PALABRAS A LOS FUTUROS ESTUDIANTES DE MEDICINA

LA UNIVERSIDAD COMO INGRESO A LA BARBARIE

Dr. Ramon Carrillo

Version taquigrafica del 1 de agosto de 1949.
juan-domingo-peron-y-ramon-
Juan Domingo Peron y Ramon Carrillo  

Gentileza de Guillermo Quinteros gquinteros@mininterior.gov.ar

 

PALABRAS A LOS FUTUROS ESTUDIANTES DE MEDICINA

La Universidad como Ingreso a la Barbarie

Por el Dr. Ramón Carrillo

( 1949 )

Versión taquigráfica de las palabras pronunciadas el 1° de agosto de 1.949, en la inauguración de los cursos de ingreso a la Facultad de Ciencias Médicas, organizados por el Círculo Médico Argentino y el Centro de Estudiantes de Medicina.

En el año 1.929, es decir, hace 20 años, en un salón más humilde y más modesto que el actual tuve el honor de inaugurar el primer curso para estudiantes que aspiraban a ingresar a la Facultad de Medicina.

En aquel entonces, yo era miembro de la comisión directiva del Centro de Estudiantes de Medicina y director de su revista, esa revista que jamás sabíamos si aparecía o no, si estaba viva o muerta, ni tampoco si el impresor nos había embargado ya por deudas imposibles de pagar.

Era, entonces un muchacho de veintidós años y dirigente del Centro.

Un dirigente que actuaba en una casa a la que sólo un milagro arquitectónico impedía que se derrumbara, porque los ladrillos apenas podían sostenerla, entre palos y vigas sueltas que aguantaban los techos. ¡Tan vieja era aquella casa comprada con enormes sacrificios, y que hoy recuerdo con enorme cariño!

Veinte años han transcurrido desde aquel entonces y he actuado en ese lapso, como profesor de la Facultad de Medicina, luego de haber sido su decano.

Hoy, desempeñando la cartera de Salud Pública, regreso a este ambiente a inaugurar el 20° curso de ingreso, en homenaje a aquel otro humilde curso de 1.929, que contó con solo diez estudiantes, inquietos, curiosos y plenos de esperanzas.

Ustedes comprenderán, sin esfuerzo, mi emoción. Lo que hice hace veinte años como estudiante, lo hago hoy como Ministro de la Nación: Ministro de Salud Pública, es decir, Ministro de Medicina. No sólo me halaga llegar aquí en tal carácter, sino que vengo a este acto del Centro de Estudiantes de Medicina, en circunstancias en que ejerce su presidencia un discípulo mío, el doctor Ragone.

No es lo mismo un discípulo que un alumno. Alumno de un profesor puede serlo cualquiera; discípulo no. Alumno es uno más entre los que asisten a una clase. El discípulo, en cambio, es un hijo del espíritu del maestro. Por eso, cuando el doctor Ragone me pidió que viniera a inaugurar este curso, acepté de inmediato y le agradecí que se acordara de aquel ya lejano 1.929.

Claro que podría inaugurar estas clases con palabras convencionales.

Discreta y oficialmente, debería enhebrar esas palabras con las cuales se cumple un cometido.

Hasta podría expresar algunas cosas más o menos literarias y salir del paso.

Pero, recuerdo ahora, que en aquella época y en aquel caserón en ruinas – ahora transformado en este suntuoso edificio – los jóvenes no nos conformábamos con palabras. Ni hoy tampoco.

En aquel entonces, repito, éramos muy pobres. Éramos pobres de solemnidad, aunque sin solemnidad alguna. Cada uno de nosotros contribuía con sus monedas y sus pocos pesos al sostenimiento de esta casa, que era la Casa de los Estudiantes, para muchos, quizás, la única casa que teníamos en la Capital, por que casi todos éramos del interior, humildes y modestos.

Hoy, (1949) el escenario que se me ofrece es diferente. Llego ahora a esta mansión, y llego a ella con orgullo, por que esta mansión es fruto del esfuerzo de muchas generaciones de estudiantes.

Ustedes tienen este magnífico edificio, de pisos encerados, de paredes limpias, de luces perfectas, de ambiente confortable, pero todo esto es también fruto de aquella casa vieja que compraron con chirolas nuestros abnegados antecesores, para tener un lugar donde reunirse y planear sus sueños.

Esos antecesores nuestros y de ustedes, ¡sí fueron meritorios! Entre ellos, Osvaldo Loudet, Taborda, Nerio Rojas y tantos otros.

Les pido que piensen -ustedes que van a ser los futuros estudiantes de Medicina- cuántos esfuerzos, cuántos sacrificios, hemos hecho nosotros y los que nos precedieron en cerca de medio siglo, para echar las bases de esta Casa del Estudiante. Mediten ustedes, sin ninguna tortura mental, pero mediten.

Todo esto que aquí vemos hoy nos ha costado mucho. Y tengo miedo, ese miedo que siente el padre rico por que su hijo, criado en la riqueza y el bienestar, en la comodidad y con los medios para enfrentar cualquier obstáculo, no sepa apreciar lo que es ser o haber sido pobre.

Yo, como estudiante de medicina, sé qué es haber sido pobre, y haber sudado penas negras para pagar la inscripción en la Facultad, para atender las mínimas necesidades de la vida.

Por eso les pido que piensen y recuerden que esta casa ha sido edificada con el esfuerzo de muchas generaciones de estudiantes pobres. Y que este edificio, sin duda alguna, como aquella casucha de antaño, es uno de los recintos históricos del espíritu argentino, de ese espíritu con el cual, en todos los órdenes, se ha hecho la Patria, se la consolida y fortifica hoy, y se la proyecta, más libre y soberana hacia el porvenir.

Ustedes representan la fuerza espiritual profunda de la Nación, y les aseguro que nada me cuesta creer que entre ustedes -que van a ser estudiantes de Medicina, que serán médicos y que algún día ejercerán la cátedra- está el futuro presidente de la Academia de Medicina, está el futuro Ministro de Salud Pública, que algún día, dentro de quince o veinte años, tendrá quizás alguna palabra afectuosa, algún recuerdo grato para conmigo, que también fui un estudiante modesto y pobre.

Permítanme ahora que me dirija a los estudiantes que vienen de las provincias a luchar, a estudiar aquí, y no tanto a los de la Capital, por que los de la Capital tienen muchas cosas de las cuales carecíamos nosotros y carecen los que vienen, por ejemplo, de un colegio de La Rioja, de Santiago del Estero o de Jujuy, en donde poder realizar un experimento de química o de física, o estar al tanto de cualquier manifestación de la ciencia es, a veces, una verdadera hazaña.

No me dirijo, pues, especialmente al joven de Buenos Aires, que está más cerca de la cultura y de la civilización, sino al que viene de las provincias, cuanto más lejanas mejor, cargada el alma de sueños, de ambiciones y de esperanzas fecundas. A ese estudiante me dirijo, sin olvidar a sus hermanos. Porque todos son y todos hemos sido estudiantes.

El joven que va a ingresar a la Facultad de Medicina hállase en un estado de espíritu particularísimo. Por eso no quiero pronunciar un discurso sino más bien dictar una clase que llamaría de Introducción al Curso de Ingreso a la Facultad de Medicina, tal como en 1.929.

Ahora Bien: este Curso de Introducción, ¿sobre qué tiene que basarse?

Indiscutiblemente, sobre ciertos temas trascendentes, porque no es posible que estos muchachos de hoy piensen de un modo distinto que los de veinte años atrás.

En esencia, tienen que pensar las mismas cosas, y para comprender que es lo que piensan los jóvenes de hoy, de 17 a 19 años, tengo que recordar lo que pensaba yo a esa edad.

Debo dirigirme también a los padres, para que éstos sepan qué es lo que sienten sus hijos al iniciar la aventura singular de una carrera como la de Medicina, que es, en verdad una aventura espiritual.

Digo que en estos momentos, el joven que va a ingresar a la Facultad, pasa por un estado de ánimo, un status espiritual particularísimo; se siente fuerte y débil a un mismo tiempo; cree que lo puede todo y, simultáneamente, que no puede nada.

Ansía y teme; le embarga un pavor sutil ante lo desconocido, y se cree al corriente de todas las cosas. Sufre, en suma, una emoción temerosa, aunque el temor hállase neutralizado por la ambición de ser algo, y por la esperanza que se le ilumina.

Diría que el joven del ingreso, en síntesis, tiene miedo y es feliz. Pero el todo de su "status" emotivo es, fundamentalmente, creador.

En mis veinte años de experiencia, pasada la juventud, he descubierto que la edad óptima del hombre está entre los 17 y los 20 años, antes de ingresar a la Universidad.

En esa época, al concluir el bachillerato, en el que se aprenden cosas muy buenas, de carácter general, en esa época, repito, es cuando el hombre resulta quizás el ser más libre, por que no tiene prejuicios, es decir, porque no tiene antecedentes de su juicio.

Es la época ideal, la única en que uno puede comprender ciertas cosas que luego ni comprenderá ni asimilará jamás. Por ello, al dirigirme a ustedes, jóvenes de esa edad, quiero hacerlo con entera franqueza, sacando de mi corazón lo más puro que pueda haber aprendido en 21 años de profesión, en los 21 años de delantera experimental que les llevo.

Este es el momento de la vida de ustedes en que puedo hablarles.

Dentro de poco, dentro de un año o dos, serán ya ustedes alumnos adelantados de la Facultad de Medicina y, desde ese instante, sufrirán un proceso de embrutecimiento (-¡no, no me aplaudan!-) un proceso de embrutecimiento insospechado.

Ahora son ustedes jóvenes inteligentes, jóvenes que comprenden cualquier enunciado. Todavía no han sido sometidos a la -barbarie universitaria, de que habla Ortega y Gasset.

Vienen de los colegios nacionales y tienen de 17 a 20 años. Son capaces de enunciar y comprender ideas generales; son capaces de emocionarse ante una obra de arte, leyendo un poema de Schiller, escuchando una página de Beethoven, admirando un cuadro de Fader.

Son capaces de ello, porque están en lo mejor de la vida. Discúlpenme que ponga un poco de acíbar temprano en la miel de hoy.

Siento decirles que aquello a lo que ustedes aspiran, aquello que ustedes desean lograr con este Curso de Ingreso a la Universidad es, ni más ni menos, que prepararse para ingresar a la barbarie.

No, no me aplaudan. Ustedes lo hacen por instinto, por secreta rebelión contra lo estatuído y formal. Yo digo barbarie, desde otro punto de vista, desde otro enfoque mental.

Están preparados para aprender anatomía minuciosamente, músculo por músculo; para comenzar a seguir citología, célula por célula y tejido por tejido; para estudiar semiología, para empezar a aprender todas las infinitas eventualidades de una enfermedad y para saber como curarlas.

 

Dentro de seis años, estarán tan torpes para los vuelos abstractos del espíritu, que será imposible hablar con ustedes. Salvo que partan de una base cierta, a la que ya me referiré, cuando se reciban de médicos sólo sabrán cómo se diagnostica una enfermedad, o como indicar un tratamiento, pero habrán perdido la noción del mundo y también la noción del hombre.

 

Aunque parezca paradojal, sólo sabrán cosas profesionales.

Habrán dejado a un lado las emociones, por baldías; habrán olvidado las grandes ideas filosóficas y todo lo que hay de poesía, de belleza y de espíritu; todo, en fin, lo que hace grande al ser humano.

 

Serán solamente unos artesanos y, en tal condición, no se diferenciarán mucho de un carpintero o de un herrero.

 

Por eso me agrada hablarles ahora que van a iniciar su camino, para prevenirles, para aleccionarles. Ustedes se hallarán en condiciones de comprender exactamente lo que ahora les quiero decir, cuando tengan muchos años de profesión médica.

Entonces recordarán lo que les voy a expresar.

Sólo después de ese tiempo largo y fatigoso, luego de haber luchado y sufrido, de haber tratado a miles de enfermos, de haber aprendido con sacrificio, -in anima vili, llegarán a las mismas conclusiones que yo, conclusiones extractadas de la realidad.

 

Siempre me ha parecido muy gracioso que a los universitarios y a los médicos nos despidan con discursos el día que recibimos el título. En verdad, deberían hablarnos antes de ingresar a la Universidad, para decirnos qué porvenir nos espera en ella.

 

Lo que hay que decir, no debe decirse después de pasar seis o siete años en las aulas universitarias, en las clínicas, en los hospitales, sino antes de todo ello. Es lo que les diré a ustedes, gracias a que tienen un buen amigo en el doctor Ragone.

No crean que esto es vanidad de mi parte. Si la tengo, la he dejado en la puerta de esta casa al entrar. Yo, universitariamente, he triunfado en todo. Saqué diez puntos en casi todos los exámenes y en todas las materias de Medicina; obtuve medalla de oro y fui becado y conquisté todos los premios de tesis.

Antes le asigné a todo eso mucho valor, pero hoy no le asigno ninguna importancia, frente a la experiencia de la vida, que es lo que quiero transmitirles en cuatro palabras.

Entre alguno de ustedes puede estar mi sucesor. Hablo con una gran alegría para dentro de 25 años. Tal vez alguno de ustedes dirá por ese entonces: -Yo escuché al doctor Carrillo decir esta gran verdad…

Les aseguro que, si en cambio de estar entre ustedes, muchachos que quieren ingresar a la Facultad de Medicina, tuviera frente a mí a trescientos colegas, médicos jóvenes, no me atrevería a expresar estas cosas, porque, sencillamente, no me entenderían.

Les faltaría para ello muchos años de fatigas, de sufrimientos. Además, estoy seguro de que no me comprenderían. Dirían, al escucharme, que expreso cosas absurdas o tal vez pensarían que estoy loco. Pero ocurre que sería así, porque ellos se han desordenado, y yo no.

Ellos se han desasido de la vida del mundo y no pueden advertir ahora las cosas grandes que hay en él. Ellos sólo están en las pequeñas cosas del oficio, porque al final de cuentas, la medicina es un oficio, por más que tenga contornos y ribetes de apostolado, por más que requiera abnegación y sacrificio.

Es un oficio, digo, y es prudente que antes que ustedes ingresen en él, en el artesanado de la medicina; que antes de que pierdan definitivamente el espíritu filosófico y la comprensión de todas las cosas sencillas, yo les advierta qué es el mundo, qué es la vida, qué es el hombre y qué es, en fin la sociedad humana.

 

He dicho que he dejado mi vanidad en la puerta, antes de entrar. Ahora permítanme expresarles que lo que aquí expongo proviene de la experiencia de un hombre que ha triunfado, no de un fracasado.

 

Yo no los puedo engañar, pues no tengo razón alguna para hacerlo; no guardo ningún resentimiento en el fondo de mi alma.

 

Al contrario, como argentino, tengo el deber de dirigirme a los más jóvenes de mis futuros colegas, a ustedes que son la esperanza de la Patria, para decirles sencillamente: -Vean muchachos; la vida es así; el triunfo está en esto; el fracaso en aquello otro. Y no solo el triunfo personal, que eso cuenta poco, sino el triunfo del hombre, que eso sí cuenta todo…

Luego de escucharme, meditarán, reflexionaran y sacarán conclusiones.

Esta clase se vincula exclusivamente con mi recuerdo y con mi experiencia personal y, sobre todo, con ciertos principios que son inmutables, eternos.

Aunque después los descubran ustedes, con dolor, yo quiero descubrírselos ahora, presentándolos en forma general, aprovechando el estado de ánimo en que se encuentran y del que ya he hablado.

En cierto sentido, se hallan ustedes ante lo desconocido, que es el enigma del hombre. Tienen un temor del futuro, superado empero, por la esperanza y la ambición; están en un momento de transición, pero es en este momento cuando el hombre tiene mayor amplitud de espíritu.

No olviden, pues, esto. Jamás dejen de leer y de estudiar alguna cosa que no sea medicina. Frecuenten la literatura propia y la universal. Estén -a la page, como dicen los franceses, de las corrientes filosóficas que, como mareas, fluyen y refluyen siempre.

No se olviden de que existen exposiciones de pintura y de escultura, ni de que se puede escuchar música.

No se dediquen, en una palabra de un modo cerrado, exclusivo, a la medicina, porque entonces concluirán en nada más que en simples artesanos de la profesión.

Serán como esos pobres médicos que al recorrer el país, uno encuentra perdidos en un pueblo lejano, recetando bicarbonato y gruñendo por todo y de todo, con un malhumor hiperestesiado  e irreversible.

Eso no es la cultura que presupone la Universidad, y lo que digo puede neutralizarse desde ya, manteniendo en la Facultad un poco del espíritu del bachillerato, que, con imperfecciones y todo, es espíritu de cultura superior.

El dominio de una ciencia, al cabo de los años, aniquila esa cultura, A mí, por ejemplo, luego de muchos años, me ha costado un gran esfuerzo aligerarme, olvidarme de mucho de lo que aprendí en la Facultad.

Tanto era lo que tuve que estudiar para sacar la medalla de oro. Para más me costo olvidarme de todo eso.

Podría, entonces, comenzar con el sacramental: -Dejo inaugurado este curso… sería sencillamente desleal para conmigo, para con el doctor Ragone, y, sobre todo, para con ustedes. Lo que voy a decirles es la verdad. Y para ello me pondré, o trataré de ponerme, en el estado de ánimo de los que me escuchan.

Hace veinticinco años llegué yo, desde mi provincia natal, luego de juntar los pesos necesarios para el pasaje, a rendir examen de ingreso a la Facultad de Medicina. Venía pobre como una rata, pero rico en ilusiones.

Por entonces, hice una serie de apuntes mientras estudiaba biología, química, física, etc., las terribles materias del ingreso. Acabo de releer esos apuntes, antes de legar aquí y encontré en ellos unas reflexiones que hoy, hombre grande, curtido por la vida y con algunas canas, creo que son valederas.

Esas reflexiones me han servido para hacer las anotaciones que tengo aquí, perfeccionadas, naturalmente, por los años.

He aquí, entonces, mi introducción.

Van ustedes a enfrentar una disciplina seria, una ciencia, la medicina.

Van a enfrentar un curso en el que deberán conocer química, física y biología, ciencias a su vez que se hallan profundamente ligadas entre sí por principios generales, que si no los descubren ahora, serán malos médicos después, porque en los próximos años ya no les serán revelados ni los grandes principios de la vida, ni los grandes principios de la medicina.

Aprovecho, entonces, el privilegio de que ustedes gocen hoy de una mente lúcida, para tratar los temas eternos de la Vida y la Muerte.

Hay una frase de un mago, de un sacerdote de la antigüedad, de un hombre misterioso que se llamó Hermes Trimegisto. Esa frase, que no fue entendida durante siglos, es, simplemente: -Como es arriba, es abajo.

Si yo nombrara hoy a Trimegisto en la Facultad de Medicina, me expulsarían de inmediato. Sin embargo, después de mucho tiempo, he aprendido que Trimengisto tenía razón: asi como es arriba, es abajo.

El mundo se divide en el macrocosmo, el mesocosmos y el microcosmos.

El macrocosmos comprende todo el inmenso, todo lo que esta como materia y energía en los mundos siderales y en la tierra; el microcosmos es todo lo infinitamente pequeño que esta en la esencia de la materia y de la energía.

El mesocosmos es todo lo que une lo grande con lo infinitamente pequeño, es decir, es todo lo que reside en los seres vivos, especialmente en el hombre, alianza maravillosa de la energía y la materia.

Lo que rige el macrocosmos es también para el meso y el  microcosmos. De donde resulta que lo de Trimegisto es cierto: que todo lo que es esta arriba -en el cosmos grande- es igual a todo lo que está debajo, en el pequeño cosmos, el hombre, la célula o el átomo.

Quiere decir, que lo que es ley para el universo de las estrellas, lo es también para la vida, para el ser ínfimo, para el electrón y el neutrón, para la sociedad humana. Para todo, en fin.

El macrocosmos es el número, los cuerpos celestes, la energía, o sea la física universal y la materia, o sea la química universal.

El mesocosmos -que es lo intermedio entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño- es la vida, el hombre, la inteligencia, la sociedad.

El microcosmos es el átomo, el electrón, la célula, la imagen, esta última como expresión elemental y unidad básica de la inteligencia, como es la unidad básica de la vida, la célula, de la materia el átomo y de la energía el electrón.

Observen ustedes que tanto para el macrocosmos, como para el meso y el microcosmos, el número de los factores es cuatro.

Por ello, el cuatro era número sagrado en la antigüedad egipcia, babilónica y caldea, para los sabios y los magos.

Lo que está arriba es igual a lo que está abajo.

Lo que rige para lo que está fuera de la tierra, rige también para lo que está dentro de ella. Vamos ya, a las leyes del cosmos, a ciertos principios que son universales, como introducción a la biología, a la química, a la física y a la fisioquímica.

Esta, sobre todo, es para mí una ciencia extraordinaria.

Ha descubierto las leyes que rigen la interacción de la unidad con el medio ambiente. Es lo más patético, diría así, como descubrimiento contemporáneo, el hallazgo de la ley de los dispersoides, y las de los cuerpos en relación con el medio.

 

Y vean ustedes, aunque no les parezca, por la fisioquímica entendemos la relación del crimen con la colectividad; el comportamiento del ser en el ámbito familiar en el que se ha formado.

 

Las mismas leyes que rigen la relación de los cuerpos, de las moléculas y las partículas -entre lo que es solvente y lo que está disuelto en el solvente- son las que rigen la sociedad humana.

 

Por ello la fisioquímica, en cierto sentido, es uno de los perfeccionamientos más profundos del pensamiento humano.

Ustedes, que deberán ahora aprender el efecto Donal y el efecto Joule, y todos esos efectos que figuran en el programa del examen de ingreso, tendrán la oportunidad de apreciar qué significa en el futuro aprender estas cosas que hoy parecen paparruchazas.

Son conceptos fundamentales, en cambio, que solo se aprenden para el ingreso. Abstracciones que no sirven después para hacer un diagnóstico o una radiografía. Pero abstracciones que hacen todas, a la Vida y a la Muerte, nada menos.

Bien: la primera ley del cosmos, que regula el macro, el meso y el microcosmos, es el orden.

El Orden es la ley universal.

Todo lo que se halla fuera del Orden no es universal, no es compatible ni con el Universo ni con la vida. Nada que exista fuera del Orden, puede subsistir y ese Orden se rige por cierta ley esencial absolutamente ineluctable para todo ser viviente e incluso para toda materia.

Por eso, automáticamente diríamos, las cosas se van disponiendo de tal manera, en tal orden, que van a lo eficaz; esto es, al fin adecuado. Todas las cosas tienen un fin; y el orden en que ellas se disponen está dirigido a que ese fin se logre.

Esta es otra ley universal: el objeto del orden es un fin. Y ese fin tiene que estar preparado por un Orden de cosas que es universal.

Ese orden, ya hemos dicho, se rige a su vez, por una ley, por un plan. Existe en el macrocosmos, en el mesocosmos y en el microcosmos. De ahí, que la adecuación de la vida y de todo lo nuestro responde a ese plan universal.

En cuanto nos apartamos de ese plan universal, en cuanto estamos fuera de él, no podemos subsistir. No subsistimos si no estamos dentro del plan del orden establecido en el universo, del orden establecido para el ser humano, del orden establecido para la sociedad. Fuera de él, perecemos.

El orden es, repito, ley del universo.

Hablando de orden, podríamos hablar de organización.

Erróneamente se habla de organismos como expresión de organización. Pero yo hablo de organización, pues esta significa la disposición más adecuada de las cosas para cumplir un fin. En cambio el organismo es tan sólo la estructura en que se sustenta ese orden, es decir, la estructura del organismo que da vida a la organización.

Lo abstracto, lo fundamental, la ley, es la organización, es el orden, que está por encima de todo. Pero ese orden cósmico de la vida, de la existencia del mundo y de los seres, todo ello es transitorio, porque es simplemente forma.

No se olviden que eso es forma de las cosas, para lograr un fin, para cumplir una finalidad determinada. Lo perenne en el fondo, que es la vida de la organización. Todo lo que es forma, es temporal, provisorio, perecedero. Solamente es inmutable la vida.

Esto es una abstracción como lo es la ley más compleja de que lo imponderable se transforma en ponderable, es decir, que lo que aparentemente no tiene peso, en realidad lo tiene.

 

 La energía no tiene peso, pero puede transformarse en materia. Es el gran descubrimiento de nuestro siglo. Entre materia y energía no hay diferencia.

 

Por eso la materia se puede transformar en energía, en bomba atómica. La bomba atómica no es sino la desintegración de la materia en energía.

La energía se rige por ciertos principios.

La energía -que es, por lo pronto, inmortal- se transforma y no desaparece. La energía que ustedes van a conocer a fondo es la vida, que ustedes estudiaran ahora en detalle.

Y no olviden otra ley que descubrirán poco a poco, a medida que avancen en sus estudios médicos.

La energía sólo actúa en ritmos.

Es que ella misma es ritmo: ritmo del corazón, de la digestión, de la respiración, sueño y vigilia, etc. Ritmo de la civilización. Existen ritmos determinados por los ciclos, y ustedes, con un poco de estudio y reflexión los descubrirán.

La energía no actúa sin ritmos: funciona en ondas, que también son formas de ritmo. Todo lo que es energía, en fin, es ritmo. Rítmica es la luz; los colores son distintas vibraciones que a su vez son ritmo.

A través de esos ritmos, ustedes obtendrán los pequeños ritmos de lo infinito, pasando por el ritmo cósmico, la energía cósmica, que es sumamente pequeña y solo se capta en las grandes montañas.

Por debajo del rojo está, así, el infrarrojo, que es el ritmo con que se realizan las transmisiones internacionales de las -broadcastings, en ondas de 10; 100 ó 500 metros de longitud, muy distintas de las que solo tienen -armstrongs, es decir, milésimos de micrones de longitud.

Todos son los ritmos en que la energía – vida, se manifiesta siempre dentro de un ritmo universal.

Ese ritmo hace que nada sea inmutable en la vida.

Todo lo que ustedes van a estudiar sobre la vida, en química o en física, es mutable; nada es inmutable. Decir así, parecería una simpleza, un absurdo.

Sin embargo, es fundamental, porque nos lleva al conocimiento que ya he señalado. Todo es un movimiento de ese ritmo.

Sólo la forma es lo que perece. Lo demás subsiste.

Avanzando más, esto nos lleva a la teoría de Einstein, que agrega a las tres dimensiones, el tiempo.

Pero superando dicha teoría – la que ya está superada – se llega a la conclusión de que es imposible utilizar el tiempo como instrumento de medida. Y, sin embargo, en la vida es fundamental el tiempo, que no tiene presente, ni pasado ni futuro.

Para los astros hay que medir millones y millones de años y de años – luz. Para los microbios, en cambio, el tiempo debe ser determinado entre otros límites. Para el ser humano, el tiempo es también distinto.

Mientras que para nosotros, cien años es muchísimo, ¿qué significa esto para un insecto que nace, vive unos segundos y muere? No significa nada.

El reloj que nosotros hemos inventado, tampoco tiene sentido. Es decir, tiene sentido para nosotros, no para los infusorios ni para los astros. Así ocurre con los principios que sirven a ustedes de introducción: más que para el curso de ingreso a la Facultad, son necesarios para el conocimiento de la vida.

Pero sigamos. ¿Qué es la vida?

Existen millares de definiciones. Yo he encontrado pocas tan acertadas como la de Letamendi, un español a quien Cajal, calificaba de charlatán genial.

Letamendi realizó un estudio singular de todas las definiciones que se habían hecho hasta él, en función de los factores cósmicos que acabo de mencionar: tiempo, espacio y duración. Criticó al francés Bichat, aquel que trataba de descubrir las causas de la vida realizando la autopsia de los cadáveres, para afirmar que la vida no es más que el conjunto de factores que se resisten a la muerte.

 

Letamendi, dio también, como es natural, su definición.

 

Dijo que la vida es una forma de energía.

 

No voy a reseñar todas las definiciones, pero tampoco eludiré la mía. Para mí la vida es exteriorización activa, espacial y temporal, de una organización.

 

Para que exista vida, es preciso que haya organización, esto es, que exista un orden determinado. Sin este orden, no hay vida.

 

Entonces, la vida es igual al símbolo V, que llamaremos Vida; a O, que es organización, multiplicado por A, que es Ambiente y por T, que es tiempo.

De tal manera, la vida, la energía, la materia, todo, resulta ordenado, como decía aquel mago Trimegisto: lo que está arriba es igual a lo que esta abajo. Y también en el medio es igual. Por eso si la vida es función del tiempo, de la materia y de la energía, tenemos la siguiente fórmula:

Mo

                                               V = —————

                                                           Om

Esto es: la vida es igual al medio activo más el organismo adaptado al medio, en función inversa del organismo no adaptado.

Mo es el determinismo: el poder que impone el medio. Om es el organismo en el cual el medio está dominado, es pasivo. La vida está en función inversa a la capacidad del medio para dominar al organismo.

Por eso, la muerte favorece la vida de otros.

Piensen ustedes que cuando morimos, nuestra forma perecedera es alimento de los gusanos. Favorecemos la vida de los gusanos.

La vida, pues, se transforma en otra cosa. Y siempre en energía. Resumo.

Desaparecemos y damos origen a otra vida.

La vida no es más que una forma de la energía cósmica: transformación, en su aspecto orgánico, del carbono y el hidrógeno que son los elementos originales.

Pero he aquí que, superando esas vidas orgánicas, que surgen de lo cósmico, de la energía y de la materia, entre lo cual no hay diferencia – como no hay diferencia entre la energía y la vida-, nos encontramos ante el -quid divinum que llamarían los escolásticos, ante la inteligencia o el espíritu, que está sobre la vida y es un desprendimiento de ella.

No entremos ahora en más disquisiciones.

Baste decir que la inteligencia nace en los seres más simples y alcanza solo en el ser humano su plenitud -el espíritu- como forma pura de energía.

Ahora comprenderán ustedes por qué he puesto la imagen como base y uno de los elementos cósmicos de la comprensión del mundo. Por que la suma de las imágenes origina la memoria -que es asociación de imágenes- y esta hace la inteligencia, que nace, pues, de ese elemento básico. Imágenes, células, electrón y átomo, son equivalentes formas energéticas.

Permítanme una divagación, para matizar lo que estoy formulando, y hacerles comprender lo que son la imagen y la energía transformadas en inteligencia.

La inteligencia no es sino el modo de ver el mundo según nuestras vivencias.

El animal tiene su mundo. Cada uno de nosotros tiene su mundo, de acuerdo con sus sentidos.

Ustedes ven el mundo en relación con el nervio óptico, y oyen las cosas del mundo de acuerdo con el nervio acústico, etc. Pero, por ejemplo, las abejas, los pájaros, todos los animales, tiene otro mundo distinto del nuestro. Ellos ven, oyen, gustan, etc., otras cosas.

El águila ve cosas que nosotros no vemos, el perro oye lo que nosotros no oímos, la paloma se orienta de modo diferente de nuestro sentido de orientación. De modo que cada ser tiene su mundo distinto del nuestro.

Nosotros vemos y actuamos según nuestras vivencias.

Vivencia es un concepto biológico filosófico que ustedes tienen que retener para el futuro. En realidad, vivencia es experiencia. Lo explicaré en dos palabras.

Un señor X de Calamuchita, se hace rico y quiere conocer, por ejemplo, París. Comienza, entonces, por adquirir los pasajes, una guía, un Baedecker con todos los planos, edificios, avenidas, de la Ciudad Luz.

En esa guía nuestro hombre busca -y encuentra- el Moulin Rouge, el Arco de Triunfo, el Chat Noir y si acaso las Tullerías, la Sorbona, el Loubre.

Cuando se embarca, conoce todo eso al detalle. Pero llega a París y el pobre ya no encuentra nada de lo que vio en el papel. No puede siquiera orientarse, pues de todo tiene un conocimiento teórico, abstracto.

Tomemos, en cambio, un parisién o, simplemente, un hombre que haya estado un tiempo en París, y de veras el conocerá París. Por que ellos han vivido allí, en su mundo. Por que ellos tienen vivencias.

Luego, el mundo que nosotros conocemos, es el mundo de nuestras vivencias, es decir, de nuestras experiencias personales.

La medicina que ustedes van a aprender será sólo aquella que resulte de sus experiencias personales, aquella que resulte de las vivencias que ustedes tengan en los hospitales, en las salas de cirugía, hasta en la morgue, y no la que aprendan solamente en los libros.

Retomo, pues.

La vida es una onda cósmica que no tiene principio ni fin, y que reconoce desde sus orígenes todos los ámbitos del planeta. Es, simplemente, una forma de la vibración, de la energía, y es inmortal.

Nosotros podemos morir porque somos forma. Pero la vida perdura.

Es decir, como forma, morimos; como vida, somos inmortales. De tal manera, no hay ninguna diferencia entre lo que nosotros llamamos vida y lo que llamamos muerte.

Van ustedes a estudiar, ahora, los libros de biología, en los que hay largos y soporíferos capítulos para demostrar la profunda diferencia que existe entre los cuerpos vivos y los muertos.

Pero yo les puedo anticipar que, en realidad, la diferencia entre la vida y la muerte, entre los cuerpos muertos y los vivos, entre lo inorgánico y lo orgánico, se reduce a la diferencia de velocidad con la que transcurre el proceso.

Mientras el proceso de la vida se cumple a una alta velocidad en los seres vivos -por la combustión y todos los elementos químicos que encontramos en ella-, en los cuerpos inorgánicos o muertos, los procesos se producen a una velocidad tan lenta que, prácticamente, para nosotros no existen.

Porque, jóvenes, todas las cosas viven, todos los objetos viven.

Si la vida es un fenómeno universal, viven las estrellas, igual que viven esta mesa y estas sillas. Sólo el ritmo es distinto.

Por eso siempre me ha resultado pueril y absurdo ese famoso capítulo de ingreso, de biología, que dice: -diferencia entre los cuerpos vivos y los muerto, y que, seguramente, ha producido una hecatombe de aplazados en los exámenes.

La inteligencia es una forma vibratoria de la energía vital.

Los seres más evolucionados son los que han vivido más. El progreso humano resulta de la evolución de la inteligencia. Los seres más evolucionados tiene mayor capacidad de adaptación porque tienen más inteligencia y por eso son superiores. Una ley establece que el que no se adapta perece.

Veamos un ejemplo con ustedes.

Al ingresar a la Facultad de Medicina, el que no se adapte al ritmo biológico de los estudios, fracasará. Esto, que puede suceder con ustedes como alumnos, es ley universal. La ley universal de la vida y de la inteligencia es la adaptación.

¿En qué se diferencia, pues, un ser vivo inferior, de uno superior? En que el superior tiene mayor capacidad de adaptación.

El hombre es el animal que de mayor poder dispone para modificar su propio ambiente, y, por lo mismo, corre el riesgo de inadaptarse por exceso de poder. ¿por qué? Por que la vida evoluciona cada vez más perfectamente, y si es verdad que la civilización es la historia natural de la inteligencia, también lo es que la inteligencia se desarrolla por las posibilidades de percepción diferenciada del ambiente.

 

Las leyes de la física y de la química reglan la vida, y la vida regla, a su vez, las leyes de la inteligencia. Esto es lo que da al hombre capacidad para defenderse.

 

En este sentido, la inteligencia es también inmortal; sólo se transforma, y su muerte, su aniquilación, al  propio tiempo que lo orgánico, es sólo un fenómeno de adaptación a nuevas formas.

Por ello, ustedes comprenderán, a lo largo de la vida, como es cierto aquello de que -los muertos mandan. El cúmulo de reflexiones que esto suscita, naturalmente, debe ser omitido por mí en esta circunstancia.

Sin embargo, todo cuanto acabo de anunciar de un modo general sobre el mesocosmos, es decir, sobre el hombre, nos lleva como de la mano a los principios y leyes fundamentales del hombre considerado en conjunto, en la sociedad, en la colectividad.

Del hombre reunido, tal como estamos ahora reunidos nosotros.

Se puede demostrar, en forma irrefutable, que ningún ser humano puede vivir solo, aislado y que debe vivir en sociedad, por razones energéticas, La energía, para ser tal, tiene que estar unida por muchos otros elementos. Sino, no existiría y no existiría tampoco la colectividad humana, la sociedad de los hombres.

La comunidad biológica es la resultante de la vida y la inteligencia.

La sociedad no es sino la organización de la vida y la inteligencia, frente a las necesidades y el peligro. La comunidad es la protección inteligente del individuo.

La organización social permite la acción para la defensa propia y para la subsistencia de la vida-energía, que debe ser activa. De modo contrario, no podríamos subsistir.

Debemos estar unidos, por que la razón de nuestra subsistencia es que formamos una suma energética.

Las mismas leyes que rigen el macrocosmos y el microcosmos, rigen la subsistencia de la vida humana y de la colectividad de los humanos.

Aquello de Trimegisto, en una palabra.

Todo es como acabo de expresar, a pesar de la llamada lucha social, que debe existir fatalmente, porque en el mundo todo es lucha y ésta es una ley universal. Por eso no hay sociedad en equilibrio estable.

Naturalmente, existe en el hombre todas las luchas que existen para el cosmos. La limitación del espacio vital es el germen de la lucha social, porque dicha limitación choca contra principios irrebatibles.

Es un hecho evidente en biología, el de que no podemos subsistir si no tenemos elementos para ello. La lucha tiene que existir, así como no hay cuerpo cósmico que tenga libertad absoluta.

Todo choca entre sí y existen atracciones y repulsiones que determinan el orden cósmico, la ley suprema de la existencia humana y de la existencia del mundo.

La vida social humana, entonces, está en proporción directa a las necesidades individuales e inversa al progreso de la organización social.

Observen ustedes: satisfechas las necesidades instintivas, aparece la lucha por la perpetuidad de la especie. Satisfechas ambas, aparece a su vez la lucha por la enemistad natural, como epifenómeno del poder.

De todos los estudios que se han realizado sobre la comunidad biológica, resulta que ella es la resultante de la vida y de la inteligencia -hecho energético- y de la armonía universal, pues sus leyes son las de todo organismo vivo.

De donde la familia, como hecho biológico, es fundamental para la subsistencia de la sociedad.

Tal vez haya abusado un poco de ustedes. Pero he querido, como dije al comenzar, brindarles una pequeña y modesta introducción al curso de ingreso a la facultad. Considero que los conceptos expuestos, ustedes, más que nadie, los pueden captar.

Lo único que deseo es lo que he dicho antes: que esos conceptos los hagan pensar. No quiero que aprendan, sino que piensen. Si yo lograra que ustedes reflexionen sobre lo que he dicho, habré cumplido con exceso mi objeto.

Tanto el profesor Broker, de quien fui alumno en Ámsterdam, como el profesor Schuster, que me enseñaba medicina en Berlín, seguían la misma técnica.

Ellos querían hacer pensar. -Ahí hay un enfermo -me decían-, ¿quiere verlo?. Y yo, como buen latino, veía al enfermo en tres minutos. Y volvía. -ya está, profesor. Se trata de esto, y estotro, y aquello. … Entonces, ambos maestros me dejaban solo media hora… -para que pensara sobre lo que había dicho.

Así, pues, lo único que quiero es que no acepten lo que he expresado como cierto, sino que mediten sobre ello. La verdad, la encontrarán ustedes por sí mismos, pensando, tras un arduo trabajo de sus mentes.

Ustedes tendrán ahora que estudiar muchos libros, tendrán que aprender las 45 bolillas de fisiología, las 80 de patología médica. Pero, por favor, piensen. -use your brain. Usen sus cerebros.

Es lo mejor que puedo ofrecerles como concejo.

 

No sean máquinas receptoras de lo que en la Facultad les van a enseñar, o dictar. Piensen, estudien, por sí mismos. Sin cansancio y sin pausa. Alegremente también. Para ello lo tienen todo, comenzando por la juventud.

 

Una anécdota, como punto final.

 

Tenía 16 años cuando llegué a la Capital, desde mi Santiago del Estero, para rendir el examen de ingreso a Medicina. Ya he dicho que era bachiller con medalla de oro. En aquel entonces, no había peor antecedente que ser un bachiller medalla de oro, porque en la facultad, al rendir las pruebas, inexorablemente, la mesa disponía un buen cero. Aquella era una ley rigurosa, estricta, como las leyes matemáticas del cosmos. La tradición de veinte años, en mi colegio santiagueño, así lo ratificaba también.

Llegué. Di examen de biología, escrito. En mi tiempo -no se cómo será ahora- concluídas las pruebas, la secretaría fijaba en unas listas los nombres de los aprobados y sus puntos. El que no entraba en las listas -como Martín Fierro- evidentemente, tenía un cero. Estaba aplazado. Yo recorrí con avidez aquellas listas interminables. Mi nombre no figuraba en ellas. Luego, la tradición se había cumplido una vez más, a costa mía.

Yo era muchacho de tierra adentro. No conocía el río. Después del golpe, en un intervalo lúcido, pensé ver el Río de la Plata, y durante tres días no hice otra cosa que pasear por las dársenas, observar barcos, soñar, como el poeta, en -lejanos países.

Por fin, decidido a regresar al terruño, vencido y rechazado, se me ocurrió volver a la Facultad, para conocer cuál era mi nota: si cero, uno, dos o tres.

Me sucedía lo que al criminal, que siempre regresa al lugar del crimen.

Llegué a la secretaría. Pregunté a un empleado, que estaba detrás de una ventanilla: -¿me quiere decir cuánto le han puesto a Ramón Carrillo?. -me contestó: -¡Fijese en las listas!. -No estoy, atiné a decir con un hilo de voz.

Revisó el empleado unas carpetas. ¡si recordaré a ese empleado y esos minutos de angustias! Pasaron bajo su vista, como setecientos noventa nombres.

El último que leyó era el mío. Se rascó la cabeza -y mirándome afablemente- me dijo algo que aceleró el latir, el ritmo de mi corazón: -Ramón Carrillo, cuatro puntos.

¡Y no me habían puesto en las listas! Pero así fue como ingresé a la Facultad. Arañando. Con un cuatro. Porque había estudiado cuatro años la Ley de los Cuatro…

Estimados amigos y futuros colegas, les deseo, para después que realicen el curso que hoy inician, que en el examen de ingreso a la Facultad, saquen por lo menos un cuatro.

RC/

NOTA: El titulo :La Universidad como ingreso a la barbarie es de la Nac&Pop y esta extraido del discurso del Dr. Ramon Carrillo.