga Zubarry me contó, Zully deseaba que todos los que estuvieran en España se hospeden en su casa, así la casa de Zully era una especie de ‘’embajada argentina de actores’’.

 

Desafortunadamente, Zully Moreno falleció victima de mal de Alzheimer, la noche del sábado 25 de diciembre de 1999, a los 79 años de edad.

 

Sus restos fueron cremados y hoy descansan en el panteón ‘Amadori- González del cementerio de la Recoleta.

 

Hoy día, el pueblo y el ambiente artístico, casi se diría que se han olvidado de esta grande de nuestro cine. Ya no pasan sus films en el canal de aire, ni se habla de ella, ni se le profieren homenajes.

 

Para no dejar la memoria subordinada al olvido, aquí les mando este homenaje, humilde homenaje que acompaño mirando sus películas y llevándole flores a su panteón..

 

Este humilde homenaje de una joven de 23 años a la que le hubiese gustado conocer a la mejor actriz que tuvo el cine argentino: Zully Moreno.-

 

N&P: El Correo-e de la autora es Karen Mlakar Cantarella evitaduarte7@yahoo.com.ar

 

ZULLY

ESPERENME QUE YA VUELVO

Capitulo 8

 

De Teodoro Boot

 

La mucama sostenía, indecisa, el carnét de la UTA. Desde la fotografía 3×3 De Santis sonreía con la despreocupación de un aristócrata con estabilidad laboral, convenio colectivo, seguridad social, jubilación y la larga lista de privilegios que ofendían el sentido moral de Miguel, el diariero de avenida San Martín.

-¿Qué quiere que haga con esto? -preguntó la mucama con una inflexión que revelaba extrañamente menosprecio y temor.

-Me pidió la credencial -repuso De Santis. Volviéndose hacia Friedman, agregó: -Fríman, dale la tuya a la señorita, así está más tranquila.

Friedman metió la mano en su bolsillo y extrajo su carnét sindical, que ofreció a la mucama a través de la reja como un presente a una reina.

         En vez de uno, la mucama sostenía dos carné, sin acabar de saber si debía o no llevárselos a la señora.

         -¿Qué pasa, Flora?

         Friedman y De Santis quedaron boquiabiertos al escuchar la voz grave y armoniosa.

         -Son de un sindicato -dijo Flora por encima del hombro.

         -Pero si serás pavota. No te quedés ahí papando moscas y hacélos pasar, querés.

La muchacha se ruborizó y con la cabeza gacha abrió la cerradura del portón de rejas. Al pasar, De Santis se detuvo a su lado.

         -Me devuelve las credenciales, por favor.

         -Disculpe .-murmuró la muchacha. Parecía a punto de echarse a llorar.

De Santis le guiñó un ojo.

-No se haga problemas, señorita. Y no me haga pucheros, que se me afea. Una lástima en una cara tan linda.

         Flora se les adelantó por el camino de lajas y pasó junto a Zully Moreno como una exhalación.

Cuando De Santis y Friedman llegaron hasta la puerta, la señora Moreno miraba hacia el interior, hacia donde Flora había desaparecido.

-¿Va esta qué bicho le picó? -dijo como para sí.

         De Santis aguardaba, con el carné en la mano, extendida hacia la señora Moreno. La actriz se volvió, hizo un gesto vago, dio una pitada al cigarrillo y lo arrojó al jardín. La colilla pasó muy cerca del rostro de Friedman, que en posición de firme se agitaba como un soldadito de plomo en un terremoto.

-Pasen -dijo ZulIy Moreno.

De Santis se dejó caer en un extremo de un sillón de tres cuerpos, de estilo colonial, tapizado con una gruesa tela floreada, frente a una larga mesa ratona de madera con tapa de mármol, donde un cenicero con varias colillas, un vaso con whisky, un pote para hielo y un par de revistas con chismes del mundo del espectáculo, mostraban cuánto se aburría la señora en el ostracismo al que la había condenado su condición de peronista.

 

Esto era extraño. Bella, misteriosa, inalcanzable, la Greta Garbo nacional parecía más allá de las pequeñas vicisitudes humanas. Habitante de un mundo etéreo, de plácido glamour y exquisita espiritualidad, podría haber sido un icono de los nuevos tiempos que venía a instaurar la revolución libertadora, pero el peronismo, que todo lo corrompía, maculaba y corroía, se había apoderado de la diosa por medio de Luis César Amadori, un director cinematográfico prolífico hasta la exasperación.

Si cuando Libertad Lamarque, Francisco Petrone o Niní Marshall habían marchado al exilio, Amadori filmaba hasta los flatos que se le escapaban en el barrio, regenteaba el teatro Maipo y convertía en éxitos las mediocres letras de sus tangos, esto sólo podía explicarse por el apoyo sibilino de la secretaría de prensa y difusión, de Perón y tal vez de la misma Eva.

Todo era culpa de Amadori, a quien De Santis había empezado a detestar de una manera oscura, irracional, apenas oyó su nombre por primera vez, en boca de Perón.

De Santis se dejó caer en el sillón de tres cuerpos, frente a la mesa ratona, echando una mirada de alarma a la cantidad de colillas del cenicero.

Alrededor de la pequeña mesa se desplegaban dos sillones individuales, también coloniales y de idéntico tapizado al que ocupaba De Santis y, ya más cerca de un hogar de regulares dimensiones, una mecedora de esterilla.

Friedman se detuvo junto a la mecedora y miró dubitativo a la señora Moreno, que encendía un nuevo cigarrillo.

-Mejor siéntese acá –dijo Zully, indicando uno de los sillones individuales, y tomó a su vez asiento en el otro-. La mecedora es de Amadori.

Por alguna razón, De Santis supo que Amadori sería un problema. Y lo fue, empezando por SH dificultad para retener el apellido. Jamás había oído de él. así como desconocía el nombre de cualquier otro director de cine, excepto el de Hugo del Carril, quien, dicho sea de paso, no era para De Santis un director de cine sino el más grande cantor de tangos después de Cardel. Por supuesto, como cualquiera, lo sabía el intérprete de la versión más difundida de La marcha peronista.

Esa noche, como todas las noches, Hugo Del Carril se asomaba a la pequeii.a abertura de su celda en la Penitenciaría Nacional. Su potente voz vibraba en los sombríos pasillos como las notas del órgano de la catedral. Todos, guardias y presos, escuchaban en silencio reverente, la marcha de los muchachos peronistas.

Al final, sólo los presos aplaudían, pero más de un guardiacárcel debía llevar apresuradamente, en forma casi furtiva, un pañuelo a sus ojos.

En la celda contigua, Luis César Amadori volvía a preguntarse, una y otra vez, qué diablos hacía ahí. Aunque Dios se lo pague había sido nominada para un Oscar, estaba dispuesto a admitir que sus melodramas, comedias ligeras y piezas de vodevil dejaban mucho que desear (¿qué podía esperarse?: si las producía como a chorizos), pero ni siquiera eso justificaba su detención.

Desde luego, mucho más lejos estaba de comprender los inconvenientes que su nombre y su persona habían comenzado a provocarle a un oscuro chofer de ómnibus.

El principal inconveniente provocado por Amadori era la tozuda incapacidad de la señora Moreno para comprender que De Santis no le llevaba un mensaje suyo.

Zully Moreno meneaba la cabeza, arrastrando voluptuosamente las suaves ondas de su cabellera, más rubia de lo que había esperado De Santis.

-No entiendo. Mi marido está preso. Pensé que ustedes… De Santis miró de reojo a Friedman, en busca de ayuda.

Friedman permanecía ausente, con una media sonrisa congelada y la mirada perdida en el vacío. El shock de ver a Zully Moreno, y en carne y hueso y en colores, había sido demasiado fuerte para él.

         -En fin -suspiró la señora-, si no me traen noticias ¿para qué vinieron?

         -Perón me llamó por teléfono al bar… -empezó a explicar De Santis.

-¿¡Perón!?

         El grito de Zully sobresaltó a Friedman, que pareció volver en sí: había comenzado a temblar.

         -Me llamó desde Panamá -agregó, débilmente. De Santis: -Está sin un peso.

         La señora aplastó con violencia el cigarrillo en el cenicero.

         -Los tendría que echar a la mierda -murmuró. Clavó sus grandes ojos castaños en el rostro lívido de De Santis:

 -¿Qué quieren? ¿Quién los mandó?

         Sin esperar respuesta, se incorporó de un salto. tocada por una revelación.

-¡El capitán Ghandi!

         Sería otro director de cine, porque De Santis tampoco lo había oído nombrar. Friedman sí. Cruzó los dedos de las manos sobre sus rodillas, tan intensamente que sus nudillos blanquearon.

         -No somos gorilas. Somos trabajadores -tartamudeó-. Y mostramos los carné a su empleada.

         -Perón nos llamó -acotó De Santis con un hilo de voz- Quiere que Amadori le pase un mensaje a Jorge Antonio.

         La señora Moreno se había puesto de pie. Sus ojos estaban muy abiertos.

-Amadori -aclaró Friedman.

-Necesita plata para comprarse una motoneta.

Eso fue lo último que De Santis pudo decir. En un instante, sin que acabaran de darse cuenta cómo había ocurrido, estaban en el camino de lajas, rumbo a la calle, precedidos por Bora. .

-¡Qué carácter! -comentó De Santis.

Flora ya había llegado al portón de rejas.

-Está muy nerviosa, por lo del marido.

De Santis se alzó de hombros.

-Bueno, adiós.

-El jueves tengo la tarde libre -dijo Flora a media voz, acercando su rostro al de De Santis

De Santis no sabía qué decir. Reaccionó en automático.

-¿A las siete está bien?

Flora le dio un beso corto y seco en la mejilla y, tras cerrar el portón, trotó hacia la casa.

Friedman y De Santis comenzaron a desandar el camino a la estación bajo una brisa muy tenue que apenas conseguía agitar las hojas más altas de los paraísos. No había luna y la oscuridad era rota muy de tanto en tanto por la mortecina luz de un farol callejero. En la penumbra, antes de llegar a la esquina, pasaron junto a un Dodge 38, con volante a la derecha, estacionado sobre la vereda opuesta. Había dos hombres adentro. El que estaba junto al volante encendió un cigarrillo. El otro los seguía con la mirada. Ésta se cruzó con la de Friedman.

-Disimulá -siseó Friedman.

-¿Que disimule qué? Yo no me la quise levantar -se atajó De Santis-. ¿O acaso le dije algo, eh?

Friedman hundió la cabeza entre los hombros y apuró el paso.

-Contestá.

Friedman ya se había adelantado medio metro.

-¿Qué podía hacer? -insistió De Santis- No iba a quedar como un pelotudo.

Friedman escuchó el golpe de la puerta de un auto al cerrarse y echó a correr. Dobló por la calle transversal y se perdió en la oscuridad.

         De Santis se quedó en la esquina, boquiabierto.

         -Documentos -dijo una voz a sus espaldas.

 

 

* Del libro ESPERENME QUE YA VUELVO de Teodoro Boot.