Decía Leopoldo Marechal, que al recibir un nombre se recibe un destino.

NOMBRE: ARGENTINA, EL SENTIDO DE UN BAUTISMO

Graciela Maturo

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A través del cultismo, Argentina, el clérigo Martín del Barco Centenera –sin saberlo- dio nombre a nuestra nación: nos nominó, nos bautizó(Agenda de Reflexion)

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NOMBRE: ARGENTINA, EL SENTIDO DE UN BAUTISMO

A través del cultismo, Argentina, el clérigo Martín del Barco Centenera

 –sin saberlo- dio nombre a nuestra nación: nos nominó, nos bautizó.

 

Por Graciela Maturo

 

Decía Leopoldo Marechal, siguiendo la tradición de Platón y de San Isidoro de Sevilla, que al recibir un nombre se recibe un destino.

 

El nombre propio de las personas, según ellos, no es nunca un azar, sino una historia concentrada y profética, como la vida de un organismo inscripta en los detalles invisibles de los genes.

 

Si así fuera, el destino debería encarnarse, entonces, con una eficacia aún superior en el caso de los nombres de las naciones.

 

Si nos atenemos a los escasos y dudosos datos existentes sobre su biografía, el clérigo don Martín del Barco Centenera habría muerto en 1605, según lo han asentado algunos historiadores.

 

Estaríamos pues a cuatro siglos de su muerte, y en tiempos de conmemoraciones, esa efemérides justifica sobradamente un homenaje.


Pero, en el fondo, son los singulares valores de su obra Argentina y Conquista del Río de la Plata los que sustentan esta recordación, que desafía la mezquindad crítica con que ha sido considerada, para intentar la reivindicación del autor.

 

A través del cultismo Argentina, Centenera –sin saberlo- dio nombre a nuestra nación: nos nominó, nos bautizó.

 

No fue muy bien tratado el religioso en vida ni más allá de su muerte, como tampoco lo ha sido su poema épico-cómico o crónica versificada. Centenera nació en Logrosán, Extremadura, en 1544.

 

Poco se sabe del futuro escritor con anterioridad a su viaje: sólo que hizo estudios de teología en Salamanca.

 

Llegó a tierra americana luego de una accidentada navegación de dos años, y vivió más de veinte en nuestra región.

 

Después de algo menos de una década al frente de la Arquidiócesis de Asunción, pasó al Congreso de Lima que tuvo lugar entre los años 1582 y 1583, según consta en la hoja de servicios presentada al Rey.

 

En 1587, en carta al monarca, anunciaba tener –una historia compuesta. Un visitador de la Inquisición acababa de abrir en contra suyo un proceso que condujo, tres años después, a su destitución como miembro de ese tribunal.

 

El archidiácono pudo levantar esa denuncia, y reasumir por breve tiempo su cargo en Asunción, en función del cual hizo visitas a Corrientes y Santiago, antes de venir a Buenos Aires y preparar su retorno a España en 1594.

 

En el 1600 aparece nombrado Capellán del Virrey de Portugal Cristóbal de Mora, marqués de Castel Rodrigo, a quien dedica su poema. En 1602 la imprenta de Pedro Crasbeeck, que siete años después daría a conocer los Comentarios Reales –dato que autoriza a pensar en cierta continuidad ideológica desde el gran foco de difusión portugués- publica el poema en octavas Argentina y Conquista del Río de la Plata.

 

Subestimada por fantasiosa y acusada de imperfección formal, la obra de Centenera es innegablemente la primera fuente historiográfica de la región, y a ella acudieron antiguos y modernos.

 

Algo más que –latines de breviario manejaba el arcediano, que supo citar con soltura al Eclesiastés, a San Pablo, Homero, Virgilio y Horacio. La obra revela su unidad sobre la base de una primera persona testimonial y una sólida y firme posición doctrinaria.

 

Centenera se muestra dueño de un cristianismo humanista, que aglutina la antigua filosofía del amor y la herencia estoica medieval.

 

Se trata de una concepción del hombre y del mundo que incorpora la marca trágica de la cultura griega, admite la conjunción de los opuestos y se abre filosóficamente hacia la alteridad, haciendo posible la valoración de otras culturas.

 

 

El desarrollo de esa mentalidad por parte de frailes, predicadores y hombres de Iglesia ante el desafío de un encuentro con los pueblos aborígenes de América, suscitó la crítica manifiesta o velada a la conquista militar, el inicio del diálogo intercultural y la aplicación del ethos evangélico, por encima del dogmatismo cerrado e intransigente que caracterizó a la burocracia civil durante los tiempos de la colonización hispánica.

 

La vocación de diálogo, la relación entre culturas tan diversas y la paulatina reivindicación del aborigen son los frutos de ese ethos humanista cristiano que ha prevalecido en los textos liminares y se ha asentado en la tradición subsiguiente, con una innegable presencia en nuestras instituciones, leyes, jurisprudencia y patrimonio cultural.

 

La obra de Martín del Barco Centenera guarda en este sentido insospechadas señales y revelaciones.

 

Su –poema descriptivo (no es poema épico por su estructura, sino narración verídica y testimonial en veintiocho cantos escritos en octavas reales, con un colofón que reza: –Gloria a Dios; porque mi sentido quadre / con la fe y toda razón, / escrivo con corrección / de la Yglesia nuestra madre   lo incorpora a la serie de seguidores de Alonso de Ercilla, que cantó el épico levantamiento araucano del cacique Lautaro contra la opresión conquistadora española.

 

El texto de Martín del Barco Centenera ha sido injustamente comparado con La Araucana, ante cuyo elevado estilo lírico parece desmerecer su verso, a ratos pesado o desprovisto de vuelo; sin embargo, como lo señalara Alfonso Sola González, y más tarde otros comentaristas, la Argentina posee una impar originalidad realista, humorística y de velada afectividad poética, que le permite fundar un imaginario y un mundo novelesco propio.

 

Sola González decía por los años ’50, captando muy bien la índole realista de la obra de Centenera, fundada en la experiencia cotidiana y dotada de la facultad de verificar continuamente lo maravilloso real: –Este poema es netamente americano en su cruda veracidad. Es el poema de la geografía, de la fauna, la flora, la vida humana del Argentino Reyno. Sus indios no son los héroes casi apolíneos de la retórica ercillana: son tal como son, a veces horribles, raras veces hermosos, traidores, valientes, de bárbara humanidad casi espesa entre los endecasílabos. Las ciudades se van levantando obstinadas, destrozadas, despobladas, rehechas sobre sus quemadas raíces de huesos: Buenos Aires, Santa Fe, Asunción… Las islas van cerrando el misterio del río indescifrable. Es la hora de los fuegos insomnes, del ojo querandí en la espesura, de los hirvientes pumas, de la pródiga pesca, de la lujuria deforme y áspera. Es la hora de un mundo nuevo que espera que lo nombren

 

Uno de los comentaristas clásicos de la obra de Centenera, el español Félix de Azara, acusó al extremeño de querer desacreditar a los jefes de la expedición que integró. El crítico Juan María Gutiérrez, a su turno, a la vez que otorga a Centenera el lugar de cronista oficial de la expedición de Ortiz de Zárate, confirma esa interpretación: –Se infiere de este poema que el autor tenía un compromiso con Zárate de escribir los hechos de que éste se prometía ser el héroe.

 

El cronista varió su cometido, convirtiéndose en crítico de la campaña.

 

Los males padecidos por la tripulación de Ortiz de Zárate en Santa Catalina (Canto IX), son atribuidos por Centenera a la ceguera y codicia del Adelantado, quien abandonando a su gente marcha con 80 de ellos beneficiándose de la generosidad de los aborígenes, mientras el hambre cundía en el resto de la expedición. –Mas al que está seguro en talanquera / muy poco se le da que el otro muera, concluye el prelado de manera inequívoca, recurriendo como otras veces al modo conclusivo del refrán.

 

La incisiva y permanente crítica de Centenera al Adelantado alcanza al Virrey Toledo, como lo advierte Gutiérrez: –La maquiavélica y cruel conducta del Virrey aparece también en los versos en toda su fealdad, porque la presenta rodeada de minuciosos incidentes que le dan un relieve verdaderamente negro y satánico, y podría servir de asunto para una preciosa novela o para una composición dramática de sumo interés poético y filosófico.

 

También critica el autor a Diego de Mendieta, el sobrino de Zárate que toma el mando de la expedición después de su muerte, y a Hernando de Lerma, a quien trata con ironía.

 

La crítica a los conquistadores se siembra en toda la obra. Centenera llama salteador a Pedro de Mendoza por el saqueo de Roma, y recuerda su enfermedad, –el morbo que de Galia tiene el nombre.

 

Muestra al desnudo la indisciplina y codicia de Ortiz de Zárate, la mala conducta de Mendieta, la soberbia de Juan de Garay, el ánimo intrigante del Virrey Toledo, la ambición de Hernando de Lerma, en suma, las miserias políticas del mundo colonial, la crueldad de los capitanes, e incluso la falta de caridad de algunos clérigos.

 

La visión del aborigen

 

Es importante recordar que en el comienzo de su “historia”, Martín del Barco Centenera inserta, con anterioridad a la narración del descubrimiento de la región del Plata y la descripción de la zona, una versión mitológica del origen de los guaraníes. Es un gesto inclusivo, que incorpora al indígena a la historia bíblica mostrando la cristiana vocación de diálogo del archidiácono.

 

Tubal, otro hijo de Noé, habría viajado a España fundando una progenie que abarca a los americanos.

 

Los hermanos Tupí y Guaraní reiteran la oposición de Abel y Caín. La crítica ha pasado por alto el valor modélico de esta genealogía mítica, en que se manifiesta una visión abarcadora de las razas humanas. Al respecto, debe recordarse la prelación doctrinaria de Nicolás de Cusa y otros humanistas del siglo XV, en el avance, aunque imperfecto, de la integración hispano-luso-americana entre pueblos disímiles.

 

La temática aborigen adquiere amplio desarrollo en la Argentina.

 

El historiador uruguayo Diógenes de Giorgi ha ubicado al tema indígena, juntamente con la crónica de la conquista, como eje temático de la obra. –Respecto al primero, es la fuente más rica y de información etnológica que poseemos sobre la complejísima y confusa realidad tribal que enfrentaron los primeros conquistadores rioplatenses.

 

No se limita el cura a referir los sucesos de las expediciones o las intrigas civiles y militares. Su obra ahonda de manera notable en la descripción y conocimiento del indígena, y comprende las variadas etnias que se extienden en la amplia región de la cuenca rioplatense, abarcando Paraguay, Chaco, Santa Fe y Buenos Aires.

 

El clérigo da cuenta en su libro de la vida y carácter de los charrúas, los guaraníes, chiriguanos, tambús, chanás, calchinos, chilozapas, melpeñes, minuanes, veguanes, cherandías, meguay, curucas y tapui-miríes. La pintura realista del arcediano hace lugar, sin embargo, a la exaltación humanista de los naturales, que se presentan claramente en algunos episodios revestidos de cierta idealización mitológica.

 

Centenera ¿castigado por humanista?

 

La lectura desprejuiciada de La Argentina prueba suficientemente la pertenencia del archidiácono a la amplia familia del humanismo hispanoamericano, y hace presumible, en la persecución que sufrió, acaso la presencia de inconfesados motivos ideológicos, encubiertos bajo acusaciones de conducta libertina.

 

La aproximación a la obra de Centenera a partir del examen simbólico y la hermenéutica cultural de algunos episodios o núcleos narrativos, nos pone en presencia de una obra mucho más rica de lo que se supone corrientemente, y sin duda no merecedora de la apreciación despectiva que ha consagrado una crítica ociosa.

 

Lo maravilloso insólito o sobrenatural campea en estas páginas que Sola González llama de un realismo fabuloso, y José Luis Víttori considera iniciadoras del realismo mágico americano.

 

Perros que se suicidan bailando, figuras mítico-reales, peces que lloran, sirenas, ninfas, gigantes, el gran Moxo con cadenas de oro, el ave fénix, pueblan el mundo de Martín del Barco Centenera, tanto como la leyenda de Santo Tomé y los mártires cristianos sacrificados por los indios, subiendo al cielo en olor de santidad.

 

No se trata solamente de una fértil inventiva, que fue negada al religioso. Se pone en evidencia una vez más la fisonomía cultural del Reino de Indias, asentado en la fe popular y el sincretismo religioso. Episodios que han sido tomados como digresiones o instancias destinadas a aliviar la narración, se muestran en cambio importantes para la semántica del libro.

 

Tal el episodio que narra la muerte de Tupac Amaru, inexplicablemente silenciado por algunos comentaristas, cuando por el contrario surge como una figura-símbolo, que reúne en apretada síntesis el enjuiciamiento a la acción conquistadora, y el respeto por hombres de distinta cultura y religión, sin que esto signifique para el clérigo abdicar de su función evangelizadora.

 

La muerte de Tupac Amaru es tratada entre otros por el Inca Garcilaso en sus Comentarios Reales (1609).

 

La inversión del martirio crístico, que pasa del portador al receptor de la tradición, es significativa del rumbo religioso que ha presidido la cultura mestiza indiana, latinoamericana, signada por las apariciones de Vírgenes morenas a sujetos indígenas y por la expansión de símbolos integradores.

 

Compendio de americanismo y criollismo, que hace lugar al bilingüismo hispano-guaraní, La Argentina da a conocer los usos y rasgos de la tierra, exalta la yerba mate (que llama caybe, yerba de vida), reconoce a indios y españoles sus virtudes y defectos, enjuicia los excesos de la Conquista y tiende lazos de comprensión entre los pueblos. Su humanismo, nutrido en raíces bíblicas y grecolatinas, permite comprender ese mundo vario, dramático, cómico y maravilloso como mundo nuevo, imposible de ser abarcado desde categorías ajenas, o nombrado desde cánones cristalizados.

 

Como decía Leopoldo Marechal, siguiendo la tradición de Platón y de San Isidoro de Sevilla, al recibir un nombre se recibe un destino. En los detalles invisibles de los genes argentinos duermen todavía los componentes maravillosos de aquel mundo nuevo.

 

En esta ecumene contemporánea de xenofobia y exclusión, y precisamente en momentos que se nos quiere conformar y resignar con un destino mediocre y dependiente, la reflexión sobre la obra de Centenera tal vez nos haga despertar esos misteriosos componentes maravillosos para encarnar, otra vez, el destino plateado de la esperanza iberoamericana.

 

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Septiembre 22, 2006 08:33 AM |

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El todo y las partes en el conocimiento andino.

En el conocimiento andino el todo y la parte se confunden, no tienen distinción real.

La parte es un todo y funciona como tal

Objetivo.

El objetivo en el conocimiento occidental consiste en hacer una apreciación objetiva de una situación objetiva, a fin de lograr una solución.

En el conocimiento andino se utilizan soluciones de carácter ritual ante las manifestaciones de su vida emocional que se dan desde adentro, desde su corazón, y que implican aperturas a aspectos irracionales de personalidad que se aceptan en a un nivel equiparable a lo racional.

 Es decir que no se trata de un conocimiento objeto, sino que trasciende al objeto desde la interioridad del sujeto, desde su corazón, que actúa como regulador del juicio.

En el mundo andino, el fin de conocer sería aprehender eso que equilibra la oposición de contrarios, y sólo se lo ha de lograr con el ritual-

Una lógica distinta.

 Dado que el conocimiento andino posee categorías distintas, tendría que tener también una lógica distinta.

En la lógica andina parece ser que el principio del tercero excluido no fuera válido es decir que cabría una tercera posibilidad

La verdad en el conocimiento andino.

La verdad en el conocimiento occidental, consiste en la coincidencia entre la realidad y el pensamiento, o la adecuación entre una proposición y el estado de las cosas que expresa.

Para el conocimiento andino, la verdad tiene un carácter seminal, que viene desde el fondo del sujeto y que es puesta delante de la situación objetiva, no es una verdad ajena sino que compromete al hombre mismo.

Es la razón profunda que animó siempre su pensar.-

Conclusiones.

La primera conclusión, la más directa y tal vez la mas importante es que las categorías occidentales no nos sirven para comprender la realidad andina, ya que la cosmovisión andina es diferente y presenta una lógica muy peculiar.

El conocimiento andino es entonces muy distinto al occidental, no se puede decir que sea mejor o peor, y tampoco se puede considerar a alguna forma como la única válida, pero creo muy importante y muy enriquecedor el saber que no existe una sola forma de conocer el mundo. Considero que ése es el aporte mas significativo.

Primero deberíamos estar más concientes de esta diferencia en la manera de pensar y después tomada más en cuenta por nosotros, la gente de la ciudad, por el gobierno y también por los diferentes organismos de desarrollo rural.

Carlos Cullén Fenomenología de la crisis moral. Sabiduría de la experiencia de los pueblos. Buenos Aires (Argentina). Ed. Castañeda. 1978 p. 43.3 Concepto acuñado por Rodolfo Kush en América Profunda, Ed. Bonum. Buenos Aires(Argentina), 1986, p. 1584 Rodolfo Kush, El pensamiento indígena y popular en América, Buenos Aires (Argentina), Ed. Hachete, 1977, p.78-80.5Hurtado, op. cit. p. 2.6Ibid, p. 4.

 

 

 

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