Estamos ante un problema moral que violentó la base cultural de nuestra identidad nacional.

MONETARISMO, JUBILADOS Y LA MORAL ESQUIMAL

Jose Luis Di Lorenzo

Argentina, le dio rango constitucional a los derechos de la ancianidad en la Constitución Justicialista de 1949 incorporando el decálogo que Eva Perón presentara en la Fundacion en 1948.

Editorial Lo Social

 

MONETARISMO, JUBILADOS Y LA MORAL ESQUIMAL

 

Por Jose Luis Di Lorenzo

 

El caso de nuestros abuelos una muestra acabada de lo que el modelo nos terminó haciendo a todos, a modo de reflexión compartida cabe reiterar lo que nos preguntábamos una década atrás cuando intentábamos encontrar algún fundamento al modelo que nos fue impuesto. Tema que mantiene vigencia frente a una sociedad global que parece dar por sentado que no hay mucho que en realidad de se pueda cambiar.

 

La defensa tradicional contra la pobreza había sido siempre la solidaridad de la familia, el clan o de la tribu, porque cada generación asumía cuidar a los ancianos y a los débiles. Tras recurrentes crisis, en el marco de la revolución industrial, la sociedad asume la seguridad social de los más débiles.

 

Argentina, pionera en derechos sociales, le dio rango constitucional a los derechos de la ancianidad lo que hizo en la Constitución Justicialista de 1949 que recepta el decálogo de la ancianidad que Eva Perón proclamara en la Fundación el 28 de agosto de 1948.

 

Decálogo que establecía el derecho a la asistencia, a la vivienda, a la alimentación, al vestido, al cuidado de su salud física y moral, el derecho al esparcimiento, a la laborterapia, a la expansión y al respeto.

 

Decía que todo anciano tiene derecho a su protección integral por cuenta de su familia. En caso de desamparo, corresponde al Estado proveer a dicha protección, ya sea en forma directa o por intermedio de los institutos o fundaciones creados, o que se crearen, con ese fin, sin perjuicio de subrogación del Estado o de dichos institutos para demandar a los familiares remisos y solventes los aportes correspondientes.

 

Otorgaba el derecho a un albergue higiénico con un mínimo de comodidades hogareñas indispensables a la condición humana. Reconocía el derecho a la alimentación sana y adecuada a la edad y estado físico. El derecho al vestido decoroso y apropiado al clima. Al cuidado de la salud física y moral, asegurando a los mayores el libre ejercicio de las expansiones espirituales.

 

Hasta consagraba el derecho al esparcimiento por el que se les reconocía gozar mesuradamente de un mínimo de entretenimientos para que pueda sobrellevar con satisfacción sus horas de espera. Como también el derecho al trabajo, cuando su estado y condiciones lo permitan, la ocupación por medio de laborterapia productiva –agregaba- ha de ser facilitada, para evitar la disminución de la personalidad.

 

Gozar de tranquilidad, libre de angustias y preocupaciones en los últimos años de existencia, es patrimonio del anciano y el derecho al respeto y consideración de sus semejantes era la defensa final de aquella argentina arrebatada.

 

Es cierto que a nosotros nos robaron la dignidad antes, cuando mediante bombardeos, terrorismo de estado, asaltaron el poder y por un bando de los sediciosos de 1955 se cerró aquel capítulo de la Argentina de los hombres felices.

 

Años después, cuando en el mundo el tema de la protección social parecía fuera de discusión, irrumpe el monetarismo ávido de apropiarse de los fondos sociales acumulados. Nuestro país que todavía conservaba un sistema previsional imperfecto pero con una margen aceptable de solidaridad, importa ese modelo asignando parte de los recursos del sistema previsional a un gran negocio financiero, y abandona a su suerte a los jubilados.

 

Lo que desnuda que en definitiva estamos ante un problema moral que violentó la base cultural de nuestra identidad nacional, con el propósito de apropiarse de unos 2.600 millones de pesos anuales de aquella época.

 

¿Cuál es la moral de esa modernidad monetarista?, nos preguntábamos. Una metáfora nos permitió aproximarnos a una respuesta:

 

Es conocido, decíamos, que los esquimales del polo norte viven de la caza y de la pesca; así proveen su propio sustento y el de su familia. Cuando un esquimal envejece y pierde la capacidad de ganarse el alimento diario se lo obliga a dejar el iglú (donde habita) y se lo abandona en el helado desierto polar hasta que naturalmente muera.

 

Para la ciencia económica esto es inevitable: en el mercado esquimal ya no puede ofrecer ni su esfuerzo ni su producto (lo cazado o pescado).

 

La demanda de abrigo y alimentos requiere otros productores, y ese mercado debe apelar a las ventajas comparativas: utiliza el servicio de los jóvenes y saludables.

 

La sociedad esquimal además, no puede gastar en el anciano que no fue lo suficientemente previsor.

 

Comparando la metáfora narrada con la realidad a la que desde el golpe de 1976 se condeno a nuestros abuelos –concluía- descubrimos que los postulados de la economía neoliberal tiene fundamento ético: SU MORAL ES LA ESQUIMAL.

 

Estos es lo que como sociedad debemos cambiar.

 

JLDL/

 

 

Fuente: DONDE HAY UNA NECESIDAD HAY… UN NEGOCIO Vida, Pasión y Muerte del Sistema Previsional Argentino, José Luis Di Lorenzo. Ed. Jubilaciones y Pensiones, 8 de diciembre de 1996.

 

N&P: El Correo-e del autor es José Luis Di Lorenzo correo@losocial.com.ar