Reflexiones a partir de la invasión a Palestina y El Líbano

Un horizonte

En algunas décadas más, puede iniciarse el fin de la prehistoria humana.  

Al compañero Mingo Schiavoni, que me sugiere trabajos arduos

En algunas décadas más, el desarrollo de la nanotecnología y otros adelantos científicos, unido a la explotación racional de los recursos naturales, puede iniciar el fin de la prehistoria humana.

La madurez de muchos pueblos en las zonas del Tercer Mundo, por darle un nombre antiguo pero conocido, parece estar gestando una salida profunda, equilibrada aunque no exenta de controversias, para el conjunto del planeta.

El rumbo escogido carece de nombre, y ofrece caminos convergentes. Hay quienes hablan de un nuevo desarrollismo, otros de un regionalismo popular revolucionario, muchos de un socialismo para el siglo XXI. Es mejor que así sea: la ausencia de títulos complica el nacimiento de iglesias, obtura el asentamiento de ortodoxias aquerenciadas.

Lo cierto es que se está construyendo un puente convulsionado entre el capitalismo conocido y un esquema dinámico que lo integra para superarlo. No es casual que convivan, en este nuevo y borroso proceso, el capitalismo de Estado, el cooperativismo, las empresas autogestionadas por trabajadores, las redes sociales.

Y no parece extraño, además, que el capitalismo conocido haya derivado en la anunciada hiperconcentración, con primacía de las actividades financieras y el comercio –especialmente de sustancias aparentemente prohibidas–, mientras las labores productivas del Primer Mundo resulten motorizadas por la fabricación y venta de armamentos.

En ese marco, es también comprensible que la política oficial del capitalismo tradicional sea liderada por la violencia extrema, mientras que la política del nuevo mundo se exprese a través de elaboraciones abiertas que se manifiestan en movimientos populares con vastos intereses y miradas diversas.

Esta nueva política –tan borrosa como la economía a futuro que la sustenta– gana casi todas las elecciones permitidas en las zonas humildes, desde América latina hasta el Mundo Arabe, y sólo las pierde en las regiones donde el capital concentrado ejerce el control directo.

Los éxitos comiciales de Hamas, la creciente popularidad de Hezbollah, son ejemplos nítidos. Los rumbos sureños también, a tal punto que en un país decisivo como México, el imperio necesitó efectuar un gigantesco fraude para modificar resultados evidentes, los cuales, a su vez, confluían con los registrados en el conjunto de la emergente Unión Sudamericana.

En todos los casos, la democracia representativa, vulgar y silvestre, no logra frenar a la democracia social. La canaliza hasta sus propios bordes; cuando los horada, los gobiernos electos son incluídos por los Estados Unidos y sus aliados, es decir, por las grandes empresas que dominan el planeta, en el "Eje del Mal".

Por eso se hostiga a nuestros mejores líderes latinoamericanos. Por eso se invade Irak. Por eso se presiona a Corea y a Irán. Por eso, qué duda cabe, se invade Palestina y el Líbano.

Cada uno de los casos nombrados amerita un estudio detallado. Ninguno es igual al otro. Pero todos aparecen enlazados por un hilo de motivaciones que pueden sintetizarse así: el antiguo régimen, improductivo, depredador y violento, se niega a desaparecer. Con inocencia propia de quienes nada tienen que ocultar, el nuevo mundo sostiene su derecho a proyectar un destino.

El amanecer de este período será más lento de lo deseado porque el poder que puede caer es el más poderoso de la historia hasta el presente. Es difícil, aunque no imposible, que antes de fenecer logre dejar un mundo tan deteriorado que la vida misma resulte fatigosa. Lo está intentando, a través de sus excursiones internacionales de "autodefensa".

Es válido suponer, también, que esta gestación tenga importantes probabilidades de éxito. No sólo porque está demostrando ser más productiva y rentable –vaya paradoja– que el esquema financiero reinante, sino también porque la ausencia de iglesias autocentradas e infalibles permite un avance múltiple.

Los esfuerzos por contrarrestar esa guerra de guerrillas con asentamiento popular a nivel mundial –técnicamente hablando, si se me permite no sin ironía– resultan conmovedores. Los Estados Unidos y sus voceros mediáticos buscan afanosamente incluír a los pueblos de todo el planeta dentro del fantasmático "Eje" para hallar un enemigo directo a quien golpear.

Pero los indios bolivianos no pueden ser acusados de pertenecer a Hamas. Y los luchadores palestinos no son sostenidos por el petróleo venezolano. El PRD mexicano no tiene un pito que ver con la resistencia del Hezbollah. Y el movimiento popular argentino no se reúne, que yo sepa, con los rebeldes afganos. Cada uno hace lo que le parece mejor.

Y todos contribuyen al deterioro paulatino del sistema de poder mundial que celebró con anhelos de eternidad el derrumbe de la Unión Soviética.

Ese limado progresivo de los vencedores de la Revolución por un rato, es imposible de doblegar. La única forma de lograrlo sería establecer simultáneamente una dictadura absoluta y universal con presencia militar extrema en cada lugar de la Tierra.

Terminan de invadir Irak y aparece, en la otra punta del mundo, un morocho que dice "somos independientes". Vienen a por él, y los palestinos votan lo que se les ocurre. Corren a aplastarlos, y surge en la loma de los kinotos un partido legal e institucionalizado que nacionaliza recursos naturales… y así siguiendo.

Nadie sabe bien hacia dónde derivará su propio accionar. Tampoco hay un "Destino Manifiesto" de los pueblos del Tercer Mundo. No se trata de un eficaz y programado camino de "tareas" democráticas destinadas a "evolucionar" hacia el socialismo. Es un revuelto gramajo que recupera la incerteza como factor creativo. Sin fechas que dividan eras, sin puntos de llegada que tiñan el nuevo mundo de un sólo color.

La realidad económica mundial está hablando a los gritos. Va a clamar por largo tiempo y nos ensordecerá. Será complejo, en medio de este camino sin rumbo prefijado, entender el sentido del tránsito.

Varios elementos de alta política, diseñados con sabiduría períodos atrás, seguirán damnificando a nuestros pueblos por muchos años. Aciertos sorprendentes de la vieja Gran Bretaña (Malvinas, Israel, y porqué no América dividida, Yugoslavia fractuada, Africa enferma, Asia silenciada) tendrán su influencia en este avance accidentado.

(Es una pena: como parece no haber un cielo, los niños libaneses no tendrán recompensa. Nada repara nada.

Los obreros egipcios que murieron en la construcción de las pirámides no pudieron sentirse reivindicados por la ulterior victoria de Nasser.

Los africanos arrancados de sus espacios para ser transfigurados en esclavos no celebraron ninguna independencia posterior.

Los judíos atormentados por el nazismo no brindarán por un futuro venturoso.

Los compañeros argentinos torturados por las dictaduras no estarán para llenar las plazas con bombos y banderas.

A lo sumo las nuevas generaciones podrán decir: todos ellos, y muchos más, viven en nuestros corazones.

Pero no jodamos: no estarán vivos. Ni aquí ni en un presunto allá.

Es decir: todavía está pendiente un debate filosófico del género humano acerca de si su propio derrotero vale la pena.

Un debate equívoco, de rasgos idealistas y no materiales. Casi sin sentido. Pero también inevitable.

Un debate que se pregunte, sin respuestas románticas apriorísticas, si la existencia del amor, de la inteligencia y de la creación es razón suficiente para que millones de personas padezcan sufrimientos y crímenes espectaculares.

Ni siquiera la más grande victoria podrá impedir que la humanidad se diga, en el futuro: "Sí, pero de nuestra propia especie surgió alguien como Bush", o "hubo una vez en este mundo un gobierno como el de Israel", o "existieron seres humanos cuya tarea era quemar y desmembrar a otros seres humanos".)

Pero esto es lo que hay. Es bueno poder pelear hoy para que los pibes vivan mejor mañana. No son muchos los períodos de la historia en los cuales se avizora un éxito relativo en un futuro mediato.

Los bombardeos presentes no alcanzan a revertir la crisis económica interna de los Estados Unidos. Encarnan un gesto compulsivo, que puede dibujarse así: un gendarme apuntando a la humanidad y ordenándole "¡digan que no somos débiles, digan que no estamos en crisis!".

Toda la presión de los más importantes conglomerados económicos del mundo no impidió que, pocos días atrás, en la provincia argentina de Córdoba, América latina resolviera pasar por encima el bloqueo dispuesto contra Cuba. Y que Fidel, abrazado a Chávez, pudiera indicar con su sóla presencia aquí estoy, después de todo. Y que Chávez siguiera hablando de Perón, el hombre malo del continente según el Departamento de Estado.

El fabuloso despliegue comunicacional de esos conglomerados no logró evitar que la casi totalidad de la opinión pública mundial pensara, tras observar los cuerpitos destruídos de los pibes árabes: esto no tiene nada que ver con la defensa de la democracia, esto no es más que un crimen.

Si cabe la expresión: disfrutémoslo. ¿Es posible, con este panorama?

Ustedes disculpen: Creo que sí.

GF/

Director Periodístico Revista Question Latinoamérica / Director La Señal Medios / Co – conductor Frente a Frente por Argentinísima Satelital.